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Lectura 72 de 365

Jueces 3-5 · Hechos de los Apóstoles 28

Letra: Normal

Jueces 3

1Estas son las gentes que dejó el Señor, para probar con ellas a los israelitas que no habían conocido ninguna de las guerras de Canaán

2e instruirlos y adiestrarlos en la guerra:

3cinco príncipes filisteos, y todos los cananeos, sidonios y heveos, que habitaban la montaña del Líbano, desde el monte Baal Hermón a Lebo Jamat.

4Esto ocurrió así para poner a prueba a Israel y saber si obedecían los mandatos que el Señor había prescrito a sus padres por medio de Moisés.

5Los hijos de Israel habitaron en medio de los cananeos, de los hititas, de los amorreos, de los perizitas, de los heveos y de los jebuseos.

6Tomaron a sus hijas como esposas, y ellos entregaron sus hijas a los hijos de ellos y sirvieron a sus dioses.

7Los hijos de Israel obraron mal a los ojos del Señor, olvidando al Señor, su Dios, y sirviendo a los baales y a las aseras.

8La ira del Señor se encendió contra Israel, y los vendió a Cusán Risatain, rey de Arán Naharáin. Los hijos de Israel sirvieron ocho años a Cusán Risatain.

9Entonces clamaron al Señor. Y el Señor les suscitó un salvador, que los salvara, es decir, a Otoniel, hijo de Quenaz, el hermano menor de Caleb.

10Vino sobre él el espíritu del Señor y juzgó a Israel. Salió a la guerra y el Señor entregó en su mano a Cusán Risatain, rey de Arán, prevaleciendo su mano sobre Cusán Risatain.

11El país estuvo en paz cuarenta años. Y murió Otoniel, hijo de Quenaz.

12Los hijos de Israel volvieron a obrar mal a los ojos del Señor, y el Señor fortaleció a Eglón, rey de Moab, contra Israel, por cuanto habían obrado mal a sus ojos.

13Eglón reunió junto a sí a los amonitas y amalecitas. Fue, derrotó a Israel y conquistaron la ciudad de las Palmeras.

14Los hijos de Israel estuvieron sometidos dieciocho años a Eglón, rey de Moab.

15Pero los hijos de Israel clamaron al Señor y el Señor les suscitó un salvador: Ehud, hijo de Guerá, benjaminita, impedido de la mano derecha. Por su mano enviaron los hijos de Israel un tributo a Eglón, rey de Moab.

16Ehud se había hecho un puñal de doble filo, de un palmo de largo, y se lo ciñó bajo su manto, sobre el muslo derecho.

17Presentó el tributo a Eglón, rey de Moab, que era un hombre muy obeso.

18Cuando terminó de presentar el tributo, despidió a la gente que lo había llevado.

19Pero él se volvió desde los ídolos que hay junto a Guilgal, para decir: «¡Majestad!, tengo un mensaje secreto para ti». Eglón ordenó: «¡Silencio!». Y salieron de su lado todos cuantos se encontraban con él.

20Ehud se acercó al rey, que estaba sentado en la habitación superior, reservada para que él tomara el fresco, y le dijo: «Tengo un mensaje de Dios para ti». El rey se levantó de su trono,

21y Ehud alargó la mano izquierda, agarró el puñal del muslo derecho y se lo clavó en el vientre.

22La empuñadura penetró tras la hoja, y se cerró la grasa sobre la hoja, pues no sacó el puñal del vientre. Ehud se deslizó luego por el agujero,

23salió por el pórtico, cerró tras él las puertas de la habitación superior y echó el cerrojo.

24Cuando había salido, entraron los siervos y miraron: las puertas de la habitación superior tenían echado el cerrojo. Dijeron: «Seguro que está cubriéndose los pies en la habitación donde se toma el fresco».

25Aguardaron hasta quedar confusos, pues no abría las puertas de la habitación superior. Al fin cogieron la llave y abrieron: su señor yacía en el suelo, muerto.

26Ehud se había escapado, mientras ellos titubeaban. Atravesó los ídolos y huyó a Seirá.

27En cuanto llegó, tocó el cuerno en la montaña de Efraín. Todos los hijos de Israel bajaron de la montaña con él al frente.

