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Lectura 80 de 365

1 Samuel 2-4 · Romanos 8

Letra: Normal

1 Samuel 2

1Ana oró, diciendo:«Mi corazón se regocija en el Señor, mi poder se exalta por Dios. Mi boca se ríe de mis enemigos, porque gozo con tu salvación.

2No hay santo como el Señor, ni otro fuera de ti, ni roca como nuestro Dios.

3No multipliquéis discursos altivos, ni echéis por la boca arrogancias, porque el Señor es un Dios que sabe, él es quien pesa las acciones.

4Se rompen los arcos de los valientes, mientras los cobardes se ciñen de valor.

5Los hartos se contratan por el pan, mientras los hambrientos engordan; la mujer estéril da a luz siete hijos, mientras la madre de muchos queda baldía.

6El Señor da la muerte y la vida, hunde en el abismo y levanta;

7da la pobreza y la riqueza, humilla y enaltece.

8Él levanta del polvo al desvalido, alza de la basura al pobre, para hacer que se siente entre príncipes y que herede un trono de gloria, pues del Señor son los pilares de la tierra, y sobre ellos afianzó el orbe.

9Él guarda los pasos de sus amigos, mientras los malvados perecen en las tinieblas, porque el hombre no triunfa por su fuerza.

10El Señor desbarata a sus contrarios, el Altísimo truena desde el cielo, el Señor juzga hasta el confín de la tierra. Él da fuerza a su Rey, exalta el poder de su Ungido».

11Elcaná volvió a su casa de Ramá. Y el niño quedó al servicio del Señor al lado del sacerdote Elí.

12Los hijos de Elí eran unos desalmados, que no reconocían al Señor.

13Esta era la manera de proceder de los sacerdotes con el pueblo: cada vez que alguien ofrecía un sacrificio, venía el siervo del sacerdote con un tenedor de tres dientes en mano, cuando se estaba cociendo la carne,

14y pinchaba en la caldera o en la olla o en el puchero o en la cazuela. Y el sacerdote tomaba para él cuanto sacaba el tenedor. Así hacían con todo israelita que acudía a Siló.

15Incluso antes de quemar la grasa, venía el criado del sacerdote a decir a la persona que ofrecía el sacrificio: «Dame la carne y yo la asaré para el sacerdote, pues no aceptará de ti carne cocida, sino cruda».

16Y si aquella persona le replicaba: «Se ha de quemar primero la grasa, luego coge cuanto quieras», le respondía: «Lo has de entregar ahora, y si no, lo cogeré por la fuerza».

17El pecado de aquellos jóvenes era muy grande ante el Señor, pues trataban con desprecio la oblación del Señor.

18Samuel servía en presencia del Señor, revestido de un efod de lino.

19Su madre le hacía cada año una túnica pequeña y se la llevaba cuando subía con su esposo a ofrecer el sacrificio anual.

20Elí bendecía entonces a Elcaná y a su mujer: «El Señor te conceda descendencia de esta mujer en lugar del hijo que cedió al Señor en la súplica que hizo». Luego, regresaban a su localidad.

21El Señor visitó a Ana, que concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. El joven Samuel crecía junto al Señor.

22Elí era muy anciano. Había oído cuanto hacían sus hijos a todo Israel y que cohabitaban con las mujeres que prestaban servicio a la entrada de la Tienda del Encuentro.

23Él les dijo: «¿Por qué hacéis tales cosas, esas maldades que yo mismo oigo a todo el pueblo?

24No, hijos míos, no es bueno el rumor que llega a mis oídos; estáis ofendiendo al pueblo del Señor.

25Si un hombre peca contra otro hombre, el Señor puede hacer de árbitro, pero si un hombre peca contra el Señor, ¿quién intercederá por él?». Pero ellos no hicieron caso de su padre, porque el Señor quería hacerlos morir.

26En cuanto al joven Samuel, iba creciendo y era grato al Señor y a los hombres.

27Un hombre de Dios se presentó a Elí, y le dijo: «Así dice el Señor: Yo me manifesté a los antepasados de tu padre, cuando vivían en Egipto sometidos a la casa del faraón.

28Lo escogí entre todas las tribus de Israel para que fuera mi sacerdote, subiera al altar a ofrecer incienso y llevara el efod en mi presencia. Concedí a la casa de tu padre todos los sacrificios de los hijos de Israel.

29¿Por qué pisoteáis el sacrificio y la ofrenda que prescribí en mi Morada, y temes a tus hijos más que a mí, cebándolos con las primicias de toda ofrenda de mi pueblo Israel?

30Por ello —oráculo del Señor, Dios de Israel—, aunque había prometido que tu casa y la casa de tu padre caminarían en mi presencia para siempre, ahora lejos de mí tal cosa —oráculo del Señor—, pues honro a los que me honran, pero los que se burlan de mí son despreciados.

