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Lectura 63 de 365

Deuteronomio 34 · Josué 1-2 · Hechos de los Apóstoles 19

Letra: Normal

Deuteronomio 34

1Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, a la cima del Pisgá, frente a Jericó; y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan,

2todo Neftalí, el territorio de Efraín y de Manasés, y todo el territorio de Judá hasta el mar occidental,

3el Negueb y la comarca del valle de Jericó (la ciudad de las palmeras) hasta Soar;

4y le dijo: «Esta es la tierra que prometí con juramento a Abrahán, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: “Se la daré a tu descendencia”. Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella».

5Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en el territorio de Moab, como había dispuesto el Señor.

6Lo enterraron en el valle de Moab, frente a Bet Peor; y hasta el día de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba.

7Moisés murió a la edad de ciento veinte años: no había perdido vista ni había decaído su vigor.

8Los hijos de Israel lloraron a Moisés en la estepa de Moab durante treinta días, hasta que terminó el tiempo del duelo por Moisés.

9Josué hijo de Nun estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos, los hijos de Israel lo obedecieron e hicieron como el Señor había mandado a Moisés.

10No surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara;

11ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le envió a hacer en Egipto contra el faraón, su corte y su país;

12ni en la mano poderosa, en los terribles portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.

Josué 1

1Después de la muerte de Moisés, siervo del Señor, dijo el Señor a Josué, hijo de Nun, ayudante de Moisés:

2«Moisés, mi siervo, ha muerto. Anda, pasa el Jordán con todo este pueblo, en marcha hacia el país que voy a darles a los hijos de Israel.

3Os voy a dar toda la tierra en la que pongáis la planta de vuestros pies, como le prometí a Moisés.

4Vuestro territorio se extenderá desde el desierto hasta el Líbano, y desde el gran río Éufrates hasta el Mar Grande, en occidente (toda la tierra de los hititas).

5Mientras vivas, nadie podrá resistirte. Como estuve con Moisés, estaré contigo; no te dejaré ni te abandonaré.

6¡Ánimo, sé valiente!, que tú repartirás a este pueblo la tierra que prometí con juramento a sus padres.

7Tú ten mucho ánimo y sé valiente para cumplir toda la ley que te dio mi siervo Moisés; no te desvíes a derecha ni a izquierda y tendrás éxito en todas tus empresas.

8Que el libro de esta ley no se te caiga de los labios; medítalo día y noche, para poner por obra todo lo que se prescribe en él; así tendrás suerte y éxito en todas tus empresas.

9Lo que yo te mando es que tengas valor y seas valiente. No tengas miedo ni te acobardes, que contigo está el Señor, tu Dios, en cualquier cosa que emprendas».

10Entonces Josué dio a los responsables del pueblo la orden siguiente:

11«Recorred el campamento y dad esta orden al pueblo: “Abasteceos de víveres, porque dentro de tres días pasaréis el Jordán, para ir a tomar posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, os da en propiedad”».

12A los de Rubén, Gad y media tribu de Manasés les dijo:

13«Acordaos de lo que os mandó Moisés, siervo del Señor. El Señor, vuestro Dios, os da el descanso, dándoos esta tierra.

14Vuestras mujeres, vuestros pequeños y vuestro ganado se quedarán en la tierra que os ha dado Moisés en Transjordania; pero vosotros, los soldados, pasaréis el Jordán en orden de batalla, al frente de vuestros hermanos, para ayudarles,

15hasta que el Señor les dé el descanso, lo mismo que a vosotros, y también ellos tomen posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, les va a dar. Entonces volveréis a la tierra de vuestra propiedad, la que Moisés, siervo del Señor, os dio aquí en Transjordania».

16Ellos le respondieron: «Haremos lo que nos has ordenado, iremos adonde nos mandes;

17te obedeceremos a ti igual que obedecimos en todo a Moisés. Basta que el Señor, tu Dios, esté contigo como estuvo con él.

18El que se rebele y no obedezca tus órdenes, las que sean, que muera. ¡Tú, ten ánimo, sé valiente!».

Josué 2

1Josué, hijo de Nun, mandó en secreto dos espías desde Sitín, con este encargo: «Id y reconoced la región y la ciudad de Jericó». Ellos se fueron, llegaron a Jericó y entraron en casa de una prostituta llamada Rajab y se hospedaron allí.

2Pero llegó el aviso al rey de Jericó: «Mira, unos hijos de Israel han llegado aquí esta tarde a reconocer el país».

