← Aprender
Jesús se arrodilla junto a un hombre arrepentido y le toma la mano
El sacramento del perdón

Déjate querer por el amor de Dios

La confesión no es una lista de pecados: es abrir el corazón al amor de Dios. Él te espera, te escucha y te perdona con alegría. No guarda rencor ni lleva cuentas. No hay pecado que Dios no esté dispuesto a perdonar a quien vuelve a Él arrepentido.

«Dios nunca se cansa de perdonar. Nunca.»Papa Francisco, Ángelus del 17 de marzo de 2013

Lo que la confesión hace en tu alma

  • Vuelves a casaA quien se confiesa arrepentido, Dios le devuelve su gracia y su amistad. Es el abrazo del Padre al hijo que regresa (Lc 15, 20).
  • Limpias tu almaCon la absolución, Dios perdona de verdad los pecados confesados con arrepentimiento. Lo que pesaba deja de pesar.
  • Empiezas a curar tus heridasSi te dejas ayudar por Dios, su gracia va sanando poco a poco lo que el pecado había dañado dentro de ti.
  • Recibes pazA quien se acerca con un corazón arrepentido, el sacramento le trae paz, serenidad de conciencia y un consuelo que no se puede fabricar.
  • Recuperas la comunión con la IglesiaEl pecado hiere la comunión con los hermanos; el sacramento, recibido con un corazón arrepentido, la repara. No estás solo: la Iglesia reza por ti.
  • Recibes fuerza para seguirCon la gracia del sacramento recibes fuerzas nuevas para luchar contra lo que te aparta de Dios, si pones de tu parte.
  • Tu alma descansaLo que te quitaba el sueño se queda en el confesionario. La Iglesia habla de «la paz y la tranquilidad de la conciencia» (Catecismo, 1468): por fin, el alma descansa.
  • Desaparece la culpaDios no perdona a medias: si te confiesas arrepentido, sin callar a sabiendas ningún pecado grave, tus pecados quedan perdonados y la culpa, borrada. Ya no tienes que seguir cargando con ella; si vuelve el recuerdo, recuerda que Dios ya te ha perdonado.
«Toda la fuerza de la Penitencia consiste en que nos restituye a la gracia de Dios y nos une con Él con profunda amistad.»Catecismo de la Iglesia Católica, 1468 (cf. 1496)
Jesús abraza con ternura a un hombre que se refugia en su pecho

Somos cuerpo y alma

Cada día lavamos el cuerpo, lo cuidamos y lo perfumamos. Pero no somos solo cuerpo: somos cuerpo y alma. Y el alma también necesita lavarse.

El cuerpo se lava en la ducha;
el alma, en la confesión: el perdón de Dios la limpia de todo pecado.

Lo que Jesús le dijo a santa Faustina sobre la confesión

«Cuando te acercas a la confesión debes saber que Yo Mismo te espero en el confesionario, solo que estoy oculto en el sacerdote, pero Yo Mismo actúo en tu alma. Aquí la miseria del alma se encuentra con Dios de la misericordia.»Diario de santa Faustina, 1602
«Di a las almas que es en el tribunal de la misericordia donde han de buscar consuelo; allí tienen lugar los milagros más grandes y se repiten incesantemente. […] basta acercarse con fe a los pies de Mi representante y confesarle con fe su miseria y el milagro de la Misericordia de Dios se manifestará en toda su plenitud.»Diario de santa Faustina, 1448
«Hija Mía, como te preparas en Mi presencia, así te confiesas ante Mí; el sacerdote es para Mí solo una pantalla. No analices nunca de qué clase de sacerdote Me estoy valiendo y abre el alma al confesarte como lo harías Conmigo, y Yo llenaré tu alma con Mi luz.»Diario de santa Faustina, 1725
«Escribe, hija Mía, que para un alma arrepentida soy la misericordia misma. La más grande miseria de un alma no enciende Mi ira, sino que Mi Corazón siente una gran misericordia por ella.»Diario de santa Faustina, 1739

Qué necesito para confesarme bien

Busca la presencia de Dios. Si puedes, quédate unos minutos ante el Sagrario. Pide luz al Espíritu Santo y mira tu vida a la luz de la Palabra de Dios.

  1. Examina tu conciencia: repasa con calma qué te ha alejado de Dios y de los demás (abajo tienes una guía).
  2. Arrepiéntete de corazón: duélete de haber ofendido a quien tanto te quiere.Si no te arrepientes y te gustaría arrepentirte, pide a Jesús que te ayude a arrepentirte.Si no eres capaz de perdonar, aunque quieras perdonar, pídele a Jesús que te ayude a perdonar.
  3. Proponte cambiar: con la ayuda de Dios, no volver a pecar, huir de las ocasiones y reparar el daño causado.
  4. Confiesa tus pecados al sacerdote, con sencillez y sinceridad.
  5. Cumple la penitencia que te indique.

Recuerda que, aunque siempre te confieses de lo mismo y parezca que no ocurre nada, confía en que todo lo que te hace esclavo desaparecerá, y pasará el tiempo y te darás cuenta de que ya no te confiesas de aquello que antes lo hacías de manera habitual. El mundo nos incita a las cosas inmediatas, y a Dios se le encuentra por el camino de la humildad y la paciencia. Pero Dios te ama tal y como eres.

Cómo confesarse, paso a paso

Qué se dice y qué hace el sacerdote en cada momento. No hace falta saberlo de memoria: él te acompaña.

