Lectura 77 de 365
Jueces 18-20 · Romanos 5
Jueces 18
1En aquel tiempo no había rey en Israel. Y por entonces la tribu de los danitas buscaba una heredad para asentarse, pues hasta ese día no le había tocado en suerte heredad entre las tribus de Israel.
2Los danitas enviaron desde sus confines cinco hombres de su estirpe, guerreros valientes de Sorá y Estaol, para explorar el país y reconocerlo. Les encargaron: «Id a reconocer el país». Llegaron, pues, a la montaña de Efraín, hasta la casa de Micá y pasaron allí la noche.
3Cuando se encontraban cerca de la casa de Micá y reconocieron la voz del joven levita, se volvieron hacia allí, y le preguntaron: «¿Quién te ha traído acá? ¿Qué haces tú en este lugar? ¿Qué tienes por aquí?».
4Les respondió: «Micá me ha hecho esto y esto. Me ha contratado, y le sirvo como sacerdote».
5Le dijeron: «Consulta, por favor, a Dios, para que sepamos si tendrá éxito el viaje que estamos realizando».
6El sacerdote les respondió: «Id en paz. En presencia del Señor estáis haciendo el viaje».
7Los cinco hombres se fueron, y llegaron a Lais. Vieron que la población que había en ella vivía segura, a la manera de los sidonios, en paz y confiada; no había quien se les opusiera, con grandes riquezas, lejos de los sidonios y sin relaciones con Siria.
8Después regresaron a Sorá y Estaol, donde estaban sus hermanos, que les preguntaron: «¿Qué pensáis?».
9Respondieron: «Levantémonos y subamos contra ellos. Hemos reconocido el país y es muy bueno, mientras vosotros permanecéis parados. No seáis perezosos para ir y entrar a poseerlo.
10Llegaréis a un pueblo confiado, a una tierra de anchos límites. Dios lo ha entregado en vuestras manos. Se trata de un territorio que no carece de cuanto puede haber en la tierra».
11De allí partieron seiscientos hombres de la estirpe danita de Sorá y Estaol, ceñidos con armas de guerra.
12Subieron para acampar en Quiriat Yearín de Judá; por eso aquel sitio se llama hasta hoy Majne Dan. Se encuentra al oeste de Quiriat Yearín.
13De allí pasaron a la montaña de Efraín y llegaron a casa de Micá.
14Los cinco hombres que habían ido a explorar la tierra de Lais tomaron la palabra y dijeron a sus hermanos: «¿Sabéis que en una de esas casas hay un efod y terafim, una imagen y el chapeado de metal? Pensad lo que vais a hacer».
15Partieron de allí, entraron en la casa del joven levita, la casa de Micá, y le saludaron.
16Entre tanto, los seiscientos hombres danitas, ceñidos con armas de guerra, estaban apostados a la entrada de la puerta.
17Los cinco hombres que habían ido a explorar el país subieron, entraron allá y tomaron la imagen, el efod, los terafim y el chapeado de metal, mientras el sacerdote y los seiscientos hombres, ceñidos con armas de guerra, seguían apostados a la entrada de la puerta.
18Cuando aquellos entraron a la casa de Micá y tomaron la imagen, el efod, los terafim y el chapeado de metal, el sacerdote les dijo: «¿Qué estáis haciendo?».
19Le contestaron: «Calla, pon tu mano sobre la boca y ven con nosotros. Serás nuestro padre y sacerdote. ¿Qué es mejor para ti: ser sacerdote de la casa de un solo hombre o ser sacerdote de una tribu y de un clan de Israel?».
20El corazón del sacerdote se alegró. Tomó el efod, los terafim y la imagen, y se fue con aquella gente.
21Después se volvieron y emprendieron el camino de regreso. Pusieron delante a los no aptos para la guerra, el ganado menor y los enseres.
22Nada más dejar la casa de Micá, los hombres que vivían en las casas contiguas a la de Micá dieron la alarma y se pusieron a perseguir a los danitas
23gritándoles por detrás. Los danitas se volvieron y preguntaron a Micá: «¿Qué te pasa para que grites así?».
