Lectura 88 de 365
1 Samuel 26-28 · Romanos 16
1 Samuel 26
1Los zifeos fueron a ver a Saúl a Guibeá y le dijeron: «David está escondido en el collado de Jaquilá, en frente de la estepa».
2Entonces Saúl emprendió la bajada al desierto de Zif, llevando tres mil hombres escogidos de Israel, para buscar a David allí.
3Saúl acampó en el collado Jaquilá, frente a la estepa, junto al camino. Cuando David, que permanecía en el desierto, vio que Saúl venía en su busca,
4envió espías y supo que había llegado a un lugar determinado.
5David fue al lugar donde había acampado Saúl y vio dónde estaban acostados Saúl y el jefe de su ejército, Abner, hijo de Ner. Saúl estaba acostado en el cercado y el ejército estaba acampado a su alrededor.
6David tomó entonces la palabra y preguntó a Ajimélec, el hitita, y a Abisay, hijo de Seruyá, hermano de Joab: «¿Quién quiere bajar conmigo al campamento donde se encuentra Saúl?». Abisay respondió: «Yo bajaré contigo».
7David y Abisay llegaron de noche junto a la tropa. Saúl dormía, acostado en el cercado, con la lanza hincada en tierra a la cabecera. Abner y la tropa dormían en torno a él.
8Abisay dijo a David: «Dios pone hoy al enemigo en tu mano. Déjame que lo clave de un golpe con la lanza en la tierra. No tendré que repetir».
9David respondió: «No acabes con él, pues ¿quién ha extendido su mano contra el ungido del Señor y ha quedado impune?».
10Y prosiguió: «Vive el Señor, que él le herirá, ya se acerque su día y muera, ya baje a la guerra y perezca.
11El Señor me libre de extender la mano contra su ungido. Ahora, coge la lanza de su cabecera y el jarro de agua y vámonos».
12David cogió la lanza y el jarro de agua de la cabecera de Saúl, y se marcharon. Nadie los vio, ni se dio cuenta, ni se despertó. Todos dormían, porque el Señor había hecho caer sobre ellos un sueño profundo.
13David cruzó al otro lado y se puso en pie sobre la cima de la montaña, lejos, manteniendo una gran distancia entre ellos.
14Y gritó a la tropa y a Abner, hijo de Ner: «¿No respondes, Abner?». Abner preguntó: «¿Quién eres tú, que gritas al rey?».
15David le contestó: «¿No eres un gran hombre? ¿Quién como tú en Israel? ¿Por qué, pues, no has protegido al rey, tu señor, cuando uno del pueblo entró para matarlo?
16No está bien lo que has hecho. Vive el Señor, que merecéis la muerte, por no haber protegido al ungido del Señor. Ahora, busca la lanza del rey y el jarro de agua que tenía a la cabecera».
17Saúl reconoció la voz de David y dijo: «¿Es esta tu voz, David, hijo mío?». David respondió: «Es mi voz, oh rey, mi señor».
18Y prosiguió: «¿Por qué mi señor persigue a su siervo? ¿Qué he hecho? ¿Qué hay de malo en mí?
19Escuche el rey, mi señor, las palabras de su siervo: si el Señor te mueve contra mí, sea aplacado con una ofrenda, pero si son los hombres, malditos sean ante el Señor los que me han excluido hoy de participar en la heredad del Señor, diciéndome: “Ve a servir a otros dioses”.
20Que no caiga mi sangre en tierra, lejos de la presencia del Señor. Pues el rey de Israel ha salido a luchar buscando una pulga, como el que persigue la perdiz por los montes».
21Saúl respondió: «He obrado mal. Vuelve, David, hijo mío. No volveré a hacerte mal, por haber respetado hoy mi vida. He sido un insensato y me he equivocado por completo».
22David respondió: «Aquí está la lanza del rey. Venga por ella uno de sus servidores.
23Y que el Señor pague a cada uno según su justicia y su fidelidad. Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor.
24Como tu vida ha sido preciosa hoy a mis ojos, tan preciosa sea la mía a los ojos del Señor, y me libre de toda adversidad».
25Saúl le dijo: «Bendito seas, hijo mío, David. Llevarás a cabo cuanto quieras y triunfarás». Entonces David prosiguió su camino y Saúl volvió a su casa.
1 Samuel 27
1David se puso a considerar: «Voy a perecer un día a manos de Saúl. Lo mejor para mí será escapar a la tierra de los filisteos. Saúl dejará de buscarme por todo el territorio de Israel y me libraré de su mano».