El Ritual diceCostumbre en EspañaPuedes decir

  1. Entras y saludas Costumbre en España · opcionalTú: «Ave María Purísima.»El sacerdote: «Sin pecado concebida.»En España es la costumbre, pero no es obligatoria: también puedes decir «Buenos días, Padre». El sacerdote te recibe con bondad y con palabras de afecto (Ritual de la Penitencia, 83).
  2. Te santiguas El Ritual diceTú: «En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»Es el comienzo propio del rito. El sacerdote puede hacer la señal de la cruz a la vez.
  3. El sacerdote te invita a confiar en Dios El Ritual diceEl sacerdote: «Dios, que ha iluminado nuestros corazones, te conceda un verdadero conocimiento de tus pecados y de su misericordia.»El Ritual (84) prevé esta fórmula y otras; también es frecuente: «El Señor esté en tu corazón para que te puedas arrepentir y confesar humildemente tus pecados».
  4. Dices cuánto hace de tu última confesión Puedes decir · opcionalTú: «Hace unos meses (o años) que no me confieso.»Tú: «Padre, hace muchos años que no me confieso y no recuerdo bien cómo se hace. ¿Puede ayudarme?»Sugerencia de la parroquia. Si no lo recuerdas, di «no recuerdo cuánto hace»: basta con una idea aproximada.
  5. Confiesas tus pecados El Ritual diceLos dices con tus propias palabras: el Ritual no impone ninguna fórmula. «Me acuso de…» es la manera tradicional de empezar (costumbre, no obligatoria). Empieza por lo más grave y, si puedes, di más o menos cuántas veces. Si no sabes cómo decirlo, el sacerdote te ayuda.
  6. Escuchas su consejo y aceptas la penitencia El Ritual diceEl sacerdote te aconseja y te propone una penitencia. Si no la entiendes, pregúntale. Puedes responder «Sí, Padre» (sugerencia de la parroquia, no es una fórmula del Ritual).
  7. Dices tu arrepentimiento (acto de contrición) El Ritual diceTú: «Jesús, Hijo de Dios, apiádate de mí, que soy un pecador.»Tú: «Padre, he pecado contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo. Ten compasión de este pecador.»Elige una. El Ritual ofrece siete fórmulas (95-101): estas son las de los números 100 y 98. Vale también el acto de contrición que sepas de memoria, o decirlo con tus palabras.Otra fórmula (acto de contrición completo)
  8. Recibes la absolución El Ritual diceEl sacerdote: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.»Tú: «Amén.»Escucha en silencio. El sacerdote hace la señal de la cruz sobre ti y tú puedes santiguarte (costumbre). La fórmula es la del Catecismo, 1449, y la del Ritual.
  9. Das gracias a Dios y te vas en paz El Ritual diceEl sacerdote: «Dad gracias al Señor, porque es bueno.»Tú: «Porque es eterna su misericordia.»El sacerdote: «El Señor ha perdonado tus pecados. Vete en paz.»Son palabras del Salmo 118,1 que el Ritual pone al final de la confesión. El sacerdote puede usar otra despedida.
  10. Cumples la penitencia El Ritual diceCuanto antes. Y, ya fuera del confesonario, da gracias a Dios con tus palabras.
Me he perdido

Dile al sacerdote: «Padre, no recuerdo qué viene ahora; guíeme, por favor.» Él te dirá qué toca ahora.

Si se te olvida algo

Si te olvidas de algo sin querer, después de haberte examinado con sinceridad, no tienes que angustiarte ni empezar de nuevo: lo dices en tu próxima confesión. Lo que sí impide recibir el perdón es callar a propósito un pecado grave: «quienes actúan de otro modo y callan conscientemente algunos pecados, no están presentando ante la bondad divina nada que pueda ser perdonado por mediación del sacerdote» (Catecismo, 1456).

Lo que no hace falta

  • Saber el rito de memoria: el sacerdote te va guiando.
  • Decir «Ave María Purísima» o «Me acuso de…»: son costumbres, no requisitos.
  • Recordar la fecha exacta de tu última confesión.
  • Contar con todo detalle la historia de cada pecado ni nombrar a otras personas.
  • Dar el número exacto de veces si no lo sabes: di una cifra aproximada y sincera, lo mejor que puedas.

Guía paso a paso en el móvilTarjeta para imprimir o llevar

Pistas para el examen de conciencia

Jesús abraza con ternura a una mujer que esconde el rostro en su pecho

Los diez mandamientos

  1. Amarás a Dios sobre todas las cosas. ¿Pongo a Dios en el primer lugar? ¿He recurrido a la superstición, la magia, el espiritismo o el horóscopo? ¿Rezo cada día?
  2. No tomarás el nombre de Dios en vano. ¿He blasfemado, maldecido o jurado en falso? ¿Doy gloria a Dios con mis palabras?
  3. Santificarás las fiestas. ¿Voy a Misa los domingos y fiestas de precepto? ¿Dedico el domingo a Dios, a la familia y al descanso?
  4. Honrarás a tu padre y a tu madre. ¿Cómo trato a mis padres, a mi familia, a los mayores y a quienes tienen autoridad? ¿Cuido de los que dependen de mí?
  5. No matarás. ¿Daño mi vida o la de otros: alcohol, drogas, otras adicciones, odio, violencia? ¿He colaborado con un aborto? ¿Guardo rencor o me cuesta perdonar?
  6. No cometerás actos impuros. ¿Vivo la pureza en pensamientos, miradas y obras? ¿Soy fiel en mi matrimonio? ¿Consumo pornografía?
  7. No robarás. ¿Respeto lo ajeno? ¿Administro bien lo mío? ¿Soy egoísta, avaro, materialista? ¿Trabajo con honradez?
  8. No darás falso testimonio ni mentirás. ¿Miento? ¿Critico, juzgo o hablo mal de otros? ¿He dañado la fama de alguien?
  9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros. ¿Cuido la pureza de mi corazón y de mis deseos? ¿Respeto la fidelidad de los matrimonios de los demás?
  10. No codiciarás los bienes ajenos. ¿Tengo envidia o celos? ¿Vivo atado a las cosas?

Los mandamientos de la Iglesia (Catecismo, 2042-2043)

  • Oír misa entera los domingos y demás fiestas de precepto y no realizar trabajos serviles.
  • Confesar los pecados al menos una vez al año.
  • Recibir el sacramento de la Eucaristía al menos por Pascua.
  • Abstenerse de comer carne y ayunar en los días establecidos por la Iglesia.
  • Ayudar a la Iglesia en sus necesidades.

Los siete pecados capitales

Soberbia · Avaricia · Lujuria · Ira · Gula · Envidia · Pereza

Examen de conciencia por edades: niños, jóvenes, adultos y matrimonios

Jesús abraza a una mujer, los dos de espaldas
Déjate querer por Dios

¿Por qué tenemos que confesarnos?

Porque Jesús resucitado dio a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados en su nombre, y los envió a anunciar a todos la conversión y el perdón. La Iglesia, fiel a su mandato, lo recoge en su Derecho y en su Catecismo.

