Lectura 71 de 365
Josué 24 · Jueces 1-2 · Hechos de los Apóstoles 27
Josué 24
1Josué reunió todas las tribus de Israel en Siquén y llamó a los ancianos de Israel, a los jefes, a los jueces y a los magistrados. Y se presentaron ante Dios.
2Josué dijo a todo el pueblo: «Así dice el Señor, Dios de Israel: “Al otro lado del río Éufrates vivieron antaño vuestros padres: Téraj, padre de Abrahán y de Najor, y servían a otros dioses.
3Yo tomé a Abrahán vuestro padre del otro lado del Río, lo conduje por toda la tierra de Canaán y multipliqué su descendencia, dándole un hijo, Isaac.
4A Isaac le di dos hijos: Jacob y Esaú. A Esaú le di en propiedad la montaña de Seír, mientras que Jacob y sus hijos bajaron a Egipto.
5Envié después a Moisés y Aarón y castigué a Egipto con los portentos que hice en su tierra. Luego os saqué de allí.
6Saqué de Egipto a vuestros padres y llegasteis al mar. Los egipcios persiguieron a vuestros padres con sus carros y caballos hasta el mar Rojo;
7pero ellos gritaron al Señor y él tendió una nube oscura entre vosotros y los egipcios; después hizo que se desplomara sobre ellos el mar, que los anegó. Con vuestros propios ojos visteis lo que hice con Egipto. Después vivisteis en el desierto muchos años.
8Os llevé luego a la tierra de los amorreos que vivían al otro lado del Jordán: ellos os atacaron, pero yo os los di. Así tomasteis posesión de sus tierras, y yo los exterminé a vuestra llegada.
9Entonces se alzó Balac, hijo de Sipor, rey de Moab, para atacar a Israel; y mandó llamar a Balaán, hijo de Beor, para que os maldijera;
10pero yo no quise escuchar a Balaán, que no tuvo más remedio que bendeciros, y así os libré de sus manos.
11Pasasteis después el Jordán y llegasteis a Jericó. Los jefes de Jericó (y los amorreos, perizitas, cananeos, hititas, guirgaseos, heveos y jebuseos) os atacaron, pero yo os los di;
12mandé delante de vosotros avispas, que expulsaron, al llegar vosotros, a los dos reyes amorreos: no fue con tu espada ni con tu arco.
13Y os di una tierra por la que no habíais sudado, ciudades que no habíais construido y en las que ahora vivís, viñedos y olivares que no habíais plantado y de cuyos frutos ahora coméis”.
14Pues bien: temed al Señor; servidle con toda sinceridad; quitad de en medio los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río y en Egipto; y servid al Señor.
15Pero si os resulta duro servir al Señor, elegid hoy a quién queréis servir: si a los dioses a los que sirvieron vuestros padres al otro lado del Río, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis; que yo y mi casa serviremos al Señor».
16El pueblo respondió: «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses!
17Porque el Señor nuestro Dios es quien nos sacó, a nosotros y a nuestros padres, de Egipto, de la casa de la esclavitud; y quien hizo ante nuestros ojos aquellos grandes prodigios y nos guardó en todo nuestro peregrinar y entre todos los pueblos por los que atravesamos.
18Además, el Señor expulsó ante nosotros a los pueblos amorreos que habitaban el país. También nosotros serviremos al Señor, ¡porque él es nuestro Dios!».
19Y Josué dijo al pueblo: «No lograréis servir al Señor, porque es un Dios santo, un Dios celoso. No perdonará vuestros delitos ni vuestros pecados.
20Si abandonáis al Señor y servís a dioses extranjeros, él también se volverá contra vosotros y, después de haberos hecho tanto bien, os maltratará y os aniquilará».
21El pueblo le respondió: «¡No! Nosotros serviremos al Señor».
22Josué insistió: «Vosotros sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido al Señor para servirle». Respondieron: «¡Testigos somos!».
23«Entonces, quitad de en medio los dioses extranjeros que conserváis, e inclinad vuestro corazón hacia el Señor, Dios de Israel».