24Respondió: «Me habéis quitado los dioses que me había hecho y al sacerdote, y os marcháis. ¿Qué me queda? ¿Cómo podéis decirme qué te pasa?».
25Los danitas le replicaron: «No levantes la voz, no sea que algunos hombres de ánimo violento se abalancen contra vosotros y perdáis la vida tú y tu familia».
26Los danitas siguieron su camino. Viendo Micá que eran más fuertes que él, dio la vuelta y regresó a su casa.
27Ellos tomaron lo que había fabricado Micá y al sacerdote que tenía, y cayeron sobre Lais, sobre una gente pacífica y confiada. Los pasaron a filo de espada, y prendieron fuego a la ciudad.
28No hubo quien la librara, pues estaba lejos de Sidón y no tenían relación con nadie. Se encontraba en el valle de Bet Rehob. La reconstruyeron y se asentaron en ella.
29Y la llamaron Dan, por el nombre de su antepasado Dan, hijo de Israel. El nombre antiguo de la ciudad era Lais.
30Los danitas se erigieron la imagen. Jonatán, hijo de Guersón, hijo de Moisés, así como sus hijos fueron sacerdotes de la tribu danita hasta el día de la deportación del país.
31La imagen que había fabricado Micá permaneció instalada allí todo el tiempo que el santuario de Dios estuvo en Siló.
Jueces 19
1Por aquellos días, en que no había rey en Israel, un levita que vivía como extranjero en los confines de la montaña de Efraín se casó con una concubina de Belén de Judá.
2Su concubina se enfadó con él y se marchó de su lado, yéndose a la casa de su padre, a Belén de Judá. Allí permaneció algún tiempo, unos cuatro meses.
3Su marido se puso en camino tras ella, para hablarle al corazón y hacerla volver, llevando consigo a su criado y una pareja de borricos. Ella le hizo pasar a la casa de su padre. Cuando lo vio el padre de la joven, se alegró de encontrarlo.
4Su suegro, el padre de la joven, lo retuvo, y permaneció con él tres días. Comieron, bebieron y pasaron la noche allí.
5Al cuarto día, se levantaron temprano y se dispusieron a partir. El padre de la joven dijo entonces a su yerno: «Reconforta tu corazón con un bocado de pan, y luego partiréis».
6Se sentaron a comer y a beber juntos. El padre de la joven le dijo: «Accede, por favor, a pasar la noche y que tu corazón se alegre».
7El hombre se levantó para marchar, pero su suegro le insistió, y él volvió a pasar la noche allí.
8Al quinto día se levantó de madrugada para irse. Pero el padre de la joven le dijo: «Por favor, reconforta tu corazón, y demoraos hasta que decline el día». Y comieron los dos.
9Cuando el hombre se levantaba para irse con su concubina y su criado, le dijo su suegro, el padre de la joven: «El día declina y se va a hacer de noche. Por favor, pasad aquí la noche, pues el día se acaba. Pernocta aquí y que tu corazón se alegre. Mañana madrugaréis para hacer vuestro viaje e irás a tu tienda».
10Pero aquel hombre no accedió a pasar la noche. Emprendió el camino, y llegó frente a Jebús, es decir, Jerusalén, con los dos borricos aparejados, y su concubina.
11Cuando se encontraban cerca de Jebús, el día iba muy de caída. El criado dijo a su amo: «Vamos a desviarnos a esta ciudad jebusea, para pasar allí la noche».
12Su amo le replicó: «No nos desviaremos a una ciudad extranjera en la que no vive ninguno de los hijos de Israel. Continuaremos hasta Guibeá».
13Dijo luego a su criado: «Vamos y acerquémonos a una de las localidades, para pasar la noche en Guibeá o en Ramá».
14Continuaron el camino, hasta que se les puso el sol cerca de Guibeá de Benjamín.
15Se desviaron de allí para ir a pasar la noche en Guibeá. El levita entró y se sentó en la plaza de la ciudad, pero no hubo nadie que los acogiera para que pasaran la noche en su casa.
