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Lectura 53 de 365

Deuteronomio 4-6 · Hechos de los Apóstoles 9

Letra: Normal

Deuteronomio 4

1Ahora, Israel, escucha los mandatos y decretos que yo os enseño para que, cumpliéndolos, viváis y entréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar.

2No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada; observaréis los preceptos del Señor, vuestro Dios, que yo os mando hoy.

3Vuestros ojos han visto lo que el Señor hizo en Baal Peor: el Señor, tu Dios, exterminó de en medio de ti a todos los que se fueron detrás de Baal Peor.

4En cambio, vosotros, que os pegasteis al Señor, seguís hoy todos con vida.

5Mirad: yo os enseño los mandatos y decretos, como me mandó el Señor, mi Dios, para que los cumpláis en la tierra donde vais a entrar para tomar posesión de ella.

6Observadlos y cumplidlos, pues esa es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia a los ojos de los pueblos, los cuales, cuando tengan noticia de todos estos mandatos, dirán: “Ciertamente es un pueblo sabio e inteligente esta gran nación”.

7Porque ¿dónde hay una nación tan grande que tenga unos dioses tan cercanos como el Señor, nuestro Dios, siempre que lo invocamos?

8Y ¿dónde hay otra nación tan grande que tenga unos mandatos y decretos tan justos como toda esta ley que yo os propongo hoy?

9Pero, ten cuidado y guárdate bien de olvidar las cosas que han visto tus ojos y que no se aparten de tu corazón mientras vivas; cuéntaselas a tus hijos y a tus nietos.

10El día que estuviste ante el Señor, tu Dios, en el Horeb, cuando el Señor me dijo: “Congrégame al pueblo y les haré oír mis palabras, para que aprendan a temerme mientras vivan en la tierra, y las enseñen a sus hijos”,

11vosotros os acercasteis y estuvisteis al pie de la montaña. La montaña ardía en llamas que se elevaban hasta el cielo entre nieblas y densas nubes.

12Entonces el Señor os habló de en medio del fuego. Vosotros oíais sonido de palabras, pero no veíais figura alguna, sino tan solo una voz.

13Él os anunció su alianza, que os mandó cumplir, las “diez palabras”, y las escribió en dos tablas de piedra.

14Y a mí me mandó el Señor entonces que os enseñase los mandatos y decretos para que los cumplierais en la tierra a la que vais a pasar para tomarla en posesión.

15Tened mucho cuidado —ya que no visteis figura alguna el día en que os habló el Señor en el Horeb, de en medio del fuego—

16no sea que os pervirtáis, fabricándoos ídolos, cualquier clase de figura: figura masculina o femenina,

17figura de animales terrestres o de pájaros que vuelan por el cielo,

18figura de reptiles que se arrastran por el suelo o de peces que hay en el agua debajo de la tierra.

19No sea que, levantando tus ojos al cielo y viendo el sol, la luna, las estrellas y todos los astros del firmamento, te dejes seducir y te postres ante ellos para darles culto, porque el Señor, tu Dios, se los asignó a todos los pueblos que hay bajo el cielo.

20En cambio a vosotros os tomó el Señor y os sacó del horno de hierro de Egipto, para que fueseis el pueblo de su heredad, como lo sois hoy.

21El Señor se irritó contra mí por culpa vuestra y juró que yo no pasaría el Jordán ni entraría en la tierra buena que el Señor, tu Dios, te da en herencia.

22Así pues, yo moriré en este país sin pasar el Jordán; vosotros, en cambio, pasaréis y tomaréis posesión de esta tierra buena.

23Guardaos de olvidar la alianza que el Señor, vuestro Dios, concertó con vosotros, y de fabricaros ídolos, cualquier figura de todo lo que te prohibió el Señor, tu Dios,

24porque el Señor, tu Dios, es fuego devorador, un Dios celoso.

25Cuando hayas engendrado hijos y nietos, y hayas envejecido en el país, si os pervertís, fabricándoos ídolos de cualquier clase, y hacéis el mal a los ojos del Señor, tu Dios, irritándolo,

26pongo hoy por testigos contra vosotros al cielo y a la tierra, de que desapareceréis pronto de la tierra que vais a tomar en posesión, pasando el Jordán. No se prolongarán vuestros días en ella, porque seréis completamente destruidos.

27El Señor os dispersará entre los pueblos y solo quedaréis unos pocos en las naciones adonde el Señor os conducirá.

