Lectura 274 de 365
Jeremías 9-10 · Salmos 59
Jeremías 9
1¡Ojalá encontrase refugio en el desierto para dejar a mi pueblo y alejarme de ellos! ¡Todos son adúlteros, hatajo de traidores!
2«Su lengua es un arco: dispara mentiras; se imponen en el país, pero no con la verdad. Salen del mal y recaen en el mal, y no me conocen —oráculo del Señor—.
3Guardaos los unos de los otros, no os fiéis de vuestros hermanos, pues el hermano pone zancadillas y el compañero airea calumnias.
4Cada cual engaña a su vecino, ninguno dice la verdad, enseñan a sus lenguas a mentir; todos están pervertidos,
5son incapaces de cambiar. Fraude y más fraude, estafa y más estafa; y es que no quieren conocerme —oráculo del Señor—».
6Por eso, esto dice el Señor del universo: «He pensado refinarlos y probarlos, ¿pues qué puedo hacer ante su maldad?
7Su lengua es flecha letal, su boca profiere mentiras; saludan amables al prójimo, y urden por dentro celadas.
8¿Y no he de pediros cuentas? —oráculo del Señor—; a un pueblo que actúa de ese modo, ¿no le he de dar su merecido?».
9Entonaré endechas por los montes, una elegía por los pastos de la estepa: están quemados, nadie los transita, no se oyen los mugidos del ganado; desde las aves hasta los animales, todos se dispersaron y huyeron.
10Convertiré Jerusalén en escombros, será una guarida de chacales; arrasaré los poblados de Judá, todos quedarán deshabitados.
11¿Quién es tan sabio que entienda todo esto? ¡Que lo explique un confidente del Señor! ¿Por qué está deshecho el país, calcinado, como estepa intransitable?
12Respondió el Señor: «Por abandonar la ley que les propuse, por desoír y abandonar mi palabra;
13por seguir su corazón obstinado a los baales, lo mismo que sus padres.
14Por eso, esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Daré a este pueblo ajenjo por comida, les haré beber agua corrompida.
15Los dispersaré por países extraños, que ni ellos ni sus padres conocen; mandaré que la espada los persiga hasta que los haya exterminado».
16Esto dice el Señor del universo: «Mandad que traigan plañideras, llamad a las más expertas».
17Que se den prisa y entonen una elegía por nosotros. Que nuestros ojos derramen lágrimas, que nuestros párpados destilen llanto.
18Se oye una endecha en Sión: «¡Qué desolados estamos! ¡Qué vergüenza tan tremenda! Nos hacen abandonar el país, han destruido nuestras casas».
19Escuchad, mujeres, la palabra del Señor; estad atentas a la palabra de su boca. Enseñad a vuestras hijas esta endecha, unas a otras la siguiente elegía:
20«La muerte escaló nuestras ventanas, se metió en nuestros palacios; exterminó a los niños de las calles, de las plazas a los jóvenes».
21Pronuncia este oráculo del Señor: «Yacerán los cadáveres humanos como estiércol en medio del campo, como espigas que deja el segador y nadie se molesta en recoger».
22Esto dice el Señor: «Que el sabio no presuma de su saber, ni el fuerte de su fuerza, ni el rico de su riqueza.
23Quien presuma, presuma de esto: de tener entendimiento y conocerme, de saber que yo soy el Señor, que pone en práctica la lealtad, la justicia y el derecho en el país. Estas son las cosas que me gustan —oráculo del Señor—».
24Está llegando el tiempo —oráculo del Señor— en que pediré cuentas a todos los que practican la circuncisión:
25a Egipto, Judá, Edón, los amonitas y Moab, y a la gente del desierto que se afeita las sienes. De hecho, todos estos pueblos son incircuncisos de corazón, lo mismo que la casa de Israel.
Jeremías 10
1Casa de Israel, escuchad la palabra que os dirige el Señor.
2Esto dice el Señor: «No imitéis lo que hacen los gentiles, ni os asustéis de los signos celestes. ¡Que se asusten los propios gentiles!
3Las costumbres de esos pueblos carecen de sentido: talan un árbol del bosque, lo trabaja el artesano con la gubia;
4lo decora con oro y con plata, lo sujeta con clavos y martillo, de modo que no se tambalee.
5Igual que espantajos de pepinar, son incapaces de hablar; tienen que ser transportados, son incapaces de andar. No les tengáis ningún miedo, pues no hacen ni bien ni mal».
6¡Nadie es como tú, Señor! ¡Eres grande de verdad! ¡Grande y poderoso es tu nombre!
