Lectura 74 de 365
Jueces 9-11 · Romanos 2
Jueces 9
1Abimélec, hijo de Jerubaal, fue a Siquén, donde vivían los hijos de su madre, y les propuso a ellos y a toda la familia de su abuelo materno lo siguiente:
2«Decid, por favor, a todos los señores de Siquén: “¿Qué os resulta mejor, que manden sobre vosotros setenta hombres, todos los hijos de Jerubaal, o que mande sobre vosotros un solo hombre?”. Recordad que yo soy hueso vuestro y carne vuestra».
3Los hermanos de su madre transmitieron estas palabras a todos los señores de Siquén. Y su corazón se inclinó por Abimélec, pues se dijeron: «Es nuestro hermano».
4Le entregaron cerca de ochocientos gramos de plata del templo de Baal Berit, y Abimélec contrató hombres desocupados y aventureros, que fueron tras él.
5Llegó a casa de su padre, a Ofrá, y mató sobre una piedra a sus hermanos, a los setenta hijos de Jerubaal. Quedó Jotán, el hijo menor de Jerubaal, que se había escondido.
6Se reunieron todos los señores de Siquén y todo Bet Millo, y fueron a proclamar rey a Abimélec junto a la encina de la estela que hay en Siquén.
7Se lo anunciaron a Jotán, que, puesto en pie sobre la cima del monte Garizín, alzó la voz y les dijo a gritos:«Escuchadme, señores de Siquén, y así os escuche Dios.
8Fueron una vez los árboles a ungir rey sobre ellos.Y dijeron al olivo:“Reina sobre nosotros”.
9El olivo les contestó:“¿Habré de renunciar a mi aceite, que tanto aprecian en mí dioses y hombres para ir a mecerme sobre los árboles?”.
10Entonces los árboles dijeron a la higuera:“Ven tú a reinar sobre nosotros”.
11La higuera les contestó:“¿Voy a renunciar a mi dulzura y a mi sabroso fruto, para ir a mecerme sobre los árboles?”.
12Los árboles dijeron a la vid:“Ven tú a reinar sobre nosotros”.
13La vid les contestó:“¿Voy a renunciar a mi mosto, que alegra a dioses y hombres, para ir a mecerme sobre los árboles?”.
14Todos los árboles dijeron a la zarza:“Ven tú a reinar sobre nosotros”.
15La zarza contestó a los árboles:“Si queréis en verdad ungirme rey sobre vosotros, venid a cobijaros a mi sombra. Y si no, salga fuego de la zarza que devore los cedros del Líbano”.
16Pues bien, ¿habéis obrado con verdad y honradez proclamando rey a Abimélec? ¿Os habéis portado bien con Jerubaal y con su casa, y habéis obrado con él como merecían sus obras?
17Mi padre luchó por vosotros, expuso su vida y os libró de la mano de Madián,
18pero vosotros os habéis levantado hoy contra la casa de mi padre, matando a sus hijos, a setenta hombres sobre una piedra, y habéis proclamado rey sobre los señores de Siquén al hijo de su sierva, a Abimélec, por ser él vuestro hermano.
19Pues, si os habéis comportado hoy veraz y honradamente con Jerubaal y con su casa, alegraos con Abimélec y también él se alegre con vosotros;
20pero si no es así, salga fuego de Abimélec y devore a los señores de Siquén y a todo Bet Millo. Y salga fuego de los señores de Siquén y del Bet Millo y devore a Abimélec».
21Jotán se puso luego a salvo emprendiendo la huida hacia Beer. Y allí permaneció, lejos de la presencia de su hermano Abimélec.
22Abimélec gobernó tres años sobre Israel.
23Dios envió un espíritu de discordia entre Abimélec y los señores de Siquén. Y los señores de Siquén traicionaron a Abimélec,
24imputándole así el crimen de los setenta hijos de Jerubaal y haciendo recaer así su sangre sobre su hermano Abimélec, que los había matado, y sobre los señores de Siquén, que le habían ayudado a matar a sus hermanos.
25Los señores de Siquén colocaron contra él en las cimas de los montes gente emboscada, que saqueaba a cuantos los cruzaban de camino. Y Abimélec se enteró.
26Entonces Gaal, hijo de Ebed, llegó con sus hermanos. Pasaron por Siquén, y los señores de Siquén depositaron en él su confianza.