3Entonces el rey de Jericó mandó decir a Rajab: «Saca a los hombres que han entrado en tu casa, porque han venido a reconocer todo el país».

4Pero ella metió a los dos hombres en un escondite y luego respondió: «Es cierto, vinieron esos hombres a mi casa, pero yo no sabía de dónde eran.

5Y, al oscurecer, cuando se iban a cerrar las puertas, los hombres se marcharon, pero no sé adónde. Si salís rápidamente tras ellos, los alcanzaréis».

6Rajab había hecho subir a los espías a la azotea y los había escondido entre unos haces de lino que tenía apilados allí.

7Salieron algunos hombres en su busca camino del Jordán, hacia los vados; en cuanto salieron, se cerró la puerta de la villa.

8Antes de que los espías se acostaran, Rajab subió a la azotea, donde ellos estaban,

9y les dijo: «Sé que el Señor os ha dado el país, pues nos ha invadido una ola de terror, y toda la gente de aquí tiembla ante vosotros;

10porque hemos oído que el Señor secó el agua del mar Rojo ante vosotros cuando os sacó de Egipto, y lo que hicisteis con los dos reyes amorreos de Transjordania, Sijón y Og, consagrándolos al exterminio;

11al oírlo, ha desfallecido nuestro corazón y todos se han quedado sin aliento a vuestra llegada; porque el Señor, vuestro Dios, es Dios arriba en el cielo y abajo en la tierra.

12Ahora, pues, juradme por el Señor que, por haberos tratado yo con bondad, vosotros también trataréis con bondad a la casa de mi padre. Y dadme una señal segura

13de que dejaréis con vida a mi padre y a mi madre, a mis hermanos y hermanas y a todos los suyos y que nos libraréis de la matanza».

14Ellos le respondieron: «¡Nuestra vida a cambio de la vuestra, con tal de que no nos denuncies! Cuando el Señor nos dé el país, te trataremos con bondad y lealtad».

15Entonces ella los descolgó con una soga por la ventana, porque su casa estaba pegando a la muralla y vivía en la misma muralla.

16Y les dijo: «Caminad hacia el monte para que no os encuentren los que os andan buscando. Quedaos allí escondidos tres días, hasta que ellos regresen; luego podréis seguir vuestro camino».

17Contestaron: «Nosotros respondemos de ese juramento que nos has exigido, con esta condición:

18cuando entremos en el país, ata esta cinta roja a la ventana por la que nos has descolgado y reúnes aquí, en tu casa, a tu padre y a tu madre, a tus hermanos y a toda la familia de tu padre.

19Si alguien sale de las puertas de tu casa, su sangre caerá sobre su cabeza. Nosotros no seremos responsables. Pero, si alguien pone su mano sobre cualquiera que esté contigo en casa, su sangre caerá sobre nuestras cabezas.

20En cambio, si nos denuncias, quedaremos libres del juramento que nos has exigido».

21Rajab contestó: «De acuerdo». Y los despidió.

22Ellos se marcharon y ella ató la cinta roja a la ventana. Se metieron en el monte y estuvieron allí tres días, hasta que regresaron los que fueron en su busca; por más que los buscaron por todo el camino, no dieron con ellos.

23Entonces los dos espías se volvieron monte abajo, cruzaron el río, llegaron hasta Josué, hijo de Nun, y le contaron todo lo que les había pasado.

24Le dijeron: «El Señor nos da todo el país. Toda la gente está ya temblando ante nosotros».

Hechos de los Apóstoles 19

1Mientras Apolo estaba en Corinto, Pablo atravesó la meseta y llegó a Éfeso. Allí encontró unos discípulos

2y les preguntó: «¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?». Contestaron: «Ni siquiera hemos oído hablar de un Espíritu Santo».

3Él les dijo: «Entonces, ¿qué bautismo habéis recibido?». Respondieron: «El bautismo de Juan».

4Pablo les dijo: «Juan bautizó con un bautismo de conversión, diciendo al pueblo que creyesen en el que iba a venir después de él, es decir, en Jesús».

5Al oír esto, se bautizaron en el nombre del Señor Jesús;

6cuando Pablo les impuso las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo, y se pusieron a hablar en lenguas extrañas y a profetizar.

7Eran en total unos doce hombres.

8Pablo fue a la sinagoga y durante tres meses hablaba con toda libertad del reino de Dios, dialogando con ellos y tratando de persuadirlos.

9Como algunos se obstinaban en no creer, desacreditando el Camino ante la gente, Pablo rompió con ellos y se llevó a los discípulos; y discutía todos los días en la escuela de Tirano.

