Lectura 26 de 365
Éxodo 26-28 · Lucas 7-8
Éxodo 26
1Harás la Morada con diez tapices, de lino fino retorcido, de púrpura violácea, roja y escarlata, y bordarás en ellos unos querubines.
2Cada tapiz medirá catorce metros de largo por dos de ancho. Todos los tapices tendrán la misma medida.
3Unirás los tapices en dos series de a cinco cada una,
4y harás unas presillas de púrpura violácea para cada uno de los bordes de las dos series de tapices:
5pondrás cincuenta presillas en el primer tapiz y otras cincuenta presillas en el último tapiz del segundo conjunto, de modo que las presillas se correspondan unas con otras.
6Harás, además, cincuenta broches de oro y con ellos unirás entre sí los tapices, para que la Morada forme una unidad.
7Tejerás también tapices de pelo de cabra para que sirvan de tienda a la Morada; harás once tapices de este tipo.
8Cada uno medirá quince metros de largo por dos de ancho. Los once tapices tendrán la misma medida.
9Por un lado unirás cinco tapices y seis por el otro; y doblarás el sexto tapiz ante el frontal de la tienda.
10Harás cincuenta presillas en el borde del tapiz de una serie y cincuenta presillas en el borde del tapiz de la otra serie.
11Harás también cincuenta broches de bronce, los meterás por las presillas, uniendo así la tienda, para que forme una unidad.
12Y de lo que sobra de los tapices de la tienda, la mitad colgará sobre la parte posterior de la Morada;
13y el codo que sobra a lo largo de los dos lados de la tienda colgará sobre ambos costados de la Morada, cubriéndola.
14También harás para la tienda una cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo y una sobrecubierta de pieles de tejón.
15Harás igualmente para la Morada unos tablones de madera de acacia y los pondrás de pie.
16Cada tablón medirá cinco metros de largo por setenta y cinco centímetros de ancho,
17y llevará dos espigones ensamblados con los contiguos. Así harás todos los tablones de la Morada.
18Fabricarás los tablones para la Morada: veinte tablones para la parte sur.
19Y debajo de ellos harás cuarenta basas de plata: dos basas bajo un tablón, para sus dos espigones, y dos basas bajo otro tablón, para sus dos espigones.
20Para el segundo lado de la Morada, por el norte, otros veinte tablones
21con sus cuarenta basas de plata: dos basas bajo un tablón y dos basas bajo otro tablón.
22Para el lado posterior de la Morada, al poniente, harás seis tablones.
23También harás dos tablones para los ángulos de la Morada, al fondo.
24Estarán unidos por abajo y por arriba, a la altura de la primera anilla. Así se hará con los dos tablones que formarán los dos ángulos.
25En total, ocho tablones con sus basas de plata: dieciséis basas, dos basas bajo cada uno de los tablones.
26Harás también travesaños de madera de acacia: cinco para los tablones de un lado de la Morada,
27cinco para los tablones del otro lado de la Morada y cinco para los tablones del lado posterior de la Morada, al poniente.
28El travesaño central, a media altura de los tablones, atravesará de un extremo a otro.
29Revestirás de oro los tablones y les harás anillas de oro para pasar los travesaños; también revestirás de oro los travesaños.
30Erigirás la Morada conforme al modelo que se te ha mostrado en la montaña.
31Harás un velo de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino retorcido, y bordarás en él unos querubines.
32Lo colgarás de cuatro columnas de acacia, revestidas de oro, provistas de ganchos de oro y de cuatro basas de plata.
33Colgarás el velo debajo de los broches y allí, dentro del velo, colocarás el Arca del Testimonio. El velo servirá para separar el Santo del Santo de los Santos.
34Pondrás el propiciatorio sobre el Arca del Testimonio, en el Santo de los Santos.
35Fuera del velo, al lado norte, colocarás la mesa, y frente a la mesa, en el lado sur de la Morada, colocarás el candelabro.
36Harás también para la entrada de la tienda una cortina de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino retorcido, recamada.
37Harás para la cortina cinco postes de acacia, que revestirás de oro; sus ganchos serán de oro y fundirás para ellos cinco basas de bronce.
