Lectura 37 de 90
Hechos de los Apóstoles 20-22
Hechos de los Apóstoles 20
1Cuando se hubo apaciguado el tumulto, Pablo hizo venir a los discípulos y los animó y, después de despedirse, salió para Macedonia.
2Después de recorrer aquella región, animando a los discípulos con largos discursos, vino a Grecia,
3donde pasó tres meses. Como los judíos organizaron una conspiración contra él cuando estaba a punto de embarcarse para Siria, decidió regresar a través de Macedonia.
4Lo acompañaban Sópatros, hijo de Pirro, de Berea; Aristarco y Segundo, de Tesalónica; Gayo, de Derbe; Timoteo; y de Asia, Tíquico y Trófimo.
5Estos se adelantaron y nos esperaron en Tróade.
6Nosotros, por nuestra parte, al terminar los días de los Ácimos, nos hicimos a la mar en Filipos y en cinco días nos unimos a ellos en Tróade, donde nos detuvimos siete días.
7El primer día de la semana, nos reunimos para la fracción del pan; Pablo les estuvo hablando y, como iba a marcharse al día siguiente, prolongó el discurso hasta medianoche.
8Había lámparas en abundancia en la sala de arriba, donde estábamos reunidos.
9Un muchacho, de nombre Eutiquio, estaba sentado en la ventana. Mientras Pablo alargaba su discurso, al muchacho le iba entrando un sueño cada vez más pesado; al final, vencido por el sueño, se cayó del tercer piso abajo. Lo recogieron ya muerto,
10pero Pablo bajó, se echó sobre él y, abrazándolo, dijo: «No os alarméis, sigue con vida».
11Volvió a subir, partió el pan y lo comió. Estuvo conversando largamente hasta el alba y, por fin, se marchó.
12Por lo que hace al muchacho, lo trajeron vivo, con gran consuelo de todos.
13Nosotros nos adelantamos a embarcarnos y zarpamos con rumbo a Aso, donde habíamos de recoger a Pablo; así lo había decidido, pues quería hacer el camino a pie.
14Cuando se reunió con nosotros en Aso, lo recogimos y llegamos a Mitilene.
15Desde allí nos hicimos a la mar y pasamos al día siguiente frente a Quíos; al otro día tocamos puerto en Samos y al día siguiente llegamos a Mileto.
16Pablo se había propuesto no hacer escala en Éfeso para no tener que demorarse en Asia, pues tenía prisa por estar en Jerusalén, si era posible, el día de Pentecostés.
17Desde Mileto, envió recado a Éfeso para que vinieran los presbíteros de la Iglesia.
18Cuando se presentaron, les dijo: «Vosotros habéis comprobado cómo he procedido con vosotros todo el tiempo que he estado aquí, desde el primer día en que puse el pie en Asia,
19sirviendo al Señor con toda humildad, con lágrimas y en medio de las pruebas que me sobrevinieron por las maquinaciones de los judíos;
20cómo no he omitido por miedo nada de cuanto os pudiera aprovechar, predicando y enseñando en público y en privado,
21dando solemne testimonio tanto a judíos como a griegos, para que se convirtieran a Dios y creyeran en nuestro Señor Jesús.
22Y ahora, mirad, me dirijo a Jerusalén, encadenado por el Espíritu. No sé lo que me pasará allí,
23salvo que el Espíritu Santo, de ciudad en ciudad, me da testimonio de que me aguardan cadenas y tribulaciones.
24Pero a mí no me importa la vida, sino completar mi carrera y consumar el ministerio que recibí del Señor Jesús: ser testigo del Evangelio de la gracia de Dios.
25Y ahora, mirad: sé que ninguno de vosotros, entre quienes he pasado predicando el reino, volverá a ver mi rostro.
26Por eso testifico en el día de hoy que estoy limpio de la sangre de todos:
27pues no tuve miedo de anunciaros enteramente el plan de Dios.
28Tened cuidado de vosotros y de todo el rebaño sobre el que el Espíritu Santo os ha puesto como guardianes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio Hijo.
29Yo sé que, cuando os deje, se meterán entre vosotros lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño.
30Incluso de entre vosotros mismos surgirán algunos que hablarán cosas perversas para arrastrar a los discípulos en pos de sí.
31Por eso, estad alerta: acordaos de que durante tres años, de día y de noche, no he cesado de aconsejar con lágrimas en los ojos a cada uno en particular.
32Ahora os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para construiros y haceros partícipes de la herencia con todos los santificados.
33De ninguno he codiciado dinero, oro ni ropa.
34Bien sabéis que estas manos han bastado para cubrir mis necesidades y las de los que están conmigo.
35Siempre os he enseñado que es trabajando como se debe socorrer a los necesitados, recordando las palabras del Señor Jesús, que dijo: “Hay más dicha en dar que en recibir”».
36Cuando terminó de hablar, se puso de rodillas y oró con todos ellos.
