Lectura 276 de 365
Jeremías 13-14 · Salmos 61
Jeremías 13
1Esto me dijo el Señor: «Ve, cómprate un cinturón de lino y rodéate con él la cintura; pero no lo metas en agua».
2Me compré el cinturón, según me lo mandó el Señor, y me lo ceñí.
3El Señor me dirigió la palabra por segunda vez:
4«Toma el cinturón que has comprado y que llevas ceñido; ponte en marcha hacia el río Éufrates y lo escondes allí, entre las hendiduras de las piedras».
5Fui y lo escondí en el Éufrates, según me había mandado el Señor.
6Tiempo después me dijo el Señor: «Vete al río Éufrates y recoge el cinturón que te mandé esconder allí».
7Fui al Éufrates, cavé y recogí el cinturón del sitio donde lo había escondido: estaba estropeado, no servía para nada.
8Entonces el Señor me habló así:
9«Esto dice el Señor: Del mismo modo consumiré la soberbia de Judá, la gran soberbia de Jerusalén.
10Este pueblo malvado que se niega a escuchar mis palabras, que se comporta con corazón obstinado y sigue a dioses extranjeros, para rendirles culto y adorarlos, será como ese cinturón que ya no sirve para nada.
11Porque del mismo modo que se ajusta el cinturón a la cintura del hombre, así hice yo que se ajustaran a mí la casa de Judá y la casa de Israel —oráculo del Señor— para que fueran mi pueblo, mi fama, mi alabanza y mi honor. Pero no me escucharon».
12Les dirás también: —Esto dice el Señor: «Los cántaros sirven para conservar el vino». Ellos te contestarán: —¿Te crees que no sabemos que los cántaros sirven para conservar el vino?
13Entonces les dirás: —Pues esto dice el Señor: «Voy a poner borrachos perdidos a todos los habitantes de este país, a los reyes que se sientan en el trono de David, a los sacerdotes, a los profetas y a todos los vecinos de Jerusalén.
14Haré que se destrocen entre sí los padres con los hijos —oráculo del Señor—. No pienso conmoverme; ni compasión ni piedad evitarán que los destruya».
15Escuchad, prestad mucha atención, sin orgullo, que habla el Señor.
16Honrad al Señor, vuestro Dios, antes de que se echen las sombras, antes de que tropiecen vuestros pies por los montes, apenas sin luz; antes de que la luz que esperáis se convierta en sombras mortales, se transforme en lóbregas tinieblas.
17Pero si no escucháis, lloraré en silencio vuestra arrogancia; se desharán en llanto mis ojos, verteré copiosas lágrimas cuando deporten al rebaño del Señor.
18Di al rey y a la reina madre: «Sentaos humillados en el suelo, pues ha caído de vuestras cabezas la corona de vuestra dignidad.
19Están las ciudades del Negueb cerradas, sin nadie que las abra; Judá ha sido deportada, ha sido deportada por completo».
20Alza tus ojos y mira todos los que vienen del norte. ¿Dónde está el rebaño que se te dio, dónde tus hermosas ovejas?
21¿Qué podrás decir, Jerusalén, cuando lleguen y te castiguen, tú que les habías enseñado a tratarte como amigos? ¿No te vendrán los dolores igual que a mujer en parto?
22Tal vez dirás en tu interior: «¿Por qué me ocurre todo esto?». Debido a todas tus culpas te alzan las faldas y quedan descubiertos tus tobillos.
23¿Muda el etíope de piel?, ¿cambia el leopardo sus manchas? Y vosotros, educados en el mal, ¿podríais practicar el bien?
24Por eso, os dispersaré como tamo que arrebata el viento de la estepa.
25Esta es tu suerte, la paga que te daré —oráculo del Señor—, pues te has olvidado de mí y has confiado en la mentira.
26También yo te he levantado las faldas hasta la cara y se han visto tus vergüenzas:
27tus adulterios y relinchos, tus planes de prostituta. Arriba en los altos, por el campo, he podido ver tus abominaciones. ¡Ay, Jerusalén, impura!, ¿hasta cuándo seguirás así?
Jeremías 14
1Palabra que el Señor dirigió a Jeremías a propósito de la sequía:
2Judá está de luto, sus puertas se consumen por tierra, ennegrecidas. Jerusalén lanza alaridos.
