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Lectura 79 de 365

Rut 3-4 · 1 Samuel 1 · Romanos 7

Letra: Normal

Rut 3

1Un día, Noemí dijo a su nuera Rut: «Hija mía, mi deseo es procurarte un lugar donde seas feliz.

2Pues bien, Booz, nuestro pariente, con cuyos criados has estado, aventará esta noche la cebada en su era.

3Lávate, perfúmate, cúbrete con el manto y baja a la era, pero no te dejes ver hasta que él haya terminado de comer y beber.

4Cuando se retire para dormir, fíjate dónde se acuesta. Entonces vas, le destapas los pies y te acuestas allí. Él te dirá lo que debes hacer».

5Rut respondió: «Haré todo lo que me dices».

6Bajó, pues, a la era e hizo cuanto le había sugerido su suegra.

7Booz, con el corazón alegre después de comer y beber, se retiró a dormir junto al montón de grano. Luego se acercó ella sigilosamente, le destapó los pies y se acostó.

8A media noche, el hombre se despertó asustado, se incorporó y, viendo a la mujer acostada a sus pies,

9preguntó: «¿Quién eres tú?».Ella respondió: «Soy Rut, tu sierva. Cúbreme con tu manto, porque tú eres mi protector».

10Él replicó: «El Señor te bendiga, hija mía. Esta muestra de piedad es mayor que la primera, pues no has buscado un pretendiente joven, fuera rico o pobre.

11No te preocupes, hija mía. Haré cuanto me pidas, porque, como todo el pueblo sabe, eres una mujer ejemplar.

12Pero resulta que, si bien yo soy pariente y protector, hay otro pariente más cercano que yo.

13Pasa aquí esta noche, y mañana, si él quiere actuar como protector, que lo haga; si no, te juro ante el Señor que lo haré yo. Ahora acuéstate hasta que amanezca».

14Ella durmió a sus pies hasta el día siguiente y se levantó a una hora en que una persona no puede reconocer a otra, pues Booz no quería que nadie se enterase de que la mujer había ido a la era.

15Luego dijo: «Quítate el manto que llevas y sujétalo».Él midió seis medidas de cebada, y Rut, con el hato a cuestas, volvió a la ciudad.

16Al entrar en casa de su suegra, esta le preguntó: «¿Qué tal te ha ido, hija mía?».Rut le contó todo lo que el hombre había hecho por ella

17y añadió: «Me ha regalado estas seis medidas de cebada, pues no quería que volviera a casa de mi suegra con la manos vacías».

18Noemí le dijo: «Ten paciencia, hija mía, hasta que veas cómo acaba el asunto. Él no parará hasta haberlo resuelto hoy mismo».

Rut 4

1Booz subió a la puerta de la ciudad y se sentó. Cuando, al cabo de un rato, pasó por allí el mencionado pariente, le dijo: «Oye, fulano, acércate y siéntate».Se acercó y se sentó.

2Booz llamó luego a diez ancianos de la ciudad y les pidió asimismo que se sentaran. Una vez sentados,

3dijo Booz al pariente: «Conoces el campo que perteneció a nuestro hermano Elimélec. Noemí, que ha vuelto de la región de Moab, desea venderlo.

4Te lo hago saber y te digo que lo compres ante los aquí presentes, ante los ancianos de la ciudad. Si quieres comprarlo, cómpralo; si no, dímelo, porque detrás de ti voy yo como pariente más próximo con derecho a compra».El otro respondió: «Lo compraré».

5Booz continuó: «De acuerdo. Pero, si compras el campo a Noemí, deberás tomar por mujer a Rut, la moabita, mujer del difunto, a fin de perpetuar el nombre de este junto con su propiedad».

6Entonces el pariente más próximo dijo: «Eso no puedo hacerlo, porque correría el riesgo de perder mi propio patrimonio. Te cedo el derecho. Yo no puedo ejercerlo».

7Antiguamente, en los casos de compra o cambio, era costumbre que uno se quitara la sandalia y se la diera al otro. Así se cerraban los tratos en Israel.

8El tal pariente dijo a Booz: «Cómpralo tú».Y se quitó la sandalia.

9Entonces Booz declaró ante los ancianos y ante todo el pueblo: «Sois testigos en este día de que adquiero de manos de Noemí todas las posesiones de Elimélec, de Kilyón y Majlón,

10y de que tomo por mujer a Rut, la moabita, la que fue mujer de Majlón, para perpetuar el nombre del difunto junto con su propiedad y para que su nombre no desaparezca de entre sus parientes en esta ciudad. Vosotros sois testigos en este día».