37Entonces todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaban;
38lo que más pena les daba de lo que había dicho era que no volverían a ver su rostro. Y lo acompañaron hasta la nave.
Hechos de los Apóstoles 21
1Después de separarnos de ellos, nos hicimos a la mar y, navegando derechos, llegamos a Cos; al día siguiente, a Rodas y de allí a Pátara.
2Encontramos una nave que hacía la travesía a Fenicia, nos embarcamos y nos dimos a la vela.
3Después de avistar Chipre y de dejarla a la izquierda, seguimos navegando rumbo a Siria y arribamos a Tiro, pues allí la nave debía descargar la mercancía.
4Dimos con los discípulos y permanecimos allí siete días. Ellos, movidos por el Espíritu, decían a Pablo que no subiese a Jerusalén,
5pero, cuando pasaron aquellos días, salimos y seguimos el camino, acompañándonos todos ellos con sus mujeres y niños hasta las afueras de la ciudad; en la playa nos pusimos de rodillas y oramos;
6nos despedimos unos de otros y subimos a la nave; ellos se volvieron a sus casas.
7Desde Tiro llegamos a Tolemaida, terminando así el viaje por mar, y, después de saludar a los hermanos, nos quedamos un día con ellos.
8Al día siguiente, partimos de allí y llegamos a Cesarea; entramos en la casa de Felipe, el evangelista, uno de los Siete, y nos quedamos con él.
9Este tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban.
10Permanecimos allí bastantes días; bajó de Judea un profeta de nombre Agabo;
11vino a vernos y, tomando el cinturón de Pablo, se ató los pies y las manos y dijo: «Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén y entregarán en manos de los gentiles al hombre a quien pertenece este cinturón».
12Al oír esto, tanto nosotros como los de aquel lugar le rogamos que no subiese a Jerusalén.
13Entonces Pablo respondió, diciendo: «¿Qué hacéis llorando y afligiendo mi corazón? Pues yo estoy dispuesto no solo a que me arresten, sino también a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús».
14Como no se dejaba convencer, dejamos de insistir, diciendo: «Hágase la voluntad del Señor».
15Después de estos días, hechos los preparativos del viaje, emprendimos la subida a Jerusalén.
16Nos acompañaron algunos discípulos de Cesarea, que nos llevaron a casa de cierto Nasón de Chipre, antiguo discípulo, donde nos habíamos de alojar.
17Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con agrado.
18Al día siguiente, Pablo entró con nosotros en casa de Santiago; se reunieron también todos los presbíteros.
19Después de saludarlos, les fue contando una a una todas las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio.
20Al oírlo, glorificaban a Dios, y le dijeron: «Hermano, ya estás viendo cuántos miles y miles de entre los judíos han abrazado la fe y todos son fervientes seguidores de la ley.
21Pero han oído decir sobre ti que andas enseñando a todos los judíos que viven entre los gentiles que abandonen a Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos ni vivan de acuerdo con las costumbres tradicionales.
22¿Qué hacer, pues? De todos modos se van a enterar de que has venido.
23Haz, pues, lo que te vamos a decir: tenemos aquí cuatro hombres que tienen que cumplir un voto.
24Tómalos contigo y purifícate con ellos; y paga por ellos para que se rapen la cabeza. Así conocerán todos que no hay nada de lo que han oído decir de ti sino que tú también procedes correctamente observando la ley.
25En cuanto a los gentiles que han abrazado la fe, les hemos comunicado por carta lo que hemos decidido: que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de la sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas».
26Entonces Pablo tomó consigo a aquellos hombres y, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo para avisar cuándo se cumplían los días de la purificación y cuándo había que presentar la ofrenda por cada uno de ellos.
27Cuando estaban para cumplirse los siete días, los judíos de Asia, que lo vieron en el templo, alborotaron al gentío y agarraron a Pablo,
28gritando: «¡Auxilio, israelitas! Este es el hombre que va enseñando a todos por todas partes contra nuestro pueblo, contra nuestra ley y contra este lugar; e incluso ha llegado a introducir a unos griegos en el templo, profanando este lugar santo».
29Era que antes habían visto con él por la ciudad a Trófimo, el de Éfeso, y pensaban que Pablo lo había introducido en el templo.
30El revuelo cundió por toda la ciudad, y hubo una avalancha de gente; agarraron a Pablo, lo sacaron a rastras fuera del templo e inmediatamente cerraron las puertas.
31Y estando ellos a punto de matarlo, dijeron al tribuno de la cohorte: «Toda Jerusalén anda revuelta».
32Inmediatamente cogió soldados y centuriones y bajó corriendo hacia donde estaban ellos, que, al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo.
33Entonces el tribuno se acercó, agarró a Pablo y dio orden de que lo ataran con dos cadenas; y empezó a preguntar quién era y qué había hecho.
34Entre la gente, sin embargo, unos gritaban una cosa y otros otra. No pudiendo conseguir información segura a causa de alboroto, ordenó que lo condujeran al cuartel.
