Lectura 36 de 90
Hechos de los Apóstoles 17-19
Hechos de los Apóstoles 17
1Después de atravesar Anfípolis y Apolonia, llegaron a Tesalónica, donde había una sinagoga de los judíos.
2Pablo, según su costumbre, se reunió con ellos y por tres sábados discutió con ellos apoyándose en las Escrituras,
3explicándolas y probando que era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos y que «este Mesías es Jesús a quien yo anuncio».
4Algunos de ellos se convencieron y se unieron a Pablo y Silas, al igual que un gran número de griegos adoradores de Dios y no pocas mujeres distinguidas.
5Pero los judíos, llenos de envidia, echando mano de algunos maleantes de la calle, armaron motines, alborotaron la ciudad y, llegándose a casa de Jasón, los buscaban para llevarlos ante el pueblo.
6Al no encontrarlos, condujeron a Jasón y a los hermanos ante los magistrados, vociferando: «Estos que han revolucionado el mundo se han presentado también aquí
7y Jasón los ha alojado. Todos estos actúan contra los decretos de César, diciendo que hay otro rey, Jesús».
8Al oír esto, el pueblo y los magistrados de la ciudad se alborotaron,
9pero, después de recibir una fianza de parte de Jasón y los demás, los soltaron.
10Enseguida, de noche, los hermanos hicieron salir para Berea a Pablo y Silas, los cuales, al llegar allí, se dirigieron a la sinagoga de los judíos.
11Estos, de mejor condición que los de Tesalónica, acogieron la palabra con todo interés, escudriñando diariamente las Escrituras para comprobar si todo era así.
12En consecuencia, muchos de ellos creyeron, al igual que no pocos griegos, tanto mujeres distinguidas como hombres.
13Pero cuando se enteraron los judíos de Tesalónica de que también en Berea había anunciado Pablo la palabra de Dios, fueron allí agitando y alborotando a la gente.
14Entonces los hermanos hicieron salir a toda prisa a Pablo para que se dirigiera hacia la costa, y se quedaron allí Silas y Timoteo.
15Los que conducían a Pablo lo llevaron hasta Atenas, y se volvieron con el encargo de que Silas y Timoteo se reuniesen con él cuanto antes.
16Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se irritaba en su interior al ver que la ciudad estaba llena de ídolos.
17Discutía, pues, en la sinagoga con los judíos y con los adoradores de Dios y diariamente en el ágora con los que allí se encontraba;
18incluso algunos filósofos epicúreos y estoicos conversaban con él. Algunos decían: «¿Qué querrá decir este charlatán?». Y otros: «Parece que es un predicador de divinidades extranjeras». Porque anunciaba a Jesús y la resurrección.
19Lo tomaron y lo llevaron al Areópago, diciendo: «¿Se puede saber cuál es esa nueva doctrina de que hablas?
20Pues dices cosas que nos suenan extrañas y queremos saber qué significa todo esto».
21Todos los atenienses y los forasteros residentes allí no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad.
22Pablo, de pie en medio del Areópago, dijo: «Atenienses, veo que sois en todo extremadamente religiosos.
23Porque, paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: “Al Dios desconocido”. Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo.
24El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene, siendo como es Señor de cielo y tierra, no habita en templos construidos por manos humanas,
25ni lo sirven manos humanas, como si necesitara de alguien, él que a todos da la vida y el aliento, y todo.
26De uno solo creó el género humano para que habitara la tierra entera, determinando fijamente los tiempos y las fronteras de los lugares que habían de habitar,
27con el fin de que lo buscasen a él, a ver si, al menos a tientas, lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de nosotros,
28pues en él vivimos, nos movemos y existimos; así lo han dicho incluso algunos de vuestros poetas: “Somos estirpe suya”.
29Por tanto, si somos estirpe de Dios, no debemos pensar que la divinidad se parezca a imágenes de oro o de plata o de piedra, esculpidas por la destreza y la fantasía de un hombre.
