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Lectura 52 de 365

Deuteronomio 1-3 · Hechos de los Apóstoles 8

Letra: Normal

Deuteronomio 1

1Estas son las palabras que Moisés dijo a todo Israel, al otro lado del Jordán, en el desierto, en la Arabá, frente a Suf, entre Farán y Tofel, Labán, Jaserot y Dizahab.

2Once jornadas hay desde el Horeb hasta Cadés Barnea, por el camino del monte Seír.

3El año cuarenta, el día primero del undécimo mes, Moisés comunicó a los hijos de Israel todo lo que el Señor le había mandado para ellos.

4Después de haber derrotado a Sijón, rey de los amorreos, que habitaba en Jesbón, y a Og, rey de Basán, que habitaba en Astarot y Edreí,

5Moisés comenzó a exponer esta ley, al otro lado del Jordán. Decía:

6«El Señor nuestro Dios nos dijo en el Horeb: “Ya habéis pasado bastante tiempo en esta montaña.

7Poneos en marcha y dirigíos a la montaña de los amorreos y a todos los pueblos vecinos de la Arabá, a la montaña, a la Sefelá, al Negueb y a la costa —el territorio cananeo— al Líbano y hasta el Río Grande, el Éufrates.

8Mirad: yo os entrego esa tierra; id y tomad posesión de la tierra que el Señor juró dar a vuestros padres, Abrahán, Isaac y Jacob, y a sus descendientes”.

9Entonces yo os dije: “Yo solo no puedo cargar con vosotros.

10El Señor, vuestro Dios, os ha multiplicado, y hoy sois tan numerosos como las estrellas del cielo.

11Que el Señor, Dios de vuestros antepasados, os haga crecer mil veces más y os bendiga, como os prometió.

12Pero ¿cómo voy a soportar yo solo vuestras cargas, vuestros asuntos y vuestros pleitos?

13Elegid entre vuestras tribus hombres sabios, prudentes y expertos, y yo los nombraré jefes vuestros”.

14Y me contestasteis: “Está bien lo que nos propones”.

15Entonces tomé de los jefes de vuestras tribus, hombres sabios y expertos, y los constituí jefes vuestros: jefes de mil, de cien, de cincuenta y de diez, y oficiales para vuestras tribus.

16Y di esta orden a vuestros jueces: “Escuchad a vuestros hermanos y juzgad con justicia las causas que surjan entre vuestros hermanos o con emigrantes.

17No seáis parciales en la sentencia, oíd por igual a pequeños y grandes; no os dejéis intimidar por nadie, que la sentencia es de Dios. Si una causa os resulta demasiado difícil, pasádmela, y yo la resolveré”.

18En aquella circunstancia os mandé todo lo que teníais que hacer.

19Partimos luego del Horeb y atravesamos todo ese inmenso y terrible desierto que habéis visto, camino de la montaña de los amorreos, como el Señor nuestro Dios nos había mandado, y entramos en Cadés Barnea.

20Entonces os dije: “Habéis llegado a la montaña de los amorreos, que el Señor nuestro Dios nos da.

21Mira: El Señor, tu Dios, te entrega esta tierra. Sube y toma posesión de ella, como te ha dicho el Señor, Dios de tus padres. No temas ni te acobardes”.

22Entonces todos vosotros acudisteis a mí y dijisteis: “Enviemos por delante hombres que exploren la tierra y nos informen acerca del camino por donde hemos de subir y de las ciudades a donde hemos de entrar”.

23Me pareció bien la propuesta y tomé doce hombres de entre vosotros, uno por cada tribu.

24Ellos partieron y subieron hacia la montaña y llegaron hasta el valle de Escol y lo exploraron.

25Recogieron frutos de la tierra, descendieron y nos informaron: “La tierra que el Señor nuestro Dios va a darnos es buena”.

26Pero vosotros no quisisteis subir, os rebelasteis contra la orden del Señor, vuestro Dios,

27y murmurasteis en vuestras tiendas: “Por odio nos ha sacado el Señor de Egipto, para entregarnos en manos de los amorreos y aniquilarnos.

28¿Adónde vamos a subir? Nuestros hermanos nos han descorazonado al decir: ‘Es un pueblo más grande y corpulento que nosotros; las ciudades son grandes y fortificadas hasta el cielo. Y hasta anaquitas hemos visto allí’”.

29Yo os dije: “No os asustéis ni les tengáis miedo.

30El Señor, vuestro Dios, que os precede, combatirá por vosotros, como hizo ante vuestros mismos ojos en Egipto

31y en el desierto, donde has visto que el Señor, tu Dios, te llevaba, como un padre lleva a su hijo, a lo largo de todo el camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar”.

32Pero aun así no creísteis en el Señor, vuestro Dios,

33que os precedía en el camino para buscaros un lugar donde acampar, de noche mediante el fuego, para indicaros el camino que debíais seguir, y de día mediante la nube.

34El Señor oyó vuestras murmuraciones, se irritó y juró:

35“Ni uno solo de estos hombres, de esta generación perversa, verá la tierra buena que yo juré dar a vuestros padres,

36excepto Caleb, hijo de Jefone; él la verá y yo les daré, a él y a sus hijos, la tierra que ha pisado, por haber seguido plenamente al Señor”.

37También conmigo se irritó el Señor, por culpa vuestra, y me dijo: “Tampoco tú entrarás en ella.

38Será Josué, hijo de Nun, tu ayudante, quien entrará allí; anímalo, porque él hará que Israel posea la tierra”.

39Vuestros pequeños, de quienes dijisteis que servirían de botín, y vuestros hijos, que hoy no distinguen aún el bien del mal, ellos entrarán allí; a ellos se la daré y ellos la poseerán.

40Vosotros poneos en marcha y dirigíos hacia el desierto, camino del mar Rojo”.

41Entonces me respondisteis: “Hemos pecado contra el Señor. Nosotros subiremos a combatir, como el Señor nuestro Dios nos ha mandado”. Y os ceñisteis las armas y osasteis subir a la montaña.

42Pero el Señor me dijo: “Diles: No subáis a combatir, para que no seáis derrotados por vuestros enemigos, pues yo no estaré con vosotros”.

43Yo os lo dije, pero no me escuchasteis, os rebelasteis contra la orden del Señor y os obstinasteis en subir a la montaña.

44Los amorreos, que habitan en esa montaña, salieron a vuestro encuentro, os persiguieron como lo hacen las abejas y os derrotaron desde Seír hasta Jormá.

45Entonces volvisteis y llorasteis ante el Señor, pero el Señor no escuchó vuestra voz ni os hizo caso.

46Por eso tuvisteis que pasar tanto tiempo en Cadés; todo el tiempo que habéis estado allí.

Deuteronomio 2

1Luego nos pusimos en marcha y nos dirigimos al desierto, camino del mar Rojo, como el Señor me había mandado, y anduvimos rodeando la montaña de Seír durante muchos días.

2El Señor me dijo:

3“Basta ya de dar vueltas a esta montaña, dirigíos al norte.

4Y da esta orden al pueblo: Vais a pasar por el territorio de vuestros hermanos, los descendientes de Esaú, que habitan en Seír. Os temerán, pero tened mucho cuidado

5de no combatir contra ellos, pues no os daré ni un pie de sus tierras, porque la montaña de Seír se la he dado a Esaú en posesión.

6Los alimentos que comáis, se los compraréis con dinero e incluso el agua que bebáis se la pagaréis.

7Pues el Señor, tu Dios, te ha bendecido en todas tus empresas, se ha preocupado de tu marcha por este gran desierto; durante estos cuarenta años, el Señor, tu Dios, ha estado contigo, sin que te haya faltado nada”.

8Pasamos, pues, al lado de nuestros hermanos, los descendientes de Esaú, que habitan en Seír, por el camino de la Arabá, de Eilat y de Esión Guéber; giramos y pasamos por el camino del desierto de Moab.

9El Señor me dijo: “No provoques a Moab ni trabes combate con él, pues no te daré nada de su tierra en posesión, porque he dado Ar en posesión a los descendientes de Lot.

10(Antiguamente habitaban allí los emitas, pueblo grande, numeroso y corpulento, como los anaquitas.

11Tanto ellos como los anaquitas eran considerados como rafaítas, pero los moabitas los llamaban emitas.

12En Seír habitaron también antiguamente los joritas, pero los descendientes de Esaú los desposeyeron, los exterminaron y se establecieron en su lugar, como hizo Israel con la tierra de su posesión, que le dio el Señor).

13Ahora, levantaos y pasad el torrente Zéred”. Y pasamos el torrente Zéred.

14El tiempo que estuvimos caminando desde Cadés Barnea hasta que pasamos el torrente Zéred fue de treinta y ocho años; hasta que desapareció del campamento toda la generación de los hombres de guerra, como les había jurado el Señor.

15Pues la mano del Señor se alzó también contra ellos para arrojarlos del campamento hasta acabar con ellos.

16Cuando desaparecieron del pueblo todos los hombres de guerra porque murieron,

17me dijo el Señor:

18“Tú pasarás hoy la frontera de Moab, por Ar,

19y te encontrarás con los amonitas. No los provoques ni trabes combate con ellos, pues no te daré en posesión nada de la tierra de los amonitas, porque se la he dado en posesión a los descendientes de Lot.

20(También esta era considerada tierra de refaítas, pues los refaítas habitaron allí antiguamente, pero los amonitas los llamaban zanzumitas.