11Los ancianos y todos los que estaban en la puerta dijeron: «Somos testigos. A esta mujer que entra en tu casa la haga el Señor como a Raquel y Lía, las dos que edificaron la casa de Israel. Y tú sé poderoso en Efratá y famoso en Belén.

12Que, por la descendencia que el Señor te conceda de esta joven, tu familia sea como la de Peres, el hijo que Tamar dio a Judá».

13Booz tomó a Rut por mujer. Se unió a ella, y el Señor hizo que concibiera y diera a luz un hijo.

14Las mujeres dijeron a Noemí: «Bendito sea el Señor, que no te ha dejado sin protección. El nombre del difunto seguirá vivo en Israel.

15El niño será tu consuelo y amparo en la vejez, pues lo ha dado a luz tu nuera, que te quiere y ha demostrado ser para ti mejor que siete hijos».

16Noemí tomó al niño, lo puso en su regazo y se encargó de criarlo.

17Las vecinas exclamaron: «A Noemí le ha nacido un hijo».Y le pusieron por nombre Obed. Fue padre de Jesé, el padre de David.

18Estos son los descendientes de Peres: Peres engendró a Jesrón,

19Jesrón a Ram, Ram a Aminadab,

20Aminadab a Najsón, Najsón a Salmá,

21Salmá a Booz, Booz a Obed,

22Obed a Jesé, y Jesé a David.

1 Samuel 1

1Había un hombre de Ha Ramatáin Sufín, en la montaña de Efraín, llamado Elcaná, hijo de Yeroján, hijo de Elihú, hijo de Toju, hijo de Suf, efrateo.

2Tenía dos mujeres: la primera se llamaba Ana y la segunda Feniná. Feniná tenía hijos, pero Ana no los tenía.

3Ese hombre subía desde su ciudad de año en año a adorar y ofrecer sacrificios al Señor del universo en Siló, donde estaban de sacerdotes del Señor los dos hijos de Elí: Jofní y Pinjás.

4Llegado el día, Elcaná ofrecía sacrificios y entregaba porciones de la víctima a su esposa Feniná y a todos sus hijos e hijas,

5mientras que a Ana le entregaba una porción doble, porque la amaba, aunque el Señor la había hecho estéril.

6Su rival la importunaba con insolencia hasta humillarla, pues el Señor la había hecho estéril.

7Así hacía Elcaná año tras año, cada vez que subía a la casa del Señor; y así Feniná la molestaba del mismo modo. Por tal motivo, ella lloraba y no quería comer.

8Su marido Elcaná le preguntaba: «¿Ana, por qué lloras y por qué no comes? ¿Por qué está apenado tu corazón? ¿Acaso no soy para ti mejor que diez hijos?».

9En cierta ocasión se levantó Ana, después de comer y beber en Siló. El sacerdote Elí estaba sentado en el sitial junto a una de las jambas del templo del Señor.

10Ella se puso a implorar al Señor con el ánimo amargado, y lloró copiosamente.

11E hizo este voto: «Señor del universo, si miras la aflicción de tu sierva y te acuerdas de mí y no olvidas a tu sierva, y concedes a tu sierva un retoño varón, lo ofreceré al Señor por todos los días de su vida, y la navaja no pasará por su cabeza».

12Mientras insistía implorando ante el Señor, Elí observaba su boca.

13Ana hablaba para sí en su corazón; solo sus labios se movían, mas su voz no se oía. Elí la creyó borracha.

14Entonces le dijo: «¿Hasta cuándo vas a seguir borracha? Echa el vino que llevas dentro».

15Pero Ana tomó la palabra y respondió: «No, mi señor, yo soy una mujer de espíritu tenaz. No he bebido vino ni licor, solo desahogaba mi alma ante el Señor.

16No trates a tu sierva como a una perdida, pues he hablado así por mi gran congoja y aflicción».

17Elí le dijo: «Vete en paz y que el Dios de Israel te conceda el favor que le has pedido».

18Ella respondió: «Que tu sierva encuentre gracia a tus ojos». Luego, la mujer emprendió su camino; comió y su semblante no fue ya el mismo.

19Se levantaron de madrugada y se postraron ante el Señor. Después se volvieron y llegaron a su casa de Ramá. Elcaná se unió a Ana, su mujer, y el Señor se acordó de ella.

