Ved aquí a Jesús que nos asegura esta hermosa promesa
La puede rezar cualquiera
Erunt oculi mei, et cor meum ibi cunctis diebus. 3. Reg. v. 10.
Ved aquí a Jesús que nos asegura esta hermosa promesa en el Sacramento del altar, donde se queda con nosotros noche y día. Señor mío ¿no bastaría os quedáseis en este Sacramento solo de día, en él que tendríais por adoradores de vuestra presencia a aquellos que os hiciesen compañía? ¿Para qué sirve quedaros también toda la noche, cuando los hombres cierran del todo las iglesias, y se retiran a sus casas, dejándoos en un todo solo? Pero ya os entiendo, el amor es quien os ha hecho nuestro prisionero. El amor que nos profesáis os ha ligado en la tierra, de tal modo, que no os deja de noche ni de día separaros de nosotros: Ah, Salvador amabilísimo, esa sola fineza de amor debería obligar a todos los hombres a asistir siempre a la sagrada custodia, hasta ser echados por fuerza, y separándose, deberían dejar al pie de los altares todos sus afectos hacia un Dios humanado que se queda solo y encerrado en un tabernáculo todo ojos para mirar y proveer nuestras necesidades, y todo corazón para amarnos, y esperando el día para ser visitado de las almas sus devotas.
Jesús mío, yo os quiero agradar, yo os consagro toda mi voluntad y todos mis afectos, oh Majestad infinita de un Dios: Vos os habéis quedado en este divino Sacramento, no solo para estar siempre presente a nosotros, mas principalmente para comunicaros a las almas vuestras dilectas. Pero, Señor, ¿quién se atreverá a acercarse a comer de vuestras carnes? ¿Mas quién por el contrario podrá alejarse de Vos? Vos a este fin os escondéis bajo la hostia consagrada para entrar dentro de nosotros, y para poseer nuestros corazones: Vos ardéis en deseos de ser recibido de nosotros, y os gozáis de estar unido con nosotros. Venid, pues, Jesús mío, venid: yo deseo recibiros dentro de mí, para que seáis el Dios de mi corazón y de mi voluntad. Cuanto hay en mí, Redentor mío amado, ceda a vuestro amor, satisfacciones, placeres, voluntad propia, todo ceda a Vos: oh amor, oh Dios de amor, reinad, triunfad de mí todo, deshaced y consumid en mí todo aquello que es mío y no es vuestro. No permitáis, amor mío, que el alma llena de la Majestad de un Dios, habiéndoos recibido en la santa comunión, después se apegue a las criaturas. Os amo, Dios mío, os amo, y solo a Vos quiero amar, solo a Vos quiero servir.
Ahora, inmediatamente, las jaculatorias.
El lema latino es la promesa de Dios sobre el templo: «mis ojos y mi corazón estarán allí todos los días» (1 Re 9,3 en la numeración actual; el libro cita «3. Reg.», como la Vulgata).