Lectura 93 de 365
2 Samuel 10-12 · 1 Corintios 5
2 Samuel 10
1Murió después el rey de los amonitas, y su hijo Janún reinó en su lugar.
2David se dijo: «Trataré con benevolencia a Janún, hijo de Najas, como su padre me trató con benevolencia». Envió a sus servidores a darle el pésame por su padre. Cuando los servidores de David llegaron al país amonita,
3los jefes amonitas dijeron a Janún, su señor: «¿Acaso crees que ha sido para honrar a tu padre por lo que David ha enviado a los que te dan el pésame? ¿No será que los ha enviado para inspeccionar la ciudad, espiarla y luego destruirla?».
4Entonces Janún prendió a los servidores de David, les rapó la mitad de su barba y les cortó su ropa por la mitad, hasta las nalgas, y los despidió.
5Se lo comunicaron a David y envió gente al encuentro de aquellos hombres, que se sentían totalmente avergonzados. El rey les dijo: «Quedaos en Jericó hasta que crezca vuestra barba y podáis volver».
6Cuando los amonitas se dieron cuenta de que se habían ganado la enemistad de David, mandaron reclutar como mercenarios a veinte mil hombres de a pie de los arameos de Bet Rejob y de Sobá, mil hombres del rey de Maacá y doce mil de la gente de Tob.
7Al enterarse David, mandó a Joab y a todo el ejército de los valientes.
8Los amonitas salieron y formaron en orden de batalla a la entrada de la puerta, mientras la gente de Siria, Sobá, Rejob, así como la de Tob y de Maacá estaban aparte en el campo.
9Cuando vio Joab que había un frente de batalla por delante y otro por detrás, hizo una selección de los más escogidos de Israel y los puso en formación ante Siria.
10El resto de la tropa lo confió a su hermano Abisay, que la dispuso frente a los amonitas.
11Joab le había dicho: «Si Siria es más fuerte que yo, me socorrerás y si los amonitas son más fuertes que tú, iré a socorrerte.
12Sé fuerte, hagámonos fuertes por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios, y el Señor haga lo que le parezca bien».
13Entonces Joab y su tropa se lanzaron al combate contra Siria, que huyó ante él.
14Cuando los amonitas vieron que Siria había huido, emprendieron la fuga ante Abisay, metiéndose en la ciudad. Joab dejó a los hijos de Amón y se volvió a Jerusalén.
15Al ver Siria que había sido derrotado por Israel, se concentraron a una.
16Adadézer despachó mensajeros e hizo venir a los arameos de allende el río Éufrates, y llegaron a Jelán. Sobac era el jefe del ejército y Adadézer iba al frente.
17Cuando informaron a David, reunió a todo Israel, atravesaron el Jordán y llegaron a Jelán. Los arameos formaron ante David y trabaron batalla con él.
18Los arameos huyeron ante Israel y David destruyó setecientos carros y cuarenta mil jinetes. Hirió a Sobac, jefe de su ejército, que murió allí mismo.
19Los reyes vasallos de Adadézer, viéndose vencidos por Israel, hicieron la paz y se sometieron a Israel. Los arameos no se atrevieron a seguir auxiliando a los amonitas.
2 Samuel 11
1A la vuelta de un año, en la época en que los reyes suelen ir a la guerra, David envió a Joab con sus servidores y todo Israel. Masacraron a los amonitas y sitiaron Rabá, mientras David se quedó en Jerusalén.
2Una tarde David se levantó de la cama y se puso a pasear por la terraza del palacio. Desde allí divisó a una mujer que se estaba bañando, de aspecto muy hermoso.
3David mandó averiguar quién era aquella mujer. Y le informaron: «Es Betsabé, hija de Elián, esposa de Urías, el hitita».
4David envió mensajeros para que la trajeran. Llegó a su presencia y se acostó con ella, que estaba purificándose de sus reglas. Ella volvió a su casa.
5Quedó encinta y mandó este aviso a David: «Estoy encinta».
6David, entonces, envió a decir a Joab: «Mándame a Urías, el hitita». Joab se lo mandó.
7Cuando llegó Urías, David le preguntó cómo se encontraban Joab y la tropa y cómo iba la guerra.
8Luego le dijo: «Baja a tu casa a lavarte los pies». Urías salió del palacio y tras él un regalo del rey.
9Pero Urías se acostó a la puerta del palacio con todos los servidores de su señor, y no bajó a su casa.
10Informaron a David: «Urías no ha bajado a su casa». Y David dijo a Urías: «Acabas de llegar de un viaje. ¿Por qué no has bajado a tu casa?».
