Lectura 98 de 365
1 Reyes 1-3 · 1 Corintios 10
1 Reyes 1
1El rey David era ya viejo, entrado en años. Lo cubrían con mantas pero no entraba en calor.
2Sus servidores le aconsejaron: «Que busquen para el rey mi señor una joven virgen que sirva al rey y sea su doncella, que duerma sobre tu pecho y entrará en calor el rey mi señor».
3Buscando una muchacha hermosa por todo el territorio de Israel, encontraron a Abisag, la sunamita, y la llevaron al rey.
4La joven tenía muy buena presencia. Fue su doncella y le servía, pero el rey no se unió a ella.
5Adonías, hijo de Jaguit, se jactaba diciendo: «Yo seré el rey». Se procuró carros y caballos y una escolta de cincuenta hombres que desfilaban ante él.
6Su padre nunca le había disgustado preguntándole: «¿Por qué obras de esta o de aquella manera?». Tenía también Adonías muy buena presencia y era más joven que Absalón.
7Entabló negociaciones con Joab, hijo de Seruyá, y con el sacerdote Abiatar, quienes apoyaban a Adonías.
8En cambio, el sacerdote Sadoc, Benaías, hijo de Yehoyadá, el profeta Natán, Semey, el amigo del rey y los valientes de David no tomaron parte a favor de Adonías.
9Este hizo un sacrificio de ovejas, bueyes y vacas cebadas en la Piedra de Zojélet, junto a la fuente de Roguel. Invitó a todos sus hermanos, los hijos del rey, y a todos los hombres de Judá, servidores del rey,
10pero no invitó al profeta Natán, a Benaías, a los valientes ni a su hermano Salomón tampoco.
11Natán dijo entonces a Betsabé, madre de Salomón: «¿No has oído que Adonías, hijo de Jaguit, se ha erigido rey sin que David nuestro señor lo sepa?
12Ve ahora mismo; te daré un consejo para que pongas a salvo tu vida y la vida de tu hijo Salomón.
13Ve, preséntate al rey David y dile: “Oh, rey, mi señor, ¿no juraste a tu sierva: ‘Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono’? Entonces, ¿por qué se ha proclamado rey Adonías? ”.
14Mientras estés hablando allí con el rey, entraré detrás de ti y confirmaré tus palabras».
15Betsabé se presentó al rey David, en la alcoba —el rey era muy anciano y Abisag, la sunamita, cuidaba de él—.
16Betsabé hizo una inclinación y se postró ante el rey; este le preguntó: «¿Qué te trae?».
17Ella le respondió: «Mi señor, tú has jurado a tu sierva por el Señor tu Dios: “Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará en mi trono”;
18pero Adonías se ha proclamado rey, sin saberlo tú, oh rey, mi señor.
19Ha sacrificado bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, al sacerdote Abiatar y a Joab, jefe del ejército, pero no ha invitado a tu siervo Salomón.
20Rey, mi señor, todo Israel tiene sus ojos puestos en ti, esperando que les anuncies quién ocupará el trono del rey, mi señor, tras él.
21De lo contrario, cuando el rey, mi señor, repose con sus padres, yo y mi hijo Salomón seremos tratados como culpables».
22Llegó entonces el profeta Natán, cuando ella se hallaba hablando aún con el rey.
23Avisaron al rey: «Está aquí el profeta Natán». Entrando donde estaba el monarca, se postró ante él, rostro en tierra,
24y dijo: «Oh rey, mi señor: Tú tienes que haber dispuesto: “Adonías reinará después de mí y se sentará en mi trono”,
25porque Adonías ha bajado hoy a sacrificar bueyes, vacas cebadas y ovejas en abundancia, y ha invitado a todos los hijos del rey, a los jefes del ejército y al sacerdote Abiatar, que en este momento comen y beben en su presencia profiriendo gritos de “Viva el rey Adonías”.
26Pero no nos ha invitado ni a mí, tu siervo, ni al sacerdote Sadoc ni a Benaías, hijo de Yehoyadá; tampoco ha invitado a tu siervo Salomón.
27¿Viene esta orden del rey, mi señor, sin que hayas comunicado a tus siervos quién se sentará en el trono del rey, mi señor, tras él?».
28El rey David respondió: «Llamadme a Betsabé». Entró ella en presencia del rey y se quedó de pie ante él.
