Lectura 94 de 365
2 Samuel 13-15 · 1 Corintios 6
2 Samuel 13
1Después sucedió que Absalón, hijo de David, tenía una hermana muy hermosa, llamada Tamar; Amnón, hijo de David, se enamoró de ella.
2Sentía Amnón tal angustia que enfermó, a causa de su hermana Tamar. Esta era virgen y a él le parecía imposible conseguir nada de ella.
3Tenía un amigo llamado Jonadab, hijo de Samá, hermano de David. Jonadab era muy inteligente
4y le preguntó a Amnón: «Hijo del rey, ¿por qué estás de peor aspecto cada mañana? ¿No me lo dirás?». Amnón le respondió: «Estoy prendado de Tamar, hermana de mi hermano Absalón».
5Jonadab le dijo: «Acuéstate en tu cama, fingiendo estar enfermo, y cuando acuda tu padre a verte, dile: “Que venga, por favor, mi hermana Tamar y me sirva la comida; que la prepare delante de mí, de modo que yo coma de su mano”».
6Amnón se acostó, fingiendo estar enfermo. El rey acudió a verlo, y Amnón le dijo: «Venga, por favor, mi hermana Tamar y fría ante mí un par de buñuelos, para comerlos de su mano».
7David envió este recado a casa de Tamar: «Ve, por favor, a casa de tu hermano Amnón y prepárale la comida».
8Tamar se dirigió a casa de su hermano Amnón, que seguía acostado. Tomó harina, la amasó y la frió ante sus ojos, cocinando así los buñuelos.
9Cogió la sartén y se lo sirvió, pero él se negó a comer, gritando: «Haced salir a todos de mi lado». Y todos salieron.
10Dijo entonces a Tamar: «Tráeme la comida a la habitación para comerla de tu mano». Tamar cogió los buñuelos que había hecho y los llevó hasta su hermano Amnón a la habitación.
11Cuando se acercó a él para que comiera, la agarró y le dijo: «Ven, acuéstate conmigo, hermana mía».
12Ella contestó: «No, hermano mío, no me fuerces, pues no se hace así en Israel. No cometas esta infamia.
13¿Adónde llevaría yo mi deshonra? Y tú, serías como uno de los infames de Israel. Habla, por favor, al rey, que no se opondrá a que sea tuya».
14Él no quiso hacerle caso. La agarró, la forzó y se acostó con ella.
15Después Amnón le cobró una aversión mucho mayor que el amor con que la había amado. Y le dijo: «Levántate y vete».
16Ella contestó: «Echarme ahora sería causa de un mal mayor que el primero que has hecho conmigo». Pero él no quiso hacerle caso.
17Llamó a su criado de servicio y le ordenó: «Échala fuera, lejos de mí y cierra con cerrojo la puerta tras ella».
18Ella llevaba una túnica de mangas, pues tal era el vestido de las hijas del rey aún vírgenes. Su criado la hizo salir fuera y echó el cerrojo de la puerta tras ella.
19Tamar esparció ceniza sobre la cabeza, rasgó la túnica de mangas que llevaba, puso las manos sobre la cabeza y se marchó dando gritos.
20Su hermano Absalón le preguntó: «¿Ha estado contigo mi hermano Amnón? Por ahora, hermana mía, calla. Es tu hermano. No des vueltas en tu corazón a este asunto». Tamar se quedó desolada en casa de su hermano Absalón.
21Cuando el rey David se enteró de todo esto, se enojó muchísimo.
22Absalón no habló con Amnón ni para mal ni para bien. Sin embargo, lo odiaba por haber forzado a su hermana Tamar.
23Al cabo de dos años, los esquiladores de Absalón se encontraban en Baal Jasor, cerca de Efraín, y Absalón invitó a todos los hijos del rey.
24Se presentó al rey y le dijo: «Es el tiempo del esquileo de tu siervo. Vengan el rey y sus servidores a casa de tu siervo».