11Urías contestó: «El Arca, Israel y Judá moran en tiendas, y mi señor Joab y los servidores de mi señor acampan al raso. ¿Y yo voy a ir a mi casa a comer y beber y a acostarme con mi mujer? Por tu vida, por tu propia vida, no he de hacer tal cosa».
12Entonces le dijo David: «Quédate hoy aquí y mañana te enviaré». Urías se quedó aquel día y el siguiente en Jerusalén.
13David le invitó a comer con él y le hizo beber hasta ponerle ebrio. Urías salió por la tarde a acostarse en su jergón con los servidores de su señor, pero no bajó a su casa.
14A la mañana siguiente David escribió una carta a Joab, que le mandó por Urías.
15En la carta había escrito: «Poned a Urías en primera línea, donde la batalla sea más encarnizada. Luego retiraos de su lado, para que lo hieran y muera».
16Joab observó la ciudad y situó a Urías en el lugar en el que sabía que estaban los hombres más aguerridos.
17Las gentes de la ciudad hicieron una salida. Trabaron combate con Joab y hubo bajas en la tropa, entre los servidores de David. Murió también Urías, el hitita.
18Joab despachó un mensajero para informar a David de todas las incidencias de la batalla,
19ordenándole: «Cuando termines de comunicar al rey todas las incidencias de la batalla,
20si el rey monta en cólera y te dice: “¿Por qué os habéis acercado a la ciudad para atacarla? ¿No sabíais que dispararían desde la muralla?
21¿Quién hirió a Abimélec, hijo de Jerubeset? ¿No fue una mujer la que arrojó sobre él una piedra de molino desde la muralla y lo mató en Tebes? ¿Por qué os habéis acercado a la muralla?”, tú replicarás: “También ha muerto tu siervo, Urías el hitita”».
22Partió el mensajero, llegó y comunicó a David el mensaje completo de Joab.
23El mensajero explicó a David: «Aquellos hombres se hicieron fuertes contra nosotros. Nos salieron al encuentro en el campo, pero pudimos con ellos, llevándolos hasta la entrada de la puerta.
24Entonces los arqueros dispararon contra tus servidores desde la muralla y murieron algunos de los servidores del rey, entre los que se encontraba Urías, el hitita».
25David contestó al mensajero: «Di a Joab: “No te disgustes por lo sucedido, pues la espada devora de una o de otra manera. Intensifica tu ataque contra la ciudad y destrúyela”. Y dale ánimo».
26La mujer de Urías supo que había muerto su marido, e hizo duelo por él.
27Cuando acabó el duelo, David envió a por ella y la recogió en su casa como esposa suya. Ella le dio un hijo. Mas lo que había hecho David desagradó al Señor.
2 Samuel 12
1El Señor envió a Natán a ver a David y, llegado a su presencia, le dijo:«Había dos hombres en una ciudad, uno rico y el otro pobre.
2El rico tenía muchas ovejas y vacas.
3El pobre, en cambio, no tenía más que una cordera pequeña que había comprado. La alimentaba y la criaba con él y con sus hijos. Ella comía de su pan, bebía de su copa y reposaba en su regazo; era para él como una hija.
4Llegó un peregrino a casa del rico, y no quiso coger una de sus ovejas o de sus vacas y preparar el banquete para el hombre que había llegado a su casa, sino que cogió la cordera del pobre y la aderezó para el hombre que había llegado a su casa».
5La cólera de David se encendió contra aquel hombre y replicó a Natán: «Vive el Señor que el hombre que ha hecho tal cosa es reo de muerte.
6Resarcirá cuatro veces la cordera, por haber obrado así y por no haber tenido compasión».
7Entonces Natán dijo a David: «Tú eres ese hombre. Así dice el Señor, Dios de Israel: “Yo te ungí rey de Israel y te libré de la mano de Saúl.
8Te entregué la casa de tu señor, puse a sus mujeres en tus brazos, y te di la casa de Israel y de Judá. Y, por si fuera poco, te añadiré mucho más.
9¿Por qué has despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que le desagrada? Hiciste morir a espada a Urías el hitita, y te apropiaste de su mujer como esposa tuya, después de haberlo matado por la espada de los amonitas.
10Pues bien, la espada no se apartará de tu casa jamás, por haberme despreciado y haber tomado como esposa a la mujer de Urías, el hitita”.
11Así dice el Señor: “Yo voy a traer la desgracia sobre ti, desde tu propia casa. Cogeré a tus mujeres ante tus ojos y las entregaré a otro, que se acostará con ellas a la luz misma del sol.