Lo que dice la Biblia

  • «El cual les repitió: La paz sea con vosotros. Como mi Padre me envió, así os envío yo también a vosotros. Dichas estas palabras, alentó [o dirigió el aliento hacia ellos], y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis; y quedan retenidos a los que se los retuviereis.»Jn 20, 21-23 (Biblia de Félix Torres Amat, 1823)
  • «Id por todo el mundo: predicad el Evangelio a todas las criaturas.»Mc 16, 15 (Biblia de Félix Torres Amat, 1823)
  • «Así estaba ya escrito, y así era necesario que el Cristo padeciese, y que resucitase de entre los muertos al tercero día, y que en nombre suyo se predicase la penitencia y el perdón de los pecados a todas las naciones, empezando por Jerusalén.»Lc 24, 46-47 (Biblia de Félix Torres Amat, 1823)
  • «Os empeño mi palabra, que todo lo que atareis sobre la tierra será eso mismo atado en el cielo; y todo lo que desatareis sobre la tierra, será eso mismo desatado en el cielo.»Mt 18, 18 (Biblia de Félix Torres Amat, 1823)

Lo que dice el Código de Derecho Canónico

  • Canon 959. En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar.
  • Canon 960. La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios.
  • Canon 988 § 2. Se recomienda a los fieles que confiesen también los pecados veniales.
  • Canon 989. Todo fiel que haya llegado al uso de razón, está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año.

Código de Derecho Canónico, índice; el sacramento de la penitencia, cc. 959-997 (vatican.va)

Lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica

  • 1441. «Sólo Dios perdona los pecados (cf Mc 2,7). […] en virtud de su autoridad divina, Jesús confiere este poder a los hombres (cf Jn 20,21-23) para que lo ejerzan en su nombre.»
  • 1446. «Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial.»
  • 1422. «Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra Él y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados» (cita a Lumen gentium, 11).»
  • 1484. «La confesión individual e íntegra y la absolución continúan siendo el único modo ordinario para que los fieles se reconcilien con Dios y la Iglesia, a no ser que una imposibilidad física o moral excuse de este modo de confesión» (cita al Ritual de la Penitencia, 31).»

Catecismo, 1422-1498 (vatican.va)

¿Por qué me tengo que confesar?

Tu alma es lo más hondo de ti, lo que Dios creó para vivir con Él para siempre. El pecado no es solo «saltarse una norma»: hiere el alma y la aparta del amor de Dios. La confesión es el lugar donde Dios la cura.

Imagina tu alma como una tabla de madera. Cada pecado clava en ella un clavo, más grande o más pequeño según su gravedad. Cuando te confiesas, Dios arranca los clavos: tus pecados quedan perdonados. Pero en la madera quedan los agujeros, la huella que dejó el pecado. Y esos agujeros se van tapando con amor: la oración, las obras de caridad, la limosna, la penitencia y las indulgencias que la Iglesia nos regala.

  1. Una tabla vieja de madera, apoyada en un muro de piedra a la luz de una vela, con clavos de hierro de distintos tamaños clavados en ellaLos pecados, clavos en la tabla
  2. La mano de un sacerdote, con la estola morada colgando de la muñeca, arranca con suavidad el clavo más grande envuelta en una luz dorada; en la madera quedan los agujeros de los clavos ya quitadosLa confesión arranca los clavos
  3. La misma tabla ya sin clavos: los agujeros están rellenos de oro y de luz, y de algunos brotan florecillas blancasEl amor tapa los agujeros

Lo que deja el pecado y cómo se repara

La imagen de la tabla, explicada con lo que enseña la Iglesia: qué deja el pecado, cómo se repara y por qué el pecado nunca tiene la última palabra. Los textos de la Biblia son de la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

Qué deja el pecado en el alma

Pecar no es solo saltarse una norma: es herir una amistad, la de Dios, que nos quiere más que nadie. Por eso el pecado deja huella. Hiere nuestra naturaleza, nos aparta de Dios y de los demás (Catecismo, 1849-1850) y, si se repite, se convierte en costumbre: cuesta más hacer el bien y la conciencia se va nublando (Catecismo, 1865).

Pero hay algo que el pecado nunca consigue: borrar del todo la bondad que Dios puso en ti. Por mucho clavo que haya, siempre queda madera sana donde Él puede trabajar (Catecismo, 1865).

Culpa y pena: el clavo y el agujero

Cuando te confiesas, Dios arranca el clavo: el pecado queda perdonado de verdad, y con él la culpa y la pena eterna (Catecismo, 1473). Pero el clavo deja un agujero. La Iglesia lo llama «pena temporal»: el apego desordenado, la herida, la huella que el pecado deja en nuestros pensamientos y en nuestra manera de actuar (Catecismo, 1472; Misericordiae vultus, 22).

Ese agujero no es un castigo que Dios añade desde fuera: lo hace el propio clavo (Catecismo, 1472). Y no es para siempre: con la ayuda de Dios se va cerrando. Es más, un amor muy grande puede cerrarlo del todo (Catecismo, 1472).

Las palabras del papa Francisco sobre esa huella las tienes más abajo, en «Qué pasa en tu alma cuando te confiesas».

Pecado mortal y pecado venial

No todos los pecados pesan igual (1 Jn 5, 16-17).

El pecado mortal

Rompe la amistad con Dios: se pierde la gracia. Para que lo sea tienen que darse tres cosas a la vez: algo grave, saber que lo es y quererlo libremente (Catecismo, 1857). Es el clavo grande, que atraviesa la tabla de parte a parte; por eso hay que confesarlo antes de comulgar (Catecismo, 1385).

Y nadie debe juzgar el corazón de otro: eso queda para la misericordia de Dios (Catecismo, 1861).

El pecado venial

No rompe esa amistad, pero la enfría y la debilita (Catecismo, 1855 y 1863). Son clavos pequeños que, si se acumulan, van debilitando la madera.

Decía san Agustín: «muchas gotas de agua llenan un río […] ¿Cuál es entonces nuestra esperanza? Ante todo, la confesión» (citado en el Catecismo, 1863).

Mi pecado también hiere a los demás

Ningún pecado es del todo privado. Somos como las tablas de un mismo suelo: el Cuerpo de Cristo. Un clavo en una tabla se nota en las de al lado, y una tabla sana sostiene a las demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12, 26).

San Juan Pablo II lo explicaba así: no hay pecado, «aun el más íntimo y secreto», que afecte solo a quien lo comete (Reconciliatio et paenitentia, 16). Por eso la confesión no solo nos reconcilia con Dios: también con la Iglesia, con los hermanos y con nosotros mismos (Catecismo, 1469).

La buena noticia es que el bien también se contagia: «el menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos» (Catecismo, 953).

Cómo se repara

Tapar el agujero no es pagar una deuda a solas: es dejar que Cristo nos cure. Todo lo que hacemos recibe su fuerza de Él (Catecismo, 1460). Estos son los caminos que propone la Iglesia (Catecismo, 1459-1460 y 1473):

  • Cumplir la penitencia que te pone el sacerdote.
  • Reparar el daño cuando se pueda: devolver lo que no es tuyo, defender la fama de quien hayas dañado, pedir perdón.
  • Rezar, y ayunar o privarte de algo por amor.
  • Las obras de misericordia: «el amor tapa multitud de pecados» (1 P 4, 8).
  • Ofrecer lo que te hace sufrir, unido a la cruz de Cristo (Col 1, 24).
  • Las indulgencias: la Iglesia abre para ti el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos y puede tapar el agujero en parte o del todo; también puedes ofrecerlas por un difunto (Catecismo, 1471 y 1478-1479).

