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Lectura 39 de 90

Hechos de los Apóstoles 26-28

Letra: Normal

Hechos de los Apóstoles 26

1Agripa dijo a Pablo: «Se te permite hablar en tu favor». Entonces Pablo, extendiendo la mano, empezó su defensa:

2«Me considero dichoso, rey Agripa, de poder defenderme hoy ante ti de todas las cosas de que me acusan los judíos,

3mayormente porque conoces todas las costumbres y controversias judías; por ello te ruego me escuches con paciencia.

4Todos los judíos conocen mi vida desde mi juventud, la cual transcurrió desde el principio entre mi gente y en Jerusalén;

5y, puesto que me conocen ya de antes, de mucho tiempo atrás, si quieren pueden dar testimonio de que yo viví como fariseo, conforme a la secta más estricta de nuestra religión.

6Ahora estoy aquí procesado por la esperanza en la promesa hecha por Dios a nuestros padres,

7que nuestras doce tribus esperan alcanzar dando culto a Dios asiduamente noche y día. Por causa de esta esperanza, ¡oh rey!, soy acusado por los judíos.

8¿Por qué os parece increíble que Dios resucite a los muertos?

9Yo creí que era mi deber actuar con todos los medios contra el nombre de Jesús el Nazareno.

10Así, autorizado por los sumos sacerdotes, lo hice en Jerusalén, encerrando en cárceles a muchos de los santos y dando mi voto cuando eran ajusticiados.

11Repetidas veces, recorriendo todas las sinagogas y ensañándome con ellos, les obligaba a blasfemar, y, rebosando furor contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras.

12En este empeño, iba hacia Damasco con poderes y comisión del sumo sacerdote,

13cuando, hacia el mediodía, durante el camino vi, ¡oh rey!, una luz venida del cielo, más brillante que el sol, que me envolvía con su fulgor a mí y a los que caminaban conmigo.

14Caímos todos nosotros por tierra y yo oí una voz que me decía en hebreo: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues? Duro es para ti dar coces contra el aguijón”.

15Yo dije: “¿Quién eres, Señor?”. Y el Señor respondió: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues.

16Pero levántate y ponte en pie, pues me he aparecido a ti precisamente para elegirte como servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré.

17Te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a quienes te envío

18para que les abras los ojos, y se vuelvan de las tinieblas a la luz y del dominio de Satanás a Dios; para que reciban el perdón de los pecados y parte en la herencia entre los que han sido santificados por la fe en mí”.

19Así pues, rey Agripa, yo no he sido desobediente a la visión del cielo,

20sino que he predicado primero a los judíos de Damasco, luego a los de Jerusalén y de toda Judea, y por último a los gentiles, que se arrepientan y se conviertan a Dios, haciendo obras dignas de penitencia.

21Por este motivo me prendieron los judíos en el templo y trataron de matarme,

22pero, con la ayuda de Dios, me he mantenido firme hasta hoy dando testimonio a pequeños y grandes, sin decir cosa fuera de lo que los profetas y el mismo Moisés dijeron que debía suceder:

23que el Mesías, habiendo padecido y siendo el primero en resucitar de entre los muertos, anunciaría la luz a su pueblo y a los gentiles».

24Mientras estaba él diciendo esto en su defensa, dice Festo a grandes voces: «Estás loco, Pablo. ¡Las muchas letras te trastornan el juicio!».

25Pero Pablo dijo: «No estoy loco, excelentísimo Festo, sino que proclamo palabras verdaderas y sensatas.

26Bien conoce todo esto el rey, ante quien hablo con plena franqueza; estimo que no se le oculta nada de esto, pues no ha sucedido en un rincón.

27¿Crees, rey Agripa, en los profetas? Yo sé que crees».

28Contestó Agripa a Pablo: «Por poco me convences para que me haga cristiano».

29Respondió Pablo: «Quisiera Dios que, por poco o por mucho, no solo tú sino todos los que me estáis escuchando hoy llegarais a ser como yo, salvo estas cadenas».

30Se levantaron el rey, el gobernador, Berenice y los que estaban sentados con ellos

31y, cuando se retiraron, decían entre ellos: «Este hombre no está haciendo nada digno de muerte o de prisión».

32Agripa dijo a Festo: «Este hombre podía ser puesto en libertad si no hubiera apelado al César».

