Lectura 51 de 90
2 Corintios 2-4
2 Corintios 2
1Decidí por mi cuenta no ir a vosotros otra vez causándoos tristeza.
2Pues si os entristezco yo a vosotros, ¿quién me va a alegrar entonces, cuando el único que puede hacerlo está triste por causa mía?
3Os escribí precisamente aquello para que, cuando llegara, no me entristecieran aquellos que tenían que alegrarme; de hecho estoy persuadido de que todos tenéis mi alegría por vuestra.
4Porque os escribí con muchas lágrimas, debido a una gran aflicción y angustia de corazón; pero no lo hice para entristeceros sino para mostraros el amor tan especial que tengo por vosotros.
5Pues si alguno ha causado tristeza, no me la ha causado a mí, sino, en cierto modo y para no exagerar, a todos vosotros.
6Bástale a ese tal el correctivo que le ha impuesto la mayoría;
7de modo que más vale que lo perdonéis y animéis, no sea que se hunda en una tristeza excesiva.
8Por eso, os recomiendo que le confirméis el amor;
9os escribí precisamente para esto, para comprobar vuestro temple y ver si obedecíais en todo.
10Lo que vosotros perdonéis a alguien, también yo se lo perdono. Pues lo que yo he perdonado, si algo tengo que perdonar, fue por causa vuestra, teniendo delante a Cristo;
11quiero evitar ser engañado por Satanás, pues no se me ocultan sus intenciones.
12Llegué a Tróade para anunciar el Evangelio de Cristo y se me abrió una gran puerta en el Señor;
13pero, al no encontrar allí a Tito, mi hermano, no me quedé tranquilo; entonces me despedí de ellos y salí para Macedonia.
14Doy gracias a Dios, que siempre nos asocia a la victoria de Cristo y difunde por medio de nosotros en todas partes la fragancia de su conocimiento.
15Porque somos incienso de Cristo ofrecido a Dios, entre los que se salvan y los que se pierden;
16para unos, olor de muerte que mata; para los otros, olor de vida, para vida. Pero, ¿quién es capaz de esto?
17Por lo menos no somos como tantos otros que negocian con la palabra de Dios, sino que hablamos con sinceridad en Cristo, de parte de Dios y delante de Dios.
2 Corintios 3
1¿Empezamos otra vez a recomendarnos?, ¿o será que, como algunos, necesitamos presentaros o pediros cartas de recomendación?
2Vosotros sois nuestra carta, escrita en nuestros corazones, conocida y leída por todo el mundo.
3Es evidente que sois carta de Cristo, redactada por nuestro ministerio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en las tablas de corazones de carne.
4Pero esta confianza la tenemos ante Dios por Cristo;
5no es que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos nada como realización nuestra; nuestra capacidad nos viene de Dios,
6el cual nos capacitó para ser ministros de una alianza nueva: no de la letra, sino del Espíritu; pues la letra mata, mientras que el Espíritu da vida.
7Pues si el ministerio de la muerte, grabado en letras sobre piedra, se realizó con tanta gloria que los hijos de Israel no podían fijar la vista en el rostro de Moisés, por el resplandor de su cara, pese a ser un resplandor pasajero,
8¡cuánto más glorioso no será el ministerio del Espíritu!
9Pues si el ministerio de la condena era glorioso, ¿no será mucho más glorioso el ministerio de la justicia?
10Más todavía, en este aspecto, lo que era glorioso ya no lo es, comparado con esta gloria sobreeminente.
11Y si lo que era pasajero tuvo su gloria, ¡cuánto más glorioso no será lo que permanece!
12Así pues, teniendo esta esperanza, procedemos con toda franqueza,
13y no como hizo Moisés, que se echaba un velo sobre la cara para evitar que los hijos de Israel contemplaran el fin de lo que era caduco.
14Pero tienen la mente embotada, pues hasta el día de hoy permanece aquel velo en la lectura del Antiguo Testamento, sin quitarse, porque se elimina en Cristo.
15Y hasta hoy, cada vez que se lee a Moisés, cae un velo sobre sus corazones;
16pero cuando se convierta al Señor, se quitará el velo.
17Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, hay libertad.
18Mas todos nosotros, con la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente, por la acción del Espíritu del Señor.
2 Corintios 4
1Por esto, encargados de este ministerio por la misericordia obtenida, no nos acobardamos;
2al contrario, hemos renunciado a la clandestinidad vergonzante, no actuando con intrigas ni falseando la palabra de Dios; sino que, manifestando la verdad, nos recomendamos a la conciencia de todo el mundo delante de Dios.
3Y si nuestro Evangelio está velado, lo está entre los que se pierden,
4los incrédulos, cuyas mentes ha obcecado el dios de este mundo para que no vean el resplandor del Evangelio de la gloria de Cristo, que es imagen de Dios.
5Porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo como Señor, y a nosotros como siervos vuestros por Jesús.
6Pues el Dios que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas ha brillado en nuestros corazones, para que resplandezca el conocimiento de la gloria de Dios reflejada en el rostro de Cristo.
7Pero llevamos este tesoro en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros.
8Atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados;
9perseguidos, pero no abandonados; derribados, mas no aniquilados,
10llevando siempre y en todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo.
11Pues, mientras vivimos, continuamente nos están entregando a la muerte por causa de Jesús; para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.
12De este modo, la muerte actúa en nosotros, y la vida en vosotros.
13Pero teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: Creí, por eso hablé, también nosotros creemos y por eso hablamos;
14sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús y nos presentará con vosotros ante él.
15Pues todo esto es para vuestro bien, a fin de que cuantos más reciban la gracia, mayor sea el agradecimiento, para gloria de Dios.
16Por eso, no nos acobardamos, sino que, aun cuando nuestro hombre exterior se vaya desmoronando, nuestro hombre interior se va renovando día a día.
17Pues la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria,
18ya que no nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno.