Lectura 263 de 365
Isaías 53-54 · Salmos 48
Isaías 53
1¿Quién creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor?
2Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente,
3despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado.
4Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado;
5pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron.
6Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes.
7Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca.
8Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
9Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca.
10El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano.
11Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos.
12Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.
Isaías 54
1Exulta, estéril, que no dabas a luz; rompe a cantar, alégrate, tú que no tenías dolores de parto: porque la abandonada tendrá más hijos que la casada —dice el Señor—.
2Ensancha el espacio de tu tienda, despliega los toldos de tu morada, no los restrinjas, alarga tus cuerdas, afianza tus estacas,
3porque te extenderás de derecha a izquierda. Tu estirpe heredará las naciones y poblará ciudades desiertas.
4No temas, no tendrás que avergonzarte, no te sientas ultrajada, porque no deberás sonrojarte. Olvidarás la vergüenza de tu soltería, no recordarás la afrenta de tu viudez.
5Quien te desposa es tu Hacedor: su nombre es Señor todopoderoso. Tu libertador es el Santo de Israel: se llama «Dios de toda la tierra».
6Como a mujer abandonada y abatida te llama el Señor; como a esposa de juventud, repudiada —dice tu Dios—.
7Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te reuniré.
8En un arrebato de ira, por un instante te escondí mi rostro, pero con amor eterno te quiero —dice el Señor, tu libertador—.
9Me sucede como en los días de Noé: juré que las aguas de Noé no volverían a cubrir la tierra; así juro no irritarme contra ti ni amenazarte.
10Aunque los montes cambiasen y vacilaran las colinas, no cambiaría mi amor, ni vacilaría mi alianza de paz —dice el Señor que te quiere—.
11¡Ciudad afligida, azotada por el viento, a quien nadie consuela! Mira, yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches, tus cimientos sobre zafiros;
12haré tus almenas de rubí, tus puertas de esmeralda, y de piedras preciosas tus bastiones.
13Tus hijos serán discípulos del Señor, gozarán de gran prosperidad tus constructores.
14Tendrás tu fundamento en la justicia: lejos de la opresión, no tendrás que temer; lejos del terror, que no se acercará.
15Si alguno te ataca, no viene de mi parte; quien lucha contra ti, frente a ti caerá.
16Yo he creado al herrero, que sopla los carbones y aviva el fuego, y forja las armas adecuadas. También he creado al destructor que aniquila.
17Ningún arma forjada contra ti podrá dañarte, rebatirás toda lengua que te acuse en juicio. Esta es la herencia de los siervos del Señor y la justicia que les hago —oráculo del Señor—.
Salmo 48
1Cántico. Salmo de los hijos de Coré.
2Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios, su monte santo, altura hermosa, alegría de toda la tierra:
3el monte Sión, confín del cielo, ciudad del gran rey; entre sus palacios,
4Dios descuella como un alcázar.
5Mirad: los reyes se aliaron para atacarla juntos;
6pero, al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos;
7Allí los agarró un temblor y dolores como de parto;
8como un viento del desierto, que destroza las naves de Tarsis.
9Lo que habíamos oído lo hemos visto en la ciudad del Señor del universo, en la ciudad de nuestro Dios: que Dios la ha fundado para siempre. (Pausa)
10Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo:
11como tu nombre, oh Dios, tu alabanza llega al confín de la tierra. Tu diestra está llena de justicia:
12el monte Sión se alegra, las ciudades de Judá se gozan con tus sentencias.
13Dad la vuelta en torno a Sión, contando sus torreones;
14fijaos en sus baluartes, observad sus palacios, para poder decirle a la próxima generación:
15«Porque este es Dios, nuestro Dios eternamente y por siempre». Él nos guiará por siempre jamás.