Lectura 60 de 365
Deuteronomio 25-27 · Hechos de los Apóstoles 16
Deuteronomio 25
1Cuando dos hombres tengan un pleito, vayan a juicio y los juzguen, absolviendo al inocente y condenando al culpable,
2si el culpable merece una paliza, el juez lo hará tenderse en tierra, y en su presencia le darán los azotes que merece su delito.
3Pero solo le podrán dar hasta cuarenta y no más, no sea que, si se exceden en el número y la paliza resulte excesiva, tu hermano quede infamado a tus ojos.
4No le pondrás bozal al buey que trilla.
5Si dos hermanos viven juntos y uno de ellos muere sin tener hijos, la mujer del difunto no se casará con un extraño; su cuñado se casará con ella y cumplirá con ella su deber legal de cuñado:
6el primogénito que ella dé a luz, llevará el nombre del hermano difunto y así no se borrará su nombre de Israel.
7Pero si el cuñado no quiere casarse con ella, la cuñada acudirá a la puerta, a los ancianos, y dirá: “Mi cuñado se niega a perpetuar el nombre de su hermano en Israel; no quiere cumplir su deber de cuñado”.
8Entonces los ancianos de aquella ciudad lo citarán y le hablarán. Pero si insiste diciendo: “No quiero desposarla”,
9su cuñada se acercará a él en presencia de los ancianos, le quitará la sandalia de su pie, le escupirá a la cara y le dirá: “Así se trata al hombre que no quiere edificar la casa de su hermano”.
10Y en Israel se le llamará “La casa del descalzado”.
11Si un hombre está riñendo con su hermano y se acerca la mujer de uno de ellos para librar a su marido de la mano del que lo golpea, y mete ella la mano y agarra al otro por sus partes,
12le cortarás la mano sin compasión.
13No tendrás en tu bolsa pesas diferentes: más pesada y más ligera.
14No tendrás en tu casa medidas diferentes: más grande y más pequeña.
15Tendrás pesas cabales y justas, tendrás medidas cabales y justas, para que vivas mucho tiempo en la tierra que el Señor, tu Dios, te da.
16Porque quien hace esto, quien comete injusticia, es una abominación para el Señor, tu Dios.
17Recuerda lo que te hizo Amalec en el camino, a tu salida de Egipto;
18cómo te salió al paso en el camino cuando ibas agotado y extenuado y atacó por la espalda a todos los rezagados, sin temor de Dios.
19Por eso, cuando el Señor, tu Dios, te conceda descanso de tus enemigos de alrededor, en la tierra que el Señor, tu Dios, te da en herencia para que la poseas, borrarás la memoria de Amalec bajo el cielo. No lo olvides.
Deuteronomio 26
1Cuando entres en la tierra que el Señor, tu Dios, va a darte en heredad, cuando la tomes en posesión y habites en ella,
2tomarás una parte de las primicias de todos los frutos que coseches de la tierra que va a darte el Señor, tu Dios, las meterás en una cesta, irás al lugar que el Señor, tu Dios, haya elegido para morada de su nombre,
3te presentarás al sacerdote que esté en funciones por aquellos días y le dirás: “Declaro hoy al Señor, mi Dios, que he entrado en la tierra que el Señor juró a nuestros padres que nos daría”.
4El sacerdote tomará de tu mano la cesta y la pondrá ante el altar del Señor, tu Dios.
5Entonces tomarás la palabra y dirás ante el Señor, tu Dios: “Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí como emigrante, con pocas personas, pero allí se convirtió en un pueblo grande, fuerte y numeroso.
6Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud.
7Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestros gritos, miró nuestra indefensión, nuestra angustia y nuestra opresión.
8El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio de gran terror, con signos y prodigios,
9y nos trajo a este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana leche y miel.
10Por eso, ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me has dado”. Los pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del Señor, tu Dios.
11Y te regocijarás con el levita y el emigrante que vivan en tu vecindad, por todos los bienes que el Señor, tu Dios, te haya dado, a ti y a tu casa.
12Cada tres años, el año del diezmo, cuando termines de separar el diezmo de todas tus cosechas y se lo hayas dado al levita, al emigrante, al huérfano y a la viuda, para que coman hasta saciarse en tus ciudades,
13dirás ante el Señor, tu Dios: “He apartado de mi casa lo consagrado; se lo he dado al levita, al emigrante, al huérfano y a la viuda, conforme al precepto que me mandaste. No he quebrantado ni olvidado ningún precepto.
