Lectura 90 de 365
2 Samuel 1-3 · 1 Corintios 2
2 Samuel 1
1Después de la muerte de Saúl, David derrotó a Amalec y de regreso se detuvo dos días en Sicelag.
2Al tercer día vino un hombre del campamento de Saúl con las vestiduras rasgadas y tierra en la cabeza. Al llegar a la presencia de David, cayó a tierra y se postró.
3David le preguntó: «¿De dónde vienes?». Respondió: «He huido del campamento de Israel».
4David le preguntó de nuevo: «¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo». Respondió: «La tropa ha huido de la batalla y muchos del pueblo han caído y han muerto, entre ellos Saúl y su hijo Jonatán».
5David siguió preguntando al joven que le traía la noticia: «¿Cómo sabes que han muerto Saúl y su hijo Jonatán?».
6Respondió: «Me encontraba casualmente en el monte Gelboé, cuando vi a Saúl echado sobre su lanza, mientras los carros y jefes de la caballería lo acosaban de cerca.
7Al volverse, me vio y me llamó. Contesté: “Aquí estoy”.
8Me preguntó: “¿Quién eres?”. Le respondí: “Soy un amalecita”.
9Y me dijo: “Acércate, y remátame. Estoy en los estertores, pero todavía me queda vida”.
10Me acerqué a él y lo rematé, comprendiendo que no podría vivir después de su derrota. Luego cogí la diadema de la cabeza y el brazalete del brazo para traerlos aquí a mi señor».
11Entonces David, echando mano a sus vestidos, los rasgó, lo mismo que sus acompañantes.
12Hicieron duelo, lloraron y ayunaron hasta la tarde por Saúl, por su hijo Jonatán, por el pueblo del Señor y por la casa de Israel, caídos a espada.
13David preguntó al joven que le informaba: «¿De dónde eres?». Respondió: «Soy hijo de un extranjero amalecita».
14David le dijo: «¿Cómo no has tenido temor de extender tu mano y acabar con el ungido del Señor?».
15Llamó a uno de los servidores, y le ordenó: «Ve y mátalo». Lo hirió y murió.
16David sentenció: «Caiga tu sangre sobre tu cabeza, pues tú mismo has testimoniado en contra tuya, al decir: “Yo he dado muerte al ungido del Señor”».
17David entonó esta elegía por Saúl y por su hijo Jonatán.
18Y ordenó que enseñaran a los hijos de Judá la Canción del Arco, escrita en el Libro del Justo:
19«La flor de Israel herida en tus alturas. Cómo han caído los héroes.
20Que no se cuente en Gat, que no se pregone en las calles de Ascalón, para que no se alegren las hijas de los filisteos, para que no salten de gozo las hijas de los incircuncisos.
21Montes de Gelboé, no haya en vosotros ni rocío ni lluvia, ni campos feraces. Porque allí ha sido manchado el escudo de los héroes: el escudo de Saúl, no ungido con óleo,
22sino con sangre de muertos, con grasa de héroes. El arco de Jonatán no se volvió nunca atrás, ni la espada de Saúl regresó vacía.
23Saúl y Jonatán, amables y gratos en su vida, inseparables en su muerte, más veloces que águilas, más valientes que leones.
24Hijas de Israel, llorad por Saúl, que os cubría de púrpura y adornos, que adornaba con alhajas de oro vuestros vestidos.
25Cómo han caído los héroes en medio del combate. Jonatán, herido en tus alturas.
26Estoy apenado por ti, Jonatán, hermano mío. Me eras gratísimo, tu amistad me resultaba más dulce que el amor de mujeres.
27Cómo han caído los héroes. Han perecido las armas de combate».
2 Samuel 2
1Después de esto, David consultó al Señor: «¿Puedo subir a alguna de las ciudades de Judá?». El Señor le respondió: «Sube». David preguntó: «¿Adónde he de subir?». Respondió: «A Hebrón».
2David subió allá con sus dos esposas, Ajinoán, la yezraelita, y Abigail, la mujer de Nabal, el de Carmel.
3Llevó a los hombres que le acompañaban, cada uno con su familia. Y se asentaron en las ciudades de Hebrón.
4Los hombres de Judá vinieron a ungir a David como rey sobre la casa de Judá.Le llegó a David esta información: «Los hombres de Yabés de Galaad han dado sepultura a Saúl».
5David despachó entonces mensajeros a las gentes de Yabés de Galaad para decirles: «Benditos seáis del Señor, por haber hecho esta obra de misericordia con vuestro señor, con Saúl, y haberle sepultado.
6Que el Señor os trate con misericordia y lealtad. Yo en persona haré con vosotros el mismo bien que vosotros habéis hecho.
7Ahora, sed fuertes y valientes, aunque haya muerto vuestro señor Saúl. A mí me ha ungido la casa de Judá como rey suyo».
8Abner, hijo de Ner, jefe del ejército de Saúl, cogió a Isboset, hijo de Saúl, y le hizo pasar a Majanáin.