Y no estás solo: los santos, la Virgen y toda la Iglesia empujan contigo (Catecismo, 1474-1477).

Las condiciones de la indulgencia plenaria y las oraciones con que se puede ganar las tienes más abajo, en «¿Cómo se tapan los agujeros?».

¿Y si al morir aún queda algún agujero?

Lo que no se haya terminado aquí, Dios lo termina con amor. La Iglesia lo llama purgatorio: no es un castigo, sino la última purificación de quienes ya están salvados, para entrar limpios en la alegría del cielo (Catecismo, 1030-1031).

Benedicto XVI lo describía como el encuentro con la mirada de Cristo, que quema y a la vez sana: «un dolor bienaventurado» (Spe salvi, 47). Con nuestras oraciones, la Misa, las limosnas y las indulgencias podemos ayudar a quienes ya se fueron (Catecismo, 1032).

El pecado no tiene la última palabra

«Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5, 20). Dios no se conforma con tapar agujeros: hace nueva la tabla. «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 51, 12).

Como el padre del hijo pródigo, Dios te ve cuando todavía estás lejos, sale corriendo a tu encuentro, te abraza y te devuelve la mejor túnica (Lc 15, 20-22). El papa Francisco lo repetía: «el Señor nunca se cansa de perdonar. Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón» (Francisco, Ángelus del 17 de marzo de 2013).

Más hondo: el pecado en la historia y en el mundo

Para quien quiera ir más hondo: lo que la Iglesia ha visto en el pecado a lo largo de los siglos y en todo el mundo. Lo que procede del latín o del inglés va sin comillas, contado con nuestras palabras. Los textos de la Biblia son de la versión oficial de la Conferencia Episcopal Española.

Las cuatro heridas del primer pecado

La Biblia cuenta el primer pecado como una historia que se repite en cada uno de nosotros. Adán y Eva no reciben un castigo caído del cielo: se esconden. «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo […] y me escondí» (Gn 3, 10).

El pecado rompe a la vez cuatro relaciones (Catecismo, 399-400; Laudato si', 66):

  • Con Dios: le tenemos miedo, porque nos hacemos una imagen falsa de Él.
  • Con uno mismo: nos sentimos divididos por dentro. San Juan Pablo II decía que el hombre queda «desgarrado» (Reconciliatio et paenitentia, 15).
  • Con los demás: «La mujer que me diste como compañera me ofreció del fruto» (Gn 3, 12). Empezamos a culpar al otro.
  • Con la creación: la tierra se vuelve dura, de «cardos y espinas» (Gn 3, 18).

Pero fíjate en lo primero que hace Dios: sale a buscar. «¿Dónde estás?» (Gn 3, 9). San Juan Crisóstomo explicaba que Dios no lo preguntaba por no saberlo, sino porque el pecado cierra la boca, y Él quería darle a Adán confianza para hablar (Homilías sobre las estatuas, 7, 7). Eso es la confesión: responder a esa pregunta.

Un clavo llama a otro clavo

El pecado nunca se queda quieto. La Escritura lo dice así: «el deseo concibe y da a luz al pecado, y entonces el pecado, cuando madura, engendra muerte» (St 1, 15). A Caín, Dios le avisó: «el pecado acecha a la puerta y te codicia, aunque tú podrás dominarlo» (Gn 4, 7).

San Agustín, que lo vivió en carne propia, lo contaba como una cadena: de la voluntad torcida nace el deseo; si se le sirve, nace la costumbre; y si no se resiste a la costumbre, se convierte en necesidad (Confesiones, VIII, 5, 10). Por eso dijo Jesús: «todo el que comete pecado es esclavo» (Jn 8, 34). Cada clavo prepara el sitio del siguiente (Catecismo, 1865).

Y por eso la buena noticia empieza también por un solo gesto: arrancar un clavo a tiempo. «Si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres» (Jn 8, 36).

Los pecados capitales y sus frutos

Hay pecados que son raíz de otros. Se llaman capitales (de caput, cabeza) porque «generan otros pecados, otros vicios» (Catecismo, 1866): soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula y pereza. La experiencia cristiana los distinguió siguiendo a san Juan Casiano y a san Gregorio Magno (Catecismo, 1866).

San Gregorio los comparaba con los capitanes de un ejército, y ponía a la cabeza de todos a la soberbia, reina y madre de los vicios (citado por santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 162, a. 8).

Cada uno tiene sus hijas, sus frutos amargos (san Gregorio, Moralia, XXXI, 45, recogido por santo Tomás):

  • La envidia da odio, murmuración y alegrarse del mal ajeno.
  • La ira, riñas, insultos y gritos.
  • La avaricia, engaño, inquietud y un corazón duro ante quien sufre.
  • La pereza del alma, desánimo, rencor y desesperanza.
  • La lujuria, una mente que ya no ve con claridad y un corazón atado a lo inmediato.

El papa Francisco decía de la avaricia: «Es una enfermedad del corazón, no de la cartera» (Francisco, Audiencia, 24-1-2024). Y proponía mirar de cerca «aquellos vicios que nos encadenan» para caminar, con la gracia de Dios, «hacia aquellas virtudes que pueden florecer en nosotros» (Francisco, Audiencia, 3-1-2024). A cada vicio, su virtud: a la soberbia, la humildad; a la avaricia, la generosidad; a la ira, la mansedumbre.

El corazón que se endurece y los ojos que se nublan

El pecado repetido no solo hace daño: acostumbra. Santo Tomás de Aquino lo explicaba así: cada pecado embota la razón, endurece la voluntad para el bien, hace más difícil obrar bien y enciende más el deseo (Suma Teológica, I-II, q. 85, a. 3). La Carta a los Hebreos nos pide animarnos cada día «para que ninguno de vosotros se endurezca, engañado por el pecado» (Hb 3, 13).

David no vio su pecado hasta que el profeta Natán se lo dijo: «Tú eres ese hombre» (2 Sam 12, 7). A veces necesitamos que alguien nos ayude a ver: para eso está también el sacerdote. San Juan Pablo II decía que el sentido del pecado es como el «termómetro» de la conciencia (Reconciliatio et paenitentia, 18).

