Lectura 18 de 90
Lucas 8-10
Lucas 8
1Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce,
2y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
3Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
4Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:
5«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.
6Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
7Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
8Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
9Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
10Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
11El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
12Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
13Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
14Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
15Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
16Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o la mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.
17Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
18Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».
19Vinieron a él su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
20Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
21Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
22Un día subió él a una barca junto con sus discípulos y les dijo: «Vamos a cruzar a la otra orilla del lago»; y se hicieron a la mar.
23Mientras iban navegando, se quedó dormido. E irrumpió sobre el lago un torbellino de viento, se hundían y estaban en peligro.
24Entonces se acercan a él y le despiertan diciendo: «Maestro, Maestro, ¡que perecemos!». Y él, despertándose, conminó al viento y al oleaje del agua, que se apaciguaron, y sobrevino la calma.
25Y les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?». Ellos, por su parte, llenos de temor y admiración, se decían unos a otros: «¿Pues quién es este que da órdenes incluso al viento y al agua y lo obedecen?».
26Y arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.
27Al saltar a tierra, le salió al encuentro desde la ciudad un hombre poseído de demonios, que durante mucho tiempo no vestía ropa alguna ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
28Pero, al ver a Jesús, se puso a gritar, se postró ante él y le dijo a voces: «¿Qué hay entre tú y yo, Jesús, hijo del Dios altísimo? Te ruego que no me atormentes».
29Porque él estaba mandando al espíritu inmundo que saliera del hombre. Y es que muchas veces se apoderaba de él y tenían que atarlo con cadenas y asegurarlo con grillos, pero, rompiendo las ligaduras, el demonio le empujaba a los despoblados.
30Jesús, por su parte, le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él dijo: «Legión», porque habían entrado muchos demonios en él.
31Y le rogaban que no les mandase irse al abismo.
32Como había allí una piara numerosa de cerdos, paciendo en el monte, le pidieron que les permitiese entrar dentro de ellos y se lo permitió.
33Entonces, saliendo los demonios del hombre, entraron en los cerdos y la piara se lanzó, despeñadero abajo, al lago y se ahogó.
34Al ver los porqueros lo sucedido, huyeron y lo contaron por la ciudad y por los cortijos.
35Vinieron, pues, a ver lo sucedido. Llegaron junto a Jesús y encontraron al hombre del que habían salido los demonios sentado a sus pies, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor.
36Entonces, los que lo habían visto les contaron cómo había sido curado el endemoniado.
37Y le rogó toda la gente de la comarca de los gerasenos que se marchase de entre ellos, porque estaban llenos de miedo. Él, pues, subió a la barca y regresó.
38El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él, pero lo despidió diciendo:
39«Vuelve a tu casa y da a conocer cuanto te ha hecho Dios». Partió, pues, por toda la ciudad proclamando todo cuanto le había hecho Jesús.
40Al regresar Jesús, la gente lo acogió bien, pues todos lo estaban esperando.
41Llegó entonces un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y echándose a los pies de Jesús le rogaba que entrase en su casa,
42pues tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo. Cuando caminaba con él, la gente lo apretujaba.
43Entonces una mujer que desde hacía doce años sufría flujos de sangre y que había gastado en médicos todos sus recursos sin que ninguno pudiera curarla,
44acercándose por detrás, tocó el borde de su manto y, al instante, cesó el flujo de sangre.
45Y dijo Jesús: «¿Quién es el que me ha tocado?». Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, la gente te está apretujando y estrujando».
46Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, pues he sentido que una fuerza ha salido de mí».
47Viendo la mujer que no había podido pasar inadvertida, se acercó temblorosa y, postrándose a sus pies, contó ante todo el pueblo la causa por la que le había tocado y cómo había sido curada al instante.
48Pero Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz».
49Estaba todavía hablando, cuando llega uno de casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro».
50Pero Jesús, oído esto, le respondió: «No temas, basta que creas y se salvará».
51Al llegar a la casa, no dejó entrar con él más que a Pedro, Santiago y Juan y al padre de la niña y la madre.
52Todos lloraban y hacían duelo por ella, pero él dijo: «No lloréis, porque no ha muerto, sino que está dormida».
53Y se reían de él, sabiendo que había muerto.
54Pero él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate».
55Y retornó su espíritu y se levantó al instante. Y ordenó que le dieran de comer.
56Sus padres quedaron atónitos, pero Jesús les ordenó que no dijeran a nadie lo sucedido.
Lucas 9
1Habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
2Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos,
3diciéndoles: «No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno.
4Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
5Y si algunos no os reciben, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de vuestros pies, como testimonio contra ellos».
6Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.
7El tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre los muertos;
8otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
9Herodes se decía: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?». Y tenía ganas de verlo.
