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Lectura 17 de 40

Marcos 11-12

Letra: Normal

Marcos 11

1Cuando se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, mandó a dos de sus discípulos,

2diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente y, en cuanto entréis, encontraréis un pollino atado, que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo.

3Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle: “El Señor lo necesita, y lo devolverá pronto”».

4Fueron y encontraron el pollino en la calle atado a una puerta; y lo soltaron.

5Algunos de los presentes les preguntaron: «¿Qué hacéis desatando el pollino?».

6Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.

7Llevaron el pollino, le echaron encima los mantos, y Jesús se montó.

8Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo.

9Los que iban delante y detrás, gritaban: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

10¡Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!».

11Entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.

12Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre.

13Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos.

14Entonces le dijo: «Nunca jamás coma nadie frutos de ti». Los discípulos lo oyeron.

15Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas.

16Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.

17Y los instruía diciendo: «¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos».

18Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.

19Cuando atardeció, salieron de la ciudad.

20A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz.

21Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús: «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».

22Jesús contestó: «Tened fe en Dios.

23En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá.

24Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis.

25Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».

26[«Mas si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos perdonará vuestras ofensas»]

27Volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el templo, se le acercaron los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos,

28y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad para hacer esto?».

29Jesús les replicó: «Os voy a hacer una pregunta y, si me contestáis, os diré con qué autoridad hago esto.

30El bautismo de Juan ¿era del cielo o de los hombres? Contestadme».

31Se pusieron a deliberar: «Si decimos que es del cielo, dirá: “¿Y por qué no le habéis creído?”.

32¿Pero cómo vamos a decir que es de los hombres?». (Temían a la gente, porque todo el mundo estaba convencido de que Juan era un profeta).

33Y respondieron a Jesús: «No sabemos». Jesús les replicó: «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

Marcos 12

1Se puso a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó un lagar, construyó una torre, la arrendó a unos labradores y se marchó lejos.

2A su tiempo, envió un criado a los labradores, para percibir su tanto del fruto de la viña.

3Ellos lo agarraron, lo azotaron y lo despidieron con las manos vacías.

4Les envió de nuevo otro criado; a este lo descalabraron e insultaron.

5Envió a otro y lo mataron; y a otros muchos, a los que azotaron o los mataron.

6Le quedaba uno, su hijo amado. Y lo envió el último, pensando: “Respetarán a mi hijo”.

7Pero los labradores se dijeron: “Este es el heredero. Venga, lo matamos y será nuestra la herencia”.

8Y, agarrándolo, lo mataron y lo arrojaron fuera de la viña.

9¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá, hará perecer a los labradores y arrendará la viña a otros.

10¿No habéis leído aquel texto de la Escritura: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular.

11Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente”?».

12Intentaron echarle mano, porque comprendieron que había dicho la parábola por ellos; pero temieron a la gente y, dejándolo allí, se marcharon.

13Le envían algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.

14Se acercaron y le dijeron: «Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».

15Adivinando su hipocresía, les replicó: «¿Por qué me tentáis? Traedme un denario, que lo vea».

16Se lo trajeron. Y él les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le contestaron: «Del César».

17Jesús les replicó: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Y se quedaron admirados.

18Se le acercan unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:

19«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.

20Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos;

21el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero;

22y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.

23Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».

24Jesús les respondió: «¿No estáis equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios?

25Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.

26Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”?

27No es Dios de muertos, sino de vivos. Estáis muy equivocados».

28Un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».

29Respondió Jesús: «El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor:

30amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”.

31El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».

32El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él;

33y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

34Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

35Mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: «¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?

36El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.

37Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?». Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.

38Y él, instruyéndolos, les decía: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas,

39buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes;

40y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».

41Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho;

42se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.

43Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.

44Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».