Lectura 32 de 90
Hechos de los Apóstoles 5-7
Hechos de los Apóstoles 5
1Pero un hombre llamado Ananías, de acuerdo con Safira, su mujer, vendió una propiedad
2y se quedó con una parte del precio, sabiéndolo su mujer; después llevó el resto y lo puso a los pies de los apóstoles.
3Pero Pedro le dijo: «Ananías, ¿cómo es que Satanás se ha adueñado de tu corazón para que mientas al Espíritu Santo y retengas parte del precio de la propiedad?
4¿Es que no la podías retener cuando la tenías? Y, una vez vendida, ¿no eras dueño legítimo del precio? ¿Por qué has puesto en tu corazón esta decisión? No has engañado a hombres, sino a Dios».
5Al oír Ananías estas palabras, se desplomó y expiró. Y se extendió un gran temor entre todos los que lo oían contar.
6Aparecieron unos jóvenes que lo envolvieron en lienzos y lo llevaron a enterrar.
7Aconteció unas tres horas más tarde que entró su mujer sin saber lo que había sucedido,
8y Pedro le preguntó: «Dime si habéis vendido la propiedad por tanto». Ella respondió: «Sí, por tanto».
9Entonces Pedro le dijo: «¿Por qué os habéis puesto de acuerdo para tentar al Espíritu del Señor? Mira, los pies de los que acaban de enterrar a tu marido están a la puerta y también te van a llevar a ti».
10Enseguida se desplomó a sus pies y expiró. Los jóvenes entraron, la encontraron muerta y la llevaron a enterrar junto a su marido.
11Y se extendió un gran temor en toda la Iglesia y entre todos los que lo oían contar.
12Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón;
13los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos;
14más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor.
15La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno.
16Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados.
17Entonces el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo,
18prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública.
19Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles:
20«Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida».
21Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen.
22Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar,
23diciendo: «Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».
24Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado.
25Uno se presentó, avisando: «Mirad, los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».
26Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.
27Una vez conducidos, les hicieron comparecer ante el Sanedrín y el sumo sacerdote los interrogó,
28diciendo: «¿No os habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre».
29Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.
30El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero.
31Dios lo ha exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados.
32Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que lo obedecen».
33Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
34Pero un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, respetado por todo el pueblo, se levantó en el Sanedrín, mandó que sacaran fuera un momento a aquellos hombres
35y dijo: «Israelitas, pensad bien lo que vais a hacer con esos hombres.
36Hace algún tiempo se levantó Teudas, dándoselas de hombre importante, y se le juntaron unos cuatrocientos hombres. Fue ejecutado, se dispersaron todos sus secuaces y todo acabó en nada.
37Más tarde, en los días del censo, surgió Judas el Galileo, arrastrando detrás de sí gente del pueblo; también pereció, y se disgregaron todos sus secuaces.
38En el caso presente, os digo: no os metáis con esos hombres; soltadlos. Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se disolverá;
39pero, si es cosa de Dios, no lograréis destruirlos, y os expondríais a luchar contra Dios». Le dieron la razón
40y, habiendo llamado a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús, y los soltaron.
41Ellos, pues, salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el Nombre.
42Ningún día dejaban de enseñar, en el templo y por las casas, anunciando la buena noticia acerca del Mesías Jesús.
Hechos de los Apóstoles 6
1En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas.
2Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron: «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de las mesas.
3Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea:
4nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».
5La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía.
6Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.
7La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
8Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo.
9Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban;
10pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba.
11Entonces indujeron a unos que asegurasen: «Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios».
12Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, y, viniendo de improviso, lo agarraron y lo condujeron al Sanedrín,
13presentando testigos falsos que decían: «Este individuo no para de hablar contra el Lugar Santo y la Ley,
14pues le hemos oído decir que ese Jesús el Nazareno destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que nos dio Moisés».
15Todos los que estaban sentados en el Sanedrín fijaron su mirada en él y su rostro les pareció el de un ángel.
Hechos de los Apóstoles 7
1Dijo el sumo sacerdote: «¿Es esto así?».
2Él respondió: «Hermanos y padres, escuchad. El Dios de la gloria se apareció a nuestro padre Abrahán cuando estaba en Mesopotamia, antes de establecerse en Jarán,
3y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela y vete a la tierra que te mostraré.
4Entonces, saliendo de la tierra de los caldeos, se instaló en Jarán; después de la muerte de su padre, le hizo trasladar su morada de allí a esta tierra que vosotros habitáis ahora.
5No le dio herencia en ella, ni siquiera lo que pisa un pie, pero prometió dársela en posesión a él y a su descendencia después de él, cuando aún no tenía un hijo.
6Y Dios habló así: Que su descendencia será peregrina en tierra extraña, la someterán a esclavitud y la maltratarán durante cuatrocientos años,
7pero a la nación a la que servirán como esclavos la juzgaré yo, dice Dios, y después de esto saldrán y me adorarán en este lugar.
8Y le dio la circuncisión como signo de la alianza; y así engendró a Isaac y lo circuncidó el día octavo, e Isaac a Jacob y Jacob a los doce patriarcas.
