Lectura 31 de 90
Hechos de los Apóstoles 2-4
Hechos de los Apóstoles 2
1Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar.
2De repente, se produjo desde el cielo un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente, y llenó toda la casa donde se encontraban sentados.
3Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se dividían, posándose encima de cada uno de ellos.
4Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía manifestarse.
5Residían entonces en Jerusalén judíos devotos venidos de todos los pueblos que hay bajo el cielo.
6Al oírse este ruido, acudió la multitud y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua.
7Estaban todos estupefactos y admirados, diciendo: «¿No son galileos todos esos que están hablando?
8Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
9Entre nosotros hay partos, medos, elamitas y habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia,
10de Frigia y Panfilia, de Egipto y de la zona de Libia que limita con Cirene; hay ciudadanos romanos forasteros,
11tanto judíos como prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».
12Estaban todos estupefactos y desconcertados, diciéndose unos a otros: «¿Qué será esto?».
13Otros, en cambio, decían en son de burla: «Están borrachos».
14Entonces Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró ante ellos: «Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras.
15No es, como vosotros suponéis, que estos estén borrachos, pues es solo la hora de tercia,
16sino que ocurre lo que había dicho el profeta Joel:
17Y sucederá en los últimos días, dice Dios, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños;
18y aun sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días, y profetizarán.
19Y obraré prodigios arriba en el cielo y signos abajo en la tierra, sangre y fuego y nubes de humo.
20El sol se convertirá en tiniebla y la luna en sangre, antes de que venga el día del Señor, grande y deslumbrador.
21Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará.
22Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con los milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros mismos sabéis,
23a este, entregado conforme al plan que Dios tenía establecido y previsto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos.
24Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio,
25pues David dice, refiriéndose a él: Veía siempre al Señor delante de mí, pues está a mi derecha para que no vacile.
26Por eso se me alegró el corazón, exultó mi lengua, y hasta mi carne descansará esperanzada.
27Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos, ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
28Me has enseñado senderos de vida, me saciarás de gozo con tu rostro.
29Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy.
30Pero como era profeta y sabía que Dios le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo,
31previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que no lo abandonará en el lugar de los muertos y que su carne no experimentará corrupción.
32A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
33Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo.
34Pues David no subió al cielo, y, sin embargo, él mismo dice: Oráculo del Señor a mi Señor: “Siéntate a mi derecha,
35y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
36Por lo tanto, con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
37Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?
38Pedro les contestó: «Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo.
39Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
40Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo: «Salvaos de esta generación perversa».
41Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.
42Y perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
43Todo el mundo estaba impresionado y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos.
44Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común;
45vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
46Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón;
47alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.
Hechos de los Apóstoles 3
1Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora de nona,
2cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban.
3Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna.
4Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo: «Míranos».
5Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo.
6Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
7Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos,
8se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios.
9Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios,
10y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.
11Mientras el paralítico seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos.
12Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente: «Israelitas, ¿por qué os admiráis de esto? ¿Por qué nos miráis como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud?
13El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
14Vosotros renegasteis del Santo y del Justo, y pedisteis el indulto de un asesino;
15matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
16Por la fe en su nombre, este, que veis aquí y que conocéis, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos vosotros.
17Ahora bien, hermanos, sé que lo hicisteis por ignorancia, al igual que vuestras autoridades;
18pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
19Por tanto, arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados;
20para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que os estaba destinado,
21al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo por boca de sus santos profetas.
22Moisés dijo: El Señor Dios vuestro hará surgir de entre vuestros hermanos un profeta como yo: escuchadle todo lo que os diga;
23y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo.
24Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
25Vosotros sois los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con vuestros padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”.
26Dios resucitó a su Siervo y os lo envía en primer lugar a vosotros para que os traiga la bendición, apartándoos a cada uno de vuestras maldades».
Hechos de los Apóstoles 4
1Mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos,
2indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos.
3Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente,
4pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
5Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas,
6junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que eran familia de sumos sacerdotes.
7Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos: «¿Con qué poder o en nombre de quién habéis hecho eso vosotros?».
8Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo: «Jefes del pueblo y ancianos:
9Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogáis hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre;
10quede bien claro a todos vosotros y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante vosotros.
11Él es la piedra que desechasteis vosotros, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular;
12no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».
13Viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús,
14pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta.
15Les mandaron salir fuera del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos,
16diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo;
17pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre».
18Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús.
19Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo: «¿Es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a él? Juzgadlo vosotros.
20Por nuestra parte no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído».
21Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido,
22pues el hombre en quien se había realizado este milagro de curación tenía más de cuarenta años.
23Puestos en libertad, volvieron a los suyos y les contaron lo que les habían dicho los sumos sacerdotes y los ancianos.
24Al oírlo, todos invocaron a una a Dios en voz alta, diciendo: «Señor, tú que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos;
25tú que por el Espíritu Santo dijiste, por boca de nuestro padre David, tu siervo: ¿Por qué se amotinan las naciones y los pueblos planean proyectos vanos?
26Se presentaron los reyes de la tierra, los príncipes conspiraron contra el Señor y contra su Mesías.
27Pues en verdad se aliaron en esta ciudad Herodes y Poncio Pilato con los gentiles y el pueblo de Israel contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste,
28para realizar cuanto tu mano y tu voluntad habían determinado que debía suceder.
29Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía;
30extiende tu mano para que se realicen curaciones, signos y prodigios por el nombre de tu santo siervo Jesús».
31Al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios.
32El grupo de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma: nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía, pues lo poseían todo en común.
33Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y se los miraba a todos con mucho agrado.
34Entre ellos no había necesitados, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero de lo vendido
35y lo ponían a los pies de los apóstoles; luego se distribuía a cada uno según lo que necesitaba.
36José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa hijo de la consolación, que era levita y natural de Chipre,
37tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.