Qué cosa tan bella era ver a nuestro dulce Redentor
La puede rezar cualquiera
Oh qué cosa tan bella era ver a nuestro dulce Redentor en aquel día en que cansado del camino se sentó agradable y amoroso sobre una fuente esperando a la Samaritana para convertirla y salvarla. Jesus ergo sedebat sic supra fontem. Joan. 4. Así puntualmente parece que al presente se entretiene con nosotros bajando del cielo sobre nuestros altares, como sobre tantas fuentes de gracias, esperando y convidando a las almas a hacerle compañía a lo menos por algún tiempo, a fin de llevarlas al perfecto amor. Desde todos los altares donde está Jesús sacramentado parece que habla y a todos nos dice: hombres, ¿por qué huís de mi presencia? ¿por qué no venís, y os acercáis a mí que tanto os amo y por vuestro bien estoy aquí humillado? ¿qué temor tenéis? No he venido yo ahora a la tierra para juzgaros, antes estoy escondido en este Sacramento de amor, solo por hacer bien y salvar a todos los que a mí recurren. Non veni, ut judicem mundum, sed ut salvificem mundum. Joan. 12.
Entendamos pues que conforme Jesucristo está en el cielo (semper vivens ad interpellandum pro nobis. Heb. 7.) del mismo modo en el Sacramento del altar está haciendo continuamente de noche y de día el piadoso oficio de abogado por nosotros, ofreciéndose víctima al Eterno Padre para alcanzarnos de él innumerables misericordias y gracias; por eso decía el devoto Kempis, que debíamos acercarnos a hablar con Jesús sacramentado, sin temor de castigos, hablándole como a un amigo amado: sicut solet loqui dilectus ad dilectum, amicus ad amicum.
Ea pues que así me lo permitís, dejad, oh Rey y Salvador mío, que yo os abra con confianza mi corazón, y os diga: oh Jesús mío, oh enamorado de las almas, yo bien conozco el agravio que os hacen los hombres, Vos los amáis, y no sois amado de ellos; les hacéis bienes y recibís desprecios; les queréis hacer oír vuestras voces y no os dan audiencia; les ofrecéis vuestras gracias y las rehúsan. Ah Jesús mío, ¿y es verdad que yo también me he unido algún tiempo con estos ingratos para así desagradaros? Oh Dios, no puedo negarlo; pero ya quiero enmendarme, y recompensar en los días que me quedan de vida los disgustos que os he dado, haciendo cuanto pueda para agradaros y daros gusto. Decid, Señor mío, lo que quisiereis, todo lo quiero hacer sin reserva: Dios mío, resueltamente yo os prometo no dejar cosa jamás que yo entienda de hoy en adelante ser de vuestro mayor agrado. Aunque hubiese de perderlo todo, parientes, amigos, estimación, salud y también la vida, piérdase todo y déseos gusto. Feliz pérdida, cuando todo se pierde y se sacrifica para agradar a Vos; oh Dios de mi alma, os amo, oh sumo bien, más amable que todo otro bien, y en amaros uno mi pequeño corazón al corazón de María y al corazón de Jesús: os amo con toda mi voluntad, y siempre a Vos solo quiero amar.
Ahora, inmediatamente, las jaculatorias.
Las frases latinas son: Jn 4,6 («Jesús, cansado del camino, estaba sentado junto al pozo»); Jn 12,47 («no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo»); Hb 7,25 («siempre vivo para interceder por nosotros»); y la de Tomás de Kempis: «como suele hablar el amado con el amado, el amigo con el amigo».