25El rey le contestó: «No hijo mío, no iremos todos nosotros para no serte gravosos». Insistió, pero el rey no accedió a ir y le bendijo.
26Dijo, no obstante, Absalón: «¿No podría venir con nosotros mi hermano Amnón?». El rey contestó: «¿Para qué va a ir contigo?».
27Absalón insistió y el rey dejó ir a Amnón y a todos sus hijos.
28Absalón había ordenado a sus criados: «Mirad, cuando el corazón de Amnón esté contento por el vino y yo os diga: herid a Amnón, matadlo. No tengáis miedo. Soy yo quien os lo ordeno. Ánimo y sed valientes».
29Los criados de Absalón hicieron con Amnón según les ordenó. Todos los hijos del rey se levantaron y, montando cada uno en su mulo, huyeron.
30Iban de camino, cuando llegó la noticia a David en estos términos: «Absalón ha dado muerte a todos los hijos del rey y no ha quedado ni uno de ellos».
31El rey se levantó, rasgó sus vestiduras y se echó por tierra, mientras todos sus servidores permanecían en pie con las vestiduras rasgadas.
32Jonadab, hijo de Samá, hermano de David, tomó la palabra y dijo: «No piense mi señor que han dado muerte a todos los jóvenes hijos del rey, pues solo ha muerto Amnón. Era algo decidido por parte de Absalón desde el día en que Amnón forzó a su hermana Tamar.
33Así que, el rey, mi señor, no sufra en su corazón, pensando: “Han muerto todos los hijos del rey”, porque solo ha muerto Amnón».
34Absalón huyó. El joven que hacía la guardia levantó la mirada y vio que un grupo numeroso venía de camino por el lado de la montaña.
35Jonadab dijo entonces al rey: «Ya llegan los hijos del rey. Ha sucedido como te había dicho tu siervo».
36Al acabar de hablar, llegaron los hijos del rey y, alzando su voz, rompieron a llorar. El rey y todos sus servidores rompieron también a llorar con gran llanto.
37Absalón escapó, marchándose junto a Tolmay, hijo de Amihur, rey de Guesur. David hizo duelo por su hijo todo aquel tiempo.
38Absalón se había ido, huyendo a Guesur, donde permaneció tres años.
39El rey David dejó de salir contra Absalón, cuando se hubo consolado de la muerte de Amnón.
2 Samuel 14
1Cuando Joab, hijo de Seruyá, comprendió que el corazón del rey estaba de parte de Absalón,
2mandó que fueran a Técoa y trajeran de allí una mujer inteligente. Le dijo: «Haz duelo, ponte ropas de luto, no te perfumes y compórtate como una mujer que hace duelo por un muerto hace muchos días.
3Ve a ver al rey, y dile estas palabras». Joab puso las palabras en su boca.
4La mujer de Técoa fue a ver al rey. Cayó rostro a tierra y, postrándose, exclamó: «Socórreme, majestad».
5El rey le preguntó: «¿Qué te pasa?». Ella respondió: «Soy una viuda, mi marido ha muerto.
6Tu sierva tenía dos hijos. Los dos riñeron en el campo, sin que nadie pudiera mediar entre ambos. Uno de ellos golpeó al otro y lo mató.
7Y ahora toda la familia se ha levantado contra tu sierva y dicen: “Entréganos al que ha matado a su hermano, para matarlo, como pago de la vida del hermano, al que ha asesinado. Y exterminaremos también al heredero”. Quieren extinguir el rescoldo que me queda, de modo que mi marido no tendrá ni nombre ni posteridad sobre la faz de la tierra».
8El rey dijo a la mujer: «Vete a casa, que yo daré órdenes acerca de ti».
9La mujer de Técoa prosiguió: «Mi señor, el rey, que la culpa caiga sobre mí y sobre la casa de mi padre. El rey y su trono son inocentes».
10El rey dijo: «Trae a mi presencia al que hable contra ti y no volverá a tocarte».