16Entre tanto, un anciano regresaba al atardecer de su faena en el campo. Era un hombre de la montaña de Efraín que residía como emigrante en Guibeá, mientras que las gentes de la localidad eran benjaminitas.
17El anciano levantó los ojos y, al ver al caminante en la plaza de la ciudad, preguntó: «¿Adónde vas y de dónde vienes?».
18Le contestó: «Vamos de paso desde Belén de Judá a los confines de la montaña de Efraín, de donde soy yo. He ido hasta Belén de Judá. Yo voy frecuentemente a la casa de Dios, pero nadie me ha acogido en su casa.
19Tenemos paja y forraje para nuestros borricos, y también pan y vino para mí, para tu sierva y para el criado que está con tu siervo. No tenemos necesidad de ninguna cosa».
20El anciano le dijo: «La paz sea contigo. Todas tus necesidades corren de mi cuenta. No has de pasar la noche en la plaza».
21Los hizo entrar en su casa y echó forraje a los borricos. Ellos se lavaron los pies, comieron y bebieron.
22Se encontraban animados cuando la gente de la ciudad, unos malvados, cercaron la casa, aporrearon la puerta y dijeron a gritos al anciano, dueño de la casa: «Saca al hombre que has recogido en tu casa, para que lo conozcamos».
23El dueño de la casa salió ante ellos y les dijo: «Hermanos míos, por favor, no obréis mal. Puesto que este hombre ha entrado en mi casa, no cometáis esa infamia.
24Ahí está mi hija, que es virgen, y la concubina de él. Voy a sacarlas; forzadlas y haced con ellas lo que mejor os parezca. Pero con este hombre no cometáis tal infamia».
25Aquellos hombres no le hicieron caso. El hombre tomó entonces a su concubina y la sacó fuera; ellos la forzaron y abusaron de ella toda la noche, hasta el amanecer. Al rayar el alba, la dejaron.
26La mujer llegó al despuntar el alba, y quedó tendida a la entrada de la casa del hombre donde se encontraba su señor, hasta que se hizo de día.
27Su señor se levantó de madrugada, abrió la puerta de la casa, y cuando salía para emprender la marcha, vio a su concubina tendida a la entrada de la casa, con las manos sobre el umbral.
28Le dijo: «Levántate y vamos». Pero no hubo respuesta. La cargó sobre el borrico y se fue a su localidad.
29Al llegar a su casa, tomó un cuchillo y, agarrando el cadáver de su mujer, la descuartizó miembro por miembro en doce trozos y los envió por todo el territorio de Israel.
30Cuantos lo veían, decían: «No ha ocurrido ni se ha visto cosa semejante, desde la subida de los hijos de Israel de Egipto hasta el día de hoy. Consideradlo, deliberad y pronunciaos».
Jueces 20
1Todos los hijos de Israel, desde Dan hasta Berseba y Galaad, fueron como un solo hombre a reunirse en asamblea ante el Señor en Mispá.
2Los jefes del pueblo y todas las tribus de Israel asistieron a la asamblea del pueblo de Dios: cuatrocientos mil hombres de a pie, diestros con la espada.
3Los benjaminitas se enteraron de que los hijos de Israel habían subido a Mispá. Los hijos de Israel les preguntaron: «Decidnos cómo se ha cometido semejante maldad».
4El levita, esposo de la mujer asesinada, respondió: «Mi concubina y yo habíamos llegado a Guibeá de Benjamín para pasar la noche.
5Entonces se alzaron contra mí los señores de Guibeá y me rodearon en la casa durante la noche. Planeaban matarme. Y en cuanto a mi concubina, la forzaron hasta matarla.
6Yo, agarrándola, la descuarticé y la envié por todo el territorio de la heredad de Israel, porque se ha cometido una abominación y una infamia en Israel.
7Aquí estáis todos vosotros, hijos de Israel. Proponed aquí mismo una resolución y un dictamen».
8Todo el pueblo se levantó como un solo hombre, diciendo: «Nadie irá a su tienda ni volverá a su casa.