14No he comido de ello estando de luto, ni lo he apartado estando impuro, ni se lo he ofrecido a un muerto. He escuchado la voz del Señor, mi Dios, he cumplido lo que me mandaste.
15Mira desde tu santa morada, desde el cielo, y bendice a tu pueblo, Israel, y a esta tierra que nos diste, como habías jurado a nuestros padres, una tierra que mana leche y miel”.
16Hoy el Señor, tu Dios, te manda que cumplas estos mandatos y decretos. Acátalos y cúmplelos con todo tu corazón y con toda tu alma.
17Hoy has elegido al Señor para que él sea tu Dios y tú vayas por sus caminos, observes sus mandatos, preceptos y decretos, y escuches su voz.
18Y el Señor te ha elegido para que seas su propio pueblo, como te prometió, y observes todos sus preceptos.
19Él te elevará en gloria, nombre y esplendor, por encima de todas las naciones que ha hecho, y serás el pueblo santo del Señor, tu Dios, como prometió».
Deuteronomio 27
1Moisés y los ancianos de Israel mandaron al pueblo: «Observad todo precepto que yo os mando hoy.
2El día en que paséis el Jordán hacia la tierra que el Señor, tu Dios, te da, levantarás unas piedras grandes, las revocarás de cal,
3y escribirás en ellas todas las palabras de esta ley, cuando pases para entrar en la tierra que el Señor, tu Dios, te da, una tierra que mana leche y miel, como te dijo el Señor, Dios de tus padres.
4Cuando paséis el Jordán, levantaréis estas piedras que yo os mando hoy en el monte Ebal y las revocaréis con cal.
5Allí construirás un altar al Señor, tu Dios, un altar de piedras. No las labrarás con utensilios de hierro,
6sino que construirás un altar al Señor, tu Dios, de piedras intactas y ofrecerás sobre él holocaustos al Señor tu Dios.
7Allí inmolarás sacrificios de comunión, comerás y te regocijarás ante el Señor, tu Dios.
8Y escribirás sobre las piedras las palabras de esta ley; grábalas bien».
9Moisés y los sacerdotes levitas dijeron a todo Israel: «Calla y escucha, Israel: hoy te has convertido en el pueblo del Señor, tu Dios.
10Escucharás la voz del Señor, tu Dios, y cumplirás los preceptos y mandatos que yo te mando hoy».
11Aquel día Moisés ordenó al pueblo:
12«Cuando paséis el Jordán, para bendecir al pueblo se colocarán en el monte Garizín los siguientes: Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín.
13Y en el monte Ebal, para la maldición, se colocarán estos: Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí.
14Los levitas tomarán la palabra y dirán en voz alta a todos los hombres de Israel:
15Maldito el hombre que haga un ídolo tallado o fundido —abominación del Señor, obra de las manos de artífice— y lo coloque en lugar secreto. Y todo el pueblo dirá: Amén.
16Maldito quien desprecie a su padre o a su madre. Y todo el pueblo dirá: Amén.
17Maldito quien remueva los mojones de su vecino. Y todo el pueblo dirá: Amén.
18Maldito quien desvíe a un ciego en el camino. Y todo el pueblo dirá: Amén.
19Maldito quien viole el derecho del emigrante, del huérfano y de la viuda. Y todo el pueblo dirá: Amén.
20Maldito quien se acueste con la mujer de su padre, porque abre el lecho de su padre. Y todo el pueblo dirá: Amén.
21Maldito quien se acueste con cualquier bestia. Y todo el pueblo dirá: Amén.
22Maldito quien se acueste con su hermana, hija de su padre o hija de su madre. Y todo el pueblo dirá: Amén.
23Maldito quien se acueste con su suegra. Y todo el pueblo dirá: Amén.
24Maldito quien mate a escondidas a su prójimo. Y todo el pueblo dirá: Amén.
25Maldito quien se deje sobornar para quitar la vida a un inocente. Y todo el pueblo dirá: Amén.
26Maldito quien no mantenga las palabras de esta ley para cumplirlas. Y todo el pueblo dirá: Amén.
Hechos de los Apóstoles 16
1Llegó a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego.
2Los hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él.
3Pablo quiso que fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.
4Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y presbíteros de Jerusalén, para que las observasen.
5Las iglesias se robustecían en la fe y crecían en número de día en día.
6Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu Santo anunciar la palabra en Asia.
7Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió.
8Entonces dejaron Misia a un lado y bajaron a Tróade.
9Aquella noche, Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
10Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.
11Nos hicimos a la mar en Tróade y pusimos rumbo hacia Samotracia; al día siguiente salimos para Neápolis
12y de allí para Filipos, primera ciudad del distrito de Macedonia y colonia romana. Allí nos detuvimos unos días.
13El sábado salimos de la ciudad y fuimos a un sitio junto al río, donde pensábamos que había un lugar de oración; nos sentamos y trabamos conversación con las mujeres que habían acudido.
14Una de ellas, que se llamaba Lidia, natural de Tiatira, vendedora de púrpura, que adoraba al verdadero Dios, estaba escuchando; y el Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo.
15Se bautizó con toda su familia y nos invitó: «Si estáis convencidos de que creo en el Señor, venid a hospedaros en mi casa». Y nos obligó a aceptar.
16Una vez que íbamos nosotros al lugar de oración, nos salió al encuentro una joven esclava, poseída por un espíritu adivino, que proporcionaba a sus dueños grandes ganancias haciendo de adivina.
17Esta, yendo detrás de Pablo y de nosotros, gritaba y decía: «Estos hombres son siervos del Dios altísimo, que os anuncian un camino de salvación».
18Venía haciendo esto muchos días, hasta que Pablo, cansado de ello, se volvió al espíritu y le dijo: «Te ordeno en el nombre de Jesucristo que salgas de ella». Y en aquel momento salió de ella.
19Pero al ver sus amos que se les había ido su esperanza de ganancia, cogiendo a Pablo y a Silas, los arrastraron al ágora ante los magistrados
20y, presentándolos a los pretores, dijeron: «Estos hombres, judíos como son, están perturbando nuestra ciudad
21y están enseñando costumbres que no nos está permitido aceptar ni practicar, pues somos romanos».
22La plebe se amotinó contra ellos, y ordenaron que les arrancaran los vestidos y que los azotaran con varas;
23después de molerlos a palos, los metieron en la cárcel, encargando al carcelero que los vigilara bien;
24según la orden recibida, él los cogió, los metió en la mazmorra y les sujetó los pies en el cepo.
25A eso de media noche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios. Los presos los escuchaban.
26De repente, vino un terremoto tan violento que temblaron los cimientos de la cárcel. Al momento se abrieron todas las puertas, y a todos se les soltaron las cadenas.
27El carcelero se despertó y, al ver las puertas de la cárcel de par en par, sacó la espada para suicidarse, imaginando que los presos se habían fugado.
28Pero Pablo lo llamó a gritos, diciendo: «No te hagas daño alguno, que estamos todos aquí».
29El carcelero pidió una lámpara, saltó dentro, y se echó temblando a los pies de Pablo y Silas;
30los sacó fuera y les preguntó: «Señores, ¿qué tengo que hacer para salvarme?».
31Le contestaron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás tú y tu familia».
32Y le explicaron la palabra del Señor, a él y a todos los de su casa.
33A aquellas horas de la noche, el carcelero los tomó consigo, les lavó las heridas, y se bautizó enseguida con todos los suyos;
34los subió a su casa, les preparó la mesa, y celebraron una fiesta de familia por haber creído en Dios.
35Al hacerse de día, los pretores enviaron a los lictores con la orden: «Pon en libertad a esos hombres».
36El carcelero comunicó a Pablo la orden: «Los pretores han mandado a decir que os ponga en libertad. Ahora, pues, salid y continuad vuestro camino en paz».
37Pero Pablo les replicó: «A nosotros, ciudadanos romanos, nos han hecho azotar en público, sin previo juicio, y nos han arrojado a la cárcel, ¿y ahora nos quieren echar fuera a escondidas? De ninguna manera. Que vengan ellos en persona y nos saquen fuera».
38Los lictores comunicaron estas palabras a los pretores. Al oír que eran ciudadanos romanos, se asustaron,
39vinieron y les dieron satisfacción y, habiéndolos sacado fuera, les rogaban que se alejaran de la ciudad.
40Entonces ellos salieron de la cárcel y fueron a la casa de Lidia y, después de ver y animar a los hermanos, se marcharon.