Pero Dios promete: «arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne» (Ez 36, 26). El único pecado que no se perdona es negarse a ser perdonado (Catecismo, 1864): si te preocupa tu corazón, es que ya está despertando.

Sin paz y sin alegría

El pecado promete mucho y deja vacío. Dios lo dice por Jeremías: «me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron aljibes, aljibes agrietados que no retienen agua» (Jr 2, 13).

El rey David conoció esa sequedad: «Mientras callé se consumían mis huesos […] mi savia se había vuelto un fruto seco como en los calores del verano» (Sal 32, 3-4). Y también la salida: «propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 32, 5). Por eso pedía: «Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 51, 14).

La paz y la alegría son fruto del Espíritu (Ga 5, 22): lo que el pecado seca, la gracia lo hace florecer de nuevo.

El sol sigue dentro

Santa Teresa de Jesús compara el alma con un castillo resplandeciente. El alma que se aparta de Dios, dice, es como quien deja una fuente muy clara y «se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor» (Moradas primeras, 2, 2). Pero aun entonces «aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura»: es como si «sobre un cristal que está al sol se pusiese un paño muy negro» (Moradas primeras, 2, 3). El sol no se apaga; lo que hay que quitar es el paño.

Santo Tomás llamaba al pecado mancha: el alma pierde su brillo, como el oro que se empaña, y lo recupera al volver a la luz de Dios (Suma Teológica, I-II, q. 86). En la imagen de la tabla: la madera no deja de ser buena; se empaña, y el Carpintero sabe devolverle el brillo. El papa León XIV lo dijo así: dejar que el Señor haga de nuestra vida «una obra maestra irrepetible», permitiéndole «eliminar las manchas y curar las heridas que el pecado haya podido causar en ella» (León XIV, Ángelus, 22-2-2026).

La medicina de Dios

Las Iglesias de Oriente miran el pecado sobre todo como una enfermedad, y a Cristo como el médico. La Iglesia entera lo confiesa: Cristo «es el médico que se inclina sobre cada uno de los enfermos que tienen necesidad de él» (Catecismo, 1484).

Por eso la confesión no es un juicio para humillarte, sino una consulta para curarte. San Juan Crisóstomo lo decía con una imagen que se parece mucho a la tabla: no basta con arrancar el dardo, hay que poner remedio en la herida (Homilía 10 sobre san Mateo, 7). Y la penitencia es esa medicina: el Concilio de Trento enseña que cura los restos del pecado y quita las malas costumbres con actos de la virtud contraria (sesión XIV, capítulo 8).

San Juan Pablo II, mirando a Oriente, decía que Cristo «vierte la divinidad en el corazón enfermo de la humanidad» (Orientale lumen, 15). Y Benedicto XVI lo resumía así: «la criatura, el hombre, es curable» (Benedicto XVI, Audiencia, 3-12-2008).

Lo que dice el Catecismo de Cristo médico y de enseñarle la herida, con palabras de san Jerónimo, lo tienes más arriba, en «Otras imágenes que nos ayudan» (El médico y la herida).

Y más allá de cada persona: en la sociedad, en la creación y a lo largo de los siglos.

El pecado que se hace estructura

Los pecados de muchas personas, sumados, acaban creando costumbres, leyes y modos de vivir que empujan a otros al mal: la Iglesia las llama estructuras de pecado, y en sentido analógico «pecado social» (Catecismo, 1869). San Juan Pablo II nombraba en América algunos de esos «pecados sociales que claman al cielo»: el comercio de drogas, la corrupción, el terror de la violencia, la discriminación racial, las desigualdades entre los grupos sociales y «la irrazonable destrucción de la naturaleza» (Ecclesia in America, 56).

El papa León XIV lo une con nuestra vida diaria: «el pecado es personal, pero toma forma en los entornos reales y virtuales que frecuentamos» (León XIV, homilía del Miércoles de Ceniza, 18-2-2026). Nadie peca por culpa del sistema: los pecados sociales «son el resultado de actos personales» (Ecclesia in America, 56), y por eso se deshacen también con decisiones personales. Así, en el examen de conciencia cabe también lo que consentimos, callamos o compramos.

El pecado también hiere la creación

Desde el principio, el pecado alcanzó a la tierra: «maldito el suelo por tu culpa» (Gn 3, 17). San Pablo dice que «toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto» (Rm 8, 22). El papa Francisco recordaba que «la violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes» (Laudato si', 2), y recogía las palabras del patriarca ortodoxo Bartolomé: «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios» (Laudato si', 8). León XIV lo ha repetido: «Estas diversas heridas son consecuencia del pecado» (León XIV, Mensaje para la Jornada de la Creación, 2025).

También aquí cabe reparar: cuidar, no derrochar, compartir. Francisco lo llamaba conversión ecológica (Laudato si', 217): reconocer «los propios errores, pecados, vicios o negligencias, y arrepentirse de corazón, cambiar desde adentro» (Laudato si', 218).

Una familia que se reconcilia

En África se vive con fuerza que el pecado no hiere solo a uno: hiere a la familia y a la comunidad. Por eso los obispos africanos y Benedicto XVI hablan tanto de reconciliación: «La reconciliación supera las crisis, restaura la dignidad de las personas y abre el camino […] a la paz» (Africae munus, 21); no es «un acto aislado, sino un largo proceso» (Africae munus, 34).

Y señalan dónde se aprende: «La familia es ciertamente el lugar propicio para aprender y practicar la cultura del perdón, de la paz y la reconciliación» (Africae munus, 43). El sacramento de la Reconciliación «renueva los lazos rotos entre la persona humana y Dios, y restaura los vínculos en la sociedad» (Africae munus, 155). Pedir perdón en casa es también tapar agujeros.

Cómo tu pecado toca a los que te rodean lo tienes más arriba, en «Mi pecado también hiere a los demás».

