← La Biblia entera en 365 lecturas

Lectura 81 de 365

1 Samuel 5-7 · Romanos 9

Letra: Normal

1 Samuel 5

1Los filisteos apresaron el Arca de Dios y la condujeron de Ebenézer a Asdod.

2Cogieron después el Arca de Dios, la introdujeron en el templo de Dagón y la instalaron a su lado.

3A la mañana siguiente, los habitantes de Asdod se levantaron temprano y encontraron a Dagón caído de bruces en tierra ante el Arca del Señor. Lo recogieron y lo volvieron a poner en su sitio.

4A la mañana siguiente se levantaron y encontraron nuevamente a Dagón caído de bruces en tierra ante el Arca del Señor. Su cabeza y las palmas de las manos estaban cortadas junto al umbral. No quedaba de él más que un poco.

5Por eso los sacerdotes y cuantos entran en el templo de Dagón en Asdod no pisan el umbral hasta el día de hoy.

6La mano del Señor cargó sobre los habitantes de Asdod y los asoló, hiriendo con tumores a Asdod y su entorno.

7Al ver lo que sucedía, las gentes de Asdod dijeron: «No siga entre nosotros el Arca del Dios de Israel, pues su mano carga duramente sobre nosotros y sobre nuestro dios Dagón».

8Convocaron a todos los príncipes de los filisteos, y les preguntaron: «¿Qué tenemos que hacer con el Arca del Dios de Israel?». Respondieron: «Sea trasladada a Gat». Y trasladaron el Arca del Dios de Israel.

9Una vez trasladada el Arca, la mano del Señor causó un pánico enorme en la ciudad. Hirió a sus gentes, desde el pequeño al grande, y les salieron tumores.

10Entonces enviaron el Arca de Dios a Ecrón. Pero, cuando llegó a Ecrón, los ecronitas gritaron: «Nos han traído el Arca del Dios de Israel, para hacernos morir a nosotros y a nuestro pueblo».

11Convocaron a todos los príncipes de los filisteos y les dijeron: «Despedid el Arca del Dios de Israel y torne a su lugar, para que no nos mate a nosotros y a nuestro pueblo». Había un pánico mortal en toda la ciudad, porque la mano de Dios se había hecho allí muy pesada.

12A los que no morían les salían tumores y el clamor de la ciudad subía hasta el cielo.

1 Samuel 6

1El Arca del Señor estuvo siete meses en territorio filisteo.

2Los filisteos llamaron a los sacerdotes y a los adivinos para consultarles: «¿Qué hemos de hacer con el Arca del Señor? Indicadnos cómo la hemos de mandar a su sitio».

3Respondieron: «Si decidís devolver el Arca del Dios de Israel, no la mandéis de vacío, sino enviad con ella una compensación. Entonces sanaréis y se os descubrirá por qué no se apartaba su mano de vosotros».

4Preguntaron: «¿Qué compensación hemos de enviar?». Respondieron: «Cinco tumores de oro y cinco ratones de oro, según el número de príncipes filisteos, porque una misma plaga les afecta a todos ellos y a vuestros príncipes.

5Haréis, pues, figuras de vuestros tumores y figuras de los ratones, que devastan vuestro país. Así daréis gloria al Dios de Israel. Quizá aparte su mano de vosotros, de vuestros dioses y de vuestro país.

6¿Por qué habréis de endurecer vuestro corazón, como endurecieron su corazón los egipcios y el faraón? ¿No permitieron que se marcharan, cuando los dejó maltrechos?

7Así pues, haced un carro nuevo y coged dos vacas que estén criando, a las que no se les haya puesto el yugo. Uncid las vacas al carro y encerrad en la cuadra los terneros que van tras ellas.

8Coged luego el Arca del Señor y depositadla en el carro. En cuanto a los objetos de oro que enviéis como compensación, ponedlos en un cofre a su lado. Despedidla y que se marche.

9Observad con atención: si sube a Bet Semes, camino de su territorio, es él quien nos ha causado esta gran desgracia. En caso contrario, sabremos que no nos ha golpeado su mano. Lo que nos ha ocurrido sería fruto de la casualidad».

10Así lo hicieron. Cogieron dos vacas que estaban criando, las uncieron al carro, y a sus terneros los encerraron en la cuadra.