9Le hizo rey de Galaad, de los asuritas, de Yezrael, Efraín, Benjamín y todo Israel.
10Isboset, hijo de Saúl, tenía cuarenta años cuando comenzó a reinar sobre Israel y reinó dos años. Solo la casa de Judá seguía a David
11El tiempo que David reinó en Hebrón sobre la casa de Judá fue de siete años y seis meses.
12Abner, hijo de Ner, y los servidores de Isboset, hijo de Saúl, partieron de Majanáin hacia Gabaón.
13Joab, hijo de Seruyá, y los servidores de David partieron también, se los encontraron junto a la alberca de Gabaón y se situaron unos a un lado de la alberca y los otros al lado opuesto.
14Abner propuso a Joab: «Que los jóvenes se preparen y que combatan ante nosotros». Joab respondió: «Prepárense».
15Se pusieron en pie y avanzaron: doce de Benjamín, por parte de Isboset, hijo de Saúl, y doce de los servidores de David.
16Cada uno agarró la cabeza de su contrario, clavó la espada en su costado y todos cayeron a una. El lugar situado en Gabaón fue llamado Campo de las peñas.
17Aquel día el combate fue duro hasta el extremo. Abner y los hombres de Israel fueron derrotados por los servidores de David.
18Estaban allí los tres hijos de Seruyá: Joab, Abisay y Asael. Asael era ligero de pies como las gacelas del campo
19y se puso a perseguir a Abner, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda.
20Abner se volvió y le preguntó: «¿Eres Asael?». Respondió: «Sí».
21Abner le dijo: «Apártate de mí a derecha o a izquierda, agarra a uno de los jóvenes y llévate sus pertrechos». Pero Asael se negó a apartarse de él.
22Abner volvió a decirle: «Apártate de mí, ¿por qué he de derribarte en tierra? ¿Cómo me podré presentar ante tu hermano Joab?».
23Pero se negó a apartarse. Entonces Abner le hirió en la ingle con la parte trasera de la lanza, que le atravesó de parte a parte. Cayó y murió allí mismo. Los que pasaban por el lugar donde Asael yacía muerto se paraban.
24Joab y Abisay siguieron la persecución de Abner. El sol se había puesto, cuando llegaron a Guibeat Ammá, que está frente a Guiá, camino del desierto de Gabaón.
25Los benjaminitas se unieron a Abner, formando un pelotón y se detuvieron en la cima de una colina.
26Abner llamó a Joab, y le dijo: «¿Va a estar la espada devorando siempre? ¿No sabes que al final habrá amargura? ¿Cuándo vas a ordenar al pueblo que cese de perseguir a sus hermanos?».
27Joab respondió: «Vive Dios, que si no hubieras hablado, la gente habría estado persiguiendo a sus hermanos hasta la mañana».
28Joab tocó el cuerno, y todo el pueblo se detuvo. No siguieron persiguiendo a Israel, ni volvieron a luchar.
29Abner y sus hombres marcharon por la Arabá durante toda aquella noche. Atravesaron el Jordán, recorrieron todo el Bitrón y llegaron a Majanáin.
30Joab dejó de perseguir a Abner y reunió a todo el pueblo. Faltaban diecinueve servidores de David y Asael.
31Los servidores de David, en cambio, habían herido a trescientos sesenta de Benjamín y de los hombres de Abner, que murieron.
32Llevaron a Asael y lo enterraron en el sepulcro de su padre en Belén. Joab y sus hombres caminaron toda la noche, y les amaneció en Hebrón.
2 Samuel 3
1La lucha entre las casas de Saúl y David fue larga. David iba fortaleciéndose, mientras la casa de Saúl iba debilitándose.
2A David le nacieron hijos en Hebrón. Su primogénito fue Amnón, de Ajinoán, la yezraelita,
3el segundo Quilab, de Abigail, mujer de Nabal, el de Carmel, el tercero Absalón, hijo de Maacá, hija de Talmay, rey de Guesur,
4el cuarto Adonías, hijo de Jaguit, el quinto Sefatías, hijo de Abital,
5y el sexto Yitreán, de su esposa Eglá. Estos le nacieron a David en Hebrón.
6Durante la guerra entre las casas de Saúl y David, Abner fue afianzándose en la casa de Saúl.
7Tenía Saúl una concubina llamada Rispá, hija de Ayá. Entonces Isboset le dijo a Abner: «¿Por qué te has llegado a la concubina de mi padre?».
8Abner montó en cólera por las palabras de Isboset. Y replicó: «¿Soy acaso una cabeza de perro, que pertenece a Judá? Hasta hoy he obrado lealmente con la casa de Saúl, tu padre, con sus hermanos y amigos, y no te he dejado caer en manos de David. ¿Y me pides cuentas hoy de la falta con esa mujer?
9Que Dios me castigue, si no actúo para que se cumpla lo que el Señor juró a David:
10traspasar el reino de la casa de Saúl y establecer a David sobre el trono de Israel y de Judá desde Dan hasta Berseba».
