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Lectura 54 de 365

Deuteronomio 7-9 · Hechos de los Apóstoles 10

Letra: Normal

Deuteronomio 7

1Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra, adonde vas a entrar para tomarla en posesión, y expulse ante ti a naciones numerosas —hititas, guirgasitas, amorreos, cananeos, perizitas, heveos y jebuseos— siete naciones más numerosas y fuertes que tú,

2y cuando el Señor, tu Dios, te las entregue y tú las derrotes, las consagrarás al exterminio. No concertarás alianza con ellas ni les tendrás compasión.

3No emparentarás con ellas: no darás tu hija a su hijo, ni tomarás su hijo para tu hija,

4porque apartaría a tu hijo de mí y servirían a otros dioses y se encendería la ira del Señor contra vosotros y os destruiría pronto.

5Por el contrario, así haréis con ellos: demoleréis sus altares, destrozaréis sus estelas, arrancaréis sus postes y prenderéis fuego a sus ídolos.

6Porque tú eres un pueblo santo para el Señor, tu Dios; el Señor, tu Dios, te eligió para que seas, entre todos los pueblos de la tierra, el pueblo de su propiedad.

7Si el Señor se enamoró de vosotros y os eligió, no fue por ser vosotros más numerosos que los demás, pues sois el pueblo más pequeño,

8sino que, por puro amor a vosotros y por mantener el juramento que había hecho a vuestros padres, os sacó el Señor de Egipto con mano fuerte y os rescató de la casa de esclavitud, del poder del faraón, rey de Egipto.

9Reconoce, pues, que el Señor, tu Dios, es Dios; él es el Dios fiel que mantiene su alianza y su favor con los que lo aman y observan sus preceptos, por mil generaciones.

10Pero castiga en su propia persona a quien lo odia, acabando con él. No se hace esperar; a quien lo odia, lo castiga en su propia persona.

11Observa, pues, el precepto, los mandatos y decretos que te mando hoy que cumplas.

12Si escucháis estos decretos, los observáis y los cumplís, el Señor, tu Dios, te mantendrá la alianza y el favor que juró a tus padres.

13Y te amará, te bendecirá y te multiplicará. Bendecirá el fruto de tu vientre y el fruto de tus tierras, tu trigo, tu mosto y tu aceite, las crías de tus reses y el parto de tus ovejas, en la tierra que juró a tus padres darte.

14Serás bendito entre todos los pueblos; no habrá estéril ni impotente entre los tuyos ni en tu ganado.

15El Señor alejará de ti toda enfermedad y no dejará caer sobre ti ninguna de las epidemias malignas de Egipto que conoces, sino que las descargará sobre cuantos te odian.

16Destruirás a todos los pueblos que el Señor, tu Dios, va a entregarte, no tendrás piedad de ellos ni servirás a sus dioses, pues sería una trampa para ti.

17Si pensaras: “Esas naciones son más numerosas que yo ¿cómo podré desposeerlas?”,

18no las temas. Acuérdate bien de lo que el Señor, tu Dios, hizo con el faraón y con todo Egipto,

19de las grandes pruebas que vieron tus ojos, de los signos y prodigios, la mano fuerte y el brazo poderoso con que el Señor, tu Dios, te sacó de allí. Así hará el Señor, tu Dios, con todos los pueblos a quienes temes.

20Incluso el Señor, tu Dios, enviará tábanos contra ellos hasta exterminar a los que se te hayan escapado y escondido.

21No tiembles ante ellos, pues en medio de ti está el Señor, tu Dios, un Dios grande y terrible.

22El Señor, tu Dios, irá arrojando delante de ti a esas naciones poco a poco. No debes exterminarlas de golpe, no sea que se multipliquen contra ti las fieras del campo.

23El Señor, tu Dios, las entregará ante ti y sembrará entre ellas gran pánico hasta destruirlas.

24Entregará a sus reyes en tu poder y harás desaparecer sus nombres bajo el cielo. Ninguno podrá resistir ante ti hasta que los hayas destruido.

25Prenderás fuego a las imágenes de sus dioses. No codiciarás el oro ni la plata que los recubre ni te apropiarás de ello, no sea que caigas en la trampa, pues eso es una abominación para el Señor, tu Dios.

26No metas en tu casa tal abominación, porque serás consagrado al exterminio como ella. Detéstala y aborrécela, pues está consagrada al exterminio.

Deuteronomio 8

1Observaréis cuidadosamente todos los preceptos que yo os mando hoy, para que viváis, os multipliquéis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor prometió con juramento a vuestros padres.

2Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.

3Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.

4Tus vestidos no se han gastado ni se te han hinchado los pies durante estos cuarenta años.

5Reconoce, pues, en tu corazón, que el Señor, tu Dios, te ha corregido, como un padre corrige a su hijo,

6para que observes los preceptos del Señor, tu Dios, sigas sus caminos y lo temas.

7Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra buena, tierra de torrentes, de fuentes y veneros que manan en el monte y la llanura,

8tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel,

9tierra en que no comerás tasado el pan, en que no carecerás de nada, tierra que lleva hierro en sus rocas y de cuyos montes sacarás cobre,

10entonces comerás hasta saciarte, y bendecirás al Señor, tu Dios, por la tierra buena que te ha dado.

