Lectura 78 de 365
Jueces 21 · Rut 1-2 · Romanos 6
Jueces 21
1Los hijos de Israel habían jurado en Mispá: «Ninguno de nosotros entregará su hija como esposa a un benjaminita».
2El pueblo llegó a Betel y allí permanecieron sentados ante Dios, hasta la tarde. Levantaron su voz y lloraron con grandes gemidos.
3Decían: «¿Por qué, Señor, Dios de Israel, ha ocurrido esto en Israel, que le falte hoy una tribu?».
4El pueblo se levantó de madrugada, edificaron allí un altar y ofrecieron holocaustos y sacrificios pacíficos.
5Los hijos de Israel preguntaron: «¿Quién de entre todas las tribus de Israel es el que no ha subido a la asamblea ante el Señor?». Pues se había hecho un juramento solemne contra quien no subiera ante el Señor a Mispá, en estos términos: «Morirá sin remedio».
6Los hijos de Israel sentían lástima de su hermano Benjamín y repetían: «Hoy ha sido extirpada una tribu de Israel.
7¿Qué mujeres podemos procurarles a los que quedan, pues hemos jurado por el Señor no darles esposas de entre nuestras hijas?».
8Preguntaron: «¿Quién hay entre las tribus de Israel que no haya subido ante el Señor a Mispá?». Y resultó que no había subido al campamento, a la asamblea, ningún hombre de Yabés de Galaad.
9Se pasó revista al pueblo y vieron que no había allí ninguno de los habitantes de Yabés de Galaad.
10Entonces la asamblea envió doce mil hombres aguerridos, a los que dio esta orden: «Id y pasad a filo de espada a los habitantes de Yabés de Galaad, incluidas las mujeres y los niños.
11Esto es lo que haréis: consagraréis al anatema a todo varón y a toda mujer que haya conocido el lecho de un varón, pero a las vírgenes las dejaréis con vida». Así lo hicieron.
12Hallaron entre los habitantes de Yabés de Galaad cuatrocientas jóvenes vírgenes, que no habían conocido el lecho de un varón. Y las condujeron al campamento de Siló, en la tierra de Canaán.
13Toda la asamblea despachó mensajeros para hablar con los benjaminitas que se encontraban en la peña de Rimón y proponerles la paz.
14Los benjaminitas regresaron entonces, y les entregaron las que habían quedado vivas de entre las mujeres de Yabés de Galaad. Pero no había bastantes para todos ellos.
15El pueblo tuvo lástima de Benjamín, porque el Señor había abierto una brecha en las tribus de Israel.
16Los ancianos de la comunidad preguntaron: «¿Qué haremos para dar esposas a los supervivientes, puesto que han sido exterminadas las mujeres de Benjamín?».
17Dijeron: «Tenga Benjamín una posibilidad de supervivencia, a fin de que no sea exterminada una tribu de Israel.
18Aunque nosotros no podemos darles esposas de entre nuestras hijas». En efecto, los hijos de Israel habían jurado: «Maldito quien dé esposa a Benjamín».
19Se dijeron: «Mirad, llega la fiesta anual del Señor en Siló». Siló se encuentra al norte de Betel, a oriente del camino que sube de Betel a Siquén y al sur de Libná.
20Entonces ordenaron a los benjaminitas: «Id y apostaos en las viñas.
21Estad atentos, y cuando salgan las jóvenes de Siló a bailar en corro, salid de las viñas y cada cual raptará una joven de Siló. Después os marcharéis al territorio de Benjamín.
22Y si vinieren sus padres o sus hermanos a querellarse contra vosotros, les diremos: Sednos benignos con ellos, pues no hemos sido capaces de tomar una mujer para cada uno en la guerra. Ciertamente no sois vosotros quienes se las habéis dado, pues en ese caso habríais incurrido en culpa».
23Los benjaminitas lo hicieron así. Tomaron mujeres con arreglo a su número de las danzarinas que habían raptado. Luego emprendieron el regreso a su heredad. Reedificaron las ciudades y las habitaron.
24También los hijos de Israel se fueron de allí, cada uno a su tribu y a su parentela. De allí salió cada cual a su heredad.
25En aquel tiempo no había rey en Israel. Y cada uno hacía lo que le parecía bien.