29Entonces pronunció el rey este juramento: «¡Vive Dios, que me ha librado de todo aprieto!
30Te juré por el Señor, Dios de Israel: “Tu hijo Salomón reinará después de mí y se sentará sobre mi trono en mi lugar”. ¡Pues así he de cumplirlo hoy mismo!».
31Entonces Betsabé se inclinó rostro a tierra; postrada ante el rey, exclamó: «¡Viva por siempre el rey David, mi señor!».
32El rey ordenó: «Llamad al sacerdote Sadoc, al profeta Natán y a Benaías, hijo de Yehoyadá». Entraron a presencia del rey,
33que les dijo: «Tomad con vosotros a los leales de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón en mi propia mula; bajadlo a Guijón
34y allí lo ungirán rey de Israel el sacerdote Sadoc y Natán, el profeta. Tocad entonces el cuerno y aclamad: “¡Viva el rey Salomón!”.
35Subiréis luego tras él y, cuando llegue, se sentará en mi trono y reinará en mi lugar, pues he dispuesto que sea el príncipe designado de Israel y de Judá».
36Benaías, hijo de Yehoyadá, respondió al rey: «Amén. Así lo disponga el Señor, Dios del rey, mi señor.
37¡Esté el Señor con Salomón como lo estuvo con el rey mi señor! ¡Exalte su trono más aún que el del rey David, mi señor!».
38Mientras, el sacerdote Sadoc, el profeta Natán y Benaías, hijo de Yehoyadá, descendieron con los quereteos y los pelteos. Montaron a Salomón en la mula del rey David y lo llevaron a Guijón.
39El sacerdote Sadoc tomó de la Tienda el cuerno del aceite y ungió a Salomón. Hicieron sonar la trompeta y todo el pueblo aclamaba: «Viva el rey Salomón».
40Luego subió todo el pueblo tras él tocando flautas, con una fiesta tan estruendosa que la tierra parecía resquebrajarse.
41Adonías y todos sus invitados estaban acabando de comer cuando oyeron lo que pasaba. Al escuchar el sonido de la trompeta, Joab preguntó: «¿Por qué ese ruido de la ciudad alborotada?».
42Todavía estaba hablando cuando llegó Jonatán, hijo del sacerdote Abiatar. Adonías se dirigió a él: «Entra, eres hombre valeroso y has de traer buenas noticias».
43Le respondió Jonatán: «Todo lo contrario. El rey David, nuestro señor, ha proclamado rey a Salomón.
44Ha enviado con él al sacerdote Sadoc, al profeta Natán, a Benaías, hijo de Yehoyadá, junto a los quereteos y pelteos, y lo han montado en la mula del rey.
45El sacerdote Sadoc y el profeta Natán lo han ungido rey en Guijón; desde allí han subido alegres y contentos, y la ciudad está alborotada. Este es el tumulto que habéis oído.
46Más aún, Salomón se ha sentado en el trono real
47y los servidores del rey han ido a felicitar a nuestro rey David diciendo: “¡Que tu Dios encumbre el nombre de Salomón más que tu propio nombre y exalte su trono más aún que el tuyo!”. El rey en su lecho, con un gesto de reverencia, ha exclamado:
48“Bendito el Señor, Dios de Israel, que ha concedido hoy que un descendiente mío se siente sobre mi trono y que mis ojos lo vean”».
49A todos los invitados que estaban con Adonías les entró pánico, se levantaron y se fueron cada uno por su lado.
50Adonías tuvo miedo de Salomón, se levantó, fue a la Tienda del Señor y se agarró a los cuernos del altar.
51Avisaron a Salomón: «Adonías tiene miedo del rey Salomón, pues está asido a los cuernos del altar y dice: “¡Júreme hoy el rey Salomón que no me matará a espada!”».
52Repuso Salomón: «Si se porta como un hombre de bien, ni uno solo de sus cabellos caerá a tierra; pero si se prueba que ha actuado con malicia, morirá».
53El rey Salomón envió gente que lo bajara del altar. Vino él a postrarse ante el rey Salomón, que le dijo: «Vete a tu casa».
1 Reyes 2
1Se acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
2«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre.
3Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas.
4El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”.