27Salieron al campo, vendimiaron sus viñas, pisaron la uva e hicieron fiesta. Entraron en el templo de sus dioses, comieron, bebieron y maldijeron a Abimélec.
28Gaal, hijo de Ebed, dijo: «¿Quién es Abimélec y quién Siquén, para que les sirvamos? ¿Acaso no es el hijo de Jerubaal, y Zebul su lugarteniente? Servid a las gentes de Jamor, padre de Siquén. ¿Por qué les hemos de servir nosotros?
29¡Ojalá alguien pusiera a este pueblo en mis manos! Quitaría de en medio a Abimélec. Le diría: refuerza tu tropa y sal».
30Zebul, gobernador de la ciudad, escuchó las palabras de Gaal, hijo de Ebed, y montó en cólera.
31Despachó astutamente mensajeros a Abimélec, para decirle: «Gaal, hijo de Ebed, y sus hermanos han venido a Siquén y están soliviantando la ciudad contra ti.
32Ahora, levántate de noche con la gente que está contigo y prepara una emboscada en el campo.
33Por la mañana, al salir el sol, madruga e irrumpe sobre la ciudad. Cuando él y su gente salgan contra ti, harás con él lo que esté al alcance de tu mano».
34Abimélec se levantó de noche con su gente y tendieron una emboscada a Siquén, divididos en cuatro grupos.
35Gaal, hijo de Ebed, salió y se detuvo junto a la puerta de la ciudad. Abimélec y la gente que estaba con él salieron de la emboscada.
36Gaal divisó a la gente y dijo a Zebul: «Baja gente de la cima de los montes». Zebul contestó: «Las sombras de los montes te parecen personas».
37Gaal siguió hablando: «Baja gente de la parte del Ombligo de la tierra, y otro grupo viene por el camino de la Encina de los adivinos».
38Zebul contestó: «¿Dónde está tu boca, con la que decías: quién es Abimélec para que le sirvamos? ¿Acaso no es esta la gente que despreciaste? Sal, pues, ahora y lucha contra él».
39Gaal salió al frente de los señores de Siquén y luchó contra Abimélec.
40Abimélec le persiguió y él huyó de su presencia. Muchos cayeron muertos hasta la entrada de la puerta de la ciudad.
41Abimélec fijó su residencia en Arumá, y Zebul expulsó a Gaal y a sus hermanos, impidiéndoles habitar en Siquén.
42Al día siguiente, la gente salió al campo, y se lo comunicaron a Abimélec.
43Él tomó a la tropa, la dividió en tres grupos y preparó una emboscada en el campo. Cuando vio que la gente salía de la ciudad, cayó sobre ellos y los atacó.
44Abimélec y los grupos que estaban con él hicieron una incursión y se apostaron a la entrada de la puerta de la ciudad, mientras los otros dos grupos atacaron a los que estaban en el campo y los vencieron.
45Abimélec luchó contra la ciudad todo aquel día. La tomó y mató a la gente que había en ella. La demolió y la sembró de sal.
46Al oírlo los notables de Migdal Siquén, entraron en la cripta del templo de El Berit.
47Cuando le comunicaron a Abimélec que todos los señores de Migdal Siquén se habían juntado,
48subió al monte Salmón con toda su gente. Agarró un hacha en la mano, cortó una rama de un árbol, la levantó y la puso sobre el hombro. Dijo luego a la gente que estaba con él: «Rápido, haced lo que me habéis visto hacer».
49Cada uno cortó una rama, fueron tras Abimélec, colocaron las ramas sobre la cripta y les prendieron fuego. Murieron los de Migdal Siquén, unos mil hombres y mujeres.
50Después Abimélec marchó contra Tebes, la sitió y la tomó.
51Había en medio de la ciudad una torre fortificada, y allí se refugiaron hombres, mujeres y todos los señores de la ciudad. Echaron el cerrojo a la puerta y subieron a la azotea de la torre.
52Abimélec llegó hasta la torre y la atacó. Luego se acercó a la puerta de la torre, para prenderle fuego.
53Entonces una mujer arrojó una muela de molino sobre la cabeza de Abimélec y le rompió el cráneo.