35Cuando llegó a las escaleras, tuvo que ser llevado a hombros por los soldados debido a la violencia de la gente,
36pues el pueblo en masa venía detrás, gritando: «Elimínalo».
37Cuando estaban a punto de meterlo en el cuartel, Pablo dice al tribuno: «¿Se me permite decirte una palabra?». Él le contestó: «¿Sabes griego?
38Entonces, ¿no eres tú el egipcio que estos últimos días ha amotinado y llevado al desierto a los cuatro mil sicarios?».
39Pablo repuso: «Yo soy judío, de Tarso de Cilicia, ciudadano de una ciudad ilustre. Te ruego me permitas hablar al pueblo».
40Se lo permitió, y Pablo, de pie sobre las escaleras, pidió silencio con la mano al pueblo. Se hizo un gran silencio y comenzó a hablar en lengua hebrea, diciendo:
Hechos de los Apóstoles 22
1«Hermanos israelitas y padres: escuchad la defensa que hago ahora ante vosotros».
2Al oír que les hablaba en lengua hebrea, guardaron mayor silencio. Y continuó:
3«Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad; me formé a los pies de Gamaliel en la exacta observancia de la ley de nuestros padres; he servido a Dios con tanto celo como vosotros mostráis hoy.
4Yo perseguí a muerte este Camino, encadenando y metiendo en la cárcel a hombres y mujeres,
5como pueden atestiguar en favor mío el sumo sacerdote y todo el consejo de los ancianos. Ellos me dieron cartas para los hermanos de Damasco, y me puse en camino con el propósito de traerme encadenados a Jerusalén a los que encontrase allí, para que los castigaran.
6Pero yendo de camino, cerca ya de Damasco, hacia mediodía, de repente una gran luz del cielo me envolvió con su resplandor;
7caí por tierra y oí una voz que me decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?”.
8Yo pregunté: “¿Quién eres, Señor?”. Y me dijo: “Yo soy Jesús el Nazareno a quien tú persigues”.
9Mis compañeros vieron el resplandor, pero no oyeron la voz que me hablaba.
10Yo pregunté: “¿Qué debo hacer, Señor?”. El Señor me respondió: “Levántate, continúa el camino hasta Damasco, y allí te dirán todo lo que está determinado que hagas”.
11Como yo no veía, cegado por el resplandor de aquella luz, mis compañeros me llevaron de la mano a Damasco.
12Un cierto Ananías, hombre piadoso según la ley, recomendado por el testimonio de todos los judíos residentes en la ciudad,
13vino a verme, se puso a mi lado y me dijo: “Saúl, hermano, recobra la vista”. Inmediatamente recobré la vista y lo vi.
14Él me dijo: “El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conozcas su voluntad, veas al Justo y escuches la voz de sus labios,
15porque vas a ser su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído.
16Ahora, ¿qué te detiene? Levántate, recibe el bautismo y lava tus pecados invocando su nombre”.
17Regresé a Jerusalén y, mientras oraba en el templo, caí en éxtasis
18y lo vi que me decía: “Date prisa y sal inmediatamente de Jerusalén, pues no recibirán tu testimonio acerca de mí”.
19Yo respondí: “Señor, ellos saben que yo andaba por la sinagogas encarcelando y azotando a los que creían en ti;
20y cuando se derramaba la sangre de tu testigo Esteban, yo también me encontraba presente, aprobándolo y guardando los vestidos de los que lo mataban”.
21Pero él me dijo: “Ponte en camino, porque yo te voy a enviar lejos, a los gentiles”».
22Lo estuvieron escuchando hasta estas palabras y entonces alzaron sus voces diciendo: «Quita de la tierra a ese, pues no merece vivir».
23Y como ellos siguiesen gritando, agitando sus vestidos y echando polvo al aire,
24el tribuno ordenó que lo llevasen dentro del cuartel y dijo que lo sometieran a los azotes para averiguar por qué motivo gritaban así contra él.
25Mientras lo estiraban con las correas, preguntó Pablo al centurión que estaba presente: «¿Os está permitido azotar a un ciudadano romano sin previa sentencia?».
26Al oírlo, el centurión fue a avisar al tribuno: «Mira bien lo que vas a hacer, pues ese hombre es ciudadano romano».
27Acudió el tribuno y le pregunto: «Dime, ¿tú eres romano?». Él respondió: «Sí».
28El tribuno añadió: «Yo adquirí esta ciudadanía por una gran suma». Pablo contestó: «Pues yo nací con ella».
29Los que iban a atormentarlo para hacerlo hablar se retiraron enseguida, y el tribuno tuvo miedo al darse cuenta de que lo había encadenado siendo ciudadano romano.
30Al día siguiente, queriendo conocer con certeza los motivos por los que lo acusaban los judíos, mandó desatarlo, ordenó que se reunieran los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno y, bajando a Pablo, lo presentó ante ellos.