Lectura 71 de 90
Hebreos 7-9
Hebreos 7
1Este Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando este regresaba de derrotar a los reyes, lo bendijo
2y recibió de Abrahán el diezmo del botín. Su nombre significa, en primer lugar, Rey de Justicia, y, después, Rey de Salén, es decir, Rey de Paz.
3Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente.
4Considerad cuán grande es este a quien el mismo patriarca Abrahán le dio el diezmo del botín.
5Pues a los hijos de Leví, que reciben el sacerdocio, la ley les manda cobrar un diezmo al pueblo, es decir, a sus hermanos, a pesar de que todos descienden de Abrahán.
6En cambio, Melquisedec, que no tenía ascendencia común con ellos, percibe el diezmo de Abrahán y bendice al titular de la promesa.
7Está fuera de discusión que el mayor bendice al menor.
8Y aquí los que cobran el diezmo son hombres que mueren, mientras que allí fue uno de quien se declara que vive.
9Por así decirlo, también Leví, que es quien cobra el diezmo, lo pagó en la persona de Abrahán,
10pues aquel estaba ya presente en su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro.
11Si la perfección se alcanzara mediante el sacerdocio levítico —pues el pueblo había recibido una ley respecto al mismo—, ¿qué falta hacía que surgiese otro sacerdote en la línea de Melquisedec y no en la línea de Aarón?
12Porque cambiar el sacerdocio implica forzosamente cambiar la ley;
13y aquel de quien habla el texto pertenece a una tribu diferente, de la cual nadie ha oficiado en el altar.
14Es cosa sabida que nuestro Señor procede de Judá, una tribu de la que nunca habló Moisés tratando del sacerdocio.
15Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec,
16que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera;
17pues está atestiguado: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.
18De este modo, por un lado, se deroga una disposición anterior, por ser ineficaz e inútil,
19pues la ley no llevó nada a la perfección, y, por otro, se introduce una esperanza más valiosa, por la cual nos acercamos a Dios.
20Además, aquí no falta un juramento, pues aquellos fueron sacerdotes sin juramento;
21este, en cambio, por el juramento que le hicieron al decirle: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote para siempre.
22Esto es señal de que Jesús es garante de una alianza más valiosa.
23De aquellos ha habido multitud de sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer;
24en cambio, este, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.
25De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos.
26Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.
27Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.
28En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.
Hebreos 8
1Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos,
2y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre.
3En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer.
4Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley.
5Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda: Mira, le dijo Dios, te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña.
6Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores.
7Si la primera hubiera sido perfecta, no habría lugar para una segunda.
8Pero les reprocha: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva;
9no como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Ellos fueron infieles a mi alianza y yo me desentendí de ellos —oráculo del Señor—.
10Así será la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
11Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: «Conoce al Señor», porque todos me conocerán, del menor al mayor,
12pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados.
13Al decir alianza nueva, declaró antigua la anterior; y lo que envejece y queda anticuado, está para desaparecer.
Hebreos 9
1También la primera alianza tenía sus ritos para el culto y su santuario de este mundo.
2Se instaló una primera tienda, llamada el Santo, donde estaban el candelabro y la mesa de los panes presentados.
3Detrás de la segunda cortina estaba la tienda llamada Santo de los Santos,
4que contenía el altar de oro para los perfumes y el Arca de la Alianza, revestida toda ella de oro, en la que se hallaban la urna de oro con maná, la vara florecida de Aarón y las tablas de la alianza.
5Encima del Arca estaban los querubines de la Gloria, que cubrían con su sombra el Propiciatorio. No hace falta explicarlo ahora al detalle.
6Una vez instalado todo, los sacerdotes entran continuamente en la primera tienda para oficiar allí.
7En la segunda solo entra el sumo sacerdote, una vez al año, con la sangre que ofrece por sí y por los pecados de inadvertencia del pueblo.
8Con lo cual daba a entender el Espíritu Santo que, mientras está en pie la primera tienda, no está patente el acceso al santuario.
9Estos son símbolos del tiempo presente: allí se ofrecen dones y sacrificios incapaces de perfeccionar la conciencia del que oficia;
10pues consisten en comidas, bebidas y abluciones diversas: disposiciones humanas en vigor hasta el momento del orden nuevo.
11En cambio, Cristo ha venido como sumo sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta: no hecha por manos de hombre, es decir, no de este mundo creado.
12No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la liberación eterna.
13Si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de una becerra, santifican con su aspersión a los profanos, devolviéndoles la pureza externa,
14¡cuánto más la sangre de Cristo, que, en virtud del Espíritu eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar nuestra conciencia de las obras muertas, para que demos culto al Dios vivo!
15Por esa razón, es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza; y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.
16Donde hay testamento tiene que darse la muerte del testador;
17pues el testamento entra en vigor cuando se produce la defunción; mientras vive el testador no tiene vigencia.
18De ahí que tampoco faltase sangre en la inauguración de la primera alianza.
19Cuando Moisés acabó de leer al pueblo toda la ley, tomó la sangre de los becerros y los machos cabríos, además de agua, lana escarlata e hisopo, y roció el libro mismo y al pueblo,
20diciendo: Esta es la sangre de la alianza que Dios ordenó para vosotros.
21Con la misma sangre roció la tienda y todos los utensilios litúrgicos.
22Según la ley, casi todo se purifica con sangre, y sin efusión de sangre no hay perdón.
23Era necesario que todas estas cosas, que son figura de las realidades celestes, se purificaran con tales ritos, pero las realidades celestes mismas necesitan sacrificios superiores a estos.
24Pues bien, Cristo entró no en un santuario construido por hombres, imagen del auténtico, sino en el mismo cielo, para ponerse ante Dios, intercediendo por nosotros.
25Tampoco se ofrece a sí mismo muchas veces como el sumo sacerdote, que entraba en el santuario todos los años y ofrecía sangre ajena.
26Si hubiese sido así, tendría que haber padecido muchas veces, desde la fundación del mundo. De hecho, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
27Por cuanto el destino de los hombres es morir una sola vez; y después de la muerte, el juicio.
28De la misma manera, Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá, sin ninguna relación al pecado, para salvar a los que lo esperan.