54Él llamó deprisa a su joven escudero y le ordenó: «Desenvaina tu espada y remátame, para que no se diga de mí que me mató una mujer». Su criado lo atravesó y murió.
55Los israelitas vieron que había muerto Abimélec, y marchó cada cual a su casa.
56Dios devolvió a Abimélec el mal que había hecho a su padre, matando a sus setenta hermanos.
57E hizo caer también toda la maldad de las gentes de Siquén sobre sus cabezas. De este modo los alcanzó la maldición de Jotán, hijo de Jerubaal.
Jueces 10
1Después de Abimélec, surgió Tolá para salvar a Israel. Era hijo de Fua, hijo de Dodó, de Isacar, y moraba en Samir, en la montaña de Efraín.
2Juzgó a Israel veintitrés años. Murió y lo enterraron en Samir.
3Le sucedió Yaír, el Galaadita, que juzgó a Israel veintidós años.
4Tenía treinta hijos que montaban treinta borricos y poseían treinta ciudades, que se siguen llamando hasta el día de hoy Javot Yaír, en la tierra de Galaad.
5Murió Yaír y lo enterraron en Camón.
6Los hijos de Israel volvieron a obrar mal a los ojos del Señor, sirviendo a los baales, a las astartés, a los dioses de Arán, a los dioses de Sidón, a los dioses de Moab, a los dioses de los amonitas y a los dioses de los filisteos. Abandonaron al Señor, y no le sirvieron.
7Entonces se encendió la ira del Señor contra Israel y los vendió a los filisteos y a los hijos de Amón.
8Estos oprimieron y tiranizaron aquel año a los hijos de Israel, y dieciocho años a todos los hijos de Israel de allende el Jordán, en el país amorreo de Galaad.
9Los amonitas cruzaron el Jordán con la intención de luchar también contra Judá, Benjamín y la casa de Efraín. Israel se encontró en grave aprieto.
10Los hijos de Israel clamaron al Señor: «Hemos pecado contra ti, pues abandonamos a nuestro Dios para servir a los baales».
11El Señor les respondió: «¿Acaso no os salvé de la mano de los egipcios, de los amonitas, de los filisteos,
12de los sidonios, de Amalec y Maón, cuando os oprimieron y me pedisteis auxilio?
13Sin embargo, vosotros me habéis abandonado para servir a otros dioses. Por ello, no volveré a salvaros.
14Id e invocad a los dioses que os habéis escogido. Que os salven en la hora de vuestra angustia».
15Los hijos de Israel dijeron al Señor: «Hemos pecado, trátanos como mejor te parezca. Pero líbranos, por favor, en este día».
16Quitaron de en medio los dioses extraños y sirvieron al Señor, cuya ira cedió ante el sufrimiento de Israel.
17Los amonitas se concentraron y acamparon contra Galaad. También los hijos de Israel se reunieron y acamparon en Mispá.
18El pueblo y los príncipes de Galaad se dijeron unos a otros: «El que emprenda el combate contra los amonitas estará a la cabeza de todos los habitantes de Galaad».
Jueces 11
1Jefté, el galaadita, era un guerrero valiente. Galaad le había engendrado de una prostituta.
2La esposa de Galaad le había dado también hijos. Cuando crecieron, expulsaron a Jefté, diciéndole: «No heredarás en la casa de nuestro padre, porque eres hijo de otra mujer».
3Jefté huyó lejos de sus hermanos y se asentó en la tierra de Tob. Se le juntaron hombres desocupados que hacían correrías con él.
4Algún tiempo después los amonitas declararon la guerra a Israel.
5Y en cuanto emprendieron la lucha con Israel, los ancianos de Galaad fueron a sacar a Jefté de la tierra de Tob.
6Le dijeron: «Ven. Sé nuestro caudillo y lucharemos contra los amonitas».
7Pero Jefté respondió: «Vosotros fuisteis los que por odio me expulsasteis de la casa de mi padre. ¿Por qué venís ahora a buscarme, cuando os encontráis en apuros?».
8Los ancianos de Galaad le dijeron: «Por eso te hemos buscado, para que vengas con nosotros, luches contra los amonitas y hagas de jefe de todos los habitantes de Galaad».
9Jefté respondió: «Si me hacéis volver para luchar contra los amonitas y el Señor los entrega ante mí, yo seré vuestro jefe».