5Tú sabes bien lo que me hizo Joab, hijo de Seruyá, lo que hizo a los dos jefes de los ejércitos de Israel: a Abner, hijo de Ner, y a Amasá, hijo de Jéter: los asesinó, derramando en tiempo de paz sangre de guerra; ha manchado de sangre inocente la faja de mi cintura y la sandalia de mis pies.
6Haz lo que tu prudencia te dicte, pero no permitas que sus canas desciendan en paz al Seol.
7En cambio, a los hijos de Barzilai de Galaad los tratarás con magnanimidad; los contarás entre los que comen a tu mesa, porque también ellos me acogieron como parientes míos cuando yo huía de tu hermano Absalón.
8Ahí tienes a Semeí, hijo de Guerá, el benjaminita de Bajurín, que me lanzó atroces maldiciones el día en que yo iba a Majanáin, pero bajó a mi encuentro al Jordán y yo le juré por el Señor: “No te mataré a espada”.
9Pero tú no lo dejes impune; eres hombre avisado y sabrás qué hacer con él para que sus canas bajen ensangrentadas al Seol».
10David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
11Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
12Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.
13Adonías, hijo de Jaguit, fue adonde estaba Betsabé, madre de Salomón. Ella inquirió: «¿En son de paz?». Él respondió: «En son de paz»;
14y añadió: «Tengo algo que decirte». Ella contestó: «Dilo»;
15y él continuó: «Tú sabes que el reino me pertenecía y que todo Israel tenía puestos los ojos en mí para hacerme rey. Pero el reino me dio la espalda y fue a parar a mi hermano, pues el Señor lo tenía destinado para él.
16Ahora, pues, tengo que hacerte un solo ruego; no me lo niegues». Ella le permitió: «Habla».
17Él dijo: «Habla, por favor, al rey Salomón, que a ti no te lo negará. Que me dé por mujer a Abisag, la sunamita».
18Y Betsabé contestó: «Está bien. Hablaré al rey en favor tuyo».
19Luego Betsabé entró donde estaba el rey Salomón para interceder en favor de Adonías. El rey se levantó a su encuentro, hizo una inclinación ante ella y tomó asiento en su trono. Dispuso otro para la madre del rey, quien tomó asiento a su derecha.
20Dijo ella: «Solo tengo un pequeño ruego que hacerte, no me vuelvas la cara». Contestó el rey: «Expón tu ruego, madre, que no te volveré la cara».
21Ella continuó: «Que Abisag, la sunamita, sea entregada por mujer a tu hermano Adonías».
22El rey Salomón replicó a su madre: «¿Por qué pides tú a Abisag, la sunamita, para Adonías? Pide también para él el reino, pues, además de ser mi hermano mayor, ya tiene de su parte al sacerdote Abiatar y a Joab, hijo de Seruyá».
23El rey Salomón juró entonces por el Señor: «El Señor me castigue una y mil veces, si al decir tal cosa no se ha jugado Adonías la vida.
24¡Vive Dios, quien me ha entronizado y consolidado sobre el trono de David mi padre, dándome una dinastía tal como había prometido! ¡Adonías será hoy hombre muerto!».
25Entonces el rey Salomón envió a Benaías, hijo de Yehoyadá, que cargó sobre él y lo mató.
26En cuanto al sacerdote Abiatar, el rey le dijo: «¡Vete a Anatot, a tus tierras! ¡Eres reo de muerte! Aunque en esta ocasión no voy a matarte, en atención a que llevaste el Arca de Dios, mi Señor, en presencia de mi padre David y compartiste todas sus tribulaciones».
27Destituyendo a Abiatar de su función como sacerdote del Señor, cumplió Salomón la palabra que el Señor había sentenciado en Siló contra la casa de Elí.
28El rumor de lo sucedido llegó a Joab, quien estaba de parte de Adonías —aunque antes no había estado de parte de Absalón—. Huyó entonces Joab a la Tienda del Señor y allí se agarró a los cuernos del altar.
29Comunicaron al rey Salomón: «Joab ha huido a la Tienda del Señor y permanece al lado del altar». Salomón envió a decirle: «¿Qué te sucede, que has huido al altar?». Respondió Joab: «He tenido miedo de ti y he huido al Señor». Entonces Salomón envió a Benaías, hijo de Yehoyadá, con esta orden: «Ve, carga contra él». Benaías entró en la Tienda del Señor y le ordenó: «Así dice el rey: sal».