21Era un pueblo grande, numeroso y corpulento, como los anaquitas, pero el Señor los aniquiló ante los amonitas, que los desposeyeron y se establecieron en su lugar.

22Lo mismo que había hecho en favor de los descendientes de Esaú, que habitaban en Seír, exterminando a los joritas delante de ellos; los desposeyeron y se establecieron en su lugar hasta el día de hoy.

23Y también a los avitas, que moraban en aldeas hasta Gaza, los exterminaron los caftoritas, oriundos de Caftor, y se establecieron en su lugar).

24Levantaos, partid y pasad el torrente Arnón. Mira: te entrego a Sijón, el amorreo, rey de Jesbón, y todo su territorio. Comienza a conquistarlo y combate contra él.

25Hoy mismo comienzo a infundir terror y miedo de ti entre los pueblos que hay bajo el cielo, quienes, al oír hablar de ti, temblarán y se estremecerán”.

26Desde el desierto de Quedemot envié mensajeros a Sijón, rey de Jesbón, con palabras de paz:

27“Déjame pasar por tu territorio, iré siempre por el camino, sin desviarme a derecha ni a izquierda.

28La comida que coma me la venderás por dinero y el agua que beba te la pagaré. Solo déjame pasar a pie,

29como hicieron conmigo los descendientes de Esaú, que habitan en Seír, los moabitas, que habitan en Ar, hasta que atraviese el Jordán, hacia la tierra que nos da el Señor nuestro Dios”.

30Pero Sijón, rey de Jesbón, no quiso dejarnos pasar por allí, porque el Señor, tu Dios, había obcecado su espíritu y endurecido su corazón para entregarlo en tus manos, como aún ocurre hoy.

31El Señor me dijo: “Mira: Comienzo a entregarte a Sijón y su territorio; emprende la conquista de su territorio”.

32Sijón salió a nuestro encuentro con todo su pueblo para combatir en Yasá.

33El Señor nuestro Dios nos lo entregó y lo derrotamos a él, a sus hijos y a todo su pueblo.

34Entonces conquistamos todas sus ciudades y las consagramos al exterminio: hombres, mujeres y niños; no dejamos supervivientes.

35Solo tomamos como botín el ganado y los despojos de las ciudades conquistadas.

36Desde Aroer, a la orilla del torrente Arnón, y la ciudad que está en el valle, hasta Galaad, no hubo ciudad que se nos resistiera. El Señor nuestro Dios nos las entregó todas.

37Únicamente no te acercaste al territorio de los amonitas: la ribera del torrente Yaboc y las ciudades de la montaña, como había mandado el Señor nuestro Dios.

Deuteronomio 3

1Luego torcimos y subimos camino de Basán. Pero Og, rey de Basán, salió a nuestro encuentro con todo su pueblo para combatir en Edreí.

2El Señor me dijo: “No lo temas, pues voy a entregarlo en tus manos, con todo su pueblo y su territorio. Trátalo como trataste a Sijón, rey de los amorreos, que habitaba en Jesbón”.

3El Señor nuestro Dios entregó también en nuestras manos a Og, rey de Basán, y a todo su pueblo, y lo derrotamos hasta dejarlo sin supervivientes.

4Entonces conquistamos todas sus ciudades, sin dejar una por conquistar: sesenta ciudades, toda la región de Argob, del reino de Og en Basán.

5Todas ellas eran ciudades fortificadas, con altas murallas, portones y cerrojos, aparte de un gran número de ciudades sin fortificar.

6Las consagramos al exterminio, como habíamos hecho con Sijón, rey de Jesbón; consagramos al exterminio toda la ciudad: hombres, mujeres y niños,

7pero guardamos como botín todo el ganado y los despojos de las ciudades.

8Así conquistamos entonces los territorios de los dos reyes amorreos, de allende el Jordán, desde el torrente Arnón hasta el monte Hermón.

9(Los sidonios llaman al Hermón Sarión, y los amorreos lo llaman Sanir).

10Todas las ciudades de la meseta, todo Galaad y todo Basán hasta Salcá y Edreí, ciudades del reino de Og en Basán.

11(Pues Og, rey de Basán, era el único que quedaba de los refaítas. Su lecho, un lecho de hierro, es el que se muestra en Rabá de los amonitas; mide cuatro metros y medio de largo por dos de ancho).

12Este territorio, que ocupamos entonces: desde Aroer, que está a orillas del torrente Arnón, y la mitad de la montaña de Galaad con sus ciudades, se lo di a los rubenitas y gaditas.

13Y el resto de Galaad y todo Basán, reino de Og, se lo di a media tribu de Manasés: toda la región de Argob. (Todo este Basán es lo que se llama tierra de los refaítas).

14Yaír, hijo de Manasés, se quedó con toda la región de Argob, hasta la frontera de los guesuritas y de los maacatitas, y dio a Basán su propio nombre: Aldeas de Yaír, que aún conserva.