24El pueblo respondió: «¡Al Señor nuestro Dios serviremos y obedeceremos su voz!».
25Aquel día Josué selló una alianza con el pueblo y les dio leyes y mandatos en Siquén.
26Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios. Cogió una gran piedra y la erigió allí, bajo la encina que hay en el santuario del Señor.
27Y dijo Josué a todo el pueblo: «Mirad, esta piedra será testigo contra nosotros, porque ha oído todas las palabras que el Señor nos ha dicho. Ella será testigo contra vosotros, para que no podáis renegar de vuestro Dios».
28Luego Josué despidió al pueblo, cada cual a su heredad.
29Y después de todo esto, murió Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, a la edad de ciento diez años.
30Fue enterrado en el término de su heredad, en Timná Séraj, que está en la montaña de Efraín, al norte del monte Gaás.
31Israel sirvió al Señor durante toda la vida de Josué y durante toda la vida de los ancianos que le sobrevivieron y que conocían todas las hazañas del Señor en favor de Israel.
32Los huesos de José, que los hijos de Israel habían traído de Egipto, los enterraron en Siquén, en el campo que había comprado Jacob a los hijos de Jamor, padre de Siquén, por cien monedas, y que pasó a ser heredad de los hijos de José.
33También murió Eleazar, hijo de Aarón, y lo enterraron en Guibeá, ciudad que le había sido adjudicada a su hijo Pinjás, en la montaña de Efraín.
Jueces 1
1Después de la muerte de Josué, los hijos de Israel consultaron al Señor: «¿Quién de nosotros subirá primero contra los cananeos, para luchar contra ellos?».
2El Señor respondió: «Subirá Judá. He entregado el país en su mano».
3Entonces Judá dijo a su hermano Simeón: «Sube conmigo al territorio que me ha tocado, y luchemos contra los cananeos. Después iré yo también contigo a tu lote». Y Simeón fue con él.
4Judá subió, y el Señor entregó en sus manos al cananeo y al perizita. Los derrotaron en Bézec: diez mil hombres.
5Encontraron a Adonibézec en Bézec, lucharon contra él y derrotaron al cananeo y al perizita.
6Adonibézec huyó, pero fueron tras él, lo apresaron y le cortaron los pulgares de pies y manos.
7Adonibézec comentó: «Setenta reyes, con los pulgares de pies y manos cortados, recogían sobras bajo mi mesa. Según actué, así me paga Dios». Lo condujeron a Jerusalén y allí murió.
8Los hijos de Judá atacaron Jerusalén y la conquistaron. La pasaron a filo de espada y dieron fuego a la ciudad.
9Los hijos de Judá bajaron después a luchar contra los cananeos que habitaban la montaña, el Negueb y la Sefelá.
10Judá marchó contra los cananeos que habitaban en Hebrón —el nombre de Hebrón era antiguamente Quiriat Arbá— y derrotaron a Sesay, a Ajimán y a Tolmay.
11De allí se dirigió contra los habitantes de Debir, cuyo nombre antiguo era Quiriat Séfer.
12Caleb hizo esta promesa: «Al que asalte Quiriat Séfer y la tome, le entregaré a mi hija Axá por esposa».
13La conquistó Otoniel, hijo de Quenaz, hermano menor de Caleb, quien le entregó a su hija Axá por esposa.
14Cuando llegó ella, se puso de acuerdo con él para pedirle un campo a su padre. Se bajó del burro, y Caleb le preguntó: «¿Qué te pasa?».
15Le contestó: «Concédeme un favor. Puesto que me has dado la tierra del Negueb, dame también aljibes de agua». Y Caleb le concedió los aljibes de arriba y de abajo.
16Los hijos de Jobab el quenita, suegro de Moisés, subieron con los hijos de Judá desde la ciudad de las Palmeras al desierto de Judá, que está al sur de Arad, y fueron a habitar con el pueblo.
17Judá marchó con su hermano Simeón y derrotaron a los cananeos que habitaban en Sefat. Consagraron esta ciudad al anatema, por lo que pasó a llamarse Jormá.