11Ella respondió: «Jure el rey por el Señor, tu Dios, que el vengador de la sangre no aumentará el desastre y no exterminará a mi hijo». Él dijo: «Vive el Señor, que no ha de caer a tierra ni un cabello de tu hijo».
12La mujer continuó: «Permite que tu sierva hable de nuevo al rey, mi señor». Respondió: «Habla».
13Ella dijo: «¿Por qué has tomado tal decisión contra el pueblo de Dios? Por el mismo hecho de haber pronunciado esta sentencia, el rey se ha hecho culpable, pues no deja volver al desterrado.
14En verdad, morimos sin remedio, como agua derramada en tierra, que no se puede recoger. Dios no quita la vida, sino que hace planes para que no haya exiliados lejos de él.
15Y ahora, si he venido a decir estas palabras al rey, mi señor, es porque tengo miedo al pueblo. Tu sierva se dijo: “Voy a hablar al rey. Quizás cumpla lo que le diga su sierva.
16Si el rey me escucha, librará a su sierva de la mano del hombre que pretende borrarme a mí y a mi hijo de la heredad de Dios”.
17Tu sierva continuó diciéndose: “La palabra del rey, mi señor, contribuirá al apaciguamiento, porque el rey, mi señor, es como un ángel de Dios, que escucha el bien y el mal. El Señor, tu Dios, esté contigo”».
18El rey tomó la palabra y dijo a la mujer: «No me ocultes nada de lo que voy a preguntarte». Respondió: «Hable, el rey, mi señor».
19Le preguntó: «¿No está la mano de Joab detrás de todo esto?». Ella respondió: «Por tu vida, oh rey, mi señor, nada de cuanto ha dicho el rey, mi señor, se desvía ni a izquierda ni a derecha. Tu siervo Joab me ha dado instrucciones y él ha puesto todas estas palabras en boca de tu sierva.
20Tu siervo Joab ha hecho tal para cambiar el cariz del asunto. Pero mi señor es sabio, con una sabiduría como la de un ángel de Dios, para darse cuenta de todo cuanto sucede en la tierra».
21El rey dijo a Joab: «Voy a hacer esto: ve a traer al joven Absalón».
22Joab cayó rostro en tierra, se postró y bendijo al rey, diciendo: «Ahora sé que tu siervo ha encontrado gracia a los ojos del rey, mi señor, pues el rey ha accedido a la propuesta de su siervo».
23Joab se levantó, marchó a Guesur y trajo a Absalón a Jerusalén.
24El rey ordenó: «Que regrese a su casa, pero no vea mi rostro». Absalón regresó a su casa, pero no vio el rostro del rey.
25No había en todo Israel hombre tan hermoso como Absalón, digno de tan grandes elogios. De la punta del pie a la coronilla no había en él defecto alguno.
26Cuando se rapaba la cabeza —y lo hacía al final de cada año, pues le pesaba demasiado—, el peso del cabello de su cabeza era de más de dos kilos en la balanza del rey.
27Le nacieron a Absalón tres hijos y una hija, llamada Tamar, mujer muy guapa.
28Absalón vivió dos años en Jerusalén, sin ver el rostro del rey.
29Entonces mandó llamar a Joab para enviarlo al rey, pero él no quiso venir. Lo mandó llamar por segunda vez, pero tampoco quiso venir.
30Así que ordenó a sus servidores: «Mirad la parcela de Joab, junto a la mía, donde tiene su cebada. Id y prendedle fuego». Y los servidores de Absalón prendieron fuego a la parcela.
31Joab se decidió a ir a la casa de Absalón y le preguntó: «¿Por qué han incendiado tus servidores la parcela que me pertenece?».
32Absalón respondió: «Te mandé llamar para decirte: Ven. Quiero enviarte al rey con este mensaje: “¿Para qué he venido de Guesur? Mejor estaba allí”. Quiero ver el rostro del rey, y si soy culpable, que me haga morir».
33Joab fue a ver al rey y se lo comunicó. Después el rey llamó a Absalón, que vino a su presencia y se postró ante él rostro a tierra. Y el rey lo abrazó.