2Entonces pasó con los seiscientos hombres que le seguían al lado de Aquís, hijo de Meoc, rey de Gat.
3Y se asentaron en Gat con Aquís, cada uno con su familia y David con sus dos esposas, Ajinoán la yezraelita, y Abigail, esposa de Nabal, el de Carmel.
4Le informaron a Saúl que David había huido a Gat y dejó de perseguirlo.
5David rogó a Aquís: «Si he hallado gracia a tus ojos, concédeme un sitio en una de las ciudades del territorio, para instalarme allí. ¿Por qué voy a vivir a tu lado en la capital?».
6Aquís le concedió aquel mismo día Sicelag. Por eso Sicelag pertenece a los reyes de Judá hasta hoy.
7David permaneció un año y cuatro meses en territorio filisteo.
8Solía subir con sus hombres a hacer incursiones contra los guesureos, guirizitas y amalecitas, que habitaban el territorio que se extiende desde la entrada de Sur hasta la tierra de Egipto.
9David asolaba el territorio, sin dejar hombre ni mujer, y cogía ovejas, bueyes, asnos, camellos y vestidos. A su regreso los presentaba a Aquís,
10que preguntaba: «¿Dónde habéis hecho la incursión hoy?». David respondía: «Contra el Negueb de Judá, contra el Negueb de los yerajmelitas, o contra el Negueb de los quenitas».
11David no dejaba con vida hombre ni mujer para llevarlos a Gat, pensando: «Podrían informar de palabra contra nosotros». Así obró David y tal fue su conducta todo el tiempo que permaneció en territorio filisteo.
12Aquís tenía confianza en David, y pensaba: «Realmente se ha hecho odioso a su pueblo Israel y me servirá siempre».
1 Samuel 28
1En aquellos días los filisteos concentraron sus tropas para salir a luchar contra Israel. Aquís le dijo a David: «Sabes perfectamente que tú y tus hombres saldréis conmigo a luchar».
2David contestó: «Ahora verás lo que es capaz de hacer tu siervo». Y Aquís le dijo: «Por ello te nombraré guardia de mi persona para siempre».
3Samuel había muerto, todo Israel había hecho duelo por él y le habían enterrado en su ciudad de Ramá. Saúl había expulsado del país a los nigromantes y a los adivinos.
4Los filisteos se concentraron y fueron a acampar en Sunán. Saúl reunió a todo Israel y acamparon en Gelboé.
5Cuando Saúl vio el campamento filisteo, tuvo miedo y el pánico se apoderó de él.
6Consultó al Señor, pero no le respondió ni en sueños ni por los urim ni por los profetas.
7Entonces Saúl ordenó a sus servidores: «Buscadme una nigromante, para ir y consultar por medio de ella». Sus servidores le respondieron: «En Endor hay una nigromante».
8Saúl se disfrazó cambiándose de ropas, se puso en camino con dos hombres y llegaron de noche adonde vivía la mujer. Saúl le pidió: «Pon en práctica tu arte de adivinar y evócame al que yo te ordene».
9La mujer respondió: «Bien sabes lo que ha hecho Saúl, que ha suprimido del país a los nigromantes y adivinos. ¿Por qué quieres tenderme una trampa para que muera?».
10Saúl le juró por el Señor: «Vive el Señor, que no te sobrevendrá ninguna culpa por esto».
11La mujer preguntó: «A quién he de evocar?». Respondió: «A Samuel».
12Cuando la mujer vio a Samuel, lanzó un grito. Y dijo a Saúl: «¿Por qué me has engañado? Tú eres Saúl».
13El rey le dijo: «No temas. Pero ¿qué estás viendo?». La mujer respondió: «Veo un espectro que surge de la tierra».
14Él le preguntó: «¿Cuál es su aspecto?». Respondió: «Un hombre anciano que sube envuelto en un manto». Saúl comprendió que era Samuel. Se inclinó rostro a tierra y se postró.
15Samuel dijo a Saúl: «¿Por qué me turbas, evocándome?». Saúl respondió: «Estoy en un gran apuro. Los filisteos me hacen la guerra y Dios se ha alejado de mí. Ya no me responde, ni por los profetas ni en sueños. Te he llamado para que me indiques lo que he de hacer».
16Samuel le dijo: «¿Por qué me consultas, entonces, si el Señor se ha apartado de ti y se ha hecho enemigo tuyo?
17El Señor está cumpliendo lo que predijo por medio de mí. Va a arrancar el reino de tu mano y lo va a dar a otro, a David.