30Él respondió: «No, aquí moriré»; y Benaías llevó la respuesta al rey: «Así ha hablado Joab y así le he respondido».
31El rey mandó: «Haz como él ha dicho. ¡Carga contra él y entiérralo! De tal modo apartarás de la casa de mi padre y de mí la sangre inocente derramada por Joab.
32¡Haga recaer el Señor sobre su cabeza esa sangre inocente, por haber cargado contra dos hombres más justos y mejores que él asesinándolos con la espada! —sin que mi padre David supiese nada—: contra Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Israel, y contra Amasá, hijo de Jéter, jefe del ejército de Judá.
33¡Recaiga su sangre sobre la cabeza de Joab y la de su descendencia para siempre! ¡Mas haya paz perpetua de parte del Señor para David, su descendencia, su casa y su trono!».
34Entonces Benaías, hijo de Yehoyadá, subió, cargó contra Joab y lo mató. Luego lo enterraron en su casa, en el desierto.
35El rey puso en su lugar al frente del ejército a Benaías, hijo de Yehoyadá, y en el de Abiatar, a Sadoc, el sacerdote.
36Envió el rey a llamar a Semeí para decirle: «Hazte una casa en Jerusalén y vive en ella. No saldrás de allí ni a un lado ni a otro.
37Ten por cierto que el día en que salgas y cruces el torrente Cedrón, morirás y tú serás el responsable de tu muerte».
38Y Semeí dijo al rey: «Está bien lo que dices. Tu siervo hará como el rey mi señor ha dicho». Luego permaneció Semeí en Jerusalén durante mucho tiempo.
39Pero al cabo de tres años, dos de sus siervos huyeron adonde estaba Aquís, hijo de Maacá, rey de Gat. Se lo comunicaron a Semeí: «Tus siervos están en Gat».
40Semeí se levantó, aparejó su asno y marchó a Gat, donde estaba Aquís, en busca de sus siervos. Fue y se los trajo de Gat.
41Informaron a Salomón: «Semeí ha ido de Jerusalén a Gat y ha traído a sus siervos».
42El rey envió a llamarle y le recordó: «¿No te hice jurar por Dios y te advertí: “El día en que salgas, para ir a dondequiera que sea, ten por cierto que morirás”, y tú asentiste a lo que escuchabas?
43¿Por qué no has guardado el juramento pronunciado ante el Señor y la orden que te impuse?».
44Añadió el rey: «Tú sabes todo el mal que hiciste a David mi padre —bien lo recuerdas—. Pues bien, ¡el Señor haga recaer toda tu maldad sobre tu cabeza!
45En cambio, ¡sea bendito el rey Salomón y manténgase siempre firme ante el Señor el trono de David!».
46Entonces el rey dio instrucciones a Benaías, hijo de Yehoyadá, el cual salió y cargó contra él hasta matarlo. Y quedó el reino consolidado en manos de Salomón.
1 Reyes 3
1Salomón emparentó con el faraón, rey de Egipto. Tomó la hija del faraón y la condujo a la Ciudad de David mientras terminaba de edificar su palacio, el templo del Señor y la muralla en torno a Jerusalén.
2El pueblo continuaba ofreciendo sacrificios en los altozanos, pues no se había construido hasta entonces un templo al Nombre del Señor.
3Salomón amaba al Señor y obraba según los preceptos de su padre David, pero, a pesar de ello, ofrecía sacrificios y quemaba incienso en los altozanos.
4El rey acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
5Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo: «Pídeme lo que deseas que te dé».
6Salomón respondió: «Has actuado con gran benevolencia hacia tu siervo David, mi padre, porque caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de sentarse en su trono, como sucede en este día.
7Pues bien, Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar.
8Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular.
9Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
10Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
11Entonces le dijo Dios: «Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia,
12yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti.
13Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas.
14Y si caminas por mis sendas, guardando mis preceptos y mandamientos, como hizo David, tu padre, prolongaré los días de tu vida».
15Salomón se despertó entonces: ¡había sido un sueño! Levantándose fue a Jerusalén. Allí, puesto en pie ante el Arca de la Alianza del Señor, ofreció holocaustos y sacrificios de comunión y dispuso luego un banquete para todos sus servidores.
