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Lectura 45 de 365

Números 16-18 · Juan 21 · Hechos de los Apóstoles 1

Letra: Normal

Números 16

1Coré, hijo de Yisar, hijo de Queat, hijo de Leví; Datán y Abirón, hijos de Eliab, y On, hijo de Pélet, hijos de Rubén,

2se alzaron contra Moisés, y con ellos doscientos cincuenta de los hijos de Israel, jefes de la comunidad, distinguidos en la asamblea, y de buena reputación.

3Se amotinaron contra Moisés y Aarón y les dijeron: «¡Basta ya! La comunidad entera, todos y cada uno, está consagrada, y el Señor está en medio de ellos. ¿Por qué, pues, os encumbráis por encima de la asamblea del Señor?».

4Lo oyó Moisés y se postró rostro en tierra.

5Luego dijo a Coré y a toda su cuadrilla: «Mañana por la mañana hará saber el Señor quién es el que le pertenece y quién es el consagrado: le dejará acercarse; a quien sea elegido le dejará acercarse.

6Mirad, pues, lo que habéis de hacer Coré y toda su cuadrilla: tomad los incensarios,

7ponedles fuego y echadles incienso mañana ante el Señor. Aquel a quien el Señor elija, es el consagrado. ¡Basta ya, hijos de Leví!».

8Moisés dijo a Coré: «Escuchadme, hijos de Leví.

9¿Os parece poco que el Dios de Israel os haya apartado de la comunidad de Israel para que estéis junto a él, prestando el servicio a la Morada del Señor a disposición de la comunidad, atendiendo al culto en lugar de ella?

10A ti y a todos tus hermanos, los hijos de Leví, os ha puesto junto a sí, ¡y todavía se os antoja pretender el sacerdocio!

11Tú y toda tu cuadrilla os habéis amotinado contra el Señor, porque ¿quién es Aarón, para que protestéis contra él?».

12Moisés mandó llamar a Datán y Abirón, hijos de Eliab. Pero ellos respondieron: «No queremos ir.

13¿Te parece poco habernos sacado de una tierra que mana leche y miel para hacernos morir en el desierto, que todavía te eriges como jefe sobre nosotros?

14No nos has traído a ningún país que mana leche y miel, ni nos has dado una heredad de campos y viñedos. ¿Pretendes que estos hombres sean ciegos? ¡No acudiremos!».

15Moisés se enojó mucho y dijo al Señor: «No aceptes su ofrenda. Yo no les he quitado ningún asno, ni le he hecho mal a ninguno de ellos».

16Moisés dijo a Coré: «Tú y toda tu cuadrilla presentaos mañana delante del Señor; y Aarón con vosotros.

17Que tome cada uno su incensario, le ponga incienso y lo presente delante del Señor; cada uno su incensario: doscientos cincuenta incensarios en total. Tú también, y Aarón, presentad cada uno vuestro incensario».

18Tomó cada uno su incensario, le puso fuego, le echó incienso y se presentó a la entrada de la Tienda del Encuentro, lo mismo que Moisés y Aarón.

19Coré reunió contra estos a toda la comunidad a la puerta de la Tienda del Encuentro. Y se apareció la gloria del Señor a toda la comunidad.

20El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

21«Apartaos de esa comunidad, que los voy a consumir en un instante».

22Ellos se postraron rostro en tierra y clamaron: «Oh Dios, Dios de los espíritus de toda carne: ¿por un solo hombre que ha pecado, vas a enojarte con toda la comunidad?».

23Respondió el Señor a Moisés:

24«Habla a esa comunidad y diles: “Alejaos de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abirón”».

25Moisés se levantó y fue a donde estaban Datán y Abirón. Los ancianos de Israel le siguieron.

26Y dijo a la comunidad: «Apartaos, por favor, de las tiendas de esos hombres malvados y no toquéis nada de cuanto les pertenece, no sea que perezcáis por todos sus pecados».

27Ellos se apartaron de los alrededores de la morada de Coré, Datán y Abirón. Datán y Abirón, con sus mujeres, hijos y pequeñuelos, habían salido y estaban a la entrada de sus tiendas.