18Lo mismo que tú no obedeciste la voz del Señor ni obraste contra Amalec conforme al ardor de su cólera, así va a hacer hoy contigo el Señor.
19Además, el Señor te entregará a ti y a Israel en mano de los filisteos. Tú y tus hijos estaréis mañana conmigo, y el Señor entregará el campamento de Israel en mano de los filisteos».
20Saúl cayó de pronto por tierra, cuan largo era, temblando todo él por las palabras de Samuel. Además, no tenía fuerzas, pues no había probado bocado todo aquel día y toda aquella noche.
21La mujer se acercó a Saúl y, al ver que se encontraba tan turbado, le dijo: «Tu sierva te ha escuchado y he arriesgado la vida, obedeciendo tus órdenes.
22Ahora, escucha también tú a tu sierva y deja que te sirva un pedazo de pan para que comas y cobres fuerzas para seguir el camino».
23Él se negó diciendo: «No quiero comer». Sus servidores y la mujer le porfiaron y aceptó. Se incorporó del suelo y se sentó en el lecho.
24La mujer tenía en casa un ternero cebado, que mató a toda prisa. Tomó harina, la amasó y coció unos panes sin levadura.
25Lo presentó ante Saúl y sus servidores y comieron. Luego se levantaron y partieron aquella misma noche.
Romanos 16
1Os recomiendo a Febe, nuestra hermana, que además es servidora de la Iglesia que está en Cencreas;
2recibidla en el Señor de un modo que sea digno de los santos y asistidla en cualquier cosa que necesite de vosotros. Pues también ella ha sido protectora de muchos, e incluso de mí mismo.
3Saludad a Prisca y Áquila, mis colaboradores en la obra de Cristo Jesús,
4que expusieron sus cabezas por salvar mi vida; no soy yo solo quien les está agradecido, también todas las iglesias de los gentiles.
5Saludad asimismo a la Iglesia que se reúne en su casa. Saludad a mi querido Epéneto, primicias de Asia para Cristo.
6Saludad a María, que con tanto afán ha trabajado en vuestro favor.
7Saludad a Andrónico y a Junia, mis parientes y compañeros de prisión, que son ilustres entre los apóstoles y además llegaron a Cristo antes que yo.
8Saludad a Ampliato, a quien quiero en el Señor.
9Saludad a Urbano, colaborador nuestro en la obra de Cristo, y a mi querido Estaquio.
10Saludad a Apeles, acreditado en Cristo. Saludad a la familia de Aristóbulo.
11Saludad a Herodión, mi pariente. De la familia de Narciso saludad a los que están en el Señor.
12Saludad a Trifena y Trifosa, que han trabajado afanosamente en el Señor. Saludad a la querida Pérside, que ha trabajado con mucho afán en el Señor.
13Saludad a Rufo, elegido en el Señor, y a su madre, que es también madre mía.
14Saludad a Asíncrito, Flegón, Hermes, Patrobas, Hermas y a todos los hermanos que están con ellos.
15Saludad a Filólogo y a Julia, a Nereo y a su hermana, y a Olimpas y a todos los santos que están con ellos.
16Saludaos unos a otros con el beso santo. Os saludan todas las Iglesias de Cristo.
17Os ruego, hermanos, que tengáis cuidado con los que crean disensiones y escándalos contra la doctrina que vosotros habéis aprendido; alejaos de ellos.
18Pues estos tales no sirven a Cristo nuestro Señor sino a su vientre, y a través de palabras suaves y de lisonjas seducen los corazones de los ingenuos.
19La fama de vuestra obediencia se ha divulgado por todas partes; de aquí que yo me alegre por vosotros; pero deseo que seáis sensatos para el bien e inmunes al mal.
20Y el Dios de la paz aplastará pronto a Satanás bajo vuestros pies. Que la gracia de nuestro Señor Jesús esté con vosotros.
21Os saluda Timoteo, mi colaborador, y Lucio, Jasón y Sosípatro, mis parientes.
22Yo, Tercio, que escribo la carta, os saludo en el Señor.
23Os saluda Gayo, que me hospeda a mí y a toda esta Iglesia.
24Os saluda Erasto, tesorero de la ciudad, y Cuarto, el hermano.
25Al que puede consolidaros según mi Evangelio y el mensaje de Jesucristo que proclamo, conforme a la revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos
26y manifestado ahora mediante las Escrituras proféticas, dado a conocer según disposición del Dios eterno para que todas las gentes llegaran a la obediencia de la fe;
27a Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.