12Tú has obrado a escondidas. Yo, en cambio, haré esto a la vista de todo Israel y a la luz del sol”».
13David respondió a Natán: «He pecado contra el Señor». Y Natán le dijo: «También el Señor ha perdonado tu pecado. No morirás.
14Ahora bien, por haber despreciado al Señor con esa acción, el hijo que te va a nacer morirá sin remedio».
15Natán se fue a su casa. El Señor hirió al niño que la mujer de Urías había dado a David y cayó enfermo.
16David oró con insistencia a Dios por el niño. Ayunaba y pasaba las noches acostado en tierra.
17Los ancianos de su casa se acercaron a él e intentaban obligarlo a que se levantara del suelo, pero no accedió, ni quiso tomar con ellos alimento alguno.
18Al séptimo día murió el niño. Los servidores de David temían comunicarle su muerte, pensando: «Si mientras vivía aún el niño le hablábamos y no nos escuchaba, ¿cómo decirle ahora que ha muerto? Haría un disparate».
19Al ver David que sus servidores cuchicheaban, comprendió que el niño había muerto. Les preguntó: «¿Ha muerto el niño?». Respondieron: «Sí».
20Entonces David se alzó del suelo, se lavó, se ungió, se mudó de ropa y, entrando en el templo del Señor, se postró. Volvió a casa, pidió que le pusieran comida y comió.
21Sus servidores le dijeron: «¿Cómo obras así? Cuando el niño vivía todavía, ayunabas y llorabas. Y, una vez muerto, te levantas y pruebas alimento».
22Contestó: «Mientras vivía el niño, ayunaba y lloraba, pensando: “Quién sabe. Quizás el Señor se compadezca de mí y el niño se cure”.
23Ahora que ha muerto, ¿para qué ayunar? ¿Puedo hacerle volver? Yo soy el que irá adonde él. Él no volverá a mí».
24David consoló a su mujer Betsabé. Fue y se acostó con ella. Dio a luz un hijo y lo llamó Salomón. El Señor lo amó
25y mandó al profeta Natán que le pusiera el nombre de Yedidías, en consideración al Señor.
26Joab continuó la lucha contra Rabá de los amonitas y tomó la ciudad regia.
27Despachó entonces mensajeros que dijeran a David: «He atacado Rabá y he tomado la ciudad de las aguas.
28Ahora, reúne al resto del pueblo, acampa frente a la ciudad y tómala tú, para que no sea yo quien la conquiste y le pongan mi nombre».
29David reunió a todo el pueblo, fue a Rabá, luchó contra ella y la conquistó.
30Tomó la corona de la cabeza de su rey —su peso era de unos treinta y cinco kilos de oro y tenía una piedra preciosa— y la pusieron sobre la cabeza de David. Sacó un botín muy abundante de la ciudad.
31Deportó a su población y la puso a trabajar con sierras, rastrillos y hachas de hierro, dedicándola a hacer ladrillos. Lo mismo hizo con todas las ciudades de los amonitas. Después David y todo el pueblo regresaron a Jerusalén.
1 Corintios 5
1Se oye decir en todas partes que hay entre vosotros un caso de inmoralidad; y una inmoralidad tal que no se da ni entre los gentiles: uno convive con la mujer de su padre.
2¿Y vosotros seguís tan ufanos? Estaría mejor ponerse de luto y expulsar de entre vosotros al que ha hecho eso.
3Pues lo que es yo, ausente en el cuerpo, pero presente en espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera presente: reunidos vosotros
4en el nombre de nuestro Señor Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesús
5entregar al que ha hecho eso en manos de Satanás; para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu se salve en el día del Señor.
6Ese orgullo vuestro no tiene razón de ser. ¿No sabéis que un poco de levadura fermenta toda la masa?
7Barred la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que sois panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
8Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad.
9En la carta que os escribí os decía que no os juntarais con los inmorales.
10No me refería a los inmorales de este mundo, ni tampoco a los codiciosos, a los estafadores o idólatras; para eso tendríais que salir de este mundo.
11Lo que de hecho os dije es que no os juntarais con uno que se llama hermano y es inmoral, codicioso, idólatra, difamador, borracho o estafador: con quien sea así, ni compartir la mesa.
12¿Acaso me toca a mí juzgar a los de fuera? ¿No es a los de dentro a quienes juzgáis vosotros?
13A los de fuera los juzgará Dios. Expulsad al malvado de entre vosotros.