9Esto es lo que haremos respecto a Guibeá: subiremos contra ella según sorteo.
10Escogeremos diez hombres por cada cien de todas las tribus de Israel, y cien por cada mil y mil por cada diez mil, a fin de procurar vituallas para la tropa que vaya a tratar a Guibeá de Benjamín según merece la infamia que se ha cometido en Israel».
11Todos los israelitas, aliados como un solo hombre, se reunieron contra la ciudad.
12Las tribus de Israel despacharon emisarios por toda la tribu de Benjamín a decirles: «¿Qué maldad es esa que se ha cometido entre vosotros?
13Ahora, pues, entregadnos a esos hombres despreciables de Guibeá, para que los matemos y extirpemos esta maldad de Israel». Pero los de Benjamín no quisieron escuchar la voz de sus hermanos israelitas.
14Los benjaminitas dejaron sus ciudades y se reunieron en Guibeá, para salir a luchar con los hijos de Israel.
15Aquel día, de entre los benjaminitas procedentes de las ciudades y diestros en el uso de la espada, fueron alistados veintiséis mil, sin contar a los habitantes de Guibeá.
16De entre todos ellos, había setecientos hombres aguerridos, zurdos, capaces de lanzar con la honda una piedra contra un cabello sin que el golpe de la piedra se desviara lo más mínimo.
17Los israelitas se alistaron, sin Benjamín: cuatrocientos mil hombres armados de espada, todos ellos gente de guerra.
18Se pusieron en marcha, y subieron a Betel a consultar a Dios. Preguntaron: «¿Quién de nosotros subirá primero a luchar contra los benjaminitas?». El Señor respondió: «Judá será el primero».
19Los hijos de Israel se levantaron de madrugada y acamparon cerca de Guibeá.
20Los hijos de Israel salieron a luchar contra Benjamín y formaron contra ellos en orden de batalla, frente a Guibeá.
21Pero los benjaminitas de Guibeá salieron y aquel día dejaron muertos en tierra veintidós mil hombres de Israel.
22Se rehicieron y volvieron a formar en orden de batalla en el mismo lugar donde habían formado el primer día.
23Los hijos de Israel subieron a llorar ante el Señor, hasta la tarde. Consultaron al Señor: «¿He de volver a presentar batalla a mi hermano Benjamín?». El Señor Respondió: «Subid contra él».
24Al segundo día, los hijos de Israel se acercaron a los benjaminitas.
25Entonces, Benjamín salió de Guibeá a su encuentro aquel segundo día, y dejó muertos por tierra dieciocho mil hijos de Israel más, todos ellos armados de espada.
26Los hijos de Israel y todo el pueblo subieron a Betel. Allí lloraron sentados ante el Señor. Aquel día ayunaron hasta el atardecer, y ofrecieron holocaustos y víctimas pacíficas ante el Señor.
27Los hijos de Israel consultaron al Señor —pues en aquellos días estaba allí el Arca de la Alianza de Dios,
28y prestaba servicio ante ella Pinjás, hijo de Eleazar, hijo de Aarón—, diciendo: «¿Continuaré saliendo a luchar contra los de mi hermano Benjamín o desistiré?». El Señor respondió: «Subid, pues mañana lo entregaré en vuestras manos».
29Israel puso emboscadas en torno a Guibeá.
30Al tercer día subieron los hijos de Israel contra los benjaminitas, y formaron contra Guibeá como las veces anteriores.
31Los benjaminitas salieron al encuentro de la tropa, alejándose de la ciudad. Y, lo mismo que las veces anteriores, comenzaron a causar bajas entre la tropa por los caminos, uno de los cuales sube a Betel y el otro a Guibeá por el campo: unos treinta israelitas.
32Los benjaminitas se dijeron: «Ya están derrotados ante nosotros como anteriormente». Pero es que los hijos de Israel se habían dicho: «Huyamos y alejémoslos de la ciudad, hacia los caminos».
33Entonces los israelitas se levantaron de sus posiciones para formar en Baal Tamar, mientras la emboscada de Israel salía de su posición, del flanco desguarnecido de Guibeá.
