← El Nuevo Testamento en 90 lecturas

Lectura 42 de 90

Romanos 7-9

Letra: Normal

Romanos 7

1¿O ignoráis, hermanos —hablo a gente experta en la ley—, que la ley ejerce su dominio sobre el hombre mientras este vive?

2De hecho, la mujer casada se debe por ley a su marido mientras este vive; pero si muere el marido, queda liberada de la ley del marido.

3De modo que, mientras vive el marido, es considerada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de manera que no es adúltera si se une a otro hombre.

4Así que, hermanos, también vosotros habéis muerto a la ley por el cuerpo de Cristo, a fin de que podáis uniros a otro, es decir, a aquel que resucitó de entre los muertos, y para que demos frutos para Dios.

5Mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, avivadas por la ley, actuaban en nuestros miembros, a fin de que diéramos frutos para la muerte;

6ahora, en cambio, tras morir a aquella realidad en la que nos hallábamos prisioneros, hemos sido liberados de la ley, de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.

7Entonces, ¿qué diremos?, ¿que la ley es pecado? ¡En absoluto! Pero ocurre que yo no he conocido el pecado sino a través de la ley. Pues yo no habría conocido el deseo, si la ley no dijera: No desearás.

8Es decir, el pecado, aprovechando la oportunidad que se le brindaba a través del precepto, provocó en mí toda clase de deseos. Pues sin la ley el pecado estaba muerto;

9o sea, que yo vivía cuando no había ley, pero, una vez que llegó el precepto, revivió el pecado,

10y yo encontré la muerte; de este modo, resultó que el precepto, que estaba orientado a la vida, tuvo para mí consecuencias de muerte.

11Pues el pecado, aprovechando la oportunidad que se le brindaba a través del precepto, me engañó y, a través de él, me dio muerte.

12Según esto, la ley es santa, y el precepto santo, justo y bueno.

13Entonces, ¿lo bueno se convirtió en muerte para mí? De ningún modo. Lo que ocurre es que el pecado, para mostrarse como pecado, me causó la muerte a través de lo bueno; de este modo, por medio del precepto, el pecado se vuelve pecaminoso hasta el extremo.

14Pues sabemos que la ley es espiritual, mientras que yo soy carnal, vendido al poder del pecado.

15En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco;

16y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena.

17Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.

18Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no.

19Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo.

20Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí.

21Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal.

22En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios;

23pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.

24¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!

25Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado.

Romanos 8

1No hay, pues, condena alguna para los que están en Cristo Jesús,

2pues la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

3Lo que era imposible a la ley, por cuanto que estaba debilitada a causa de la carne, lo ha hecho Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne,

4para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, los que actuamos no de acuerdo con la carne, sino de acuerdo con el Espíritu.

5Pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu.

6El deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu, vida y paz.

7Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios; ni puede someterse.

8Los que están en la carne no pueden agradar a Dios.

9Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

10Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia.

11Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

12Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne.

13Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

14Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.

15Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!».

16Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios;

17y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.

18Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará.

19Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios;

20en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza

21de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.

23Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

24Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve?

25Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

26Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

27Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

28Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.

29Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.

30Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

31Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

32El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

33¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.

34¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?

35¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?;

36como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.

37Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.

38Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias,

39ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Romanos 9

1Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—:

2siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón;

3pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne:

4ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas;

5suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

6Pero no es que haya fallado la palabra de Dios. Pues no todos los que proceden de Israel son Israel;

7ni porque sean descendencia de Abrahán son todos hijos, sino que tus descendientes se llamarán tales a través de Isaac.

8Es decir, hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia.

9Porque las palabras de la promesa son estas: por este tiempo volveré y Sara tendrá un hijo.

10Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió de uno solo, es decir, de nuestro padre Isaac;

11pues bien, para que el designio de Dios se mantuviese conforme a la elección, es decir, para que su cumplimiento

12no dependiese de las obras sino del que llama, antes de que hubieran nacido y de que hubieran hecho nada bueno o malo, se le dijo a Rebeca que el mayor servirá al menor;

13según está escrito: He amado a Jacob y he odiado a Esaú.

14¿Qué diremos, pues? ¿Acaso hay injusticia en Dios? De ningún modo.

15Pues a Moisés le dice: Me compadeceré de quien me compadezca y me apiadaré de quien me apiade.

16En consecuencia, no está en el que quiere ni en el que corre, sino en Dios que se compadece.

17La Escritura dice, en efecto, al faraón: Te he suscitado precisamente para esto: para mostrar en ti mi fuerza y para que mi nombre se difunda en toda la tierra.

18Es decir, se compadece de quien quiere y endurece a quien quiere.

19Pero tú me dirás: entonces ¿por qué aún se queja? En realidad, ¿Quién podrá oponerse a su voluntad?

20Más bien habría que preguntar: Oh hombre, ¿quién eres tú para enfrentarte a Dios? ¿Acaso dirá la vasija al que la modela, «por qué me has hecho así»?

21¿O acaso no puede el alfarero modelar con la misma arcilla un objeto destinado a usos nobles y otro dedicado a usos menos nobles?

22¿Y si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia objetos de ira destinados a la perdición,

23con el fin de dar a conocer la riqueza de su gloria en favor de los objetos de misericordia preparados para la gloria…?

24Y estos tales somos nosotros, a los que ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles,

25según afirma también en el profeta Oseas: Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada;

26y en el lugar donde se les dijo: no sois mi pueblo, allí mismo se los llamará hijos del Dios vivo.

27Isaías, por su parte, clama acerca de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mar, se salvará un resto.

28Pues el Señor cumplirá su palabra sobre la tierra perfectamente y pronto.

29Y según predijo Isaías: Si el Señor del universo no nos hubiera dejado una semilla, habríamos llegado a ser como Sodoma y nos habríamos asemejado a Gomorra.

30Entonces, ¿qué diremos? Que los gentiles, que no buscaban la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia de la fe,

31mientras que Israel, que buscaba la ley de la justicia, no alcanzó la ley.

32¿Por qué? Porque la buscaba no en virtud de la fe, sino como si se pudiera alcanzar en virtud de las obras: tropezaron en la piedra de tropiezo,

33según está escrito: He aquí que pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca de escándalo; pero el que crea en ella no será confundido.