10Los ancianos de Galaad le dijeron: «El Señor sea testigo contra nosotros, si no hacemos como dices».
11Jefté se puso en camino con los ancianos de Israel, y el pueblo le nombró su jefe y caudillo. Jefté repitió todas sus palabras ante el Señor en Mispá.
12Jefté despachó mensajeros al rey de los amonitas con estas palabras: «¿Qué tienes contra mí, para que hayas venido a luchar contra mi país?».
13El rey de los amonitas respondió a los mensajeros de Jefté: «Israel se apropió de parte de mi país al subir de Egipto, desde el Arnón al Yaboc y el Jordán. Pues bien, devuélvelo pacíficamente».
14Jefté volvió a despachar mensajeros al rey de los amonitas
15con estas palabras: «Así dice Jefté: Israel no se apoderó de la tierra de Moab ni de la tierra de los amonitas,
16sino que al subir de Egipto caminó por el desierto hasta el mar Rojo y llegó a Cadés.
17Entonces despachó mensajeros al rey de Edón, pidiéndole: “Por favor, déjame atravesar tu país”. Pero, el rey de Edón no quiso escuchar. También despachó mensajeros al rey de Moab, que tampoco accedió. E Israel permaneció por ello en Cadés.
18Caminó por el desierto, rodeando la tierra de Edón y la tierra de Moab, llegó desde oriente a la tierra de Moab y acampó allende el Arnón. Pero no entró en el territorio de Moab, pues el Arnón es el límite de Moab.
19Israel despachó luego mensajeros a Sijón, rey amorreo, rey de Jesbón. Le dijo: “Por favor, déjanos atravesar tu país hasta nuestro destino”.
20Pero Sijón no se fió de que Israel atravesara su territorio. Sijón reunió a toda su gente y acamparon en Yasá para luchar contra Israel.
21El Señor, Dios de Israel, entregó a Sijón y a toda su gente en mano de Israel, que los derrotó. Israel ocupó, entonces, toda la tierra de los amorreos que habitaban aquel territorio.
22Ocuparon todo el territorio amorreo, desde el Arnón al Yaboc, y desde el desierto al Jordán.
23Y ahora que el Señor, Dios de Israel, ha expulsado al amorreo ante su pueblo Israel, ¿tú pretendes desposeerlo?
24¿Acaso no te pertenece por derecho lo que Camós, tu dios, te ha dado en posesión? ¿Y no va a pertenecernos a nosotros lo que el Señor, nuestro Dios, nos ha dado en posesión?
25Pues bien, ¿vales tú más que Balac, hijo de Sipor, rey de Moab? ¿Se atrevió a litigar con Israel hasta el punto de hacerle la guerra?
26Siendo así que Israel ha habitado durante trescientos años en Jesbón y sus villas, en Aroer y sus villas, y en todas las ciudades que están al borde del Arnón, ¿por qué no las habéis rescatado durante ese tiempo?
27Yo no te he faltado. Tú, en cambio, has obrado mal, al declararme la guerra. Que el Señor juzgue hoy como juez entre los hijos de Israel y los amonitas».
28Sin embargo, el rey de los amonitas no atendió a las palabras que Jefté le había transmitido.
29El espíritu del Señor vino sobre Jefté. Atravesó Galaad y Manasés, y cruzó a Mispá de Galaad, y de Mispá de Galaad pasó hacia los amonitas.
30Entonces Jefté hizo un voto al Señor: «Si entregas a los amonitas en mi mano,
31el primero que salga de las puertas de mi casa a mi encuentro, cuando vuelva en paz de la campaña contra los amonitas, será para el Señor y lo ofreceré en holocausto».
32Jefté pasó a luchar contra los amonitas, y el Señor los entregó en su mano.
33Los batió, desde Aroer hasta Minit —veinte ciudades—, y hasta Abel Queramín. Fue una gran derrota, y los amonitas quedaron sometidos a los hijos de Israel.
34Cuando Jefté llegó a su casa de Mispá, su hija salió a su encuentro con adufes y danzas. Era su única hija. No tenía más hijos.
35Al verla, rasgó sus vestiduras y exclamó: «¡Ay, hija mía, me has destrozado por completo y has causado mi ruina! He hecho una promesa al Señor y no puedo volverme atrás».