Rut 1
1Sucedió, en tiempos de los jueces, que hubo hambre en el país y un hombre decidió emigrar, con su mujer y sus dos hijos, desde Belén de Judá a la región de Moab.
2El hombre se llamaba Elimélec; su mujer, Noemí, y sus hijos Majlón y Kilyón. Eran efrateos de Belén de Judá. Llegados a la región de Moab, se establecieron allí.
3Murió Elimélec, el marido de Noemí, y quedó ella sola con sus dos hijos.
4Estos tomaron por mujeres a dos moabitas llamadas Orfá y Rut. Pero, después de residir allí unos diez años,
5murieron también Majlón y Kilyón, quedando Noemí sin hijos y sin marido.
6Entonces Noemí, enterada de que el Señor había bendecido a su pueblo procurándole alimentos, se dispuso a abandonar la región de Moab en compañía de sus dos nueras.
7Salió, pues, con ellas del lugar en que residían y emprendió el camino de regreso a Judá.
8Noemí dijo a sus nueras: «Volved a casa de vuestras madres. Que el Señor tenga piedad de vosotras como vosotras la habéis tenido con mis difuntos y conmigo;
9que él os conceda felicidad en la casa de un nuevo marido».Y las abrazó. Ellas, echándose a llorar,
10replicaron: «Eso no. Iremos contigo a tu pueblo».
11Noemí insistió: «Volved, hijas mías. ¿Para qué vais a venir conmigo? ¿Imagináis que puedo tener más hijos que os sirvan de maridos?
12¡Ánimo, hijas, volved! Soy demasiado vieja para casarme de nuevo. Y aunque todavía tuviera esperanzas, aunque me casara esta misma noche y tuviera hijos,
13¿aguardaríais a que fueran mayores? ¿Renunciaríais a otro matrimonio? No, hijas mías. Mi amargura es mayor que la vuestra, porque la mano del Señor ha caído sobre mí».
14Ellas lloraban. Después Orfá dio un beso a su suegra y se volvió a su pueblo, mientras que Rut permaneció con Noemí.
15«Ya ves —dijo Noemí— que tu cuñada vuelve a su pueblo y a sus dioses. Ve tú también con ella».
16Pero Rut respondió: «No insistas en que vuelva y te abandone. Iré adonde tú vayas, viviré donde tú vivas; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios;
17moriré donde tú mueras, y allí me enterrarán. Juro ante el Señor que solo la muerte podrá separarnos».
18Viendo que Rut estaba decidida a seguirla, Noemí no insistió.
19Y las dos continuaron el camino hasta llegar a Belén.Su llegada produjo cierta conmoción en la ciudad. Las mujeres se preguntaban: «¿No es esta Noemí?».
20Pero ella respondía: «No me llaméis Noemí; llamadme Mará, porque el Todopoderoso me ha colmado de amargura.
21Salí llena y el Señor me devuelve vacía. ¿Por qué me llamáis Noemí, si el Señor me ha afligido tanto y el Todopoderoso me ha hecho tan desgraciada?».
22Así fue como Noemí volvió de la región de Moab junto con Rut, su nuera moabita. Cuando llegaron a Belén, comenzaba la siega de la cebada.
Rut 2
1Tenía Noemí un pariente por parte de su marido; un hombre muy acomodado de la familia de Elimélec; su nombre era Booz.
3Marchó Rut a recoger espigas detrás de los segadores, y sucedió que vino a parar en una parcela de Booz, el de la familia de Elimélec.
4Llegó entonces el mismo Booz, procedente de Belén, y saludó a los segadores: «El Señor sea con vosotros».A lo que ellos respondieron: «El Señor te bendiga».
5Luego preguntó Booz a su capataz: «¿De quién es esa muchacha?».
6«Es una moabita —explicó el capataz—: la que ha venido con Noemí de la región de Moab.
7Me ha pedido que le permita espigar y recoger entre los rastrojos detrás de los segadores. Desde que vino esta mañana se ha mantenido en pie hasta ahora, sin descansar un momento».
8Booz dijo entonces a Rut: «Escucha, hija mía. No vayas a espigar a otro campo, no te alejes de aquí. Quédate junto a mis criados.