11Guárdate de olvidar al Señor, tu Dios, no observando sus preceptos, sus mandatos y sus decretos que yo te mando hoy.

12No sea que, cuando comas hasta saciarte, cuando edifiques casas hermosas y las habites,

13cuando críen tus reses y ovejas, aumenten tu plata y tu oro, y abundes en todo,

14se engría tu corazón y olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud,

15que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó agua para ti de una roca de pedernal;

16que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres, para afligirte y probarte, y para hacerte el bien al final.

17Y no pienses: “Por mi fuerza y el poder de mi brazo me he creado estas riquezas”.

18Acuérdate del Señor, tu Dios: que es él quien te da la fuerza para adquirir esa riqueza, a fin de mantener la alianza que juró a tus padres, como lo hace hoy.

19Si olvidas al Señor, tu Dios, y vas en pos de otros dioses y les das culto, postrándote ante ellos, yo os aseguro hoy que pereceréis sin remedio.

20Lo mismo que las naciones que el Señor va a destruir ante vosotros así os destruirá también a vosotros, por no haber obedecido la voz de vuestro Dios.

Deuteronomio 9

1Escucha, Israel: tú vas a pasar hoy el Jordán, para desposeer a naciones más grandes y fuertes que tú, ciudades grandes y fortificadas hasta el cielo,

2un pueblo numeroso y corpulento, los anaquitas, que tú conoces y de quienes has oído decir: “¿Quién podrá resistir ante los hijos de Anac?”.

3Has de saber hoy que el Señor, tu Dios, pasará él mismo delante de ti como fuego devorador. Tú los desposeerás y los destruirás pronto, como te dijo el Señor.

4Cuando el Señor, tu Dios, los haya expulsado delante de ti, no pienses: “Por mi justicia me ha traído el Señor a tomar posesión de esta tierra”, y “el Señor ha desposeído delante de mí a esas naciones por su perversidad”.

5No vas a entrar y a tomar posesión de esas tierras por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón, pues el Señor, tu Dios, las va a desposeer delante de ti por la perversidad de esas naciones y para cumplir la palabra que el Señor juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob.

6Has de saber, por tanto, que el Señor, tu Dios, no te da en posesión esa tierra buena por tu justicia, pues eres un pueblo de dura cerviz.

7Recuerda y no olvides que provocaste al Señor, tu Dios, en el desierto: desde el día que saliste de la tierra de Egipto hasta que entrasteis en este lugar habéis sido rebeldes al Señor.

8En el Horeb provocasteis al Señor, y el Señor se irritó con vosotros y os quiso destruir.

9Cuando yo subí al monte a recibir las tablas de piedra, las tablas de la alianza que concertó el Señor con vosotros, me quedé en el monte cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua.

10Luego el Señor me entregó las dos tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios; en ellas estaban todas las palabras que os dijo el Señor en la montaña, desde el fuego, el día de la asamblea.

11Al cabo de cuarenta días y cuarenta noches, me entregó el Señor las dos tablas de piedra, las tablas de la alianza,

12y me dijo el Señor: “Levántate, baja de aquí enseguida, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han apartado del camino que les mandaste, se han fundido un ídolo”.

13El Señor continuó diciéndome: “He visto que este pueblo es un pueblo de dura cerviz.

14Déjame destruirlo y borrar su nombre bajo el cielo; de ti haré un pueblo más fuerte y numeroso que él”.

15Yo me volví y bajé de la montaña, mientras la montaña ardía; llevaba en las manos las dos tablas de la alianza.

16Miré y, en efecto, habíais pecado contra el Señor, vuestro Dios, os habíais hecho un becerro de fundición. Pronto os apartasteis del camino que el Señor os había mandado.

17Entonces agarré las tablas, las arrojé con las dos manos y las estrellé ante vuestros ojos.

18Luego, me postré ante el Señor cuarenta días y cuarenta noches, como la vez anterior, sin comer pan ni beber agua, pidiendo perdón por el pecado que habíais cometido, haciendo el mal a los ojos del Señor, irritándolo.

19Porque tenía miedo de que la ira y la cólera del Señor contra vosotros os destruyese. También aquella vez me escuchó el Señor.

20Con Aarón se irritó tanto el Señor que quería destruirlo, y entonces tuve que interceder también por Aarón.

21Después cogí el pecado que os habíais fabricado, el becerro, y lo quemé, lo machaqué, lo trituré hasta pulverizarlo como ceniza, y arrojé la ceniza en el torrente que baja de la montaña.

22En Taberá, en Masá y en Quibrot Atabá, provocasteis también al Señor.

23Y cuando el Señor os envió desde Cadés Barnea diciendo: “Subid y tomad posesión de la tierra que os he dado”, os rebelasteis contra la orden del Señor, no le creísteis ni escuchasteis su voz.

24Habéis sido rebeldes al Señor, desde el día que os conocí.

25Me postré ante el Señor, estuve postrado cuarenta días y cuarenta noches, porque el Señor pensaba destruiros.

