Lectura 70 de 90
Hebreos 4-6
Hebreos 4
1Temamos, no sea que, estando aún en vigor la promesa de entrar en su descanso, alguno de vosotros crea haber perdido la oportunidad.
2También nosotros hemos recibido la buena noticia, igual que ellos; pero el mensaje que oyeron no les sirvió de nada a quienes no se adhirieron por la fe a los que lo habían escuchado.
3Así pues, los creyentes entremos en el descanso, de acuerdo con lo dicho: He jurado en mi cólera que no entrarán en mi descanso, y eso que sus obras estaban terminadas desde la creación del mundo.
4Acerca del día séptimo se dijo: Y descansó Dios el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.
5En nuestro pasaje añade: No entrarán en mi descanso.
6Puesto que, según esto, quedan algunos por entrar en él, y los primeros que recibieron la buena noticia no entraron por su rebeldía,
7Dios señala otro día, hoy, al decir mucho tiempo después, por boca de David, lo antes citado: Si escucháis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.
8Si Josué les hubiera dado el descanso, Dios no habría hablado luego de otro día;
9por consiguiente, todavía queda un tiempo de descanso para el pueblo de Dios,
10pues el que entra en su descanso, también él descansa de sus tareas, como Dios de la suyas.
11Empeñémonos, por tanto, en entrar en aquel descanso, para que nadie caiga, imitando aquella desobediencia.
12Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo; penetra hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos; juzga los deseos e intenciones del corazón.
13Nada se le oculta; todo está patente y descubierto a los ojos de aquel a quien hemos de rendir cuentas.
14Así pues, ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.
15No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado.
16Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.
Hebreos 5
1Todo sumo sacerdote, escogido de entre los hombres, está puesto para representar a los hombres en el culto a Dios: para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.
2Él puede comprender a los ignorantes y extraviados, porque también él está sujeto a debilidad.
3A causa de ella, tiene que ofrecer sacrificios por sus propios pecados, como por los del pueblo.
4Nadie puede arrogarse este honor sino el que es llamado por Dios, como en el caso de Aarón.
5Tampoco Cristo se confirió a sí mismo la dignidad de sumo sacerdote, sino que la recibió de aquel que le dijo: Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy;
6o, como dice en otro pasaje: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.
7Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
8Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer.
9Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna,
10proclamado por Dios sumo sacerdote según el rito de Melquisedec.
11Sobre este particular tenemos mucho que decir, aunque es difícil de explicar, porque os habéis vuelto torpes de oído.
12Pues, debiendo vosotros ser ya maestros, por razón del tiempo, seguís necesitando que alguien os vuelva a enseñar los primeros rudimentos de los oráculos divinos; y estáis necesitados de leche y no de alimento sólido.
13Quien vive de leche, desconoce la doctrina de la justicia, pues es todavía un niño.
14El alimento sólido es para perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben distinguir el bien del mal.
Hebreos 6
1Dejando aparte el mensaje inicial sobre Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin poner otra vez los cimientos, o sea: el arrepentimiento de las obras muertas, la fe en Dios,
2la instrucción sobre las abluciones, la imposición de manos, la resurrección de muertos y el juicio definitivo.
3También esto lo haremos si Dios nos lo concede.
4Pues a quienes fueron iluminados de una vez para siempre, gustaron el don celeste, participaron del Espíritu Santo,
5saborearon la palabra buena de Dios y los prodigios del mundo futuro,
6y, a pesar de todo, apostataron, es imposible renovarlos otra vez llevándolos al arrepentimiento, crucificando de nuevo al Hijo de Dios y exponiéndolo al escarnio.
7La tierra que recoge la lluvia frecuente y produce plantas útiles para los que la cultivan, recibe una bendición de Dios,
8pero si da cardos y espinas, es inútil, está cerca de la maldición, y acabará abrasada.
9Pero, aunque hablemos así, queridos hermanos, en vuestro caso esperamos lo mejor, lo que conduce a la salvación.
10Porque Dios no es injusto como para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes.
11Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza;
12y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido.
13Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo,
14diciendo: Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente;
15y así, perseverando, alcanzó lo prometido.
16Los hombres juran por alguien mayor, y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión.
17De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento,
18para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante.
19La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina,
20donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.