3Sus nobles envían a sus siervos por agua; llegan a los aljibes: no encuentran ni gota; regresan de vacío, confusos, humillados, cubierta la cabeza.
4El campo está extenuado por falta de lluvia en el país. Los labradores están abatidos: también se cubren la cabeza.
5Incluso la cierva en el campo pare y abandona a sus crías por falta de pastos.
6Los onagros están junto a las dunas, ventean lo mismo que chacales: tienen la mirada mortecina por falta de hierba.
7Aunque nuestras culpas nos acusan, haz algo, Señor, por tu nombre. Son numerosas nuestras rebeldías, hemos pecado contra ti.
8Tú, esperanza de Israel, salvador en tiempo de infortunio, ¿por qué habrías de portarte como un forastero en el país, lo mismo que hace un viajero que solo se detiene a pernoctar?
9¿Por qué habrías de portarte como un hombre aturdido, como guerrero incapaz de salvar? Tú estás entre nosotros, Señor, y tu nombre es invocado sobre nosotros. ¡No te deshagas de nosotros!
10Esto dice el Señor de este pueblo: «¡Cómo les gusta ir de aquí para allá sin dar tregua a sus pies! Pero el Señor no se complace en ellos: ahora se acuerda de sus culpas y va a castigar sus pecados».
11Me dijo el Señor: —No intercedas a favor de este pueblo.
12Aunque ayunen, no pienso escuchar sus gritos. Aunque presenten holocaustos y ofrendas, no pienso complacerme en ellos. Voy a acabar con ellos mediante la espada, el hambre y la peste.
13Respondí yo: —¡Ay, Señor! Es que los profetas les dicen: «No veréis la espada ni pasaréis hambre. Os concederé permanente seguridad en este lugar».
14El Señor me contestó: —Esos profetas se valen de mi nombre para profetizar mentiras. Ni los he enviado, ni les he encargado nada; ni siquiera les he hablado. Os transmiten como profecía visiones falsas, oráculos vacíos y fantasías de su mente.
15Por tanto, esto dice el Señor a los profetas que profetizan en mi nombre sin que yo los haya enviado, a esos que dicen que no habrá espada ni hambre en este país: «Esos profetas serán consumidos por la espada y por el hambre».
16Y el pueblo al que profetizan aparecerá tirado por las calles de Jerusalén, víctima del hambre y de la espada. No serán enterrados, ni sus mujeres, hijos e hijas. Haré que recaiga sobre ellos su propia maldad.
17Transmíteles esta palabra: Mis ojos se deshacen en lágrimas, de día y de noche no cesan: por la terrible desgracia que padece la doncella, hija de mi pueblo, una herida de fuertes dolores.
18Salgo al campo: muertos a espada; entro en la ciudad: desfallecidos de hambre; tanto el profeta como el sacerdote vagan sin sentido por el país.
19¿Por qué has rechazado del todo a Judá? ¿Tiene asco tu garganta de Sión? ¿Por qué nos has herido sin remedio? Se espera la paz, y no hay bienestar, al tiempo de la cura sucede la turbación.
20Reconocemos, Señor, nuestra impiedad, la culpa de nuestros padres, porque pecamos contra ti.
21No nos rechaces, por tu nombre, no desprestigies tu trono glorioso; recuerda y no rompas tu alianza con nosotros.
22¿Tienen los gentiles ídolos de la lluvia? ¿Dan los cielos de por sí los aguaceros? ¿No eres tú, Señor, Dios nuestro; tú, que eres nuestra esperanza, porque tú lo hiciste todo?
Salmo 61
1Al Director. Con instrumentos de cuerda. De David.
2Escucha, oh Dios, mi clamor, atiende a mi súplica.
3Te invoco desde el confín de la tierra con el corazón abatido: llévame a una roca inaccesible.
4Porque tú eres mi refugio y mi bastión contra el enemigo.
5Habitaré siempre en tu morada, refugiado al amparo de tus alas.
6Porque tú, oh Dios, escucharás mis votos y me darás la heredad de los que temen tu nombre.
7Añade días a los días del rey, que sus años alcancen varias generaciones;
8reine siempre en presencia de Dios: tu gracia y tu lealtad le hagan guardia.
9Yo cantaré salmos a tu nombre, e iré cumpliendo mis votos día tras día.