Lo que han enseñado los santos a lo largo de los siglos

Una misma verdad, contada en cada época con su propia voz:

  • La Biblia: el pecado esconde y aleja; Dios sale a buscar: «¿Dónde estás?» (Gn 3, 9).
  • San Agustín (siglos IV-V): el pecado es una cadena que uno mismo forja (Confesiones, VIII, 5, 10).
  • San Juan Crisóstomo (siglo IV): muestra la herida al médico; no basta arrancar el dardo, hay que curar la herida.
  • San Gregorio Magno (siglo VI): la soberbia es la raíz de muchos vicios (Moralia, XXXI, 45).
  • Santo Tomás de Aquino (siglo XIII): el pecado hiere la naturaleza, pero nunca puede quitar del todo su inclinación al bien (Suma Teológica, I-II, q. 85, a. 2).
  • Concilio de Trento (siglo XVI): la penitencia no es un tribunal de ira, sino medicina.
  • Santa Teresa de Jesús (siglo XVI): el sol sigue dentro del alma aunque un paño lo tape (Moradas primeras, 2, 3).
  • San Juan Pablo II (siglo XX): perder el sentido del pecado es perder el termómetro de la conciencia (Reconciliatio et paenitentia, 18).
  • Benedicto XVI (siglo XXI): «la criatura, el hombre, es curable» (Benedicto XVI, Audiencia, 3-12-2008).
  • León XIV (hoy): «La fe no nos evita la posibilidad del pecado, sino que nos ofrece siempre una vía para salir: la de la misericordia» (León XIV, Audiencia, 13-8-2025).

Para profundizar, abre cada apartado:

Tu alma y lo que el pecado le hace

Dios te ha creado cuerpo y alma. En el Bautismo tu alma recibió la vida de Dios, la gracia, y quedaste «revestido de Cristo»: eso significa la vestidura blanca que te pusieron aquel día (Catecismo, 1243).

Esa vida nueva la llevamos en «vasos de barro» (2 Co 4, 7), y el pecado puede debilitarla e incluso perderla (Catecismo, 1420).

No todos los pecados pesan lo mismo. Para que un pecado sea mortal tiene que tratarse de algo grave, hecho sabiéndolo y queriéndolo (Catecismo, 1857). El Catecismo lo explica así:

«El pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por una infracción grave de la ley de Dios […]. El pecado venial deja subsistir la caridad, aunque la ofende y la hiere.»Catecismo de la Iglesia Católica, 1855

Además, todo pecado, incluso el venial, deja en el alma un apego desordenado a las cosas que necesita ser purificado (Catecismo, 1472).

La tabla y los clavos

Tu alma es como una tabla de madera. Cada pecado clava un clavo. Los pecados veniales son clavos pequeños, que hieren la madera; un pecado mortal es un clavo grande, que la atraviesa de parte a parte.

Cuando te confiesas arrepentido, Dios arranca los clavos: perdona de verdad tus pecados y borra la culpa. Si había pecado mortal, te devuelve su gracia y su amistad y te libra de la pena eterna (Catecismo, 1468 y 1473).

Pero en la madera quedan los agujeros. La Iglesia lo enseña con estas palabras: «La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó» (Catecismo, 1459). Esos agujeros son las heridas que el pecado deja en nosotros y en los demás, y lo que la Iglesia llama «pena temporal»: lo que todavía hay que purificar, aquí o en el purgatorio (Catecismo, 1472-1473).

No es un castigo que Dios imponga desde fuera: brota del mismo pecado (Catecismo, 1472). Y Dios no nos deja solos con los agujeros: nos da con qué taparlos.

Como toda imagen, esta se queda corta: Dios no se limita a remendar una tabla vieja, sino que renueva el alma; y una conversión que nace de un amor ardiente puede llegar a purificarlo todo (Catecismo, 1472).

Otras imágenes que nos ayudan

La tabla de salvación después del naufragio

Los Padres de la Iglesia ya hablaban de una tabla. Presentan la confesión como «la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia» (Catecismo, 1446, citando a Tertuliano). Si el pecado grave es un naufragio, la confesión es la tabla a la que agarrarse para llegar a la orilla.

El médico y la herida

Jesús se presentó como médico: «Los que están buenos no necesitan de médico, sino los que están enfermos» (Mc 2, 17). La Iglesia lo llama «médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos» (Catecismo, 1421).

Por eso conviene enseñarle todas las heridas. Lo recuerda el Catecismo con palabras de san Jerónimo: «si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora» (Catecismo, 1456).

En tiempos del santo Cura de Ars, que confesaba hasta dieciséis horas al día, se decía que su pueblo se había convertido en «el gran hospital de las almas» (Benedicto XVI, carta para el Año Sacerdotal, 2009).

El vestido blanco

El pecado mancha el vestido blanco del Bautismo; la confesión le devuelve su blancura. Dios lo prometió por medio del profeta: «aunque vuestros pecados os hayan teñido como la grana, quedarán vuestras almas blancas como la nieve» (Is 1, 18).

Y cuando el hijo pródigo vuelve a casa, lo primero que hace el padre es pedir que le traigan «el vestido más precioso que hay en casa» (Lc 15, 22).

Lo que Dios hace en la confesión

En la confesión no te espera un juez frío, sino un Padre. Jesús lo contó en la parábola del hijo pródigo, cuyo centro, dice el Catecismo, es «el padre misericordioso» (Catecismo, 1439):

«Estando todavía lejos, avistole su padre, y enterneciéronsele las entrañas, y corriendo a su encuentro, le echó los brazos al cuello y le dio mil besos.»Lc 15, 20 (Biblia de Félix Torres Amat, 1823)

Y no se queda en un abrazo: hace fiesta, «pues que este hijo mío estaba muerto y ha resucitado: habíase perdido y ha sido hallado» (Lc 15, 24).

Jesús resucitado quiso que ese abrazo nos llegara por medio de la Iglesia: sopló sobre los apóstoles y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. Quedan perdonados los pecados a aquellos a quienes los perdonareis» (Jn 20, 22-23). Por eso el fruto de la confesión es una verdadera «resurrección espiritual» (Catecismo, 1468).

«No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo quien va tras el pecador y lo hace volver a Él.»San Juan María Vianney, Cura de Ars, citado por Benedicto XVI (carta para el Año Sacerdotal, 16 de junio de 2009)
«El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal de perdonarnos!»San Juan María Vianney, Cura de Ars, citado por Benedicto XVI (carta para el Año Sacerdotal, 16 de junio de 2009)
¿Cómo se tapan los agujeros?

Dios arranca los clavos; a nosotros nos toca, con su gracia, ir tapando los agujeros. El cristiano, dice el Catecismo, debe aplicarse «tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia» a despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo (Catecismo, 1473).

  • Cumplir la penitencia que te pone el sacerdote: así empiezas a reparar (Catecismo, 1459).
  • Reparar el daño hecho a otros: devolver lo que se quitó, restablecer la buena fama de alguien (Catecismo, 1459).
  • La oración, el ayuno y la limosna, las tres formas de penitencia en las que más insisten la Escritura y los Padres (Catecismo, 1434).
  • Las obras de caridad y de misericordia: la caridad «cubre multitud de pecados» (1 P 4, 8; Catecismo, 1434).
  • Aceptar con paciencia, unidos a Cristo, los sufrimientos y las pruebas de cada día (Catecismo, 1473).
  • Las indulgencias: la Iglesia nos abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para perdonar la pena temporal de los pecados ya perdonados, y nos impulsa a las obras de piedad, de penitencia y de caridad (Catecismo, 1471 y 1478). También se pueden ofrecer por los difuntos (Catecismo, 1479).

