Lectura 329 de 365
Daniel 8-9 · Salmos 114
Daniel 8
1El año tercero del reinado del rey Baltasar, yo, Daniel, tuve otra visión, después de la que había tenido al principio.
2Contemplaba la visión y, en ella, yo me encontraba en la ciudadela de Susa, en la provincia de Elán; en mi visión yo estaba junto al río Ulay.
3Levanté la vista, miré y vi un carnero que estaba situado delante del río y que tenía dos cuernos. Los dos cuernos eran grandes, pero uno era más grande que el otro, y el más grande salía del otro.
4Vi al carnero que atacaba hacia el Oeste, el Norte y el Sur, y ninguna bestia podía resistir ante él ni librarse de su poder. Hacía lo que quería, y se engrandeció.
5Yo estaba reflexionando y vi un macho cabrío que venía de occidente por la superficie de toda la tierra sin tocar el suelo. El macho cabrío tenía un formidable cuerno entre los ojos.
6Llegó hasta el carnero de los dos cuernos que yo había visto situado delante del río, y arremetió contra él con la furia de su fuerza.
7Lo vi correr hacia el carnero, y, enfurecido contra él, embistió al carnero y le rompió los dos cuernos; y el carnero no tuvo fuerza para resistirle. Lo derribó a tierra y lo pisoteó sin que hubiera nadie que librara al carnero de su poder.
8El macho cabrío se hizo extraordinariamente grande, pero al crecer su poderío, se le rompió aquel cuerno grande y en su lugar surgieron otros cuatro hacia los cuatro puntos cardinales.
9Y de uno de ellos salió otro cuerno pequeño que creció mucho hacia el Sur, hacia el Oriente y hacia la Tierra Hermosa.
10Se alzó contra el ejército de los cielos y derribó parte de ese ejército y de las estrellas; y los pisoteó.
11Se elevó hasta el jefe del ejército, suprimió el sacrificio cotidiano y derribó su santuario.
12Se le dio un ejército contra el sacrificio cotidiano por los pecados, arrojó por tierra la verdad y actuó con éxito.
13Después oí a un santo que hablaba, y a otro santo que decía al que estaba hablando: «¿Hasta cuándo durará la visión: el sacrificio cotidiano, el pecado de la actual desolación, el santuario y el ejército pisoteados?».
14Y le contestó: «Dos mil trescientas tardes y mañanas, y será purificado el santuario».
15Yo, Daniel, seguía contemplando la visión y trataba de comprenderla, cuando apareció ante mí como la imagen de un hombre.
16Oí una voz humana junto al río Ulay, que gritó diciendo: «Gabriel, explícale la visión».
17Se acercó adonde yo estaba, y al acercarse me aterroricé y caí de bruces. Me dijo:—Comprende, hijo de hombre, que la visión tendrá su cumplimiento en el tiempo final.
18Mientras él hablaba conmigo, quedé inconsciente rostro a tierra, pero me tocó y me hizo ponerme en pie.
19Me dijo: —Voy a darte a conocer lo que sucederá al final del tiempo de la cólera, pues está fijado el fin.
20El carnero dotado con dos cuernos que has visto son los reyes de Media y de Persia,
21y el macho cabrío es el rey de Grecia, siendo el cuerno grande que había entre sus ojos el primer rey.
22Una vez roto este, surgieron cuatro en su lugar; son cuatro reinos que surgieron de su pueblo, pero no con la misma fuerza.
23Al final de sus reinados, al colmarse las prevaricaciones, se alzará un rey insolente y experto en argucias.
24Su fuerza será poderosa, aunque no por ella misma; devastará obras maravillosas, actuará con gran éxito y destruirá a los poderosos y al pueblo de los santos.
25Con su astucia hará prosperar el fraude en sus manos, se engrandecerá en su corazón y fríamente destruirá a muchos. Se alzará contra el príncipe de príncipes, pero sin intervención humana será destrozado.
26La visión sobre la tarde y la mañana de la que se ha hablado es verdad. Pero tú sella la visión porque es para días lejanos.
27Yo, Daniel, languidecí y estuve enfermo varios días. Después me levanté y me ocupé de los asuntos del rey, pero estaba confundido por la visión sin comprenderla.
Daniel 9
1El año primero de Darío, hijo de Asuero, medo de linaje y rey de los caldeos,
2el año primero de su reinado, yo, Daniel, indagué en los libros la palabra del Señor dicha al profeta Jeremías acerca del número de años que Jerusalén había de quedar en ruinas: era setenta años.
3Después me dirigí al Señor Dios, implorándole con oraciones y súplicas, con ayuno, saco y ceniza.
4Oré al Señor, mi Dios, y le hice esta confesión: «Ay, mi Señor, Dios grande y terrible, que guarda la alianza y es leal con los que lo aman y cumplen sus mandamientos.