30Así pues, pasando por alto aquellos tiempos de ignorancia, Dios anuncia ahora en todas partes a todos los humanos que se conviertan.
31Porque tiene señalado un día en que juzgará el universo con justicia, por medio del hombre a quien él ha designado; y ha dado a todos la garantía de esto, resucitándolo de entre los muertos».
32Al oír «resurrección de entre los muertos», unos lo tomaban a broma, otros dijeron: «De esto te oiremos hablar en otra ocasión».
33Así salió Pablo de en medio de ellos.
34Algunos se le juntaron y creyeron, entre ellos Dionisio el areopagita, una mujer llamada Dámaris y algunos más con ellos.
Hechos de los Apóstoles 18
1Después de esto dejó Atenas y se fue a Corinto.
2Allí encontró a un tal Áquila, judío natural del Ponto, y a su mujer, Priscila; habían llegado hacía poco de Italia, porque Claudio había decretado que todos los judíos abandonasen Roma. Se juntó con ellos
3y, como ejercía el mismo oficio, se quedó a vivir y trabajar en su casa; eran tejedores de lona para tiendas de campaña.
4Todos los sábados discutía en la sinagoga, esforzándose por convencer a judíos y griegos.
5Cuando Silas y Timoteo bajaron de Macedonia, Pablo se dedicó enteramente a predicar, dando testimonio ante los judíos de que Jesús es el Mesías.
6Como ellos se oponían y respondían con blasfemias, Pablo sacudió sus vestidos y les dijo: «Vuestra sangre recaiga sobre vuestra cabeza. Yo soy inocente y desde ahora me voy con los gentiles».
7Se marchó de allí y se fue a casa de un cierto Ticio Justo, que adoraba a Dios y cuya casa estaba al lado de la sinagoga.
8Crispo, el jefe de la sinagoga, creyó en el Señor con toda su familia; también otros muchos corintios, al escuchar a Pablo, creían y se bautizaban.
9Una noche dijo el Señor a Pablo en una visión: «No temas, sigue hablando y no te calles,
10pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad».
11Se quedó, pues, allí un año y medio, enseñando entre ellos la palabra de Dios.
12Pero, siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se abalanzaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal
13diciendo: «Este induce a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley».
14Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Galión dijo a los judíos: «Judíos, si se tratara de un crimen o de un delito grave, sería razón escucharos con paciencia;
15pero, si discutís de palabras, de nombres y de vuestra ley, vedlo vosotros. Yo no quiero ser juez de esos asuntos».
16Y les ordenó despejar el tribunal.
17Entonces agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, sin que Galión se preocupara de ello.
18Pablo se quedó allí todavía bastantes días; luego se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria con Priscila y Áquila. En Cencreas se había hecho rapar la cabeza, porque había hecho un voto.
19Llegaron a Éfeso y los dejó allí. Entró en la sinagoga y se puso a hablar con los judíos.
20Le pidieron que se quedase allí más tiempo, pero no accedió,
21sino que se despidió, diciendo: «Volveré otra vez a vosotros, si Dios quiere». Y, embarcando, partió de Éfeso.
22Desembarcó en Cesarea, subió y saludó a la Iglesia y bajó a Antioquía.
23Pasado algún tiempo en Antioquía, marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos.
24Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras.
25Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.
26Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios.
27Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes,
28pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías.
Hechos de los Apóstoles 19
1Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos
2y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?». Contestaron: «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo».
3Él les dijo: «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?». Respondieron: «El bautismo de Juan».
4Pablo les dijo: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús».
5Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús;
6cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar.
7Eran en total unos doce hombres.
8Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.
9Como algunos se obstinaban en no creer, desacreditando el Camino ante la gente, Pablo rompió con ellos y se llevó a los discípulos; y discutía todos los días en la escuela de Tirano.
10Esto duró dos años, y así todos los habitantes de Asia, lo mismo judíos que griegos, pudieron escuchar la palabra del Señor.
11Dios hacía por medio de Pablo milagros no comunes,
12hasta el punto que bastaba aplicar a los enfermos pañuelos o ropas que habían tocado su cuerpo para que se alejasen de ellos las enfermedades y saliesen los espíritus malos.
13Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: «Os conjuro por Jesús, a quien Pablo predica».
14Los que hacían esto eran siete hijos de un tal Esceva, sumo sacerdote judío.
15Pero el espíritu malo les respondió, diciendo: «Conozco a Jesús y sé quién es Pablo, pero ¿quiénes sois vosotros?».
16El hombre que tenía el espíritu malo se abalanzó sobre ellos y los dominó a todos, ejerciendo tal violencia sobre ellos que tuvieron que huir desnudos y malheridos de aquella casa.
17Esto llegó a conocimiento de todos los habitantes de Éfeso, judíos y griegos, que quedaron sobrecogidos de temor. Y se proclamaba la grandeza del nombre del Señor Jesús.
18Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar públicamente sus prácticas mágicas.
19Bastantes de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos. Se calculó su valor y dio como resultado cincuenta mil monedas de plata.
20Así iba creciendo poderosamente la palabra del Señor y ejercía su eficacia.
21Después de estos hechos, Pablo se propuso ir a Jerusalén, pasando por Macedonia y Acaya. Decía: «Después de haber estado allí, tengo que visitar también Roma».
22Envió a Macedonia a Timoteo y Erasto, dos de los que le asistían, mientras él se quedó algún tiempo en Asia.
23En aquella ocasión se produjo un tumulto no pequeño a propósito del Camino.
24Cierto platero, llamado Demetrio, proporcionaba a los orfebres ganancias no pequeñas labrando en plata templetes de Artemisa.
25Reuniendo a estos y a los demás obreros del ramo, les dijo: «Compañeros, sabéis por experiencia que nuestro bienestar depende de este trabajo,
26pero estáis viendo y oyendo que no solo en Éfeso, sino en casi toda Asia, ese Pablo ha seducido a mucha gente con sus persuasiones, diciéndoles que no son dioses los que se fabrican con las manos.
27Y no solo se corre el peligro de que caiga en descrédito este ramo de la industria, en perjuicio nuestro, sino también de que sea tenido en nada el templo de la gran diosa Artemisa y llegue a derrumbarse la majestad de aquella a quien da culto toda Asia y todo el mundo».
28Al oír esto, se enfurecieron y se pusieron a gritar, diciendo: «¡Grande es la Artemisa de los efesios!».
29La ciudad se llenó de confusión y todos a una se dirigieron furiosos hacia el teatro, arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo.
30Pablo quería entrar y presentarse ante el pueblo, pero los discípulos no lo dejaban.
31Incluso algunos asiarcas, que eran amigos suyos, le mandaron recado rogándole que no fuese al teatro.
32Mientras tanto, unos gritaban una cosa, otros otra, pues la asamblea era pura confusión y la mayoría no sabía para qué se habían reunido.
33Algunos de entre la gente aleccionaron a Alejandro, a quien los judíos habían empujado al podio. Alejandro, pidiendo silencio con la mano, quería hacer una defensa ante el pueblo,
34pero, cuando se dieron cuenta de que era judío, todos a una estuvieron gritando durante dos horas: «Es grande la Artemisa de los efesios».
35Cuando el magistrado logró calmar a la gente, dijo a su vez: «Efesios, ¿hay algún hombre que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de la estatua caída del cielo?
36Ya que esto es indiscutible, es menester que os calméis y no obréis precipitadamente,
37pues habéis traído aquí a estos hombres que ni son sacrílegos ni blasfeman contra nuestra diosa.
38Por tanto, si Demetrio y los orfebres que lo acompañan tienen alguna querella contra alguien, hay audiencias públicas y hay procónsules; que presenten allí sus acusaciones recíprocas.
39Y si tenéis alguna otra demanda que hacer, se resolverá en la asamblea legal.
40Porque, además, corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo que ha ocurrido hoy, no existiendo motivo alguno que nos permita justificar este alboroto». Y, después de decir esto, disolvió la asamblea.