Padecen grandes fatigas los cristianos por visitar los lugares de Tierra Santa
La puede rezar cualquiera
Padecen grandes fatigas, y se ponen en muchos peligros los cristianos por visitar los lugares de Tierra Santa, donde nuestro amantísimo Salvador nació, padeció y murió. Nosotros no tenemos necesidad de emprender tan dilatado viaje, ni exponernos a tantos peligros, pues está el Señor inmediato a nosotros, y habita en una casa pocos pasos distante de la nuestra. Se juzgan muy felices, dice san Paulino, los peregrinos con traer de aquellos santos lugares un poco de polvo del pesebre o del sepulcro donde fue sepultado Jesucristo. ¿Con qué ardor deberíamos nosotros visitar al Santísimo Sacramento, donde está el mismo Jesús en persona, sin tantas fatigas y tantos peligros? Una persona religiosa, a quien Dios dio grande amor al Santísimo Sacramento, escribió en una carta suya, entre otros estos sentimientos: yo he visto, dice, que todo mi bien me viene del Santísimo Sacramento. Yo me he dado y consagrado todo a Jesús sacramentado. Yo veo un número innumerable de gracias que no se dan porque no se va a este divino Sacramento. Yo veo que nuestro Señor tiene un gran deseo de dispensar sus gracias en el Sacramento. Oh misterio santo, ¿qué es lo que hay aquí sino esta hostia en que Dios da más a conocer su poder? Porque esta hostia tiene todo aquello que Dios ha hecho siempre por nosotros. Nosotros no envidiamos a los bienaventurados, porque tenemos en la tierra al mismo Señor con más maravilla de su amor. Haced vosotros que aquellos a quienes habláis se dediquen todos al Santísimo Sacramento. Yo hablo así, porque este Sacramento me hace salir de mí. Ni puedo dejar de hablar del Santísimo Sacramento que tanto merece ser amado. Yo no sé qué hacerme por Jesús sacramentado.
Oh Serafines, vosotros estáis dulcemente ardiendo de amor alrededor de vuestro Señor y mío; y con todo, no por amor vuestro sino por mi amor este Rey del cielo se ha querido poner en este Sacramento. Dejad pues, oh Ángeles amantes, que yo arda, o vosotros encendedme con vuestro ardor, para que juntamente con vosotros yo también arda.
Oh Jesús mío, haced que yo conozca la grandeza del amor que profesáis a los hombres para que a vista de tanto amor crezca más en mí siempre el deseo de amaros y daros gusto. Os amo, Señor amabilísimo, y quiero siempre amaros solo por agradaros.
Ahora, inmediatamente, las jaculatorias.
Las líneas que empiezan «yo he visto, dice, que todo mi bien me viene del Santísimo Sacramento» son de la carta de una religiosa, que san Alfonso cita sin decir su nombre; el libro no dice quién es.