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Lectura 288 de 365

Jeremías 37-38 · Salmos 73

Letra: Normal

Jeremías 37

1A Jeconías, hijo de Joaquim, le sucedió en el trono Sedecías, hijo de Josías, a quien Nabucodonosor, rey de Babilonia, había nombrado rey de Judá.

2Pero ni él, ni sus oficiales ni el pueblo de la tierra habían hecho caso de las palabras que el Señor les había comunicado por medio del profeta Jeremías.

3El rey Sedecías envió a Jucal, hijo de Selemías, y al sacerdote Sofonías, hijo de Maasías, para que dijeran a Jeremías: «Reza por nosotros al Señor, nuestro Dios».

4Por entonces Jeremías andaba entre la gente, pues todavía no había sido encarcelado.

5El ejército del faraón había salido de Egipto. Cuando los caldeos que asediaban Jerusalén se enteraron de la noticia, levantaron el cerco de la ciudad.

6Entonces el profeta Jeremías recibió esta palabra del Señor:

7«Esto dice el Señor, Dios de Israel: Decid esto al rey de Judá que os ha enviado a consultarme: Mirad, el ejército del faraón, que se había movilizado para ayudaros, ha regresado a Egipto, su país.

8Los caldeos que atacaban esta ciudad volverán, la tomarán y prenderán fuego a esta ciudad.

9Esto dice el Señor: No os engañéis pensando que los caldeos van a levantar el cerco y se van a retirar, pues no se retirarán.

10Además, aunque derrotarais a todo el ejército caldeo que ahora os ataca, con tal de que quedasen en las tiendas unos cuantos heridos, se levantarían y pegarían fuego a esta ciudad».

11Cuando el ejército caldeo estaba levantando el cerco de Jerusalén para replegarse ante el avance del ejército del faraón,

12salió Jeremías de Jerusalén camino del territorio de Benjamín para asistir a un reparto de tierras entre su gente.

13Cuando se disponía a salir por la Puerta de Benjamín, Jirías, capitán de la guardia, hijo de Selemías y nieto de Jananías, apresó al profeta Jeremías acusándolo de pasarse a los caldeos.

14Jeremías le contestó: «Mentira. Yo no me paso a los caldeos». Pero Jirías no le hizo caso. Apresó a Jeremías y lo condujo ante los dignatarios.

15Estos se irritaron contra Jeremías y mandaron que lo azotaran y lo encarcelaran en casa del escriba Jonatán, que habían acondicionado como prisión.

16Jeremías fue así a parar al calabozo del sótano, donde permaneció largo tiempo.

17El rey Sedecías ordenó que se lo trajeran a palacio y le preguntó en secreto: —¿Hay algún mensaje de parte del Señor? Respondió Jeremías: —Sí; y añadió: serás entregado en manos del rey de Babilonia.

18Dijo también Jeremías al rey Sedecías: —¿Qué delito he cometido contra ti, tus oficiales o este pueblo para que hayas ordenado que me metan en la cárcel?

19¿Dónde están esos profetas vuestros que os anunciaban que el rey de Babilonia no os atacaría ni penetraría en el país?

20Y ahora escúchame, mi rey y señor: te pido por favor que no me devuelvas a la casa del escriba Jonatán, de lo contrario moriré allí.

21Entonces el rey Sedecías ordenó que custodiasen a Jeremías en el patio de la guardia, y que le diesen una hogaza diaria de pan —de la calle de los Panaderos—, mientras hubiese pan en la ciudad. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia.

Jeremías 38

1Sefatías, hijo de Matán; Godolías, hijo de Pasjur; Jucal, hijo de Selemías, y Pasjur, hijo de Malquías oyeron lo que Jeremías andaba diciendo a todos:

2«Esto dice el Señor: Quien se quede en esta ciudad morirá de espada, de hambre o de peste. En cambio, el que se pase a los caldeos seguirá con vida; ese será su botín.

3Esto dice el Señor: Esta ciudad será entregada sin remedio en poder del ejército del rey de Babilonia, que la conquistará».

4Los dignatarios dijeron al rey: —Hay que condenar a muerte a ese hombre, pues, con semejantes discursos, está desmoralizando a los soldados que quedan en la ciudad y al resto de la gente. Ese hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia.

5Respondió el rey Sedecías: —Ahí lo tenéis, en vuestras manos. Nada puedo hacer yo contra vosotros.

6Ellos se apoderaron de Jeremías y lo metieron en el aljibe de Malquías, príncipe real, en el patio de la guardia, descolgándolo con sogas. Jeremías se hundió en el lodo del fondo, pues el aljibe no tenía agua.

7Ebedmélec el cusita, un eunuco del palacio real, oyó que habían arrojado a Jeremías al aljibe. Como el rey se encontraba en la Puerta de Benjamín,

8Ebedmélec abandonó el palacio, fue al rey y le dijo:

9—Mi rey y señor, esos hombres han tratado injustamente al profeta Jeremías al arrojarlo al aljibe, donde sin duda morirá de hambre, pues no queda pan en la ciudad.

10Entonces el rey ordenó a Ebedmélec el cusita: —Toma tres hombres a tu mando y sacad al profeta Jeremías del aljibe antes de que muera.