5Hemos pecado, hemos cometido crímenes y delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos.
6No hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.
7Tú, mi Señor, tienes razón y a nosotros nos abruma la vergüenza, tal como sucede hoy a los hombres de Judá, a los habitantes de Jerusalén y a todo Israel, a los de cerca y a los de lejos, en todos los países por donde los dispersaste a causa de los delitos que cometieron contra ti.
8Señor, nos abruma la vergüenza: a nuestros reyes, príncipes y padres, porque hemos pecado contra ti.
9Pero, mi Señor, nuestro Dios, es compasivo y perdona, aunque nos hemos rebelado contra él.
10No obedecimos la voz del Señor, nuestro Dios, siguiendo las normas que nos daba por medio de sus siervos, los profetas.
11Todo Israel faltó a tu ley y se desvió sin escuchar tu voz; por eso han caído sobre nosotros la maldición y el juramento escritos en la ley de Moisés, siervo de Dios, pues hemos pecado contra él.
12Él ha cumplido las palabras que pronunció contra nosotros y contra nuestros jefes que nos gobernaban, enviándonos una calamidad tan grande que no ha habido otra bajo el cielo como la que ha sucedido en Jerusalén.
13Ha caído sobre nosotros toda esta desgracia según está escrito en la ley de Moisés, y no hemos aplacado al Señor, nuestro Dios, convirtiéndonos de nuestros crímenes y reconociendo tu verdad.
14El Señor estuvo atento a la desgracia y la trajo sobre nosotros, porque el Señor, nuestro Dios, es justo en todo lo que hace y no hemos escuchado su voz.
15Ahora, mi Señor, Dios nuestro, que sacaste a tu pueblo de Egipto con mano fuerte y te hiciste un nombre como el que hoy tienes, hemos pecado y obrado inicuamente.
16Señor mío, según toda tu justicia, retira, por favor, tu ira y tu furor de tu ciudad de Jerusalén, tu monte santo, porque, por nuestros pecados y por los crímenes de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son afrenta ante todos los que nos rodean.
17Escucha ahora, Dios nuestro, la oración de tu siervo y sus súplicas, y por tu honor haz brillar tu rostro sobre tu santuario asolado, mi Señor.
18Ay, mi Señor, inclina tu oído y escúchame; abre los ojos y mira nuestra desolación y la ciudad que lleva tu nombre; pues, al presentar ante ti nuestras súplicas, no confiamos en nuestra justicia, sino en tu gran compasión.
19Escucha, Señor; perdona, Señor; atiende, Señor; actúa sin tardanza, Señor mío, por tu honor, pues tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo».
20Aún estaba yo hablando y suplicando, confesando mi pecado y el de mi pueblo, Israel, y presentando mis súplicas al Señor mi Dios en favor de su monte santo;
21aún estaba pronunciando la súplica, cuando aquel hombre, Gabriel, el que había visto al comienzo en la visión, llegó volando hasta mí a la hora de la ofrenda vespertina.
22Al llegar, me habló así: —Daniel, acabo de salir para hacer que comprendas.
23Al principio de tus súplicas se pronunció una sentencia, y yo he venido para comunicártela, porque eres un predilecto. Entiende la sentencia, comprende la visión:
24Setenta semanas están decretadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa; para poner fin al delito, cancelar el pecado y expiar el crimen, para traer una justicia eterna, para que se cumpla la visión y la profecía, y para ungir el santo de los santos.
25Has de saberlo y comprenderlo: desde que se decretó la vuelta y la reconstrucción de Jerusalén hasta un príncipe ungido pasarán siete semanas; y pasarán sesenta y dos semanas; y entonces será reconstruida con calles y fosos, pero serán tiempos de angustia.
26Pasadas las sesenta y dos semanas, matarán a un ungido inocente. Vendrá un príncipe con su tropa y arrasará la ciudad y el templo, pero su final será un cataclismo; guerra y destrucción están decretadas hasta el fin.
27Hará una alianza firme con muchos durante una semana: durante media semana hará cesar sacrificios y ofrendas, y pondrá sobre el altar la abominación de la desolación, hasta que el fin decretado le llegue al desolador.
Salmo 114
1Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
2Judá fue su santuario, Israel fue su dominio.
3El mar, al verlos, huyó; el Jordán se echó atrás;
4los montes saltaron como carneros; las colinas, como corderos.
5¿Qué te pasa, mar, que huyes, y a ti, Jordán, que te echas atrás?
6¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros; colinas, que saltáis como corderos?
7En presencia del Señor, estremécete, tierra, en presencia del Dios de Jacob;
8que transforma las peñas en estanques, el pedernal en manantiales de agua.