34Diez mil hombres escogidos de Israel llegaron frente a Guibeá y arreció la batalla. Los benjaminitas no sabían que la desgracia se les echaba encima.
35El Señor batió a Benjamín ante Israel. Y los hijos de Israel mataron aquel día a veinticinco mil cien benjaminitas, todos ellos armados de espada.
36Los benjaminitas se dieron cuenta de que habían sido derrotados. Los hijos de Israel, sin embargo, cedieron terreno a Benjamín, pues confiaban en la emboscada que habían tendido junto a Guibeá.
37Los emboscados se apresuraron a asaltar Guibeá. Se desplegó la emboscada, y pasaron a filo de espada a toda la ciudad.
38Los hijos de Israel tenían con los emboscados el acuerdo de hacer subir una señal de humo de la ciudad.
39Los hijos de Israel retrocedieron en la batalla. Y Benjamín comenzó a causarles bajas —unos treinta hombres—, de modo que se dijeron: «Están ya derrotados ante nosotros, como en el primer combate».
40Entonces comenzó a salir de la ciudad la señal, una columna de humo. Cuando Benjamín volvió su rostro, vio que toda la ciudad subía en llamas al cielo.
41Los israelitas volvieron a hacerles frente, mientras los benjaminitas permanecían aterrorizados, al ver que la desgracia había caído sobre ellos.
42Se volvieron por el camino del desierto ante los israelitas, pero el combate los fue siguiendo. Los que salían de las ciudades, sorprendiéndolos en medio, los aniquilaban.
43Cercaron a Benjamín, lo acosaron sin descanso y lo persiguieron hasta llegar frente a Guibeá, a levante.
44Cayeron dieciocho mil benjaminitas, todos ellos valerosos.
45Los restantes se volvieron y huyeron al desierto, a la peña de Rimón. Los rastrearon por los senderos: cinco mil hombres caídos. Los persiguieron hasta Guidón, matándoles dos mil.
46Aquel día cayeron de Benjamín veinticinco mil hombres armados de espada, todos ellos valerosos.
47Seiscientos hombres se habían vuelto, y habían huido al desierto, a la peña de Rimón. Y permanecieron en la peña de Rimón cuatro meses.
48Los hijos de Israel se volvieron contra los benjaminitas. Y pasaron a filo de espada desde la población de la ciudad al ganado menor y todo cuanto había en ella. Asimismo, prendieron fuego a todas las ciudades que encontraban.
Romanos 5
1Así pues, habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo,
2por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
3Más aún, nos gloriamos incluso en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia,
4la paciencia, virtud probada, la virtud probada, esperanza,
5y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
6En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos;
7ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir;
8pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
9¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
10Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
11Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.
12Por tanto, lo mismo que por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte se propagó a todos los hombres, porque todos pecaron…
13Pues, hasta que llegó la ley había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputaba porque no había ley.
14Pese a todo, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso sobre los que no habían pecado con una transgresión como la de Adán, que era figura del que tenía que venir.
15Sin embargo, no hay proporción entre el delito y el don: si por el delito de uno solo murieron todos, con mayor razón la gracia de Dios y el don otorgado en virtud de un hombre, Jesucristo, se han desbordado sobre todos.
16Y tampoco hay proporción entre la gracia y el pecado de uno: pues el juicio, a partir de uno, acabó en condena, mientras que la gracia, a partir de muchos pecados, acabó en justicia.
17Si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado a través de uno solo, con cuánta más razón los que reciben a raudales el don gratuito de la justificación reinarán en la vida gracias a uno solo, Jesucristo.
18En resumen, lo mismo que por un solo delito resultó condena para todos, así también por un acto de justicia resultó justificación y vida para todos.
19Pues, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos serán constituidos justos.
20Ahora bien, la ley ha intervenido para que abundara el delito; pero, donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia,
21para que, lo mismo que reinó el pecado a través de la muerte, así también reinara la gracia por la justicia para la vida eterna, por Jesucristo, nuestro Señor.