28Les arengó: «Seguidme, pues el Señor ha entregado en vuestras manos a Moab, vuestro enemigo». Bajaron tras él y ocuparon los vados del Jordán pertenecientes a Moab, sin dejar cruzar a nadie.

29En aquella ocasión causaron diez mil bajas a Moab, todos hombres robustos y valientes, y no escapó ninguno.

30Aquel día Moab quedó sometido bajo la mano de Israel y el país estuvo en paz ochenta años.

31A Ehud le sucedió Samgar, hijo de Anat. Mató a seiscientos filisteos con una aguijada de bueyes, salvando también a Israel.

Jueces 4

1Los hijos de Israel volvieron a obrar mal a los ojos del Señor, después de la muerte de Ehud.

2Y El Señor los vendió a Yabín, rey de Canaán, que reinaba en Jasor. El jefe de su ejército era Sísara, que habitaba en Jaróset Goyín.

3Los hijos de Israel clamaron al Señor, pues Sísara tenía novecientos carros de hierro y había oprimido con dureza a Israel a lo largo de veinte años.

4Débora, la profetisa, mujer de Lapidot, juzgaba a Israel por aquel tiempo.

5Se sentaba bajo la palmera de Débora, entre Ramá y Betel, en la montaña de Efraín, y los hijos de Israel subían allí a juicio.

6Mandó llamar a Barac, hijo de Abinoán, de Cadés de Neftalí, y le dijo: «El Señor, Dios de Israel, ha ordenado lo siguiente: “Ve, haz una convocatoria en el monte Tabor, y toma contigo diez mil hombres de Neftalí y Zabulón.

7Yo te atraeré hacia el torrente Quisón a Sísara, jefe del ejército de Yabín, con sus carros y su tropa, y lo entregaré en tu mano”».

8Barac contestó: «Si vienes conmigo, iré, pero si no vienes conmigo, no iré».

9Ella dijo: «Iré contigo, solo que no te corresponderá la gloria por la expedición que vas a emprender, pues el Señor entregará a Sísara en mano de una mujer». Débora se levantó y fue con Barac a Cadés.

10Barac convocó a Zabulón y a Neftalí en Cadés. Diez mil hombres subieron tras sus pasos, y también Débora subió con él.

11Jéber, el quenita, se había separado de Caín, de los hijos de Jobab, suegro de Moisés. Y había desplegado su tienda junto a la encina de Saanayin, cerca de Cadés.

12Le informaron a Sísara que Barac, hijo de Abinoán, había subido al monte Tabor.

13Y reunió todos sus carros, novecientos carros de hierro, y a toda la gente que estaba con él, desde Jaróset Goyín al torrente Quisón.

14Entonces Débora dijo a Barac: «Levántate, pues este es el día en que el Señor ha entregado a Sísara en tu mano. El Señor marcha delante de ti». Barac bajó del monte Tabor con diez mil hombres tras él.

15El Señor desbarató a filo de espada a Sísara, a todos los carros y a todo el ejército ante Barac. Sísara bajó del carro y huyó a pie,

16mientras Barac persiguió a los carros y al ejército hasta Jaróset Goyín. Todo el ejército de Sísara cayó a filo de espada, sin que se salvara ni uno.

17Sísara huyó a pie hasta la tienda de Yael, esposa de Jéber, el quenita, pues había paz entre Yabín, rey de Jasor, y la casa de Jéber, el quenita.

18Yael salió al encuentro de Sísara y le dijo: «Acércate, mi señor, acércate a mí, no temas». Entró en su tienda y ella lo tapó con una manta.

19Él le pidió: «Por favor, dame de beber un poco de agua, pues tengo sed». Ella abrió el odre de leche, le dio de beber y lo tapó de nuevo.

20Él le dijo: «Ponte a la puerta de la tienda, y si viene alguno y te pregunta: ¿hay alguien aquí?, le responderás: no hay nadie».

21Yael, esposa de Jéber, agarró una estaca de la tienda y tomó el martillo en su mano, se le acercó sigilosamente y le clavó la estaca en la sien hasta que se hundió en la tierra. Y él, que estaba profundamente dormido y exhausto, murió.

22Entre tanto, Barac venía persiguiendo a Sísara. Yael salió a su encuentro y le dijo: «Ven y mira al hombre que buscas». Entró en la tienda: Sísara yacía muerto con la estaca en la sien.