Éxodo 27
1Harás el altar de madera de acacia: medirá dos metros y medio de largo por otros tantos de ancho —el altar será cuadrado— y uno y medio de alto.
2En las cuatro esquinas harás unos salientes, que formarán un cuerpo con él, y lo revestirás de bronce.
3Harás ceniceros, paletas, aspersorios, trinchantes y braseros; todos sus utensilios los fabricarás de bronce.
4Fabricarás para él un enrejado de bronce, y pondrás en los cuatro extremos del enrejado cuatro anillas de bronce.
5Lo colocarás bajo los rebordes del altar, de modo que el enrejado llegue hasta la mitad del altar.
6Harás asimismo para el altar unos varales de madera de acacia y los revestirás de bronce,
7y los meterás por las anillas de los dos lados del altar, para transportarlo.
8Harás el altar con tablas huecas; lo harás como se te ha mostrado en la montaña.
9Además, harás el atrio de la Morada. En el lado sur, pondrás unos cortinones de lino fino retorcido, a lo largo de cincuenta metros por cada lado.
10Sus veinte columnas y sus veinte basas serán de bronce, pero sus ganchos y varillas serán de plata.
11En el lado norte habrá asimismo cortinones, a lo largo de cincuenta metros, veinte columnas con sus basas de bronce; los ganchos de las columnas y sus varillas serán de plata.
12En el lado oeste, a lo ancho del atrio, colocarás cortinones en una longitud de veinticinco metros, con sus diez columnas y sus diez basas.
13En el lado este, la anchura del atrio será de veinticinco metros:
14por un costado, habrá siete metros y medio de cortinones, con sus tres columnas y sus tres basas,
15y, por el otro, otros tantos metros de cortinones, con sus tres columnas y sus tres basas.
16En la puerta del atrio habrá un tapiz de diez metros, de púrpura violácea, roja y escarlata y lino fino retorcido, recamado; con cuatro columnas y cuatro basas.
17Todas las columnas alrededor del atrio llevarán varillas de plata; sus ganchos serán de plata y sus basas de bronce.
18El atrio tendrá cincuenta metros de largo por veinticinco de ancho y dos y medio de alto; todo él será de lino fino retorcido, y sus basas de bronce.
19Todos los utensilios del servicio de la Morada, todas sus estacas y todas las estacas del atrio serán de bronce.
20Manda a los hijos de Israel que te traigan aceite de oliva puro y refinado para el alumbrado, a fin de alimentar continuamente la lámpara.
21Aarón y sus hijos la prepararán en la Tienda del Encuentro, fuera del velo que cuelga delante del Testimonio, para que arda en presencia del Señor, de la tarde a la mañana. Será ley perpetua para las sucesivas generaciones de los hijos de Israel.
Éxodo 28
1Haz que, de entre los hijos de Israel, se acerque tu hermano Aarón y sus hijos Nadab, Abiú, Eleazar y Tamar, para que sean mis sacerdotes.
2Harás ornamentos sagrados, dignos y decorosos, para tu hermano Aarón.
3Habla tú mismo con todos los artesanos a quienes he dotado de habilidad para que confeccionen los ornamentos de Aarón, a fin de consagrarle sacerdote mío.
4Estos son los ornamentos que han de confeccionar: pectoral, efod, manto, túnica bordada, turbante y banda. Harán, pues, ornamentos sagrados para tu hermano Aarón y sus hijos, a fin de que me sirvan como sacerdotes.
5Usarán oro, púrpura violácea, roja y escarlata, y lino fino.
6Harán el efod de oro, púrpura violácea, roja y escarlata, y lino fino retorcido, artísticamente elaborado.
7Llevará dos hombreras unidas por los extremos.
8El cíngulo para sujetar el efod formará con él una pieza y será de la misma elaboración: de oro, púrpura violácea, roja y escarlata, y lino fino retorcido.
9Luego tomarás dos piedras de ónice sobre las que grabarás los nombres de los hijos de Israel:
10seis de sus nombres en una piedra y los seis restantes en la otra, por orden de nacimiento.