28Moisés dijo: «En esto conoceréis que es el Señor quien me ha enviado para hacer todas estas obras y que no es ocurrencia mía:

29si estos hombres mueren como muere cualquier mortal, según el destino común a todo hombre, es que el Señor no me ha enviado;

30pero si el Señor obra algo portentoso, si la tierra abre su boca y los traga con todo lo que les pertenece, y bajan vivos al Abismo, sabréis que esos hombres han despreciado al Señor».

31Y sucedió que, nada más terminar de decir estas palabras, se abrió el suelo debajo de ellos;

32la tierra abrió su boca y se los tragó, con todas sus familias, así como a toda la gente de Coré, con todas sus posesiones.

33Bajaron vivos al Abismo con todo lo que tenían. La tierra los cubrió y desaparecieron de la asamblea.

34A sus gritos huyeron todos los israelitas que estaban a su alrededor, pues se decían: «No vaya a tragarnos la tierra».

35Salía luego del Señor fuego que devoró a los doscientos cincuenta hombres que habían ofrecido el incienso.

Números 17

1El Señor habló a Moisés:

2«Di a Eleazar, hijo del sacerdote Aarón, que retire los incensarios de entre las cenizas y esparza las brasas a distancia,

3pues esos incensarios de pecado han sido consagrados a precio de la vida de esos hombres. Haced con ellos láminas de metal, para cubrir el altar, pues fueron presentados al Señor y quedaron así consagrados. Serán una señal para los hijos de Israel».

4Tomó el sacerdote Eleazar los incensarios de bronce que habían presentado los que perecieron en el fuego y los laminó con destino al altar.

5Sirven para avisar a los hijos de Israel que nadie que no sea de la estirpe de Aarón se acerque a ofrecer el incienso delante del Señor; no le ocurra lo que a Coré y a su cuadrilla, según se lo había anunciado el Señor por medio de Moisés.

6Al día siguiente, protestó toda la comunidad de los hijos de Israel contra Moisés y Aarón, diciendo: «Habéis matado al pueblo del Señor».

7Como se amotinaba la comunidad contra Moisés y Aarón, estos se volvieron hacia la Tienda del Encuentro. Y vieron que la Nube la había cubierto y se había aparecido la gloria del Señor.

8Moisés y Aarón se pusieron delante de la Tienda del Encuentro.

9El Señor dijo a Moisés:

10«Alejaos de esa comunidad, que voy a consumirlos en un instante». Pero ellos se postraron rostro en tierra.

11Y dijo Moisés a Aarón: «Toma el incensario, ponle brasas de las que hay sobre el altar, echa incienso y vete de prisa a la comunidad a expiar por ella. Porque la Ira ha salido ya de la presencia del Señor y ha comenzado la plaga».

12Aarón tomó el incensario como le había dicho Moisés y corrió a ponerse entre la gente; la plaga había comenzado ya en el pueblo. Echó el incienso e hizo la expiación por el pueblo.

13Se plantó entre los muertos y los vivos, y la plaga se detuvo.

14Los muertos por aquella plaga fueron catorce mil setecientos, sin contar los que murieron por el motín de Coré.

15Luego Aarón se volvió a donde estaba Moisés, a la puerta de la Tienda del Encuentro: había cesado ya la plaga.

16El Señor habló a Moisés:

17«Di a los hijos de Israel que te den una vara por cada familia: doce varas de todos los jefes de familias patriarcales. Y escribe el nombre de cada uno en su vara.

18En la vara de Leví escribe el nombre de Aarón, pues ha de haber una sola rama por jefe de familia.

19Las depositarás en la Tienda del Encuentro, delante del Testimonio, donde me suelo manifestar a ti.

20Aquel cuya vara florezca, es el que yo elijo. Así dejarán de llegarme las murmuraciones de los hijos de Israel contra vosotros».

21Moisés habló a los hijos de Israel y cada uno de los jefes le dio una vara, una por cada jefe de familia: doce varas. Entre ellas estaba también la vara de Aarón.

22Moisés depositó las varas ante el Señor en la Tienda del Testimonio.

23Al día siguiente, cuando Moisés entró en la Tienda del Testimonio, vio que había florecido la vara de Aarón, representante de la casa de Leví: le habían brotado yemas, había florecido y había producido almendras.