31He aquí que vienen días en que cortaré tu brazo y el de la casa de tu padre, de modo que en tu casa nadie llegará a ser anciano.

32Y verás un rival en el Templo, llevando a cabo la prosperidad de Israel, mientras en tu casa nadie llegará a ser anciano.

33Pero mantendré a uno de los tuyos junto a mi altar hasta que se agoten tus ojos y se consuma tu vida. Pero todos los retoños de tu casa morirán en edad viril.

34Te servirá de señal lo que les va a ocurrir a tus dos hijos, Jofní y Pinjás: los dos morirán el mismo día.

35Suscitaré, luego, un sacerdote fiel, que obre según mi corazón y mi deseo. Le construiré una casa estable, y caminará siempre en presencia de mi ungido.

36Entonces, todo superviviente de tu casa vendrá a postrarse ante él por alguna moneda de plata y una hogaza de pan, diciendo: “Adscríbeme a un servicio sacerdotal cualquiera, para poder comer un pedazo de pan”».

1 Samuel 3

1El joven Samuel servía al Señor al lado de Elí. En aquellos días era rara la palabra del Señor y no eran frecuentes las visiones.

2Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos habían comenzado a debilitarse y no podía ver.

3La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios.

4Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: «Aquí estoy».

5Corrió adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Respondió: «No te he llamado. Vuelve a acostarte». Fue y se acostó.

6El Señor volvió a llamar a Samuel. Se levantó Samuel, fue adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Respondió: «No te he llamado, hijo mío. Vuelve a acostarte».

7Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor.

8El Señor llamó a Samuel, por tercera vez. Se levantó, fue adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven.

9Y dijo a Samuel: «Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”». Samuel fue a acostarse en su sitio.

10El Señor se presentó y llamó como las veces anteriores: «Samuel, Samuel». Respondió Samuel: «Habla, que tu siervo escucha».

11El Señor le dijo: «Mira, voy a hacer algo en Israel, que a cuantos lo oigan les zumbarán los dos oídos.

12Ese día cumpliré respecto a Elí cuanto predije de su casa, de comienzo a fin.

13Le anuncié que iba a castigar para siempre su casa, por el pecado de no haber reñido a sus hijos, sabiendo que despreciaban a Dios.

14Por ello, he jurado a la casa de Elí que el pecado de su casa no será expiado jamás ni con sacrificio ni con ofrenda».

15Samuel se acostó hasta la mañana y abrió, luego, las puertas del templo del Señor. Samuel temía dar a conocer la visión a Elí.

16Entonces, Elí le llamó: «Samuel, hijo mío». Respondió: «Aquí estoy».

17Elí preguntó: «¿Qué es lo que te ha dicho? Por favor, no me lo ocultes. Que Dios te castigue si me ocultas algo de cuanto te ha dicho».

18Samuel le dio a conocer entonces todas las palabras sin ocultarle nada. Elí dijo: «Es el Señor, haga lo que le parezca bien».

19Samuel creció. El Señor estaba con él, y no dejó que se frustrara ninguna de sus palabras.

20Todo Israel, desde Dan a Berseba, supo que Samuel era un auténtico profeta del Señor.

21El Señor continuó manifestándose en Siló, pues allí era donde el Señor se revelaba a Samuel, por medio de su palabra.

1 Samuel 4

1La palabra de Samuel llegó a todo el país. Por entonces salió Israel a la guerra contra los filisteos y acamparon en Ebenézer, mientras los filisteos acamparon en Afec.

2Los filisteos formaron frente a Israel, la batalla se extendió e Israel fue derrotado por los filisteos. Abatieron en el campo unos cuatro mil hombres de la formación.

3Cuando la tropa volvió al campamento, dijeron los ancianos de Israel: «¿Por qué nos ha derrotado hoy el Señor frente a los filisteos? Traigamos de Siló el Arca de la Alianza del Señor. Que venga entre nosotros y nos salve de la mano de nuestros enemigos».

4El pueblo envió gente a Siló para que trajeran de allí el Arca de la Alianza del Señor del universo, que se sienta sobre querubines. Allí, junto al Arca de la Alianza de Dios, se encontraban Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.

5Cuando el Arca de la Alianza del Señor llegó al campamento, todo Israel prorrumpió en un gran alarido y la tierra se estremeció.

6Los filisteos oyeron la voz del alarido, y se preguntaron: «¿Qué es ese gran alarido en el campamento de los hebreos?». Y supieron que el Arca del Señor había llegado al campamento.

7Los filisteos se sintieron atemorizados y dijeron: «Dios ha venido al campamento». Después gritaron: «¡Ay de nosotros!, nada parecido nos había ocurrido antes.