9Los patriarcas, envidiosos de José, lo vendieron con destino a Egipto. Pero Dios estaba con él,
10pues lo libró de todas sus tribulaciones, le concedió sabiduría y lo hizo grato al faraón, rey de Egipto, el cual lo constituyó jefe de Egipto y de toda su casa.
11Sobrevino entonces en todo Egipto y Canaán hambre y una gran tribulación y nuestros padres no encontraron víveres.
12Habiendo oído Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres una primera vez;
13a la vez siguiente se dio a conocer José a sus hermanos y conoció el faraón el linaje de José.
14José envió mensajeros para que trajesen a su padre, Jacob, y a toda su familia, unas setenta y cinco personas.
15Bajó, pues, Jacob a Egipto y murieron él y nuestros padres,
16y fueron trasladados a Siquén y depositados en la sepultura que había comprado Abrahán a precio de plata a los hijos de Emor en Siquén.
17A medida que se acercaba el tiempo de la promesa que había hecho Dios a Abrahán, creció el pueblo y se multiplicó en Egipto,
18hasta que surgió otro rey en Egipto que no había conocido a José.
19Este rey, actuando astutamente contra nuestro linaje, maltrató a nuestros padres hasta el punto de forzarlos a abandonar a los recién nacidos para que no sobrevivieran.
20En este tiempo nació Moisés, que era hermoso a los ojos de Dios. Fue criado durante tres meses en la casa de su padre,
21después fue abandonado y lo recogió la hija del faraón, que lo hizo criar como hijo suyo.
22Y fue educado Moisés en toda la sabiduría de los egipcios y era poderoso de palabra y de obra.
23Al cumplir los cuarenta años, nació en su corazón la idea de visitar a sus hermanos, los hijos de Israel,
24y, habiendo visto que uno era agraviado, acudió a su defensa y vengó al injuriado, matando al egipcio.
25Pensaba que sus hermanos comprenderían que Dios iba a darles la salvación por su mano, pero no comprendieron.
26Al día siguiente se presentó mientras se estaban peleando e intentaba ponerlos en paz, diciendo: “Hombres, sois hermanos, ¿por qué os ofendéis uno a otro?”.
27Pero el que ofendía a su compañero, lo rechazó, diciendo: “¿Quién te ha constituido jefe y juez sobre nosotros?”.
28¿Acaso quieres matarme igual que mataste ayer al egipcio?
29Moisés huyó a causa de estas palabras y vivió como forastero en tierra de Madián en la que engendró dos hijos.
30Pasados cuarenta años se le apareció un ángel en el desierto del monte Sinaí sobre la llama de una zarza que ardía.
31Al ver la visión, Moisés se maravilló y, al acercarse para mirar mejor, se dejó oír la voz del Señor:
32“Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob”. Moisés se echó a temblar y no se atrevía a mirar.
33Entonces le dijo el Señor: “Quítate las sandalias de tus pies, pues el lugar donde estás es tierra santa.
34Con mis propios ojos he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, he escuchado sus gemidos y he bajado a librarlos. Ahora ven, que voy a enviarte a Egipto”.
35A este Moisés, de quien renegaron diciendo: ¿Quien te ha constituido jefe y juez?, a este envió Dios como jefe y redentor por mano del ángel que se le apareció en la zarza.
36Este los sacó, realizando prodigios y signos en la tierra de Egipto, en el mar Rojo y en el desierto durante cuarenta años.
37Este es Moisés, que dijo a los hijos de Israel: “El Señor hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo”.
38Este es el que en la asamblea del desierto estuvo con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí y con nuestros padres; el que recibió palabras de vida para transmitirlas a nosotros;
39este es Moisés, a quien nuestros padres no quisieron obedecer, sino que lo rechazaron y en sus corazones volvieron a Egipto,
40cuando dijeron a Aarón: “Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque ese Moisés que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él”.
41Y fabricaron en aquellos días un becerro, ofrecieron un sacrificio al ídolo y celebraron gozosos un banquete en honor de las obras de sus manos.
42Entonces Dios se apartó de ellos y los entregó a la adoración del ejército del cielo, como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis víctimas y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel?
43Tomasteis con vosotros la tienda de Moloc y la estrella de vuestro dios Refán, las imágenes que hicisteis para adorarlas. Pues yo os llevaré más allá de Babilonia.
44Nuestros padres tenían en el desierto la Tienda del Testimonio, como mandó el que dijo a Moisés que la construyera, copiando el modelo que había visto.
45Nuestros padres recibieron como herencia esta tienda y la introdujeron, guiados por Josué, en el territorio de los gentiles, a los que Dios expulsó delante de ellos. Así estuvieron las cosas hasta el tiempo de David,
46que alcanzó el favor de Dios, y le pidió encontrar una morada para la casa de Jacob.
47Pero fue Salomón el que le construyó la casa,
48aunque el Altísimo no habita en edificios construidos por manos humanas, como dice el profeta:
49Mi trono es el cielo; la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa me vais a construir —dice el Señor—, o qué lugar para que descanse?
50¿No ha hecho mi mano todo esto?
51¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres.
52¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado;
53recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado».
54Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia.
55Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios,
56y dijo: «Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
57Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él,
58lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo
59y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación: «Señor Jesús, recibe mi espíritu».
60Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo: «Señor, no les tengas en cuenta este pecado». Y, con estas palabras, murió.