24Moisés retiró todas las varas de la presencia del Señor, y las presentó a los hijos de Israel; las vieron y cada uno recogió su rama.

25Entonces dijo el Señor a Moisés: «Vuelve a poner la vara de Aarón delante del Testimonio, para guardarla como señal contra los rebeldes: así acabarán las murmuraciones y no morirán».

26Moisés lo hizo exactamente como le había mandado el Señor.

27Los hijos de Israel dijeron a Moisés: «¡Estamos perdidos! ¡Hemos perecido todos!, ¡hemos perecido!

28Cualquiera que se acerque a la Morada del Señor, morirá. ¿Es que vamos a perecer todos hasta no quedar uno?».

Números 18

1Entonces el Señor dijo a Aarón: «Tú, tus hijos y la casa de tu padre cargaréis con las faltas que se cometan contra el santuario. Tú y tus hijos cargaréis con las faltas de vuestro sacerdocio.

2Haz que se acerquen también tus hermanos de la tribu de Leví, de la tribu de tu padre. Que se unan a ti y os sirvan a ti y a tus hijos delante de la Tienda del Testimonio.

3Estarán a tu servicio y al de toda la Tienda. Pero que no se acerquen ni a los objetos sagrados ni al altar, así no moriréis ni ellos ni vosotros.

4Se unirán a ti y atenderán al servicio de la Tienda del Encuentro, a todos los servicios de la Tienda, y ningún laico se acercará a vosotros.

5Vosotros estaréis al servicio del santuario y del altar, y así no estallará de nuevo la Ira contra los hijos de Israel.

6Yo he elegido a vuestros hermanos los levitas, de entre los demás hijos de Israel. Son un don que os hago; son “donados” al Señor para prestar servicio en la Tienda del Encuentro.

7Pero tú y tus hijos atenderéis a vuestro sacerdocio en todo lo referente al altar y en todo lo que está detrás del velo. Os doy vuestro sacerdocio como un don. El extraño que se acerque, morirá».

8El Señor dijo a Aarón: «Te confío el ministerio de lo que se reserva para mí. Todo lo que consagran los hijos de Israel te lo doy a ti y a tus hijos, por razón de tu unción. Es un derecho perpetuo.

9Esto es lo que te corresponde de las cosas santísimas que se retiran del fuego: todas sus ofrendas que me restituyan, como oblación, como sacrificio expiatorio, o como sacrificio de reparación, son santísimas: te corresponden a ti y a tus hijos.

10Os alimentaréis de las cosas santísimas. Todo varón las podrá comer. Las tendrás por cosa santa.

11Además, te corresponde la parte reservada de todo lo que los hijos de Israel entreguen como ofrenda de balanceo ritual; te la doy a ti, a tus hijos y a tus hijas como don perpetuo. Cualquiera de tu casa que esté puro lo podrá comer.

12Todo lo mejor del aceite y la flor del mosto y del trigo, las primicias que ofrezcan al Señor, te las doy a ti.

13Los primeros productos que presenten al Señor, de todo lo que produzca su tierra, serán para ti. Todo el que esté puro en tu casa lo podrá comer.

14Todo lo que consagren al exterminio los hijos de Israel, será para ti.

15Todo primogénito de cualquier especie, hombre o animal, que sea presentado al Señor, será para ti. Pero harás que rescaten al primogénito del hombre y al primogénito de animal impuro.

16Los harás rescatar al mes de nacidos, según valoración, por unos sesenta gramos de plata, en siclos del santuario, que son de veinte óbolos.

17Pero los primeros partos de vaca, o de oveja, o de cabra, no se rescatarán: son cosa santa. Derramarás su sangre sobre el altar, quemarás su grasa como manjar al fuego de aroma que aplaca al Señor.

18Su carne te corresponde a ti, igual que el pecho del balanceo y la pierna derecha.

19Todo lo reservado de las cosas santas que los hijos de Israel reservan al Señor, te lo doy a ti, a tus hijos y a tus hijas, como derecho perpetuo. Es una alianza de sal, para siempre, delante del Señor, para ti y tu descendencia».

20El Señor dijo a Aarón: «Tú no tendrás heredad ninguna en su tierra; no habrá para ti porción entre ellos. Yo soy tu porción y tu heredad en medio de los hijos de Israel.