28Allí serviréis a dioses, obra de las manos del hombre, piedra y madera, que no ven, ni oyen, ni comen, ni huelen.

29Entonces buscarás allí al Señor, tu Dios, y lo encontrarás si lo buscas con todo tu corazón y con toda tu alma.

30Cuando estés angustiado y te sucedan todas estas cosas, al cabo de los días, volverás al Señor, tu Dios, y escucharás su voz,

31porque el Señor, tu Dios, es un Dios compasivo; no te abandonará, ni te destruirá, ni olvidará la alianza que juró a tus padres.

32Pregunta a los tiempos antiguos, que te han precedido, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra; pregunta desde un extremo al otro del cielo, ¿sucedió jamás algo tan grande como esto o se oyó cosa semejante?

33¿Escuchó algún pueblo, como tú has escuchado, la voz de Dios, hablando desde el fuego, y ha sobrevivido?

34¿Intentó jamás algún dios venir a escogerse una nación entre las otras mediante pruebas, signos, prodigios y guerra y con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles portentos, como todo lo que hizo el Señor, vuestro Dios, con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?

35Te han permitido verlo, para que sepas que el Señor es el único Dios y no hay otro fuera de él.

36Desde el cielo hizo resonar su voz para enseñarte y en la tierra te mostró su gran fuego, y de en medio del fuego oíste sus palabras.

37Porque amó a tus padres y eligió a su descendencia después de ellos, él mismo te sacó de Egipto con gran fuerza,

38para desposeer ante ti a naciones más grandes y fuertes que tú, para traerte y darte sus tierras en heredad; como ocurre hoy.

39Así pues, reconoce hoy, y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra; no hay otro.

40Observa los mandatos y preceptos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz, tú y tus hijos, después de ti, y se prolonguen tus días en el suelo que el Señor, tu Dios, te da para siempre».

41Entonces Moisés separó tres ciudades al otro lado del Jordán, a oriente,

42para que se refugiase allí el homicida que matase a su prójimo involuntariamente y sin odiarlo antes, de modo que, refugiándose en una de esas ciudades, salvase la vida:

43Béser, en el desierto, en la altiplanicie, para los rubenitas; Ramod, en Galaad, para los gaditas, y Golán, en Basán, para los manasitas.

44Esta es la ley que Moisés propuso a los hijos de Israel.

45Estos son los estatutos, los mandatos y decretos que Moisés proclamó a los hijos de Israel, a su salida de Egipto,

46al otro lado del Jordán, en el valle, frente a Bet Peor, en la tierra de Sijón, rey de los amorreos, que habitaba en Jesbón, a quien Moisés y los hijos de Israel habían derrotado a su salida de Egipto

47y cuyo país habían conquistado, al igual que la tierra de Og, rey de Basán, dos reyes de los amorreos que había al lado oriental del Jordán:

48desde Aroer, a orillas del torrente Arnón, hasta la montaña de Sirión —es decir, el Hermón—

49y toda la Arabá al lado oriental del Jordán hasta el mar de la Arabá, a los pies del Pisgá.

Deuteronomio 5

1Moisés convocó a todo Israel y les dijo: «Escucha, Israel, los mandatos y decretos que yo os proclamo hoy. Aprendedlos y observadlos para cumplirlos.

2El Señor nuestro Dios concertó con nosotros una alianza en el Horeb.

3No concertó el Señor esta alianza con nuestros padres, sino con nosotros, con todos los que estamos vivos hoy, aquí.

4Cara a cara habló el Señor con vosotros en la montaña, desde el fuego.

5Yo estaba en aquel momento entre el Señor y vosotros para comunicaros la palabra del Señor, porque tuvisteis miedo del fuego y no subisteis a la montaña. Él dijo:

6“Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de la casa de esclavitud.

7No tendrás otros dioses frente a mí.

8No te fabricarás ídolos, ni figura alguna de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra.

9No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la culpa de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de los que me odian,

10pero tengo misericordia por mil generaciones de los que me aman y observan mis preceptos.

11No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso, porque no dejará impune el Señor a quien pronuncie su nombre en falso.

12Observa el día del sábado, para santificarlo, como el Señor, tu Dios, te ha mandado.

13Durante seis días trabajarás y harás todas tus tareas,

14pero el día séptimo es día de descanso, consagrado al Señor, tu Dios. No harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, ni tu buey, ni tu asno, ni tu ganado, ni el emigrante que reside en tus ciudades, para que descansen, como tú, tu esclavo y tu esclava.