10Esto duró dos años, y así todos los habitantes de Asia, lo mismo judíos que griegos, pudieron escuchar la palabra del Señor.

11Dios hacía por medio de Pablo milagros no comunes,

12hasta el punto que bastaba aplicar a los enfermos pañuelos o ropas que habían tocado su cuerpo para que se alejasen de ellos las enfermedades y saliesen los espíritus malos.

13Algunos exorcistas judíos ambulantes intentaron también invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: «Os conjuro por Jesús, a quien Pablo predica».

14Los que hacían esto eran siete hijos de un tal Esceva, sumo sacerdote judío.

15Pero el espíritu malo les respondió, diciendo: «Conozco a Jesús y sé quién es Pablo, pero ¿quiénes sois vosotros?».

16El hombre que tenía el espíritu malo se abalanzó sobre ellos y los dominó a todos, ejerciendo tal violencia sobre ellos que tuvieron que huir desnudos y malheridos de aquella casa.

17Esto llegó a conocimiento de todos los habitantes de Éfeso, judíos y griegos, que quedaron sobrecogidos de temor. Y se proclamaba la grandeza del nombre del Señor Jesús.

18Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar públicamente sus prácticas mágicas.

19Bastantes de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos. Se calculó su valor y dio como resultado cincuenta mil monedas de plata.

20Así iba creciendo poderosamente la palabra del Señor y ejercía su eficacia.

21Después de estos hechos, Pablo se propuso ir a Jerusalén, pasando por Macedonia y Acaya. Decía: «Después de haber estado allí, tengo que visitar también Roma».

22Envió a Macedonia a Timoteo y Erasto, dos de los que le asistían, mientras él se quedó algún tiempo en Asia.

23En aquella ocasión se produjo un tumulto no pequeño a propósito del Camino.

24Cierto platero, llamado Demetrio, proporcionaba a los orfebres ganancias no pequeñas labrando en plata templetes de Artemisa.

25Reuniendo a estos y a los demás obreros del ramo, les dijo: «Compañeros, sabéis por experiencia que nuestro bienestar depende de este trabajo,

26pero estáis viendo y oyendo que no solo en Éfeso, sino en casi toda Asia, ese Pablo ha seducido a mucha gente con sus persuasiones, diciéndoles que no son dioses los que se fabrican con las manos.

27Y no solo se corre el peligro de que caiga en descrédito este ramo de la industria, en perjuicio nuestro, sino también de que sea tenido en nada el templo de la gran diosa Artemisa y llegue a derrumbarse la majestad de aquella a quien da culto toda Asia y todo el mundo».

28Al oír esto, se enfurecieron y se pusieron a gritar, diciendo: «¡Grande es la Artemisa de los efesios!».

29La ciudad se llenó de confusión y todos a una se dirigieron furiosos hacia el teatro, arrastrando consigo a Gayo y a Aristarco, macedonios, compañeros de viaje de Pablo.

30Pablo quería entrar y presentarse ante el pueblo, pero los discípulos no lo dejaban.

31Incluso algunos asiarcas, que eran amigos suyos, le mandaron recado rogándole que no fuese al teatro.

32Mientras tanto, unos gritaban una cosa, otros otra, pues la asamblea era pura confusión y la mayoría no sabía para qué se habían reunido.

33Algunos de entre la gente aleccionaron a Alejandro, a quien los judíos habían empujado al podio. Alejandro, pidiendo silencio con la mano, quería hacer una defensa ante el pueblo,

34pero, cuando se dieron cuenta de que era judío, todos a una estuvieron gritando durante dos horas: «Es grande la Artemisa de los efesios».

35Cuando el magistrado logró calmar a la gente, dijo a su vez: «Efesios, ¿hay algún hombre que no sepa que la ciudad de los efesios es la guardiana del templo de la gran Artemisa y de la estatua caída del cielo?

36Ya que esto es indiscutible, es menester que os calméis y no obréis precipitadamente,

37pues habéis traído aquí a estos hombres que ni son sacrílegos ni blasfeman contra nuestra diosa.

38Por tanto, si Demetrio y los orfebres que lo acompañan tienen alguna querella contra alguien, hay audiencias públicas y hay procónsules; que presenten allí sus acusaciones recíprocas.

39Y si tenéis alguna otra demanda que hacer, se resolverá en la asamblea legal.

40Porque, además, corremos el peligro de ser acusados de sedición por lo que ha ocurrido hoy, no existiendo motivo alguno que nos permita justificar este alboroto». Y, después de decir esto, disolvió la asamblea.