La Iglesia concede indulgencia plenaria cualquier día del año, por ejemplo, a quien adora al Santísimo al menos media hora, reza el Vía Crucis, reza el Rosario en una iglesia o en familia, o lee la Sagrada Escritura al menos media hora.

Para que sea plenaria se piden estas condiciones: confesarse, comulgar, rezar por las intenciones del Papa (basta un Padrenuestro y un Avemaría) y rechazar de corazón todo apego al pecado, incluso venial. Si falta alguna, la indulgencia es parcial.

El Domingo de la Divina Misericordia

Hay un día muy especial: el Domingo de la Divina Misericordia, el segundo domingo de Pascua. Jesús pidió esta fiesta a santa Faustina y le hizo una promesa:

«El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas.»Diario de santa Faustina, 699 (cf. 300)

Es decir: ese día Jesús promete arrancar los clavos y tapar también los agujeros. Es una promesa recibida en una revelación privada; la Iglesia no la propone como dogma, pero ha acogido el mensaje de la Misericordia y en el año 2000 instituyó esta fiesta para toda la Iglesia.

Además, desde 2002 la Iglesia concede ese domingo una indulgencia plenaria, con las condiciones de siempre (confesión, comunión y oración por las intenciones del Papa) y el corazón desprendido de todo pecado, incluso venial, a quien participe en un acto de piedad en honor de la Divina Misericordia o, al menos, rece ante el Santísimo el Padrenuestro y el Credo con una invocación como «Jesús misericordioso, confío en ti». Los enfermos y quienes no pueden salir de casa también pueden ganarla rezándolo ante una imagen de Jesús misericordioso (Penitenciaría Apostólica, decreto del 29 de junio de 2002).

Indulgencias plenarias hay muchas a lo largo del año; lo singular de este domingo es la promesa de Jesús, un regalo que se suma a la indulgencia de la Iglesia.

Descubre el tesoro de la confesión

Para quien quiera ir más hondo: lo que de verdad ocurre cuando te confiesas, respuestas a los miedos de siempre y ayuda para dar el paso.

Qué pasa en tu alma cuando te confiesas

Por fuera parece poca cosa: unas palabras en voz baja, la mano del sacerdote y la señal de la cruz. Por dentro sucede lo más grande que le puede pasar a un alma: «es el momento en el que, en respuesta al penitente, la Santísima Trinidad se hace presente para borrar su pecado y devolverle la inocencia» (san Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 31).

La Iglesia resume así lo que el sacramento te regala cada vez (Catecismo, 1496):

  • La reconciliación con Dios por la que el penitente recupera la gracia.
  • La reconciliación con la Iglesia.
  • La remisión de la pena eterna contraída por los pecados mortales.
  • La remisión, al menos en parte, de las penas temporales, consecuencia del pecado.
  • La paz y la serenidad de la conciencia, y el consuelo espiritual.
  • El acrecentamiento de las fuerzas espirituales para el combate cristiano.

Y algo muy humano: decir en voz alta lo que te pesa, «incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con los demás» (Catecismo, 1455).

Es lo mismo que cuenta la imagen de la tabla. El papa Francisco lo dice con estas palabras: «En el sacramento de la Reconciliación Dios perdona los pecados, que realmente quedan cancelados; y sin embargo, la huella negativa que los pecados dejan en nuestros comportamientos y en nuestros pensamientos permanece. La misericordia de Dios es incluso más fuerte que esto» (Francisco, Misericordiae vultus, 22).

Y en el cielo hay fiesta: «la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (Lc 15, 10).

Miedos que nos frenan

Casi todos sentimos alguno de estos frenos. Ninguno es más fuerte que el amor de Dios.

«Me da vergüenza»

Es normal, y no es mala señal: quiere decir que te importa. El papa Francisco lo dijo así: «Incluso la vergüenza es buena, es salud tener un poco de vergüenza, porque avergonzarse es saludable». Y añadió que «el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona» (Francisco, audiencia general, 19-2-2014).

No esperes a que se te pase. Llévala contigo y, si te ayuda, empieza diciéndolo: «Padre, me cuesta mucho».

«Yo me confieso directamente con Dios»

Haces muy bien en hablar con Dios y pedirle perdón cada día. Pero Jesús quiso darnos algo más: un perdón que se oye, por medio de la Iglesia. El papa Francisco respondió a esta misma objeción: «Uno puede decir: yo me confieso sólo con Dios. Sí, tú puedes decir a Dios “perdóname”, y decir tus pecados, pero nuestros pecados son también contra los hermanos, contra la Iglesia. Por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia, a los hermanos, en la persona del sacerdote» (Francisco, audiencia general, 19-2-2014).

Y hay un regalo que no te puedes dar a ti mismo: escuchar con tus oídos que estás perdonado.

«Siempre digo lo mismo»

Nos pasa a casi todos. Lo importante no es traer pecados nuevos, sino dejar que Dios cure los de siempre: las heridas que se repiten son las que más necesitan médico.

Por eso la Iglesia recomienda vivamente confesar también los pecados veniales: «la confesión habitual de los pecados veniales ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, a progresar en la vida del Espíritu» (Catecismo, 1458).

Proponte algo pequeño y concreto para las próximas semanas. Tener miedo a volver a caer no quiere decir que no quieras cambiar.

«Lo mío es demasiado grave»

No existe un pecado más grande que la misericordia de Dios. El Catecismo es tajante: «No hay ninguna falta por grave que sea que la Iglesia no pueda perdonar» (Catecismo, 982).

Cuanto más pesa, más alivio trae dejarlo en el confesionario.

«¿Y si el sacerdote me juzga, o me conoce?»

El sacerdote no está ahí para juzgarte como lo haría la gente: «el sacerdote es el signo y el instrumento del amor misericordioso de Dios con el pecador» (Catecismo, 1465). Y «el confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios» (Catecismo, 1466).

Si te cuesta abrirte con un sacerdote concreto, puedes ir a otro, también de otra parroquia: «Todo fiel tiene derecho a confesarse con el confesor legítimamente aprobado que prefiera» (Código de Derecho Canónico, c. 991). Y todo lo que digas queda bajo secreto absoluto (más abajo te lo explicamos).