16En cierta ocasión se presentaron ante el rey dos prostitutas. Se pararon ante él
17y una de ellas exclamó: «Por favor, mi señor, yo y esa mujer vivíamos en una misma casa y di a luz mientras ella estaba conmigo.
18A los tres días de mi parto, parió también esa mujer; estábamos juntas, no había nadie más en la casa, solo nosotras dos.
19Una noche murió el hijo de esa mujer, porque ella había permanecido acostada sobre él.
20Se levantó durante la noche y, mientras tu servidora dormía, tomó al mío de mi vera y lo acostó en su regazo, y a su hijo, el que estaba muerto, lo acostó en el mío.
21Me levanté al amanecer para amamantar a mi hijo, y… ¡estaba muerto! Pero lo examiné bien a la luz de la mañana para ver que no era mi hijo, el que yo había parido».
22La otra mujer repuso: «No, de ninguna manera, mi hijo es el vivo y tu hijo el muerto». Mas la otra replicaba: «No, al contrario, tu hijo es el muerto y el mío el vivo». Y seguían discutiendo ante el monarca,
23quien proclamó: «Esa dice: “Este es mi hijo, el vivo, y tu hijo es el muerto”, mientras que la otra dice: “No, al contrario, tu hijo es el muerto y mi hijo es el vivo”».
24Entonces ordenó: «Traedme una espada». Presentaron la espada al rey
25y este sentenció: «Cortad al niño vivo en dos partes y dad mitad a una y mitad a la otra».
26A la mujer de quien era el niño vivo se le conmovieron las entrañas por su hijo y pidió al rey: «Por favor, mi señor, que le den a ella el niño vivo, pero matarlo ¡no!, ¡no lo matéis!», mientras la otra decía: «Ni para mí ni para ti: ¡que lo corten!».
27Sentenció entonces el monarca: «Entregadle a ella el niño vivo, no lo matéis, porque ella es su madre».
28Llegó a oídos de todo Israel el juicio pronunciado y cobraron respeto al rey, viendo que dentro de él había una sabiduría divina con la que hacer justicia.
1 Corintios 10
1Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar
2y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar;
3y todos comieron el mismo alimento espiritual;
4y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo.
5Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.
6Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos.
7Y para que no seáis idólatras como algunos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber y se levantaron a divertirse.
8Y para que no forniquemos, como fornicaron algunos de ellos, y cayeron en un solo día veintitrés mil.
9Y para que no tentemos a Cristo, como lo tentaron algunos de ellos, y murieron mordidos por las serpientes.
10Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador.
11Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades.
12Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.
13No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea de medida humana. Dios es fiel, y él no permitirá que seáis tentados por encima de vuestras fuerzas, sino que con la tentación hará que encontréis también el modo de poder soportarla.
14Así pues, queridos, huid de la idolatría.
15Os hablo como a personas sensatas; juzgad vosotros lo que digo.
16El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
17Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan.
18Considerad al Israel según la carne: ¿los que comen de las víctimas no se unen al altar?
19¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo?
20No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios; y no quiero que os unáis a los demonios.
21No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.
22¿O vamos a provocar los celos del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?
23«Todo es lícito», pero no todo es conveniente; «todo es lícito», pero no todo es constructivo.
24Que nadie busque su interés, sino el del prójimo.
25Todo lo que se compra en la carnicería, comedlo, sin poneros a investigar nada por razones de conciencia,
26pues del Señor es la tierra y lo que contiene.
27Si os invita un no creyente y deseáis ir, comed de todo lo que os pongan delante, sin poneros a investigar nada por razones de conciencia.
28Pero si alguno os dice: «Esto ha sido sacrificado a los dioses», no comáis en razón de aquel que ha dado el aviso y de la conciencia.
29Me refiero no a tu propia conciencia, sino a la del otro, pues ¿cómo va a juzgar mi libertad la conciencia de otro?
30Si yo participo con acción de gracias, ¿por qué van a censurarme por aquello por lo que doy gracias?
31Así pues, ya comáis, ya bebáis o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios.
32No deis motivo de escándalo ni a judíos, ni a griegos, ni a la Iglesia de Dios;
33como yo, que procuro contentar en todo a todos, no buscando mi propia ventaja, sino la de la mayoría, para que se salven.