23El Señor humilló aquel día a Yabín, rey de Canaán, ante los hijos de Israel.

24La mano de los hijos de Israel fue haciéndose cada vez más pesada sobre Yabín, rey de Canaán, hasta que lo aniquilaron.

Jueces 5

1Débora y Barac, hijo de Abinoán, entonaron aquel día un cántico:

2«Cuando se sueltan las cabelleras en Israel, cuando un pueblo se ofrece voluntariamente, ¡bendecid al Señor!

3Escuchad, reyes; oíd, príncipes, que voy a cantar al Señor, a salmodiar al Señor, Dios de Israel.

4Señor, cuando saliste de Seír, cuando avanzaste desde el campo de Edón, la tierra tembló, los cielos gotearon, las nubes destilaron agua.

5Los montes retemblaron ante el Señor, el del Sinaí, ante el Señor, Dios de Israel.

6En los días de Samgar, hijo de Anat, en los días de Yael quedaron desiertos los caminos, y quienes solían ir por ellos marchaban por vías tortuosas.

7Se interrumpió la vida de los pueblos, se interrumpió en Israel, y yo, Débora, me puse en pie, me puse en pie como una madre en Israel.

8Habían escogido dioses nuevos. Entonces la guerra estaba a las puertas, ni escudo ni lanza se veía entre cuarenta mil en Israel.

9Mi corazón por los capitanes de Israel, por los voluntarios del pueblo: ¡Bendecid al Señor!

10Los que cabalgáis en borricas blancas, los que os sentáis sobre albardas, y quienes vais de camino, cantad.

11A la voz de los que reparten entre los abrevaderos, donde se celebran las gestas del Señor, las gestas de sus aldeanos en Israel. Entonces bajó a las puertas el pueblo del Señor.

12¡Despierta, despierta, Débora! ¡Despierta, despierta, entona un canto! ¡Levántate, Barac, y apresa a tus cautivos, hijo de Abinoán!

13Entonces el resto bajó hacia los nobles, el pueblo del Señor bajó por mí contra los poderosos.

14Los de Efraín que tienen sus raíces en Amalec, tras de ti, Benjamín, con tus tropas. De Maquir bajaron los jefes, y de Zabulón los que reclutan con el bastón de escriba.

15Los príncipes de Isacar están con Débora, e Isacar es fiel a Barac: se lanzó al valle tras sus pasos. En los clanes de Rubén fueron grandes las deliberaciones del corazón.

16¿Por qué has permanecido entre los apriscos, escuchando los silbidos de los rebaños? En los clanes de Rubén fueron grandes las deliberaciones del corazón.

17Galaad se instaló allende el Jordán. Y Dan ¿por qué se alojaba en naves? Aser permaneció a la orilla del mar y se instaló en sus ensenadas.

18Zabulón es un pueblo que expuso su vida a la muerte, lo mismo que Neftalí sobre las alturas del campo.

19Llegaron los reyes, lucharon. Lucharon, entonces, los reyes de Canaán, en Taanac, junto a las aguas de Meguido. Pero no obtuvieron un botín de plata.

20Desde los cielos lucharon las estrellas, desde sus órbitas lucharon contra Sísara.

21El torrente Quisón los arrolló, torrente antiquísimo, torrente Quisón. Alma mía, camina con brío.

22Entonces, resonaron los cascos de los caballos, al galope, al galope de los corceles.

23Maldecid a Meroz, dijo el ángel del Señor. Maldecid a sus habitantes, pues no vinieron en auxilio del Señor, en auxilio del Señor contra los poderosos.

24Bendita Yael entre las mujeres, la esposa de Jéber, el quenita; entre las mujeres que viven en tiendas, sea bendita.

25Pidió agua, le dio leche, en taza de nobles le presentó cuajada.

26Alargó su mano a la estaca, su diestra al martillo de los trabajadores. Golpeó a Sísara, machacó su cabeza. Destrozó y perforó su sien.

27Entre sus pies se desplomó, cayó y quedó tendido; entre sus pies se desplomó, cayó. Donde se desplomó, allí cayó deshecho.