11Isboset no pudo replicar ni una palabra a Abner, por el miedo que le infundía.
12Abner despachó mensajeros a David en su propio nombre para tratar de quién sería el país y le propuso: «Haz una alianza conmigo y yo estaré a tu lado para que todo Israel sea tuyo».
13David respondió: «Bien. Haré una alianza contigo. Solo te pido una cosa: que no te presentes ante mí, si no me traes a Mical, hija de Saúl, cuando vengas a mi presencia».
14Entonces despachó David mensajeros a Isboset, hijo de Saúl, pidiéndole: «Entrégame a mi esposa Mical, que obtuve como esposa por cien prepucios de filisteos».
15Isboset mandó a cogerla del lado de su marido Paltiel, hijo de Lais.
16Su marido la seguía, caminando y llorando tras ella hasta Bejurín. Abner le dijo: «Ve, vuélvete». Y se volvió.
17Abner trató en estos términos con los ancianos de Israel: «Hace algún tiempo pretendíais que David fuera vuestro rey.
18Hacedlo ahora, puesto que el Señor le ha dicho: «Por medio de mi siervo David, salvaré a mi pueblo Israel de la mano de los filisteos y de la mano de todos sus enemigos».
19Abner habló también a los de Benjamín. Después fue a trasmitir a David en Hebrón lo que habían decidido gustosamente Israel y toda la casa de Benjamín.
20Abner llegó a la presencia de David en Hebrón con veinte hombres y David ofreció un banquete en su honor.
21Abner le dijo: «Voy a ponerme en camino para reunir bajo mi señor el rey a todo Israel. Harán alianza contigo y podrás reinar en todo como desees». David despidió a Abner, que se fue en paz.
22Los servidores de David volvieron con Joab de una correría, trayendo consigo un cuantioso botín. Abner ya no estaba con David en Hebrón, pues David lo había dejado marchar en paz.
23Al llegar Joab y toda su tropa, le informaron: «Abner, hijo de Ner, ha venido a ver al rey, que lo ha dejado marchar en paz».
24Joab llegó ante el rey y le dijo: «¿Qué has hecho? Abner ha venido a verte. ¿Por qué le has dejado marchar?
25Conoces a Abner, hijo de Ner. Ha venido de seguro a engañarte, a informarse de tus salidas y entradas, y a enterarse de todo cuanto haces».
26Joab salió de la presencia de David, y, sin que este lo supiera, despachó mensajeros tras Abner, que le hicieron volver desde la cisterna de Sirá.
27Cuando Abner regresó a Hebrón, Joab le apartó a un lado de la puerta, como para hablar tranquilamente con él. Allí le hirió en la ingle y murió. Obró así para vengar la sangre de su hermano Asael.
28Después de ocurrido, al saberlo, David dijo: «Yo y mi reino somos inocentes para siempre ante el Señor de la sangre de Abner, hijo de Ner.
29Recaiga sobre la cabeza de Joab y sobre toda la casa de su padre. Que no falte en la casa de Joab quien padezca flujo ni quien tenga la lepra ni quien maneje el huso ni quien caiga a espada ni quien pase hambre».
30Joab y su hermano Abisay habían asesinado a Abner, porque este había dado muerte a su hermano Asael en la batalla de Gabaón.
31David dijo a Joab y a los que estaban con él: «Rasgad las vestiduras, ceñíos de saco y haced duelo por Abner». El rey David iba detrás del féretro.
32Y cuando enterraron a Abner en Hebrón, David alzó su voz y lloró con todo el pueblo junto al sepulcro de Abner.
33El rey entonó una elegía por Abner, diciendo:«¿Tenía que morir Abner como muere un necio?
34Tus manos no estaban atadas, tus pies no estaban metidos en los grillos. Caíste como se cae ante los malhechores».Y el pueblo entero tornó a llorar a Abner.
35Toda su gente vino para obligar a David a comer, mientras era de día. Pero David juró: «Que Dios me castigue, si tomo un bocado o cualquier cosa antes de que se ponga el sol».
36El pueblo se enteró y aprobó su conducta. Todos veían con buenos ojos cuanto hacía el rey.
37Aquel día el pueblo y todo Israel supo que no había sido cosa del rey la idea de matar a Abner, hijo de Ner.
38El rey dijo a sus servidores: «¿Sabéis que hoy ha caído un príncipe, un grande en Israel?
39A pesar de que he sido ungido rey, yo soy benigno, mientras que esos hombres, los hijos de Seruyá, son mucho más duros que yo. Que el Señor retribuya, según su maldad, a quien hace el mal».
1 Corintios 2
1Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría,
2pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
3También yo me presenté a vosotros débil y temblando de miedo;
4mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu,
5para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.
6Sabiduría, sí, hablamos entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer,
7sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
8Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
9Sino que, como está escrito: Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman.
10Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.
11Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
12Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
13Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.
14Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu.
15En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie.
16«¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.