9Fíjate dónde siegan los hombres y ve detrás de ellos. He mandado que no te molesten. Cuando tengas sed, bebe de los cántaros que ellos han llenado».
10Ella se postró ante él y le dijo: «¿Por qué te interesas con tanta amabilidad por mí, que soy una simple extranjera?».
11Booz respondió: «Me han contado cómo te has portado con tu suegra después de morir tu marido; cómo has dejado a tus padres y tu tierra natal para venir a un pueblo que no conocías.
12El Señor te pague lo que has hecho; el Señor, Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte, te conceda lo que mereces».
13Rut dijo: «Gracias, señor. Tus palabras me consuelan y alivian mi corazón. Si lo tienes a bien, trátame como a una de tus criadas».
14A la hora de la comida, Booz le dijo: «Acércate aquí; puedes tomar pan y mojarlo en la salsa».Ella se sentó junto a los segadores y él le ofreció trigo tostado. Rut comió hasta saciarse y todavía le sobró.
15Cuando se puso de nuevo a espigar, Booz ordenó a sus hombres: «No la molestéis si espiga entre las gavillas.
16Dejad caer incluso algunas espigas de los manojos para que ella pueda recogerlas libremente».
17Rut estuvo espigando en el campo hasta el atardecer. Cuando desgranó lo que había recogido, había más de veinte kilos de cebada.
18Llegó hasta la ciudad con la carga a cuestas y mostró a su suegra lo recogido. Sacó luego lo que le había sobrado de la comida y se lo dio.
19Noemí le preguntó: «¿Dónde has estado espigando? ¿Adónde has ido? Bendito sea quien te ha tratado tan bien».Rut dijo a su suegra que había estado trabajando con Booz.
20Noemí exclamó: «¡El Señor le bendiga! El Señor ha mostrado su fidelidad con los vivos y con los muertos. Ese hombre es pariente nuestro, uno de los que han de protegernos».
21Rut, la moabita, añadió: «Me ha dicho además que siga a sus segadores hasta que terminen toda la siega».
22Noemí le respondió: «Es mejor, hija mía, que salgas con ellos; así no te molestarán en otro campo».
23Rut continuó, pues, con los segadores de Booz, espigando hasta que terminó la siega de la cebada y del trigo. Mientras tanto vivía con su suegra.
Romanos 6
1¿Qué diremos, pues? ¿Permanezcamos en el pecado para que abunde la gracia?
2De ningún modo. Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vamos a seguir viviendo en el pecado?
3¿Es que no sabéis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte?
4Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
5Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya;
6sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado;
7porque quien muere ha quedado libre del pecado.
8Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él;
9pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.
10Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios.
11Lo mismo vosotros, consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.
12Que el pecado no siga reinando en vuestro cuerpo mortal, sometiéndoos a sus deseos;
13no pongáis vuestros miembros al servicio del pecado, como instrumentos de injusticia; antes bien, ofreceos a Dios como quienes han vuelto a la vida desde la muerte, y poned vuestros miembros al servicio de Dios, como instrumentos de la justicia.
14Porque el pecado no ejercerá su dominio sobre vosotros: pues no estáis bajo ley, sino bajo gracia.
15Entonces, ¿qué? ¿Pecaremos, puesto que no estamos bajo ley, sino bajo gracia? ¡En absoluto!
16¿No sabéis que, cuando os ofrecéis a alguien como esclavos para obedecerlo, os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado, para la muerte, bien de la obediencia, para la justicia?
17Pero gracias sean dadas a Dios, porque erais esclavos del pecado, mas habéis obedecido de corazón al modelo de doctrina al que fuisteis entregados;
18liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia.
19Hablo al modo humano, adaptándome a vuestra debilidad natural: lo mismo que antes ofrecisteis vuestros miembros a la impureza y a la maldad, como esclavos suyos, para que obrasen la maldad, ofreced ahora vuestros miembros a la justicia, como esclavos suyos, para vuestra santificación.
20Pues cuando erais esclavos del pecado, erais libres en lo que toca a la justicia.
21¿Y qué fruto obteníais entonces? Cosas de las que ahora os avergonzáis, porque conducen a la muerte.
22Ahora, en cambio, liberados del pecado y hechos esclavos de Dios, dais frutos para la santidad que conducen a la vida eterna.
23Porque la paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.