11Como graba el orfebre la piedra de un sello, así harás grabar esas dos piedras con los nombres de los hijos de Israel; las harás engastar en monturas de oro.
12Colocarás las dos piedras sobre las hombreras del efod, como piedras recordatorio de los hijos de Israel. Aarón llevará sus nombres sobre las hombreras como recordatorio ante el Señor.
13Harás también monturas de oro
14y dos cadenillas de oro puro, trenzadas como cordones, y fijarás las cadenillas así trenzadas sobre las monturas.
15Harás el pectoral de las suertes, artísticamente elaborado, al estilo del efod: lo fabricarás de oro, púrpura violácea, roja y escarlata, y lino fino retorcido.
16Será doble y cuadrado, un palmo de largo por uno de ancho.
17Lo guarnecerás de cuatro hileras de piedras: en la primera hilera, cornalina, topacio y esmeralda;
18en la segunda hilera, rubí, zafiro y diamante;
19en la tercera hilera, ópalo, ágata y amatista;
20en la cuarta hilera, crisólito, ónice y jaspe. Irán engastadas en montura de oro.
21Llevará doce piedras con sus nombres, correspondientes a los nombres de los hijos de Israel. Estarán grabadas como los sellos, cada una con su nombre, conforme a las doce tribus.
22Harás también para el pectoral cadenillas de oro puro, trenzadas como cordones.
23Harás también dos anillas de oro que sujetarás a los dos extremos del pectoral.
24Pasarás las dos cadenillas de oro por las dos anillas de los extremos del pectoral.
25Los dos cabos de las dos cadenillas los pondrás sobre las dos monturas y los fijarás en las hombreras del efod, por la parte delantera.
26Harás otras dos anillas de oro que pondrás en los dos extremos del pectoral, en el borde interior que mira hacia el efod.
27Harás otras dos anillas de oro y las fijarás en la parte inferior y delantera de las hombreras del efod, junto al empalme y por encima del cíngulo del efod.
28Las anillas del pectoral se sujetarán con las anillas del efod mediante un cordón de púrpura violácea, de modo que quede sobre el cíngulo del efod y no pueda desprenderse el pectoral del efod.
29Cuando Aarón entre en el Santuario, llevará grabados en el pectoral de las suertes, sobre su corazón, los nombres de los hijos de Israel, como recordatorio perpetuo ante el Señor.
30En el pectoral de las suertes, pondrás los urim y los tumim, que estarán sobre el corazón de Aarón cuando se presente ante el Señor. Llevará, pues, Aarón constantemente sobre su corazón, en presencia del Señor, las suertes de los hijos de Israel.
31Confeccionarás el manto del efod, todo él de púrpura violácea.
32Llevará en el centro una abertura para la cabeza, con un dobladillo alrededor, como la abertura de un coselete, para que no se rasgue.
33Alrededor de los bordes del manto, pondrás granadas de púrpura violácea, roja y escarlata; y, alternando con las granadas, cascabeles de oro:
34un cascabel de oro y una granada, otro cascabel de oro y otra granada sobre los bordes del manto, todo alrededor.
35Aarón lo llevará cuando oficie, para que se oiga el tintineo, al entrar en el Santuario ante el Señor y al salir, y no muera.
36Harás también una diadema de oro puro, y grabarás en ella, como en un sello: “Consagrado al Señor”.
37La sujetarás al turbante, por su parte delantera, con un cordón de púrpura violácea.
38Estará sobre la frente de Aarón, pues Aarón cargará con la culpa en que hayan incurrido los hijos de Israel al hacer sus ofrendas sagradas. La llevará siempre sobre su frente para reconciliarlos con el Señor.
39Tejerás la túnica con lino y con lino harás el turbante, pero la banda estará recamada.
40Harás, además, túnicas para los hijos de Aarón, y les confeccionarás bandas y birretas dignas y decorosas.
41Vestirás así a tu hermano Aarón y a sus hijos, los ungirás y los consagrarás para que me sirvan como sacerdotes.
42Hazles también calzones de lino que les cubran su desnudez, de la cintura a los muslos.