2 Samuel 15
1Absalón se hizo luego con un carro, caballos y cincuenta hombres que le precedían.
2Madrugaba y se ponía al borde del camino que conducía a la puerta de la ciudad. Y a todo hombre que tenía algún pleito para llevar a juicio ante el rey lo llamaba y le preguntaba: «¿De qué ciudad eres?». Respondía: «Tu siervo es de una de las tribus de Israel».
3Absalón le decía: «Mira, tu causa es buena y justa, pero no hay quien te escuche de parte del rey».
4Entonces Absalón exclamaba: «¡Quién me constituyera juez en el país! Vendría a mí todo el que tuviera un litigio o una causa y le haría justicia».
5Y cuando alguno se acercaba a postrarse ante él, alargaba la mano, lo agarraba y lo abrazaba.
6De este modo obraba Absalón con todo israelita que venía a juicio ante el rey, robando el corazón de las gentes de Israel.
7Al cabo de cuatro años Absalón dijo al rey: «Déjame ir a Hebrón, a cumplir el voto que hice al Señor.
8Pues tu siervo hizo un voto, cuando moraba en Guesur de Siria, diciendo: “Si el Señor me concede volver a Jerusalén, le ofreceré un sacrificio”».
9El rey le dijo: «Vete en paz». Y él se puso en camino hacia Hebrón.
10Absalón mandó emisarios por todas las tribus de Israel para decir: «Cuando oigáis el sonido del cuerno, decid: “Absalón reina en Hebrón”».
11Doscientos convidados de Jerusalén marchaban con Absalón. Iban inocentemente, sin saber nada de todo el asunto.
12Mientras ofrecía los sacrificios, Absalón mandó llamar de Guiló a Ajitofel, el guilonita, consejero de David. La conjuración fue cobrando fuerza y el pueblo que se unía a Absalón era cada vez más numeroso.
13Alguien llegó junto a David con esta información: «El corazón de la gente de Israel sigue a Absalón».
14Entonces David dijo a los servidores que estaban con él en Jerusalén: «Levantaos y huyamos, pues no tendremos escapatoria ante Absalón. Vámonos rápidamente, no sea que se apresure, nos dé alcance, precipite sobre nosotros la ruina y pase la ciudad a filo de espada».
15Los servidores del rey contestaron: «Tus servidores están dispuestos para cuanto decida el rey, nuestro señor».
16El rey salió a pie con toda su familia, dejando diez concubinas para cuidar del palacio.
17Salió a pie con toda la gente, deteniéndose en la última casa.
18Todos sus servidores pasaron a su lado, los quereteos, los pelteos y los seiscientos guititas que le habían seguido desde Gaza.
19El rey dijo a Itai, el de Gaza: «¿Por qué vienes tú también con nosotros? Vuélvete y quédate con el rey, pues eres extranjero y estás desterrado de tu país.
20¿Viniste ayer y te voy a hacer vagar hoy caminando con nosotros, cuando yo ando sin saber adónde voy? Vuélvete y lleva a tus hermanos contigo. ¡Y que el Señor tenga misericordia y fidelidad contigo!».
21Itai tomó la palabra para decir al rey: «Por vida del Señor y por vida del rey, mi señor, que allí donde se encuentre mi señor, sea para muerte o para vida, allí estará tu siervo».
22David le dijo: «Ve y pasa». Y pasó Itai, el de Gaza, con los hombres y niños que iban con él.
23Todo el mundo lloraba entre grandes lamentos, mientras iba pasando el pueblo. El rey cruzó el torrente Cedrón y toda la gente lo hizo en frente del camino del desierto.
24Sadoq y los levitas que llevaban el Arca de la Alianza de Dios la depositaron junto a Abiatar, hasta que toda la gente terminó de salir de la ciudad.
25Entonces el rey dijo a Sadoc: «Vuelve con el Arca de Dios a la ciudad. Si encuentro gracia a los ojos del Señor, me concederá volver y ver el Arca y su morada.