10Al regresar los apóstoles, le contaron todo cuanto habían hecho, y tomándolos consigo, se retiró a solas hacia una ciudad llamada Betsaida;
11pero la gente, al darse cuenta, lo siguió. Jesús los acogía, les hablaba del reino y sanaba a los que tenían necesidad de curación.
12El día comenzaba a declinar. Entonces, acercándose los Doce, le dijeron: «Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado».
13Él les contestó: «Dadles vosotros de comer». Ellos replicaron: «No tenemos más que cinco panes y dos peces; a no ser que vayamos a comprar de comer para toda esta gente».
14Porque eran unos cinco mil hombres. Entonces dijo a sus discípulos: «Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno».
15Lo hicieron así y dispusieron que se sentaran todos.
16Entonces, tomando él los cinco panes y los dos peces y alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente.
17Comieron todos y se saciaron, y recogieron lo que les había sobrado: doce cestos de trozos.
18Una vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy yo?».
19Ellos contestaron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».
20Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro respondió: «El Mesías de Dios».
21Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
22Porque decía: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
23Entonces decía a todos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga.
24Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará.
25¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?
26Pues si uno se avergüenza de mí y de mis palabras, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga en su gloria, en la del Padre y en la de los ángeles santos.
27Pues de verdad os digo que hay algunos de los aquí presentes que no gustarán la muerte hasta que vean el reino de Dios».
28Unos ocho días después de estas palabras, tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar.
29Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.
30De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías,
31que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.
32Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.
33Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí! Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía.
34Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.
35Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
36Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.
37Al día siguiente, cuando bajaron ellos del monte, le salió al encuentro mucha gente.
38Y, de pronto, un hombre de entre la gente se puso a dar voces diciendo: «Maestro, te ruego que te fijes en mi hijo, que es el único que tengo,
39pues un espíritu se apodera de él y de repente se pone a gritar y le retuerce echando espumarajos y a duras penas se aleja de él, dejándolo maltrecho.
40He pedido a tus discípulos que lo expulsen, pero no han podido».
41Respondió Jesús y dijo: «Generación incrédula y perversa, ¿hasta cuándo he de estar con vosotros y os tendré que sufrir? Trae aquí a tu hijo».
42Mientras se acercaba este, lo tiró el demonio al suelo y le dio una violenta sacudida; pero Jesús increpó al espíritu inmundo, curó al niño y lo devolvió a su padre.
43Y todos quedaban estupefactos ante la grandeza de Dios. Entre la admiración general por lo que hacía, dijo a sus discípulos:
44«Meteos bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
45Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.
46Se suscitó entre ellos una discusión sobre quién sería el más importante.
47Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado
48y les dijo: «El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».
49Entonces Juan tomó la palabra y dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros».
50Jesús le respondió: «No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».
51Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén.
52Y envió mensajeros delante de él. Puestos en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos.
53Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén.
54Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo que acabe con ellos?».
55Él se volvió y los regañó.
56Y se encaminaron hacia otra aldea.
57Mientras iban de camino, le dijo uno: «Te seguiré adondequiera que vayas».
58Jesús le respondió: «Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
59A otro le dijo: «Sígueme». Él respondió: «Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
60Le contestó: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
61Otro le dijo: «Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
62Jesús le contestó: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».
Lucas 10
1Después de esto, designó el Señor otros setenta y dos, y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.
2Y les decía: «La mies es abundante y los obreros pocos; rogad, pues, al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
3¡Poneos en camino! Mirad que os envío como corderos en medio de lobos.
4No llevéis bolsa, ni alforja, ni sandalias; y no saludéis a nadie por el camino.
5Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”.
6Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros.
7Quedaos en la misma casa, comiendo y bebiendo de lo que tengan: porque el obrero merece su salario. No andéis cambiando de casa en casa.
8Si entráis en una ciudad y os reciben, comed lo que os pongan,
9curad a los enfermos que haya en ella, y decidles: “El reino de Dios ha llegado a vosotros”.
10Pero si entráis en una ciudad y no os reciben, saliendo a sus plazas, decid:
11“Hasta el polvo de vuestra ciudad, que se nos ha pegado a los pies, nos lo sacudimos sobre vosotros. De todos modos, sabed que el reino de Dios ha llegado”.
12Os digo que aquel día será más llevadero para Sodoma que para esa ciudad.
13¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Pues si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidos de sayal y sentados en la ceniza.
14Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras.
15Y tú, Cafarnaún, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al abismo.
16Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».
17Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
18Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo.
19Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno.
20Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo».
21En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
22Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
23Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: «¡Bienaventurados los ojos que ven lo que vosotros veis!
24Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron; y oír lo que vosotros oís, y no lo oyeron».
25En esto se levantó un maestro de la ley y le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?».
26Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?».
27Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo».
28Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida».
29Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?».
30Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto.
31Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo.
32Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
33Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció,
34y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó.
35Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”.
36¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?».
37Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
38Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
39Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
40Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
41Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas;
42solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».