18Judá conquistó también Gaza con su territorio, Ascalón con su territorio y Ecrón con su territorio.
19El Señor estuvo con Judá, que se adueñó de la montaña; pero no expulsaron a los habitantes del llano, pues tenían carros de hierro.
20Asignaron Hebrón a Caleb, según había ordenado Moisés, y expulsó de allí a los tres hijos de Anac.
21En cambio, los benjaminitas no expulsaron al jebuseo que habitaba en Jerusalén, por lo que los jebuseos han seguido viviendo en Jerusalén con los benjaminitas hasta el día de hoy.
22Los de la casa de José subieron también a Betel, estando el Señor con ellos,
23y exploraron la ciudad cuyo nombre antiguo era Luz.
24Los centinelas vieron a un hombre que salía de la ciudad y le dijeron: «Muéstranos, por favor, el acceso a la ciudad y te trataremos con benevolencia».
25Les mostró entonces el acceso a la ciudad. Y la pasaron a filo de espada, aunque dejaron marchar a aquel hombre y a toda su familia.
26El hombre se fue a la tierra de los hititas, donde construyó una ciudad, a la que puso el nombre de Luz, que se ha mantenido hasta el día de hoy.
27En cambio, Manasés no se apoderó de Bet Seán y sus villas, ni de Taanac y sus villas, ni de los habitantes de Dor y sus villas, ni de los habitantes de Yibleán y sus villas, ni de los habitantes de Meguido y sus villas; por ello los cananeos siguieron morando en aquel país.
28No obstante, cuando Israel se hizo fuerte, impuso trabajos forzados al cananeo, aunque no logró expulsarlo.
29Efraín no expulsó al cananeo que moraba en Guézer, por ello los cananeos siguieron habitando en medio de aquel en Guézer.
30Zabulón no expulsó a los habitantes de Quitrón ni a los habitantes de Nahalol, por ello los cananeos siguieron habitando en medio de aquel, aunque sometidos a trabajos forzados.
31Aser no expulsó a los habitantes de Aco ni a los habitantes de Sidón, de Ajlab, de Aczib, de Jelba, de Afec y de Rejob.
32Y los aseritas habitaron en medio de los cananeos que moraban en el país, porque no los expulsaron.
33Neftalí no expulsó a los habitantes de Bet Semes, ni a los habitantes de Bet Anat, y habitó en medio de los cananeos que moraban en el país, aunque sometió a trabajos forzados a los habitantes de Bet Semes y de Bet Anat.
34Los amorreos rechazaron a los danitas hacia la montaña, sin permitirles bajar al llano.
35Los amorreos continuaron habitando en Har Jeres, en Ayalón y en Saalbín; pero, cuando descargó la mano de la casa de José, quedaron sometidos a trabajos forzados.
36La frontera de los amorreos iba desde la subida de los Acrabín y de Sela hacia arriba.
Jueces 2
1El ángel del Señor subió desde Guilgal a Boquín y dijo: «Yo os hice subir de Egipto y os introduje en la tierra que juré a vuestros padres. Yo había declarado: “Nunca jamás romperé mi alianza con vosotros,
2y vosotros no habréis de pactar alianza con los habitantes de este país, sino que demoleréis sus altares”. Pero no escuchasteis mi voz. ¿Qué habéis hecho aquí?
3Por consiguiente, también declaro: “No los expulsaré delante de vosotros. Ellos serán vuestros lazos y sus dioses una trampa”».
4Cuando el ángel del Señor terminó de hablar a los hijos de Israel, el pueblo alzó la voz y se puso a llorar.
5Llamaron a aquel lugar con el nombre de Boquín y allí ofrecieron sacrificios al Señor.
6Josué despidió al pueblo, y los hijos de Israel se fueron cada cual a su heredad, para tomar posesión del país.
7El pueblo sirvió al Señor en vida de Josué y de los ancianos que sobrevivieron a Josué y que habían visto todas las grandes obras que el Señor había realizado en favor de Israel.
