Lectura 268 de 365
Isaías 63-64 · Salmos 53
Isaías 63
1¿Quién es ese que viene de Edón, de Bosra, con las ropas enrojecidas? ¿Quién es ese, vestido de gala, que avanza lleno de fuerza? Yo, que sentencio con justicia y soy poderoso para salvar.
2¿Por qué están rojos tus vestidos, y la túnica como quien pisa en el lagar?
3Yo solo he pisado el lagar, y de los otros pueblos nadie me ayudaba. Los pisé con mi cólera, los estrujé con mi furor; su sangre salpicó mis vestidos y me manché toda la ropa.
4Porque es el día en que pienso vengarme; el año del rescate ha llegado.
5Miraba sin encontrar un ayudante, espantado al no haber quien me apoyara; pero mi brazo me dio la victoria, mi furor fue mi apoyo.
6He pisoteado los pueblos en mi cólera, los he embriagado con mi furor, hice correr por tierra su sangre.
7Quiero recordar la misericordia del Señor, las alabanzas del Señor: todo lo que hizo por nosotros el Señor, sus muchos beneficios a la casa de Israel, que llevó a cabo con compasión, y su gran misericordia.
8Él dijo: «Son mi pueblo, hijos que no engañarán», y fue su salvador
9en todas sus angustias. No fue un ángel ni un mensajero, fue él mismo en persona quien los salvó, los rescató con su amor y su clemencia, los levantó y soportó, todos los días del pasado.
10Pero ellos se rebelaron contra él, contristaron su santo espíritu. Él se convirtió en su enemigo y luchó contra ellos.
11Entonces el pueblo se acordó de los días de antaño, de Moisés: «¿Dónde está el que los hizo pasar por el mar, el pastor de su rebaño, el que infundió en su interior su santo espíritu,
12el que hizo caminar a la derecha de Moisés su brazo glorioso, el que dividió las aguas ante ellos, ganándose un renombre perpetuo,
13el que los hizo pasar por el fondo del mar, como caballos por la estepa, sin tropezar?».
14Como a ganado que baja al valle el espíritu del Señor los condujo a su reposo. Así condujiste a tu pueblo, ganándote un nombre glorioso.
15Contempla desde los cielos y mira desde tu morada santa y gloriosa. ¿Dónde están tu celo y fortaleza? ¿Es que han sido reprimidas tu entrañable ternura y compasión hacia nosotros?
16¡Tú eres nuestro padre! Abrahán nos desconoce, Israel nos ignora. Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre desde siempre es «nuestro Libertador».
17¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos, y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad.
18Por poco tiempo tu pueblo santo había poseído su heredad, cuando nuestros enemigos pisotearon tu santuario.
19Somos desde hace tiempo aquellos sobre los que tú ya no gobiernas, los que no llevamos ya tu nombre. ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas,
Isaías 64
1lo mismo que el fuego abrasa los arbustos, y como el fuego hace hervir el agua; así harías conocer tu nombre a tus adversarios. Ante ti temblarían las naciones
2cuando ejecutaras portentos inesperados: «Descendiste, y las montañas se estremecieron».
3Jamás se oyó ni se escuchó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en él.
4Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti. He aquí que tú estabas airado y nosotros hemos pecado. Pero en los caminos de antiguo seremos salvados.
5Todos éramos impuros, nuestra justicia era un vestido manchado; todos nos marchitábamos como hojas, nuestras culpas nos arrebataban como el viento.
6Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa.
7Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano.
8No te irrites, Señor, en demasía, no recuerdes por siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo.
9Tus santas ciudades se han vuelto un desierto. Sión es un desierto, Jerusalén un yermo.
10Nuestro templo, santo y magnífico, donde te alabaron nuestros padres, ha sido devorado por el fuego, y todo cuanto amamos se ha convertido en ruinas.
11Ante todo esto, Señor, ¿puedes contenerte, callarte y afligirnos sin medida?
Salmo 53
1Al Director. Para la enfermedad. Poema de David.
2Dice el necio para sí: «No hay Dios». Se han corrompido cometiendo execraciones, no hay quien obre bien.
3Dios observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios.
4Todos se extravían igualmente obstinados; no hay uno que obre bien, ni uno solo.
5Pero ¿no aprenderán los malhechores que devoran a mi pueblo como pan y no invocan a Dios?
6Pues temblarán de espanto allí donde no había razón para temer, porque Dios esparce los huesos del agresor, y serán derrotados, porque Dios los rechaza.
7¡Ojalá venga desde Sión la salvación de Israel! Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo, se alegrará Jacob y gozará Israel.