15Recuerda que fuiste esclavo en la tierra de Egipto y que el Señor, tu Dios, te sacó de allí con mano fuerte y con brazo extendido. Por eso te manda el Señor, tu Dios, guardar el día del sábado.

16Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor, tu Dios, te ha mandado, para que se prolonguen tus días y te vaya bien en la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar.

17No matarás.

18No cometerás adulterio.

19No robarás.

20No darás testimonio falso contra tu prójimo.

21No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, su campo, su esclavo o su esclava, su buey o su asno, ni nada que sea de tu prójimo”.

22Estas son las palabras que proclamó el Señor con voz potente a toda vuestra asamblea, en la montaña, desde el fuego, la nube y la niebla. Y, sin añadir más, las escribió en dos tablas de piedra y me las entregó.

23Cuando oísteis la voz que salía de la tiniebla, mientras ardía la montaña, os acercasteis a mí todos vuestros jefes de tribu y vuestros ancianos,

24y me dijisteis: “El Señor, nuestro Dios, nos ha mostrado su gloria y su grandeza, y hemos oído su voz que salía del fuego. Hoy hemos visto que puede Dios hablar al hombre y seguir este con vida.

25Mas ahora ¿por qué hemos de morir?, pues este gran fuego podría devorarnos. Si seguimos oyendo la voz del Señor, nuestro Dios, moriremos.

26Porque ¿quién es el mortal que ha oído la voz del Dios vivo, hablando desde el fuego, y ha sobrevivido?

27Acércate tú y escucha todo lo que diga el Señor, nuestro Dios, y luego nos dirás todo lo que el Señor, nuestro Dios, te ha comunicado y nosotros lo escucharemos y lo cumpliremos”.

28El Señor oyó vuestro vocerío, mientras me hablabais, y me dijo: “He oído el vocerío de este pueblo, lo que te han dicho. Está bien todo lo que te han dicho.

29Ojalá conservaran ese mismo corazón, temiéndome y observando cada día todos mis mandamientos, para que les fuera bien a ellos y a sus hijos por siempre.

30Ve y diles: Volveos a vuestras tiendas.

31Tú, sin embargo, quédate aquí conmigo y te comunicaré todos los preceptos, los mandatos y decretos que has de enseñarles y ellos han de cumplir en la tierra que les voy a dar para que la tomen en posesión”.

32Debéis observar y cumplir lo que os mandó el Señor, vuestro Dios; no os apartéis a derecha ni a izquierda.

33Seguid siempre el camino que os mandó el Señor, vuestro Dios, para que viváis, os vaya bien y se prolonguen vuestros días en la tierra de la que vais a tomar posesión.

Deuteronomio 6

1Estos son los preceptos, los mandatos y decretos que el Señor, vuestro Dios, me mandó enseñaros para que los cumpláis en la tierra en cuya posesión vais a entrar,

2a fin de que temas al Señor, tu Dios, tú, tus hijos y tus nietos, observando todos sus mandatos y preceptos, que yo te mando, todos los días de tu vida, a fin de que se prolonguen tus días.

3Escucha, pues, Israel, y esmérate en practicarlos, a fin de que te vaya bien y te multipliques, como te prometió el Señor, Dios de tus padres, en la tierra que mana leche y miel.

4Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es uno solo.

5Amarás, pues, al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.

6Estas palabras que yo te mando hoy estarán en tu corazón,

7se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado;

8las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal;

9las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales.

10Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que había de darte, según juró a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido,

11casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, y comas hasta saciarte,

12guárdate de olvidar al Señor que te sacó de Egipto, de la casa de esclavitud.

13Al Señor, tu Dios, temerás, a él servirás y en su nombre jurarás.

14No iréis en pos de otros dioses, de los dioses de los pueblos que os rodean.

15Porque el Señor, tu Dios, que está en medio de ti, es un Dios celoso; no sea que se encienda la ira del Señor, tu Dios, contra ti y te extermine de la superficie de la tierra.

16No tentaréis al Señor, vuestro Dios, como lo habéis tentado en Masá.

17Observaréis cabalmente los preceptos del Señor, vuestro Dios, los estatutos y mandatos que te prescribió.