«No sé qué decir ni cómo se hace»

No hace falta saberlo de memoria: el sacerdote te guía. En esta misma página tienes el paso a paso, con lo que se dice en cada momento, y una guía para llevar en el móvil.

Cómo prepararte paso a paso

Más arriba tienes lo que necesitas para confesarte bien. Aquí van unos consejos para vivir cada paso con calma.

  1. Busca un rato tranquilo, mejor si puedes ante el Sagrario, y pide luz al Espíritu Santo. El examen se hace «a la luz de la Palabra de Dios»: los mandamientos, el Sermón de la montaña y las cartas de los apóstoles (Catecismo, 1454).
  2. Examina tu conciencia sin agobio. Mira tu relación con Dios, con los demás y contigo mismo. Si te ayuda, apunta en un papel unas palabras clave para que no se te olviden.
  3. Pide a Dios dolor de tus pecados. Lo mejor es el dolor que nace del amor: cuando te duele haber herido a quien tanto te quiere (la «contrición perfecta», Catecismo, 1452). Pero si te arrepientes sobre todo por miedo o por lo feo del pecado, también puedes acercarte: esa contrición «es también un don de Dios» y te dispone a recibir el perdón en el sacramento (Catecismo, 1453).
  4. Haz un propósito pequeño y concreto: qué ocasión vas a evitar, qué vas a reparar, por dónde vas a empezar.
  5. Confiesa con sencillez. Los pecados graves, todos los que recuerdes; los veniales también se recomiendan (Catecismo, 1458). No hace falta contar historias ni dar detalles de otras personas.
  6. Escucha lo que te dice el sacerdote, reza el acto de contrición y recibe la absolución. Después, cumple la penitencia cuanto antes y da gracias a Dios.

¿Cada cuánto? Quien tiene pecados graves está obligado a confesarlos al menos una vez al año, y no debe comulgar sin confesarse antes (Catecismo, 1457). Pero la confesión no es solo para las urgencias: san Juan Pablo II pedía educar a los fieles «a recurrir al Sacramento de la Penitencia incluso sólo para los pecados veniales» (san Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 32). Una buena costumbre es fijarse un ritmo, por ejemplo cada mes, y no esperar a «tener algo gordo».

¿Y si no puedo confesarme? Si alguna vez te encuentras en peligro y no hay sacerdote, haz un acto de contrición perfecta: por amor a Dios, con el propósito de confesarte en cuanto puedas; así Dios perdona incluso los pecados graves (Catecismo, 1452).

Si hace años que no te confiesas

No tienes que arreglar tu vida antes de ir: vas precisamente para que Dios empiece a arreglarla contigo. El papa Francisco lo pidió así:

«Cada uno haga cuentas, pero cada uno se pregunte: ¿cuándo fue la última vez que me confesé? Y si pasó mucho tiempo, no perder un día más, ve, que el sacerdote será bueno. Jesús está allí, y Jesús es más bueno que los sacerdotes, Jesús te recibe, te recibe con mucho amor. Sé valiente y ve a la Confesión.»Papa Francisco, audiencia general del 19 de febrero de 2014
  1. Si puedes, pide a un sacerdote un rato con calma, sin la prisa de la fila antes de misa.
  2. Haz un examen breve, repasando tu vida por etapas o por los mandamientos. Lo que no recuerdes ahora no te impide confesarte: si más adelante te viene a la memoria algo grave, lo dices en la próxima confesión.
  3. Empieza diciéndole al sacerdote cuánto tiempo hace y que te ayude. Él te irá guiando con preguntas.
  4. Confiesa lo que recuerdes, con sinceridad y sin justificarte. Y déjate abrazar.

Dios ya te está esperando. El santo Cura de Ars ponía en boca de Jesús estas palabras: «Encargaré a mis ministros que anuncien a los pecadores que estoy siempre dispuesto a recibirlos, que mi misericordia es infinita» (citado por Benedicto XVI, carta para el Año Sacerdotal, 2009).

Es la experiencia del salmista: «Mientras callé se consumían mis huesos […]. Había pecado, lo reconocí, no te encubrí mi delito; propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y tú perdonaste mi culpa y mi pecado» (Sal 32, 3.5).

El secreto de confesión

Lo que dices en la confesión se queda entre tú y Dios. El sacerdote no puede contarlo a nadie: ni a tu familia, ni a otro sacerdote, ni a un juez. Nunca. La Iglesia lo enseña así:

«Todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas […]. Este secreto, que no admite excepción, se llama “sigilo sacramental”, porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda “sellado” por el sacramento.»Catecismo de la Iglesia Católica, 1467
«El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo.»Código de Derecho Canónico, c. 983 § 1

Y no solo no puede contarlo: tampoco puede usar lo que sabe por la confesión para tratarte de otra manera (Código de Derecho Canónico, c. 984 § 1; Catecismo, 1467). Puedes abrir el corazón con total confianza.

Palabras para el camino

Frases de la Escritura, de los papas y de los santos, cada una con su fuente, para llevar en el corazón.

«Si confesamos nuestros pecados, él, que es fiel y justo, nos perdonará los pecados y nos limpiará de toda injusticia.»1 Jn 1, 9 (Biblia de la Conferencia Episcopal Española)
«Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.»Mt 11, 28 (Biblia de la Conferencia Episcopal Española)
«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.»Sal 51, 12 (Biblia de la Conferencia Episcopal Española)
«Uno, cuando está en la fila para confesarse, siente todas estas cosas, incluso la vergüenza, pero después, cuando termina la Confesión sale libre, grande, hermoso, perdonado, blanco, feliz. ¡Esto es lo hermoso de la Confesión!»Papa Francisco, audiencia general del 19 de febrero de 2014
«Cada vez que nos confesamos, Dios nos abraza, Dios hace fiesta.»Papa Francisco, audiencia general del 19 de febrero de 2014
«Contrición y conversión son aún más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados.»San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 31
«Yo quiero curar, no acusar.»San Agustín, citado por san Juan Pablo II en Reconciliatio et paenitentia, 31
«De nuevo ponemos convencidos en el centro el sacramento de la Reconciliación, porque nos permite experimentar en carne propia la grandeza de la misericordia. Será para cada penitente fuente de verdadera paz interior.»Papa Francisco, Misericordiae vultus, 17

Y lo que Jesús le dijo a santa Faustina sobre el «tribunal de la misericordia» (Diario de santa Faustina, 1448) lo tienes más arriba, en esta misma página.

Confesiones 30 minutos antes de cada misa y durante la misa

Para más información: Las consecuencias del pecado (estudio en rezaelrosario.org)