11Depositaron el Arca del Señor en el carro, así como el cofre con los ratones de oro y las figuras de sus tumores.

12Las vacas se encaminaron derechas por el camino de Bet Semes. Siguieron por la misma calzada mugiendo, sin apartarse a izquierda o derecha. Los príncipes de los filisteos fueron tras ellas hasta el término de Bet Semes.

13Los de Bet Semes se encontraban segando la mies del trigo en el valle. Cuando alzaron sus ojos y vieron el Arca, se llenaron de alegría.

14El carro llegó al campo de Josué el de Bet Semes, donde había una gran piedra, y se paró allí mismo. Entonces trocearon las maderas del carro, y ofrecieron las vacas en holocausto al Señor.

15Los levitas bajaron el Arca del Señor y el cofre que había a su lado, en el que se encontraban los objetos de oro, y los depositaron sobre la gran piedra. Aquel día, las gentes de Bet Semes ofrecieron holocaustos e hicieron sacrificios al Señor.

16Lo vieron los cinco príncipes filisteos, y se volvieron a Ecrón el mismo día.

17Estos son los tumores de oro que los filisteos enviaron como compensación al Señor: uno por Asdod, uno por Gaza, uno por Ascalón, uno por Gat, uno por Ecrón.

18Los ratones de oro eran también conforme al número de las ciudades filisteas de los cinco príncipes, desde la ciudad fortificada hasta el pueblo sin muralla. La gran piedra sobre la que colocaron el Arca del Señor se encuentra hasta el día de hoy en el campo de Josué, el de Bet Semes.

19El Señor hirió a las gentes de Bet Semes, porque habían curioseado el Arca del Señor, matando a setenta hombres. Y el pueblo hizo duelo, pues el Señor los había golpeado con un gran castigo.

20Las gentes de Bet Semes exclamaron: «¿Quién puede permanecer ante el Señor, este Dios santo? ¿Y adónde tendría que ir cuando se aleje de nosotros?».

21Entonces despacharon mensajeros a los habitantes de Quiriat Yearín, para decirles: «Los filisteos han devuelto el Arca del Señor. Bajad y subidla con vosotros».

1 Samuel 7

1Vinieron las gentes de Quiriat Yearín y subieron el Arca del Señor. La llevaron a la casa de Abinadab, en la colina, y consagraron a su hijo Eleazar, para que custodiara el Arca del Señor.

2Pasó mucho tiempo, desde que el Arca se hubo asentado en Quiriat Yearín, unos veinte años. Toda la casa de Israel suspiraba por el Señor.

3Entonces Samuel habló a toda la casa de Israel: «Si queréis convertiros de todo corazón al Señor, retirad de vosotros los dioses extranjeros y las astartés, disponed vuestro corazón hacia el Señor, servidle solo a él, y él os librará de la mano de los filisteos».

4Los hijos de Israel retiraron los baales y las astartés, y sirvieron solo al Señor.

5Samuel ordenó: «Reunid a todo Israel en Mispá e intercederé por vosotros ante el Señor».

6Se reunieron en Mispá, sacaron agua y la derramaron ante el Señor. Ayunaron aquel día y dijeron allí mismo: «Hemos pecado contra el Señor». Samuel juzgó a los hijos de Israel en Mispá.

7Al oír los filisteos que los hijos de Israel se habían reunido en Mispá, sus príncipes subieron contra Israel. Cuando se enteraron los hijos de Israel, les entró miedo de los filisteos.

8Y dijeron a Samuel: «No dejes de invocar por nosotros al Señor, nuestro Dios, para que nos salve de la mano de los filisteos».

9Samuel tomó un cordero lechal y lo ofreció íntegro en holocausto al Señor. Invocó al Señor en favor de Israel, y el Señor le escuchó.

10Mientras Samuel ofrecía el holocausto, los filisteos trabaron batalla con Israel. Pero el Señor hizo tronar aquel día con gran estruendo sobre los filisteos, aterrorizándolos, e Israel los derrotó.

11Los israelitas salieron de Mispá en persecución de los filisteos. Los batieron hasta más allá de Bet Car.