36Ella le dijo: «Padre mío, si has hecho una promesa al Señor, haz conmigo según lo prometido, ya que el Señor te ha concedido el desquite de tus enemigos amonitas».
37Y le pidió a su padre: «Concédeme esto: déjame libre dos meses, para ir vagando por los montes y llorar mi virginidad con mis compañeras».
38Él le dijo: «Vete». Y la dejó ir dos meses. Ella marchó con sus compañeras y lloró su virginidad por los montes.
39Al cabo de dos meses volvió donde estaba su padre, que hizo con ella según el voto que había pronunciado. Ella no había conocido varón. Y quedó como costumbre en Israel
40que de año en año vayan las hijas de Israel a conmemorar durante cuatro días a la hija de Jefté, el galaadita.
Romanos 2
1Por ello, tú que te eriges en juez, sea quien seas, no tienes excusa, pues, al juzgar a otro, a ti mismo te condenas, porque haces las mismas cosas, tú que juzgas.
2Sabemos que el juicio de Dios contra los que hacen estas cosas es según verdad.
3¿Piensas acaso, tú que juzgas a los que hacen estas cosas pero actúas del mismo modo, que vas a escapar del juicio divino?
4¿O es que desprecias el tesoro de su bondad, tolerancia y paciencia, al no reconocer que la bondad de Dios te lleva a la conversión?
5Con tu corazón duro e impenitente te estás acumulando cólera para el día de la ira, en que se revelará el justo juicio de Dios,
6el cual pagará a cada uno según sus obras:
7vida eterna a quienes, perseverando en el bien, buscan gloria, honor e incorrupción;
8ira y cólera a los porfiados que se rebelan contra la verdad y se rinden a la injusticia.
9Tribulación y angustia sobre todo ser humano que haga el mal, primero sobre el judío, pero también sobre el griego;
10gloria, honor y paz para todo el que haga el bien, primero para el judío, pero también para el griego;
11porque en Dios no hay acepción de personas.
12Cuantos pecaron sin tener ley, perecerán también sin ley; y cuantos pecaron en el ámbito de la ley serán juzgados por la ley.
13Pues no son justos ante Dios quienes oyen la ley, sino que serán justificados quienes la cumplen.
14En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las exigencias de la ley, ellos, aun sin tener ley, son para sí mismos ley.
15Esos tales muestran que tienen escrita en sus corazones la exigencia de la ley; contando con el testimonio de la conciencia y con sus razonamientos internos contrapuestos, unas veces de condena y otras de alabanza,
16el día en que Dios juzgue lo oculto de los hombres de acuerdo con mi Evangelio a través de Cristo Jesús.
17Pero si tú te llamas judío y encuentras tu descanso en la ley y te glorías en Dios;
18conoces la voluntad divina y, al saberte instruido por la ley, te crees capaz de discernir lo que es mejor;
19te consideras guía de ciegos, luz de los que viven en las tinieblas,
20educador de ignorantes, maestro de niños, pues piensas que tienes en la ley la expresión misma de la ciencia y de la verdad.
21Pues bien, tú que enseñas a otros, ¿no te enseñas a ti mismo?; tú que predicas no robar, ¿robas tú mismo?;
22tú que dices: «No cometer adulterio», ¿cometes tú mismo adulterio?;
23tú, que te glorías en la ley, al transgredir la ley deshonras a Dios:
24pues, según está escrito, el nombre de Dios es blasfemado por causa vuestra entre los gentiles.
25Pues la circuncisión aprovecha si cumples la ley; pero si eres un trasgresor de la ley, tu circuncisión vale para ti lo mismo que si no estuvieras circuncidado.
26En definitiva, si los incircuncisos cumplen las justas exigencias de la ley, ¿no tendrá su condición de incircunciso el mismo valor que la circuncisión?
27Y así, alguien que no está circuncidado en la carne pero que cumple la ley te juzgará a ti, que, a pesar de poseer la letra de la ley y la circuncisión, eres trasgresor de la ley.
28Pues no es judío el que lo es externamente ni es circuncisión la que lo es externamente, es decir, en la carne,
29sino que es judío quien lo es en lo oculto, y la circuncisión del corazón lo es en el espíritu y no en la letra; este tal recibe la alabanza, no de los hombres sino de Dios.