26Pero si él dice: “Ya no me eres grato”, aquí me tiene, haga conmigo como bien le parezca».
27El rey siguió hablándole: «¿Eres tú un vidente? Vuelve en paz a la ciudad con tu hijo Ajimás y Jonatán, hijo de Abiatar.
28Mirad, yo me detendré en los pasos del desierto, hasta que lleguen noticias vuestras para informarme».
29Sadoc y Abiatar volvieron con el Arca de Dios a Jerusalén y se quedaron allí.
30David subía la cuesta de los Olivos llorando con la cabeza cubierta y descalzo. Los que le acompañaban llevaban cubierta la cabeza y subían llorando.
31Avisaron a David: «Ajitofel está entre los conjurados con Absalón». David exclamó: «El Señor frustre el consejo de Ajitofel».
32Al llegar David a la cumbre donde la gente se postra ante Dios, le salió al encuentro Jusai, el arquita, con la túnica rasgada y tierra sobre la cabeza.
33David le dijo: «Si pasas conmigo, me serás una carga.
34Pero, si regresas a la ciudad y dices a Absalón: “Seré tu siervo, majestad, aunque era antes siervo de tu padre; ahora quiero ser tu siervo”, podrás malograr, en favor mío, el consejo de Ajitofel.
35Allí estarán contigo los sacerdotes Sadoc y Abiatar, a los que comunicarás todo lo que oigas en la casa del rey.
36Con ellos están Ajimás, hijo de Sadoc y Jonatán, hijo de Abiatar, y por ellos me enviarás cualquier noticia que oigas».
37Jusai, el amigo de David, entró en la ciudad cuando Absalón llegaba a Jerusalén.
1 Corintios 6
1¿Hay alguien entre vosotros que, teniendo un pleito con otro, se atreve a llevarlo a juicio ante los impíos y no ante los santos?
2¿Habéis olvidado que los santos juzgarán el universo? Pues si vosotros vais a juzgar al mundo, ¿no estaréis a la altura de juzgar minucias?
3Recordad que juzgaremos a ángeles; cuánto más, asuntos de la vida ordinaria.
4De manera que para juzgar los asuntos ordinarios dais jurisdicción a gente que en la Iglesia no cuenta.
5¿No os da vergüenza? ¿Es que no hay entre vosotros ningún entendido que sea capaz de arbitrar entre dos hermanos?
6No señor, un hermano tiene que estar en pleito con otro y además entre gentiles.
7Desde cualquier punto de vista ya es un fallo que haya pleitos entre vosotros. ¿No estaría mejor sufrir la injusticia? ¿No estaría mejor dejarse robar?
8En cambio, sois vosotros los injustos y los ladrones, y eso con hermanos vuestros.
9¿No sabéis que ningún malhechor heredará el reino de Dios? No os hagáis ilusiones: los inmorales, idólatras, adúlteros, lujuriosos, invertidos,
10ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios. Así erais algunos antes.
11Pero fuisteis lavados, santificados, justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.
12Todo me es lícito, pero no todo me aprovecha. Todo me es lícito, pero no me dejaré dominar por nada.
13El alimento es para el vientre y el vientre para el alimento; pero Dios destruirá una cosa y la otra. El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor; y el Señor, para el cuerpo.
14Y Dios resucitó al Señor y nos resucitará también a nosotros con su poder.
15¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y voy a tomar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta? De ningún modo.
16¿O no sabéis que unirse a una prostituta es hacerse un cuerpo con ella? Porque dice: «Serán los dos una sola carne».
17En cambio, el que se une al Señor es un espíritu con él.
18Huid de la inmoralidad. Cualquier pecado que cometa el hombre queda fuera de su cuerpo. Pero el que fornica peca contra su propio cuerpo.
19¿Acaso no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que habita en vosotros y habéis recibido de Dios? Y no os pertenecéis,
20pues habéis sido comprados a buen precio. Por tanto, ¡glorificad a Dios con vuestro cuerpo!