28A la ventana se asomó, y tras la celosía gritó la madre de Sísara: ¿por qué tarda en venir su carro? ¿Por qué se retrasa la marcha de sus carros?

29Las más sabias de sus damas le responden, y ella lo repite:

30“Estarán repartiéndose el botín encontrado: una muchacha, dos muchachas para cada soldado, un botín de telas de colores para Sísara, un botín de telas de colores con recamado, una tela de colores con doble recamado para el cuello del vencedor”.

31¡Así perezcan, Señor, todos tus enemigos! ¡Sean sus amigos como cuando el sol despunta en su fuerza!».Y el país estuvo en paz cuarenta años.

Hechos de los Apóstoles 28

1Una vez a salvo, supimos que la isla se llamaba Malta.

2Los naturales nos mostraron una hospitalidad poco común, pues encendiendo una hoguera a causa de la lluvia que caía y del frío, nos acogieron a todos nosotros.

3Pablo recogió una brazada de ramas secas y, al echarla a la hoguera, una víbora, huyendo del calor, hizo presa en su mano.

4Cuando vieron los nativos el animal colgando de su mano, se decían unos a otros: «Este hombre es ciertamente un homicida; se ha salvado del mar, pero la Justicia no le ha consentido vivir».

5Pero él, sacudiendo el animal en el fuego, no sufrió daño alguno.

6Ellos estaban esperando que se hinchara o cayese muerto de repente, pero, después de mucho esperar y viendo que no le pasaba nada malo, cambiaron de parecer y empezaron a decir que era un dios.

7En los alrededores de aquel lugar tenía una finca el principal de la isla de Malta, que se llamaba Publio; nos recibió y nos hospedó tres días amablemente.

8Coincidió que el padre de Publio estaba en cama con fiebre y disentería; Pablo entró a verlo y rezó, le impuso las manos y lo curó.

9Al ocurrir esto, los demás enfermos de la isla fueron acudiendo, y eran curados.

10Nos colmaron de atenciones y, al hacernos a la mar, nos proveyeron de todo lo necesario.

11Al cabo de tres meses, zarpamos en un barco que había invernado en la isla de Malta. Era de Alejandría y llevaba por mascarón los Dióscuros.

12Arribamos a Siracusa y nos detuvimos tres días;

13desde allí, costeando, llegamos a Regio. Al día siguiente, se levantó viento sur, y llegamos a Puteoli en dos días.

14Allí encontramos a algunos hermanos, los cuales nos rogaron que pasásemos siete días con ellos. Y así llegamos a Roma.

15Los hermanos de Roma, que habían oído hablar de nuestras peripecias, salieron a recibirnos al Foro Apio y Tres Tabernas. Al verlos, Pablo dio gracias a Dios y se sintió animado.

16Una vez en Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba.

17Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo: «Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos.

18Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte;

19pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo.

20Por este motivo, pues, os he llamado para veros y hablar con vosotros; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».

21Ellos le respondieron: «Nosotros no hemos recibido de Judea carta sobre ti ni ninguno de los hermanos que ha venido de allí nos ha denunciado o hablado nada negativo sobre ti,

22pero deseamos oír de tus propios labios lo que piensas, porque sabemos que a esta secta se la contradice en todas partes».

23Después de acordar con él un día, vinieron a verlo a su alojamiento en mayor número. A todos ellos les exponía el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, dando testimonio e intentando persuadirlos de lo relativo a Jesús apoyándose en la ley de Moisés y los profetas.

24Unos aceptaban con fe lo que decía, pero otros permanecían incrédulos.

25Se estaban marchando en total desacuerdo, cuando Pablo les dirigió esta sola palabra: «Con razón habló el Espíritu Santo a vuestros padres por medio del profeta Isaías,

26diciendo: Ve a este pueblo y dile: oiréis con el oído pero no entenderéis, miraréis con los ojos pero no veréis.

27Porque se embotó el corazón de este pueblo, oyeron con oídos sordos y han cerrado sus ojos para no ver con los ojos ni oír con los oídos ni entender con el corazón y convertirse y que yo los cure.

28Por ello, sabed todos vosotros que esta salvación de Dios ha sido enviada a los gentiles. Ellos sí la oirán».

29[«Cuando terminó de decir esto, los judios se fueron, teniendo gran discursión entre sí».]

30Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo,

31predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.