15A Maquir, le di Galaad.

16A los rubenitas y gaditas, les di de Galaad hasta el torrente Arnón, con la frontera en medio del torrente, y hasta el torrente Yaboc, frontera con los amonitas;

17también la Arabá, con el Jordán por frontera, desde Quinéret hasta el mar de la Arabá (el mar de la Sal), al pie de las laderas del Pisgá, a oriente.

18En aquella ocasión os mandé: “El Señor, vuestro Dios, os ha dado esta tierra en propiedad. Los armados, todos los guerreros, pasaréis delante de vuestros hermanos, los hijos de Israel.

19Solo vuestras mujeres, vuestros hijos y vuestros ganados —sé que tenéis mucho ganado— se quedarán en las ciudades que os he dado,

20hasta que el Señor conceda el descanso a vuestros hermanos, como a vosotros, y también ellos tomen posesión de la tierra que el Señor, vuestro Dios, les da allende el Jordán; entonces volveréis cada uno a la heredad que os he dado”.

21Entonces di esta orden a Josué: “Tus ojos han visto todo lo que el Señor, vuestro Dios, ha hecho con estos dos reyes. Así hará el Señor con todos los reinos por donde vais a pasar.

22No los temáis, porque el Señor, vuestro Dios, combate por vosotros”.

23En aquella ocasión supliqué al Señor:

24“Señor Dios, tú has comenzado a mostrar a tu siervo tu grandeza y el poder de tu mano, pues ¿qué dios hay en los cielos o en la tierra que haga obras o hazañas como las tuyas?

25Permíteme pasar para que vea la tierra buena que está al otro lado del Jordán, esas hermosas montañas y el Líbano”.

26Pero el Señor se irritó contra mí por culpa vuestra y no me escuchó. Y me dijo el Señor: “¡Basta ya! No vuelvas a hablarme de este asunto.

27Sube a la cima del Pisgá, levanta tus ojos hacia el oeste, el norte, el sur y el este, y contempla con tus ojos, pues no pasarás este Jordán.

28Da órdenes a Josué, confórtalo y anímalo, pues él pasará al frente de este pueblo y él les dará en posesión la tierra que estás viendo”.

29Y nos quedamos en el valle, frente a Bet Peor.

Hechos de los Apóstoles 8

1Saulo aprobaba su ejecución. Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.

2Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.

3Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.

4Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra.

5Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo.

6El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo:

7de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban.

8La ciudad se llenó de alegría.

9Pero un hombre llamado Simón se encontraba ya antes en la ciudad practicando la magia; tenía asombrada a la gente de Samaría y decía de sí mismo que era un personaje importante.

10Todos, desde el menor hasta el mayor, lo escuchaban con atención y decían: «Este es la potencia de Dios llamada la Grande».

11Lo escuchaban con atención, pues durante mucho tiempo los había asombrado con sus magias;

12pero cuando creyeron a Felipe que les anunciaba la Buena Nueva del reino de Dios y del nombre de Jesucristo, se bautizaban tanto los hombres como las mujeres.

13El mismo Simón también creyó y, una vez bautizado, estaba constantemente con Felipe, asombrado al ver los signos y grandes milagros que se obraban.

14Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan;

15ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo;

16pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús.

17Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo.

18Al ver Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se confería el Espíritu, les ofreció dinero,

19diciendo: «Dadme a mí también ese poder, de forma que reciba el Espíritu Santo aquel a quien yo imponga las manos».

20Pero Pedro le dijo: «¡Vaya tu dinero contigo a la perdición, pues has pensado que el don de Dios se compra con dinero!

21No tienes parte ni herencia en este asunto, porque tu corazón no es recto ante Dios.

22Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega al Señor, a ver si se te perdona este pensamiento de tu corazón,

23ya que veo que estás lleno de veneno amargo y esclavizado por la maldad».

24Respondió Simón y dijo: «Rogad por mí al Señor para que no me sobrevenga lo que habéis dicho».

25Ellos, pues, después de haber dado testimonio y haber proclamado la palabra del Señor, regresaron a Jerusalén anunciando la Buena Nueva a muchas aldeas de samaritanos.

26Un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo: «Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

27Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar.

28Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.

29El Espíritu dijo a Felipe: «Acércate y pégate a la carroza».

30Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó: «¿Entiendes lo que estás leyendo?».

31Contestó: «¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?». E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él.

32El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este: Como cordero fue llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, así no abre su boca.

33En su humillación no se le hizo justicia. ¿Quién podrá contar su descendencia? Pues su vida ha sido arrancada de la tierra.

34El eunuco preguntó a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».

35Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús.

36Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco: «Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».

37[« Dijo Felipe: Es posible si crees de todo corazón: Respondiendo él, dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios»]

38Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó.

39Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.

40Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.