26Y supliqué al Señor, diciendo: “Señor mío, no destruyas a tu pueblo, la heredad que redimiste con tu grandeza, que sacaste de Egipto con mano fuerte.

27Acuérdate de tus siervos, Abrahán, Isaac y Jacob, no te fijes en la terquedad de este pueblo, en su crimen y en su pecado,

28no sea que digan en la tierra de donde nos sacaste: ‘No pudo el Señor introducirlos en la tierra que les había prometido’, o: ‘Los sacó por odio, para matarlos en el desierto’.

29Son tu pueblo, la heredad que sacaste con tu gran fuerza y con tu brazo extendido”.

Hechos de los Apóstoles 10

1Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la cohorte llamada Itálica,

2piadoso y temeroso de Dios, al igual que toda su casa; daba muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios.

3Este, hacia la hora de nona, vio claramente en visión un ángel de Dios que fue a su encuentro y le dijo: «Cornelio».

4Él se quedó mirando, lleno de miedo, y dijo: «¿Qué hay, señor?». Le respondió: «Tus oraciones y tus limosnas han subido como memorial a la presencia de Dios.

5Ahora manda a alguien a Jafa y haz venir a un tal Simón llamado Pedro,

6que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, que tiene su casa a orillas del mar».

7Tan pronto como se marchó el ángel que le había hablado, llamó a dos siervos y a un soldado piadoso de los que estaban a su servicio,

8les contó todo y los mandó a Jafa.

9Al día siguiente, mientras estos caminaban y se acercaban a la ciudad, subió Pedro a la terraza hacia la hora de sexta para orar.

10Sintió hambre y quería tomar algo. Mientras se lo preparaban, le sobrevino un éxtasis:

11contemplando el cielo abierto y una especie de recipiente que bajaba, semejante a un gran lienzo, que era descolgado a la tierra sostenido por los cuatro extremos.

12Estaba lleno de toda especie de cuadrúpedos, reptiles de la tierra y aves del cielo.

13Y una voz le dijo: «Levántate, Pedro, mata y come».

14Pedro replicó: «De ningún modo, Señor, pues nunca comí cosa profana e impura».

15Y de nuevo por segunda vez le dice una voz: «Lo que Dios ha purificado, tú no lo consideres profano».

16Esto sucedió hasta tres veces y luego el receptáculo fue subido al cielo.

17Estaba todavía Pedro dándole vueltas al significado de la visión que había visto, cuando los hombres enviados por Cornelio, después de haber preguntado por la casa de Simón, llegaron a la puerta,

18y, a voces, preguntaban si Simón, llamado Pedro, se alojaba allí.

19Entonces dijo el Espíritu a Pedro, que seguía perplejo con la visión: «Mira, tres hombres te están buscando;

20levántate, baja y ponte en camino con ellos sin dudar, pues yo los he enviado».

21Bajando Pedro al encuentro de los hombres, les dijo: «Aquí estoy, yo soy el que buscáis. ¿Cuál es el motivo de vuestra venida?».

22Ellos le dijeron: «El centurión Cornelio, hombre justo y temeroso de Dios, acreditado además por el testimonio de todo el pueblo judío, ha recibido de un ángel santo la orden de hacerte ir a su casa y de escuchar tus palabras».

23Él los invitó a entrar y los alojó. Al día siguiente, se levantó y marchó con ellos, haciéndose acompañar por algunos de los hermanos de Jafa.

24Al día siguiente entró en Cesarea, donde Cornelio lo estaba esperando, reunido con sus parientes y amigos íntimos.

25Cuando iba a entrar Pedro, Cornelio le salió al encuentro y, postrándose, le quiso rendir homenaje.

26Pero Pedro lo levantó, diciéndole: «Levántate, que soy un hombre como tú».

27Entró en la casa conversando con él y encontró a muchas personas reunidas.

28Entonces les dijo: «Vosotros sabéis que a un judío no le está permitido relacionarse con extranjeros ni entrar en su casa, pero a mí Dios me ha mostrado que no debo llamar profano o impuro a ningún hombre;

29por eso, al recibir la llamada, he venido sin poner objeción. Decidme, pues, por qué motivo me habéis hecho venir».

30Cornelio dijo: «Hace cuatro días, a esta misma hora, cuando estaba haciendo la oración de la hora de nona en mi casa, se me presentó un hombre con vestido resplandeciente

31y me dijo: “Cornelio, Dios ha oído tu oración y ha recordado tus limosnas;

32envía, pues, a Jafa y haz venir a Simón, llamado Pedro, que se aloja en casa de un tal Simón curtidor, a orillas del mar”.

33Enseguida envié a por ti, y tú has hecho bien en venir. Ahora, aquí nos tienes a todos delante de Dios, para escuchar lo que el Señor te haya encargado decirnos».

34Pedro tomó la palabra y dijo: «Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas,

35sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea.

36Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.

37Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan.

38Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

39Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero.

40Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse,

41no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

42Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos.

43De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

44Todavía estaba exponiendo Pedro estos hechos, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra,

45y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles,

46porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios. Entonces Pedro añadió:

47«¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros?».

48Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Entonces le rogaron que se quedara unos días con ellos.