20Al cabo de los días Ana concibió y dio a luz un hijo, al que puso por nombre Samuel, diciendo: «Se lo pedí al Señor».

21El esposo Elcaná y toda su casa subieron a ofrecer al Señor el sacrificio anual y cumplir su voto.

22Ana, en cambio, no subió, manifestando a su esposo: «Esperemos hasta que el niño sea destetado. Entonces lo llevaré, lo ofreceré al Señor y se quedará allí para siempre».

23Su esposo Elcaná, le dijo: «Haz lo que te parezca bien. Quédate hasta que lo hayas destetado. Y que el Señor cumpla su palabra». La mujer se quedó y siguió amamantando a su hijo hasta que lo hubo destetado.

24Una vez destetado, lo subió consigo, junto con un novillo de tres años, unos cuarenta y cinco kilos de harina y un odre de vino. Lo llevó a la casa del Señor a Siló y el niño se quedó como siervo.

25Inmolaron el novillo y presentaron el niño a Elí.

26Ella le dijo: «Perdón, por tu vida, mi señor, yo soy aquella mujer que estuvo aquí en pie ante ti, implorando al Señor.

27Imploré este niño y el Señor me concedió cuanto le había pedido.

28Yo, a mi vez, lo cedo al Señor. Quede, pues, cedido al Señor de por vida». Y Elcaná se postró allí ante el Señor.

Romanos 7

1¿O ignoráis, hermanos —hablo a gente experta en la ley—, que la ley ejerce su dominio sobre el hombre mientras este vive?

2De hecho, la mujer casada se debe por ley a su marido mientras este vive; pero si muere el marido, queda liberada de la ley del marido.

3De modo que, mientras vive el marido, es considerada adúltera si se une a otro hombre; pero si muere el marido, queda libre de la ley, de manera que no es adúltera si se une a otro hombre.

4Así que, hermanos, también vosotros habéis muerto a la ley por el cuerpo de Cristo, a fin de que podáis uniros a otro, es decir, a aquel que resucitó de entre los muertos, y para que demos frutos para Dios.

5Mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas, avivadas por la ley, actuaban en nuestros miembros, a fin de que diéramos frutos para la muerte;

6ahora, en cambio, tras morir a aquella realidad en la que nos hallábamos prisioneros, hemos sido liberados de la ley, de modo que podamos servir en la novedad del espíritu y no en la caducidad de la letra.

7Entonces, ¿qué diremos?, ¿que la ley es pecado? ¡En absoluto! Pero ocurre que yo no he conocido el pecado sino a través de la ley. Pues yo no habría conocido el deseo, si la ley no dijera: No desearás.

8Es decir, el pecado, aprovechando la oportunidad que se le brindaba a través del precepto, provocó en mí toda clase de deseos. Pues sin la ley el pecado estaba muerto;

9o sea, que yo vivía cuando no había ley, pero, una vez que llegó el precepto, revivió el pecado,

10y yo encontré la muerte; de este modo, resultó que el precepto, que estaba orientado a la vida, tuvo para mí consecuencias de muerte.

11Pues el pecado, aprovechando la oportunidad que se le brindaba a través del precepto, me engañó y, a través de él, me dio muerte.

12Según esto, la ley es santa, y el precepto santo, justo y bueno.

13Entonces, ¿lo bueno se convirtió en muerte para mí? De ningún modo. Lo que ocurre es que el pecado, para mostrarse como pecado, me causó la muerte a través de lo bueno; de este modo, por medio del precepto, el pecado se vuelve pecaminoso hasta el extremo.

14Pues sabemos que la ley es espiritual, mientras que yo soy carnal, vendido al poder del pecado.

15En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco;

16y si hago lo que no quiero, estoy de acuerdo con que la ley es buena.

17Ahora bien, no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí.

18Pues sé que lo bueno no habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no.

19Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo.

20Y si lo que no deseo es precisamente lo que hago, no soy yo el que lo realiza, sino el pecado que habita en mí.

21Así, pues, descubro la siguiente ley: yo quiero hacer lo bueno, pero lo que está a mi alcance es hacer el mal.

22En efecto, según el hombre interior, me complazco en la ley de Dios;

23pero percibo en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros.

24¡Desgraciado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? ¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!

25Así pues, yo mismo sirvo con la razón a la ley de Dios y con la carne a la ley del pecado.