7¿Quién no te ha de temer, si eres el rey de las naciones? Es algo que tú mereces, pues entre todos los sabios y todos los reyes paganos, nadie se te puede comparar.
8Todos son estúpidos y necios, educados por ídolos de leño,
9de plata refinada de Tarsis y de oro importado de Ofir: obras de orfebres o fundidores, revestidas de púrpura y de grana; todos son obra de artistas.
10Pero el Señor es el Dios verdadero, es el Dios vivo, rey eterno; su cólera sacude la tierra, las naciones no aguantan su ira.
11Esto les diréis: «Los dioses que no hicieron el cielo y la tierra serán exterminados de la tierra y de debajo el cielo».
12Él hizo la tierra con poder, cimentó el orbe con sabiduría, extendió los cielos con inteligencia.
13Cuando él levanta la voz, retumban las aguas del cielo y asoman las nubes por el horizonte. Él hace los rayos para la lluvia y saca los vientos de sus depósitos.
14Los hombres se atontan sin ciencia, los orfebres se avergüenzan de sus ídolos: sus estatuas son pura mentira, pues no hay espíritu en ellas;
15son vacío, obras engañosas, desaparecerán cuando llegue el castigo.
16No es así la Porción de Jacob, pues es el creador de todo; Israel es su heredad privada, se llama «Señor del universo».
17Recoge del suelo tu hatillo, tú que te encuentras sitiada,
18pues esto dice el Señor: «Esta vez lanzaré con la honda a los habitantes de este país; voy a ponerlos en aprieto, de modo que no puedan escapar».
19¡Pobre de mí, qué desastre, tengo una herida incurable! Y pensar que me decía: «Solo es un mal soportable».
20Mi tienda ha sido saqueada, las cuerdas han sido arrancadas; mis hijos me han abandonado, ya no los tengo conmigo. Ya no hay quien monte mi tienda, no hay quien levante mis toldos.
21Los pastores carecían de juicio, ya no consultaban al Señor; por ello no acertaron y se ha dispersado el rebaño.
22Se oyen rumores. Ya llega un estruendo del país del norte: convertirá los poblados de Judá en desierto, en guarida de chacales.
23Lo sé, Señor. El hombre no dirige su propia conducta, que no es dueño el caminante de ir orientando sus pasos.
24Corrígeme, Señor, pero con tino, pues tu ira acabaría conmigo.
25Derrama tu ira sobre las naciones que no te conocen, sobre los pueblos incapaces de invocar tu nombre. Pues han devorado a Jacob, lo han devorado y consumido, han desolado su morada.
Salmo 59
1Al Director. «No destruyas». Epigrama de David. Cuando Saúl mandó vigilar su casa para matarlo.
2Líbrame de mi enemigo, Dios mío; protégeme de mis agresores,
3líbrame de los malhechores, sálvame de los hombres sanguinarios.
4Mira que me están acechando, y me acosan los poderosos: sin que yo haya pecado ni faltado, Señor,
5sin culpa mía, avanzan para acometerme. Despierta, ven a mi encuentro, mira:
6tú, el Señor del universo, el Dios de Israel. Despierta para castigar a los gentiles, no te apiades de los traidores inicuos. (Pausa)
7Vuelven al atardecer ladrando como perros, merodean por la ciudad.
8Mira: de su boca fluye baba, de sus labios, espadas: «¿Quién nos oirá?».
9Pero tú, Señor, te ríes de ellos, te burlas de los gentiles.
10Por ti velo, fortaleza mía, que mi alcázar es Dios.
11Que tu favor se me adelante, Dios mío, y me haga ver la derrota de mi enemigo.
12¡No los mates, que mi pueblo no lo olvide; dispérsalos con tu poder, humíllalos, Señor, escudo nuestro!
13Por el pecado de su boca, por el chismorreo de sus labios, queden apresados en su insolencia, por la mentira y la maldición que profieren.
14¡Destrúyelos con tu furor, destrúyelos y dejen de existir! Sepan que Dios gobierna desde Jacob hasta los confines de la tierra. (Pausa)
15Vuelven al atardecer ladrando como perros, merodean por la ciudad.
16Vagabundean buscando comida; si no se sacian, no se retiran.
17Pero yo cantaré tu fuerza, por la mañana proclamaré tu misericordia, porque has sido mi alcázar y mi refugio en el peligro.
18Y tocaré en tu honor, fuerza mía, porque tú, oh Dios, eres mi alcázar, Dios mío, misericordia mía.