11Ebedmélec tomó consigo a los hombres, entró en el palacio real, fue al ropero y cogió algunos trozos de tela y de ropas inservibles. Después, con unas sogas, los descolgó en el aljibe hasta donde estaba Jeremías.

12Ebedmélec el cusita dijo entonces a Jeremías: «Ponte esos trozos de tela en los sobacos, por debajo de las sogas». Así lo hizo Jeremías.

13Entonces tiraron de él con las sogas y lo sacaron de la cisterna. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia.

14El rey Sedecías mandó que le trajeran al profeta Jeremías a la tercera entrada del templo del Señor. El rey le dijo: —Quiero preguntarte una cosa. Y no me ocultes nada.

15Jeremías le respondió: —Si te digo la verdad, seguro que me matas. Y, si te doy un consejo, no me vas a escuchar.

16Entonces el rey Sedecías juró en secreto a Jeremías: —¡Por vida del Señor, que nos dio la vida, que no te mataré ni te entregaré en poder de esos hombres que te persiguen a muerte!

17Respondió Jeremías a Sedecías: —Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: «Si te rindes a los generales del rey de Babilonia, salvarás la vida, y no incendiarán la ciudad. Tú y tu familia seguiréis con vida.

18Pero, si no te rindes a los generales del rey de Babilonia, esta ciudad caerá en manos de los caldeos, que la incendiarán. Y tú no escaparás».

19El rey Sedecías dijo a Jeremías: —Tengo miedo de que me entreguen en manos de los de Judá que se han pasado a los caldeos, y que me maltraten.

20Respondió Jeremías: —No te entregarán. Haz caso a lo que te dice el Señor a través de mí y todo te irá bien. Salvarás la vida.

21Pero, si te niegas a rendirte, esto es lo que me ha revelado el Señor:

22«Todas las mujeres que han quedado en el palacio real de Judá serán entregadas a los generales del rey de Babilonia, y dirán así: “Te han engañado y te han podido los que eran tus íntimos amigos; tus pies se han hundido en el barro y ellos se han retirado”.

23Todas tus mujeres y tus hijos serán entregados a los caldeos. Y tú no te librarás de ellos, pues caerás en poder del rey de Babilonia, que incendiará la ciudad».

24Sedecías dijo a Jeremías: —Que nadie se entere de lo que hemos hablado, de lo contrario morirás.

25Si los dignatarios se enteran de que he hablado contigo, y vienen a decirte: «Cuéntanos lo que has dicho al rey y no nos lo ocultes, de lo contrario te mataremos»,

26tú les respondes: «He estado suplicando al rey que no me llevasen de nuevo a casa de Jonatán, a morir allí».

27En efecto, los dignatarios fueron a interrogar a Jeremías, pero él les respondió conforme a las instrucciones del rey. Así que se fueron sin decir nada porque la cosa no se supo.

28Jeremías se quedó en el patio de la guardia hasta el día en que fue conquistada Jerusalén. Esto sucedió cuando fue conquistada Jerusalén.

Salmo 73

1Salmo de Asaf. ¡Qué bueno es Dios para el justo, Dios para los limpios de corazón!

2Pero yo por poco doy un mal paso, casi resbalaron mis pisadas:

3porque envidiaba a los perversos, viendo prosperar a los malvados.

4Para ellos no hay sinsabores, están sanos y orondos;

5no pasan las fatigas humanas, ni sufren como los demás.

6Por eso su collar es el orgullo, y los cubre un vestido de violencia;

7de las carnes les rezuma la maldad, el corazón les rebosa de malas ideas.

8Insultan y hablan mal, y desde lo alto amenazan con la opresión.

9Su boca se atreve con el cielo. Y su lengua recorre la tierra.

10Por eso se sientan en lo alto y las aguas no los alcanzan.

11Ellos dicen: «¿Es que Dios lo va a saber, se va a enterar el Altísimo?».

12Así son los malvados: siempre seguros, acumulan riquezas.

13Y dije: ¿para qué he limpiado yo mi corazón y he lavado en la inocencia mis manos?

14¿Para qué aguanto yo todo el día y me corrijo cada mañana?

15Si yo dijera: «Voy a hablar con ellos», renegaría de la estirpe de tus hijos.

16Meditaba yo para entenderlo, porque me resultaba muy difícil.

17Hasta que entré en el santuario de Dios, y comprendí el destino de ellos.

18Es verdad: los pones en el resbaladero, los precipitas en la ruina.

19En un momento causan horror, y acaban consumidos de espanto.

20Como un sueño al despertar, Señor, al despertarte desprecias sus sombras.

21Cuando mi corazón se agriaba y me punzaba mi interior,

22yo era un necio y un ignorante, yo era un animal ante ti.

23Pero yo siempre estaré contigo, tú agarrarás mi mano derecha;

24me guías según tus planes, y después me recibirás en la gloria.

25¿No te tengo a ti en el cielo? Y contigo, ¿qué me importa la tierra?

26Se consumen mi corazón y mi carne; pero Dios es la roca de mi corazón y mi lote perpetuo.

27Sí: los que se alejan de ti se pierden; tú destruyes a los que te son infieles.

28Para mí lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor Dios mi refugio, y contar todas tus acciones en las puertas de Sión.