8Josué, hijo de Nun, siervo del Señor, murió a la edad de ciento diez años.
9Y lo enterraron en el término de su heredad, en Timnat Jeres, en la montaña de Efraín, al norte del monte Gaas.
10Toda aquella generación se reunió también con sus padres, y le siguió otra generación que no había conocido al Señor ni la obra que había realizado en favor de Israel.
11Los hijos de Israel obraron mal a los ojos del Señor, y sirvieron a los baales.
12Abandonaron al Señor, Dios de sus padres, que les había hecho salir de la tierra de Egipto, y fueron tras otros dioses, dioses de los pueblos vecinos, postrándose ante ellos e irritando al Señor.
13Abandonaron al Señor para servir a Baal y a las astartés.
14Se encendió, entonces, la ira del Señor contra Israel, los entregó en manos de saqueadores que los expoliaron y los vendió a los enemigos de alrededor, de modo que ya no pudieron resistir ante ellos.
15Siempre que salían, la mano del Señor estaba contra ellos para mal, según lo había anunciado el Señor y conforme les había jurado. Por lo que se encontraron en grave aprieto.
16Entonces el Señor suscitó jueces que los salvaran de la mano de sus saqueadores.
17Pero tampoco escucharon a sus jueces, sino que se prostituyeron yendo tras otros dioses y se postraron ante ellos. Se desviaron pronto del camino que habían seguido sus padres, escuchando los mandatos del Señor. No obraron como ellos.
18Cuando el Señor les suscitaba jueces, el Señor estaba con el juez y los salvaba de la mano de sus enemigos en vida del juez, pues el Señor se compadecía de sus gemidos, provocados por quienes los vejaban y oprimían.
19Pero, a la muerte del juez volvían a prevaricar más que sus padres, yendo tras otros dioses, para servirles y postrarse ante ellos. No desistían de su comportamiento ni de su conducta obstinada.
20La ira del Señor se encendió contra Israel y declaró: «Puesto que este pueblo ha quebrantado la alianza que prescribí a sus padres y no han escuchado mi voz,
21tampoco yo volveré a expulsar delante de ellos a ninguno de los pueblos que Josué dejó al morir,
22a fin de probar a Israel por medio de ellos, y saber si guardan o no los caminos del Señor, marchando por ellos, como hicieron sus padres».
23El Señor permitió que aquellos pueblos se quedaran, sin expulsarlos de inmediato, y no los entregó en mano de Josué.
Hechos de los Apóstoles 27
1Cuando se decidió que emprendiésemos la navegación hacia Italia, encomendaron la custodia de Pablo y de otros prisioneros a un centurión de nombre Julio, perteneciente a la cohorte Augusta.
2Embarcamos en una nave adramitena que iba a navegar hacia lugares de Asia y nos hicimos a la mar. Estaba con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.
3Al día siguiente arribamos a Sidón. Allí, Julio, tratando con humanidad a Pablo, le permitió ir a ver a sus amigos y ser atendido por ellos.
4Desde allí nos hicimos a la mar y navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios,
5y, después de hacer la travesía por alta mar frente a las costas de Cilicia y Panfilia, llegamos a Mira de Licia.
6Allí encontró el centurión una nave alejandrina que navegaba para Italia y nos embarcó en ella.
7Durante bastantes días navegamos despacio, y habiendo llegado a duras penas frente a Gnido, por no permitirlo el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón,
8y, después de costearla con dificultad, llegamos a un lugar llamado Puertos Hermosos, que estaba cerca de la ciudad de Lasea.
9Habiendo transcurrido bastante tiempo y siendo ya insegura la navegación porque ya había pasado el Ayuno, Pablo les aconsejaba,
10diciéndoles: «Amigos, veo que la navegación va a ser un sufrimiento y un perjuicio no solo para la carga y la nave, sino también para nuestras personas».
11Pero el centurión daba más crédito al piloto y al patrón que a lo que Pablo había dicho.
12Como, por otra parte, el puerto no era adecuado para invernar, la mayoría acordó hacerse a la mar, intentando llegar a Fénica, puerto de Creta que mira al ábrego y al cauro, para pasar allí el invierno.