12Samuel cogió una piedra, la colocó entre Mispá y Sen, y le dio el nombre de Ebenézer, diciendo: «Hasta aquí nos ha socorrido el Señor».

13Los filisteos quedaron sometidos y no volvieron a entrar en el territorio de Israel. La mano del Señor se dejó sentir con dureza sobre los filisteos mientras vivió Samuel.

14Tornaron entonces a Israel las ciudades que los filisteos le habían arrebatado, desde Ecrón hasta Gat. E Israel recuperó el territorio en poder de los filisteos. Hubo paz entre Israel y el amorreo.

15Samuel juzgó a Israel hasta su muerte.

16Cada año recorría Betel, Guilgal y Mispá, juzgando a Israel en todos esos lugares.

17Volvía luego a Ramá, donde tenía su casa. Allí juzgaba a Israel y allí edificó un altar al Señor.

Romanos 9

1Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—:

2siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón;

3pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne:

4ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas;

5suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

6Pero no es que haya fallado la palabra de Dios. Pues no todos los que proceden de Israel son Israel;

7ni porque sean descendencia de Abrahán son todos hijos, sino que tus descendientes se llamarán tales a través de Isaac.

8Es decir, hijos de Dios no son los hijos de la carne, sino que los hijos de la promesa son los que se cuentan como descendencia.

9Porque las palabras de la promesa son estas: por este tiempo volveré y Sara tendrá un hijo.

10Y no solo esto, sino que también Rebeca concibió de uno solo, es decir, de nuestro padre Isaac;

11pues bien, para que el designio de Dios se mantuviese conforme a la elección, es decir, para que su cumplimiento

12no dependiese de las obras sino del que llama, antes de que hubieran nacido y de que hubieran hecho nada bueno o malo, se le dijo a Rebeca que el mayor servirá al menor;

13según está escrito: He amado a Jacob y he odiado a Esaú.

14¿Qué diremos, pues? ¿Acaso hay injusticia en Dios? De ningún modo.

15Pues a Moisés le dice: Me compadeceré de quien me compadezca y me apiadaré de quien me apiade.

16En consecuencia, no está en el que quiere ni en el que corre, sino en Dios que se compadece.

17La Escritura dice, en efecto, al faraón: Te he suscitado precisamente para esto: para mostrar en ti mi fuerza y para que mi nombre se difunda en toda la tierra.

18Es decir, se compadece de quien quiere y endurece a quien quiere.

19Pero tú me dirás: entonces ¿por qué aún se queja? En realidad, ¿Quién podrá oponerse a su voluntad?

20Más bien habría que preguntar: Oh hombre, ¿quién eres tú para enfrentarte a Dios? ¿Acaso dirá la vasija al que la modela, «por qué me has hecho así»?

21¿O acaso no puede el alfarero modelar con la misma arcilla un objeto destinado a usos nobles y otro dedicado a usos menos nobles?

22¿Y si Dios, queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia objetos de ira destinados a la perdición,

23con el fin de dar a conocer la riqueza de su gloria en favor de los objetos de misericordia preparados para la gloria…?

24Y estos tales somos nosotros, a los que ha llamado no solo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles,

25según afirma también en el profeta Oseas: Al que no es pueblo mío lo llamaré pueblo mío y a la que no es amada la llamaré amada;

26y en el lugar donde se les dijo: no sois mi pueblo, allí mismo se los llamará hijos del Dios vivo.

27Isaías, por su parte, clama acerca de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mar, se salvará un resto.

28Pues el Señor cumplirá su palabra sobre la tierra perfectamente y pronto.

29Y según predijo Isaías: Si el Señor del universo no nos hubiera dejado una semilla, habríamos llegado a ser como Sodoma y nos habríamos asemejado a Gomorra.

30Entonces, ¿qué diremos? Que los gentiles, que no buscaban la justicia, han alcanzado la justicia, es decir, la justicia de la fe,

31mientras que Israel, que buscaba la ley de la justicia, no alcanzó la ley.

32¿Por qué? Porque la buscaba no en virtud de la fe, sino como si se pudiera alcanzar en virtud de las obras: tropezaron en la piedra de tropiezo,

33según está escrito: He aquí que pongo en Sión una piedra de tropiezo y una roca de escándalo; pero el que crea en ella no será confundido.