18Harás lo que es bueno y recto a los ojos del Señor, para que te vaya bien, entres y tomes posesión de la tierra buena, que juró el Señor a tus padres,

19arrojando ante ti a todos tus enemigos, como te dijo el Señor.

20Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos estatutos, mandatos y decretos que os mandó el Señor, nuestro Dios?”,

21responderás a tu hijo: “Éramos esclavos del faraón en Egipto, y el Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte.

22El Señor hizo signos y prodigios grandes y funestos contra el faraón y toda su corte, ante nuestros ojos.

23A nosotros nos sacó de allí, para introducirnos y darnos la tierra que prometió con juramento a nuestros padres.

24Y el Señor nos mandó cumplir todos estos mandatos, temiendo al Señor, nuestro Dios, para que nos vaya siempre bien y sigamos con vida, como hoy.

25Esta será nuestra justicia: observar toda esta ley ante el Señor, nuestro Dios, cumpliéndola, como nos ordenó”.

Hechos de los Apóstoles 9

1Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote

2y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.

3Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor.

4Cayó a tierra y oyó una voz que le decía: «Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».

5Dijo él: «¿Quién eres, Señor?». Respondió: «Soy Jesús, a quien tú persigues.

6Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».

7Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie.

8Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco.

9Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.

10Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión: «Ananías». Respondió él: «Aquí estoy, Señor».

11El Señor le dijo: «Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando,

12y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».

13Ananías contestó: «Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén,

14y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».

15El Señor le dijo: «Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel.

16Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».

17Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo: «Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».

18Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado.

19Comió, y recobró las fuerzas. Se quedó unos días con los discípulos de Damasco,

20y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

21Los oyentes quedaban pasmados y comentaban: «¿No es este el que hacía estragos en Jerusalén con los que invocan ese nombre? Y ¿no había venido aquí precisamente para llevárselos encadenados a los sumos sacerdotes?».

22Pero Pablo cobraba cada vez más ánimo y tenía confundidos a los judíos de Damasco, demostrando que Jesús es el Mesías.

23Pasados bastantes días, los judíos planearon matarlo,

24pero la conspiración llegó a conocimiento de Saulo. Vigilaban día y noche sobre todo las puertas, con la intención de matarlo.

25Entonces los discípulos lo tomaron y le hicieron salir de noche descolgándolo muro abajo en una espuerta.

26Llegado a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos, pero todos le tenían miedo, porque no se fiaban de que fuera discípulo.

27Entonces Bernabé, tomándolo consigo, lo presentó a los apóstoles y él les contó cómo había visto al Señor en el camino, lo que le había dicho y cómo en Damasco había actuado valientemente en el nombre de Jesús.

28Saulo se quedó con ellos y se movía con libertad en Jerusalén, actuando valientemente en el nombre del Señor.

29Hablaba y discutía también con los helenistas, que se propusieron matarlo.

30Al enterarse los hermanos, lo bajaron a Cesarea y lo enviaron a Tarso.

31La Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo.

32Pedro, que estaba recorriendo el país, bajó también a ver a los santos que residían en Lida.

33Encontró allí a un cierto Eneas, un paralítico que desde hacía ocho años no se levantaba de la camilla.

34Pedro le dijo: «Eneas, Jesucristo te da la salud; levántate y arregla tu lecho». Se levantó inmediatamente.

35Lo vieron todos los vecinos de Lida y de Sarón, y se convirtieron al Señor.

36Había en Jafa una discípula llamada Tabita, que significa Gacela. Tabita hacía infinidad de obras buenas y de limosnas.

37Por entonces cayó enferma y murió. La lavaron y la pusieron en la sala de arriba.

38Como Lida está cerca de Jafa, al enterarse los discípulos de que Pedro estaba allí, enviaron dos hombres a rogarle: «No tardes en venir a nosotros».

39Pedro se levantó y se fue con ellos. Al llegar, lo llevaron a la sala de arriba, y se le presentaron todas las viudas, mostrándole con lágrimas los vestidos y mantos que hacía Gacela mientras estuvo con ellas.

40Pedro, mandando salir fuera a todos, se arrodilló, se puso a rezar y, volviéndose hacia el cuerpo, dijo: «Tabita, levántate». Ella abrió los ojos y, al ver a Pedro, se incorporó.

41Él, dándole la mano, la levantó y, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva.

42Esto se supo por todo Jafa, y muchos creyeron en el Señor.

43Pedro permaneció bastantes días en Jafa en casa de un tal Simón, curtidor.