13Habiéndose levantado una brisa del sur, creyeron que podían realizar su propósito y, levando anclas, fueron costeando Creta.
14Pero no mucho después irrumpió contra la nave un viento huracanado, el llamado euroaquilón.
15La nave fue arrastrada y no pudimos hacer frente al viento, quedando a la deriva.
16Navegando a sotavento de una isleta llamada Cauda, con dificultad pudimos hacernos con el bote;
17lo izaron a bordo y se emplearon cables de refuerzo para ceñir el casco de la nave y, por temor a ser arrojados a la Sirte, se echó el ancla flotante y así seguían a la deriva.
18Al día siguiente, como el temporal continuaba azotando con fuerza, echaron al mar parte de la carga,
19y, al tercer día, arrojamos con nuestras propias manos el aparejo de la nave.
20Durante muchos días, no aparecieron ni sol ni estrellas; y, como seguíamos acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.
21Hacía ya días que no habíamos comido. Entonces Pablo, de pie en medio de ellos, dijo: «Amigos, debíais haberme hecho caso y no haber salido de Creta; habríais evitado estos sufrimientos y estos perjuicios.
22De todos modos, ahora os aconsejo que os animéis, pues no habrá entre vosotros pérdida alguna de vida, solo la de la nave,
23porque se me presentó esta noche un ángel de Dios, de quien soy y a quien sirvo,
24diciéndome: “No temas, Pablo, es necesario que tú comparezcas ante César; y mira, Dios te ha concedido la vida de todos los que navegan contigo”.
25Por ello, amigos, animaos, porque tengo fe en Dios de que sucederá tal como se me ha dicho.
26Pero tenemos que ser arrojados en una isla».
27Al llegar la decimocuarta noche, yendo a la deriva por el Adriático, los marineros sospecharon a media noche que se estaban acercando a tierra.
28Echaron la sonda y midieron veinte brazas; pasando un poco más adelante, sondearon de nuevo y midieron quince brazas.
29Temerosos de que fuéramos empujados contra una escollera, echaron cuatro anclas por popa, esperando con ansia que se hiciera de día.
30Los marineros intentaban escapar de la nave y estaban ya echando el bote al mar con el pretexto de que tenían que extender las anclas desde proa,
31cuando Pablo dijo al centurión y a los soldados: «Si estos no se quedan en la nave, vosotros no os podéis salvar».
32Entonces los soldados cortaron las amarras del bote y lo dejaron caer.
33Mientras esperaban que se hiciera de día, Pablo aconsejaba a todos que comieran, diciendo: «Lleváis ya catorce días en continua expectación, en ayunas y sin tomar nada.
34Por eso os aconsejo que toméis alimento; es conveniente para conseguir salvaros, pues ninguno de vosotros perderá un cabello de su cabeza».
35Dicho esto, tomando pan, dio gracias en presencia de todos y, después de partirlo, empezó a comer.
36Entonces se animaron todos y también ellos tomaron alimento.
37El total de personas que estábamos en la nave era de doscientas setenta y seis.
38Una vez satisfechos, aligeraron la nave arrojando el trigo al mar.
39Cuando se hizo de día, no identificaban la tierra, pero divisaron una ensenada que tenía playa y en ella decidieron varar la nave, si podían.
40Y habiendo soltado las anclas, las dejaron caer al mar, a la vez que, aflojando las ataduras de los timones e izando a favor del viento la vela de artimón, iban con rumbo a la playa.
41Pero chocaron con un saliente rodeado de mar por ambos lados y encallaron la nave. La proa se hincó y quedó inmóvil, mientras que la popa se desvencijaba por la violencia de las olas.
42Entonces decidieron los soldados matar a los prisioneros, no fuera que alguno huyese nadando;
43pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, impidió este plan y mandó que primero se tirasen al agua y ganasen la orilla los que sabían nadar,
44y que los demás lo hiciesen unos sobre tablones, otros sobre restos de la nave. Y así todos se salvaron llegando a tierra.