Hechos de los Apóstoles 27

1Cuando se decidió que emprendiésemos la navegación hacia Italia, encomendaron la custodia de Pablo y de otros prisioneros a un centurión de nombre Julio, perteneciente a la cohorte Augusta.

2Embarcamos en una nave adramitena que iba a navegar hacia lugares de Asia y nos hicimos a la mar. Estaba con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.

3Al día siguiente arribamos a Sidón. Allí, Julio, tratando con humanidad a Pablo, le permitió ir a ver a sus amigos y ser atendido por ellos.

4Desde allí nos hicimos a la mar y navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios,

5y, después de hacer la travesía por alta mar frente a las costas de Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira de Licia.

6Allí encontró el centurión una nave alejandrina que navegaba para Italia y nos embarcó en ella.

7Durante bastantes días navegamos despacio, y habiendo llegado a duras penas frente a Gnido, por no permitirlo el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón,

8y, después de costearla con dificultad, llegamos a un lugar llamado Puertos Hermosos, que estaba cerca de la ciudad de Lasea.

9Habiendo transcurrido bastante tiempo y siendo ya insegura la navegación porque ya había pasado el Ayuno, Pablo les aconsejaba,

10diciéndoles: «Amigos, veo que la navegación va a ser un sufrimiento y un perjuicio no solo para la carga y la nave, sino también para nuestras personas».

11Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón que a lo que Pablo había dicho.

12Como, por otra parte, el puerto no era adecuado para invernar, la mayoría acordó hacerse a la mar, intentando llegar a Fénica, puerto de Creta que mira al ábrego y al cauro, para pasar allí el invierno.

13Habiéndose levantado una brisa del sur, creyeron que podían realizar su propósito y, levando anclas, fueron costeando Creta.

14Pero no mucho después irrumpió contra la nave un viento huracanado, el llamado euroaquilón.

15La nave fue arrastrada y no pudimos hacer frente al viento, quedando a la deriva.

16Navegando a sotavento de una isleta llamada Cauda, con dificultad pudimos hacernos con el bote;

17lo izaron a bordo y se emplearon cables de refuerzo para ceñir el casco de la nave y, por temor a ser arrojados a la Sirte, se echó el ancla flotante y así seguían a la deriva.

18Al día siguiente, como el temporal continuaba azotando con fuerza, echaron al mar parte de la carga,

19y, al tercer día, arrojamos con nuestras propias manos el aparejo de la nave.

20Durante muchos días, no aparecieron ni sol ni estrellas; y, como seguíamos acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.

21Hacía ya días que no habíamos comido. Entonces Pablo, de pie en medio de ellos, dijo: «Amigos, debíais haberme hecho caso y no haber salido de Creta; habríais evitado estos sufrimientos y estos perjuicios.

22De todos modos, ahora os aconsejo que os animéis, pues no habrá entre vosotros pérdida alguna de vida, solo la de la nave,

23porque se me presentó esta noche un ángel de Dios, de quien soy y a quien sirvo,

24diciéndome: “No temas, Pablo, es necesario que tú comparezcas ante César; y mira, Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo”.

25Por ello, amigos, animaos, porque tengo fe en Dios de que sucederá tal como se me ha dicho.

26Pero tenemos que ser arrojados en una isla».

27Al llegar la decimocuarta noche, yendo a la deriva por el Adriático, los marineros sospecharon a media noche que se estaban acercando a tierra.

28Echaron la sonda y midieron veinte brazas; pasando un poco más adelante, sondearon de nuevo y midieron quince brazas.

29Temerosos de que fuéramos empujados contra una escollera, echaron cuatro anclas por popa, esperando con ansia que se hiciera de día.

30Los marineros intentaban escapar de la nave y estaban ya echando el bote al mar con el pretexto de que tenían que extender las anclas desde proa,

31cuando Pablo dijo al centurión y a los soldados: «Si estos no se quedan en la nave, vosotros no os podéis salvar».

32Entonces los soldados cortaron las amarras del bote y lo dejaron caer.

33Mientras esperaban que se hiciera de día, Pablo aconsejaba a todos que comieran, diciendo: «Lleváis ya catorce días en continua expectación, en ayunas y sin tomar nada.

34Por eso os aconsejo que toméis alimento; es conveniente para conseguir salvaros, pues ninguno de vosotros perderá un cabello de su cabeza».