8¡Ay de nosotros! ¿Quién nos librará de la mano de estos poderosos dioses? Estos son los dioses que golpearon a Egipto con todo tipo de plagas en el desierto.

9Filisteos, cobrad fuerzas y portaos como hombres, para que no tengáis que servir a los hebreos, como os han servido a vosotros. Portaos como hombres y luchad».

10Los filisteos lucharon e Israel fue derrotado. Cada uno huyó a su tienda. Fue una gran derrota: cayeron treinta mil infantes de Israel.

11El Arca de Dios fue apresada y murieron Jofní y Pinjás, los dos hijos de Elí.

12Un benjaminita corrió desde el frente de batalla y llegó a Siló aquel mismo día con los vestidos rasgados y tierra en la cabeza.

13Cuando llegó, Elí se encontraba sentado en su sitial, expectante al borde del camino. Su corazón estaba inquieto por el Arca de Dios. Llegó el hombre a dar la noticia a la ciudad y toda ella se llenó de lamentos.

14Elí oyó el griterío y preguntó: «¿Qué significa ese alboroto?». El hombre se acercó apresuradamente a Elí y le dio la noticia.

15Elí tenía noventa y ocho años, sus ojos estaban ciegos y no podía ver.

16El hombre le dijo: «Vengo del frente de batalla, de donde tuve que huir hoy». Elí le preguntó: «¿Qué ha sucedido, hijo mío?».

17El mensajero le respondió: «Israel ha huido ante los filisteos, y además ha habido una gran mortandad entre el pueblo. También murieron tus dos hijos Jofní y Pinjás, e incluso el Arca de Dios fue apresada».

18En cuanto mencionó el Arca de Dios, Elí cayó de su sitial hacia atrás contra un lado de la puerta, se partió la nuca y murió, porque el hombre era anciano y pesado. Había juzgado a Israel cuarenta años.

19Su nuera, la esposa de Pinjás, estaba encinta, a punto de dar a luz. Cuando oyó la noticia del apresamiento del Arca de Dios y que habían muerto su suegro y su marido, se puso de cuclillas y dio a luz, pues le sobrevinieron los espasmos.

20Estando así a punto de morir, le dijeron las que estaban junto a ella: «No temas, has dado a luz un hijo». Pero ella no respondió ni prestó atención.

21Al niño lo llamó Icabod, pues se dijo: «Ha sido desterrada la gloria de Israel», en alusión al apresamiento del Arca de Dios, a su suegro y a su esposo.

22Repetía: «Ha sido desterrada la gloria de Israel, porque han apresado el Arca de Dios».

Romanos 8

1No hay, pues, condena alguna para los que están en Cristo Jesús,

2pues la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha librado de la ley del pecado y de la muerte.

3Lo que era imposible a la ley, por cuanto que estaba debilitada a causa de la carne, lo ha hecho Dios: enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y en orden al pecado, condenó el pecado en la carne,

4para que la justa exigencia de la ley se cumpliera en nosotros, los que actuamos no de acuerdo con la carne, sino de acuerdo con el Espíritu.

5Pues los que viven según la carne desean las cosas de la carne; en cambio, los que viven según el Espíritu, desean las cosas del Espíritu.

6El deseo de la carne es muerte; en cambio el deseo del Espíritu, vida y paz.

7Por ello, el deseo de la carne es hostil a Dios, pues no se somete a la ley de Dios; ni puede someterse.

8Los que están en la carne no pueden agradar a Dios.

9Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

10Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia.

11Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

12Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne.

13Pues si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis.

14Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios.

15Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!».

16Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios;

17y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él.

18Pues considero que los sufrimientos de ahora no se pueden comparar con la gloria que un día se nos manifestará.

19Porque la creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios;

20en efecto, la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió, con la esperanza

21de que la creación misma sería liberada de la esclavitud de la corrupción, para entrar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios.

22Porque sabemos que hasta hoy toda la creación está gimiendo y sufre dolores de parto.

23Y no solo eso, sino que también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, aguardando la adopción filial, la redención de nuestro cuerpo.

24Pues hemos sido salvados en esperanza. Y una esperanza que se ve, no es esperanza; efectivamente, ¿cómo va a esperar uno algo que ve?

25Pero si esperamos lo que no vemos, aguardamos con perseverancia.

26Del mismo modo, el Espíritu acude en ayuda de nuestra debilidad, pues nosotros no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables.

27Y el que escruta los corazones sabe cuál es el deseo del Espíritu, y que su intercesión por los santos es según Dios.

28Por otra parte, sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha llamado conforme a su designio.

29Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.

30Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó.

31Después de esto, ¿qué diremos? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?

32El que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?

33¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica.

34¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió, más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?

35¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?;

36como está escrito: Por tu causa nos degüellan cada día, nos tratan como a ovejas de matanza.

37Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado.

38Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias,

39ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.