21Doy como heredad a los hijos de Leví todos los diezmos de Israel, a cambio del servicio que prestan en la Tienda del Encuentro.

22Los hijos de Israel no volverán a acercarse a la Tienda del Encuentro: incurrirían en un pecado y morirían.

23Será Leví el que preste servicio en la Tienda del Encuentro: ellos serán los responsables. Es un decreto perpetuo para vuestros descendientes: no tendrán heredad entre los hijos de Israel,

24porque yo les doy como heredad a los levitas los diezmos que los hijos de Israel reservan para el Señor. Por eso les he dicho que no tendrán heredad en medio de los hijos de Israel».

25El Señor habló a Moisés:

26«Di a los levitas: “Cuando percibáis de los hijos de Israel el diezmo que yo tomo de ellos y os doy en heredad, ofreceréis lo reservado para el Señor: el diezmo del diezmo.

27Vuestra ofrenda reservada será considerada como la del trigo de la era y el mosto del lagar.

28Así, también vosotros ofreceréis previamente lo reservado para el Señor de todos los diezmos que percibáis de los hijos de Israel. Se la daréis al sacerdote Aarón como ofrenda reservada para el Señor.

29De todos los dones que recibáis, reservaréis la reserva del Señor: lo mejor de todo lo consagrado”.

30Diles también: “Una vez que hayáis reservado lo mejor, que equivale para los levitas al producto de la era y al producto del lagar,

31lo podéis comer, en cualquier lugar, vosotros y vuestras familias: es vuestro salario por vuestro servicio en la Tienda del Encuentro.

32Si antes habéis reservado lo mejor, no tendréis que cargar por ello con ningún pecado, no profanaréis las cosas que los hijos de Israel me han consagrado y no moriréis”».

Juan 21

1Después de esto Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

2Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

3Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo». Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

4Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

5Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No».

6Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces.

7Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor». Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua.

8Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces.

9Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.

10Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger».

11Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

12Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

13Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.

14Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

15Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». Él le contestó: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis corderos».

16Por segunda vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Él le contesta: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Él le dice: «Pastorea mis ovejas».

17Por tercera vez le pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó: «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Jesús le dice: «Apacienta mis ovejas.

18En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».

19Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

20Pedro, volviéndose, vio que les seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».

21Al verlo, Pedro dice a Jesús: «Señor, y este, ¿qué?».

22Jesús le contesta: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».

23Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».

24Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.

25Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.

Hechos de los Apóstoles 1

1En mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo

2hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.

3Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.

4Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino «aguardad que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar,

5porque Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».

6Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».

7Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad;

8en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra».

9Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista.

10Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco,

11que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».

12Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado.

13Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago.

14Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

15Uno de aquellos días, Pedro se puso en pie en medio de los hermanos (había reunidas unas ciento veinte personas) y dijo:

16«Hermanos, tenía que cumplirse lo que el Espíritu Santo, por boca de David, había predicho, en la Escritura, acerca de Judas, el que hizo de guía de los que arrestaron a Jesús,

17pues era de nuestro grupo y le cupo en suerte compartir este ministerio.

18Este, pues, adquirió un campo con un salario injusto y, cayendo de cabeza, reventó por medio y se esparcieron todas sus entrañas.

19Y el hecho fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén, por lo que aquel campo fue llamado en su lengua Hacéldama, es decir, «campo de sangre».

20Y es que en el libro de los Salmos está escrito: “Que su morada quede desierta, y que nadie habite en ella”, y también: “Que su cargo lo ocupe otro”.

21Es necesario, por tanto, que uno de los que nos acompañaron todo el tiempo en que convivió con nosotros el Señor Jesús,

22comenzando en el bautismo de Juan hasta el día en que nos fue quitado y llevado al cielo, se asocie a nosotros como testigo de su resurrección.

23Propusieron dos: José, llamado Barsabá, de sobrenombre Justo, y Matías.

24Y rezando, dijeron: «Señor, tú que penetras el corazón de todos, muéstranos a cuál de los dos has elegido

25para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado, del que ha prevaricado Judas para marcharse a su propio puesto».

26Les repartieron suertes, le tocó a Matías, y lo asociaron a los once apóstoles.