35Dicho esto, tomando pan, dio gracias en presencia de todos y, después de partirlo, empezó a comer.

36Entonces se animaron todos y también ellos tomaron alimento.

37El total de personas que estábamos en la nave era de doscientas setenta y seis.

38Una vez satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar.

39Cuando se hizo de día, no identificaban la tierra, pero divisaron una ensenada que tenía playa y en ella decidieron varar la nave, si podían.

40Y habiendo soltado las anclas, las dejaron caer al mar, a la vez que, aflojando las ataduras de los timones e izando a favor del viento la vela de artimón, iban con rumbo a la playa.

41Pero chocaron con un saliente rodeado de mar por ambos lados y encallaron la nave. La proa se hincó y quedó inmóvil, mientras que la popa se desvencijaba por la violencia de las olas.

42Entonces decidieron los soldados matar a los prisioneros, no fuera que alguno huyese nadando;

43pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, impidió este plan y mandó que primero se tirasen al agua y ganasen la orilla los que sabían nadar,

44y que los demás lo hiciesen unos sobre tablones, otros sobre restos de la nave. Y así todos se salvaron llegando a tierra.

Hechos de los Apóstoles 28

1Una vez a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta.

2Los naturales nos mostraron una hospitalidad poco común, pues encendiendo una hoguera a causa de la lluvia que caía y del frío, nos acogieron a todos nosotros.

3Pablo recogió una brazada de ramas secas y, al echarla a la hoguera, una víbora, huyendo del calor, hizo presa en su mano.

4Cuando vieron los nativos el animal colgando de su mano, se decían unos a otros: «Este hombre es ciertamente un homicida; se ha salvado del mar, pero la Justicia no le ha consentido vivir».

5Pero él, sacudiendo el animal en el fuego, no sufrió daño alguno.

6Ellos estaban esperando que se hinchara o cayese muerto de repente, pero, después de mucho esperar y viendo que no le pasaba nada malo, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios.

7En los alrededores de aquel lugar tenía una finca el principal de la isla de Malta, que se llamaba Publio; nos recibió y nos hospedó tres días amablemente.

8Coincidió que el padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo y rezó, le impuso las manos y lo curó.

9Al ocurrir esto, los demás enfermos de la isla fueron acudiendo, y eran curados.

10Nos colmaron de atenciones y, al hacernos a la mar, nos proveyeron de todo lo necesario.

11Al cabo de tres meses, zarpamos en un barco que había invernado en la isla de Malta. Era de Alejandría y llevaba por mascarón los Dióscuros.

12Arribamos a Siracusa y nos detuvimos tres días;

13desde allí, costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente, se levantó viento sur, y llegamos a Puteoli en dos días.

14Allí encontramos a algunos hermanos, los cuales nos rogaron que pasásemos siete días con ellos. Y así llegamos a Roma.

15Los hermanos de Roma, que habían oído hablar de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y se sintió animado.

16Una vez en Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba.

17Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo: «Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos.

18Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte;

19pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo.

20Por este motivo, pues, os he llamado para veros y hablar con vosotros; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».

21Ellos le respondieron: «Nosotros no hemos recibido de Judea carta sobre ti ni ninguno de los hermanos que ha venido de allí nos ha denunciado o hablado nada negativo sobre ti,

22pero deseamos oír de tus propios labios lo que piensas, porque sabemos que a esta secta se la contradice en todas partes».

23Después de acordar con él un día, vinieron a verlo a su alojamiento en mayor número. A todos ellos les exponía el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, dando testimonio e intentando persuadirlos de lo relativo a Jesús apoyándose en la ley de Moisés y los profetas.

24Unos aceptaban con fe lo que decía, pero otros permanecían incrédulos.

25Se estaban marchando en total desacuerdo, cuando Pablo les dirigió esta sola palabra: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías,

26diciendo: Ve a este pueblo y dile: oiréis con el oído pero no entenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis.

27Porque se embotó el corazón de este pueblo, oyeron con oídos sordos y han cerrado sus ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con el corazón y convertirse y que yo los cure.

28Por ello, sabed todos vosotros que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. Ellos sí la oirán».

29[«Cuando terminó de decir esto, los judios se fueron, teniendo gran discursión entre sí».]

30Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo,

31predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.