43Aarón y sus hijos los llevarán cuando entren en la Tienda del Encuentro o cuando se acerquen al altar para oficiar; así no incurrirán en culpa y no morirán. Esta es una ley perpetua para él y sus descendientes.
Lucas 7
1Cuando terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.
2Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho.
3Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado.
4Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente: «Merece que se lo concedas,
5porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga».
6Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle: «Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo;
7por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano.
8Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
9Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo: «Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
10Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.
11Poco tiempo después iba camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío.
12Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba.
13Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores».
14Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!».
15El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre.
16Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
17Este hecho se divulgó por toda Judea y por toda la comarca circundante.
18Los discípulos de Juan le contaron todo esto. Y Juan, llamando a dos de sus discípulos,
19los envió al Señor diciendo: «¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?».
20Los hombres se presentaron ante él y le dijeron: «Juan el Bautista nos ha mandado a ti para decirte: “¿Eres tú el que ha de venir, o tenemos que esperar a otro?”».
21En aquella hora curó a muchos de enfermedades, achaques y malos espíritus, y a muchos ciegos les otorgó la vista.
22Y respondiendo, les dijo: «Id y anunciad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados.
23Y ¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
24Cuando se marcharon los mensajeros de Juan, se puso a hablar a la gente acerca de Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
25Pues ¿qué salisteis a ver? ¿Un hombre vestido con ropas finas? Mirad, los que se visten fastuosamente y viven entre placeres están en los palacios reales.
26Entonces, ¿qué salisteis a ver? ¿Un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
27Este es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”.
28Porque os digo, entre los nacidos de mujer no hay nadie mayor que Juan. Aunque el más pequeño en el reino de Dios es mayor que él».
29Al oír a Juan, todo el pueblo, incluso los publicanos, recibiendo el bautismo de Juan, proclamaron que Dios es justo.
30Pero los fariseos y los maestros de la ley, que no habían aceptado su bautismo, frustraron el designio de Dios para con ellos.
31«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
32Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de: “Hemos tocado la flauta y no habéis bailado, hemos entonado lamentaciones, y no habéis llorado”
33Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”;
34vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
35Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
36Un fariseo le rogaba que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa.
37En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y,
38colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume.
39Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo: «Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
40Jesús respondió y le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». Él contestó: «Dímelo, Maestro».
41«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta.
42Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
43Respondió Simón y dijo: «Supongo que aquel a quien le perdonó más». Y él le dijo: «Has juzgado rectamente».
44Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos.
45Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies.
46Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume.
47Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
48Y a ella le dijo: «Han quedado perdonados tus pecados».
49Los demás convidados empezaron a decir entre ellos: «¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
50Pero él dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Lucas 8
1Después de esto iba él caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce,
2y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
3Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.
4Habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo en parábola:
5«Salió el sembrador a sembrar su semilla. Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.
6Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
7Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
8Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno». Dicho esto, exclamó: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
9Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
10Él dijo: «A vosotros se os ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, para que viendo no vean y oyendo no entiendan.
11El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
12Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
13Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
14Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
15Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia.
16Nadie que ha encendido una lámpara, la tapa con una vasija o la mete debajo de la cama, sino que la pone en el candelero para que los que entren vean la luz.
17Pues nada hay oculto que no llegue a descubrirse ni nada secreto que no llegue a saberse y hacerse público.
18Mirad, pues, cómo oís, pues al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que cree tener».
19Vinieron a él su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.
20Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».
21Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
22Un día subió él a una barca junto con sus discípulos y les dijo: «Vamos a cruzar a la otra orilla del lago»; y se hicieron a la mar.
23Mientras iban navegando, se quedó dormido. E irrumpió sobre el lago un torbellino de viento, se hundían y estaban en peligro.
24Entonces se acercan a él y le despiertan diciendo: «Maestro, Maestro, ¡que perecemos!». Y él, despertándose, conminó al viento y al oleaje del agua, que se apaciguaron, y sobrevino la calma.
25Y les dijo: «¿Dónde está vuestra fe?». Ellos, por su parte, llenos de temor y admiración, se decían unos a otros: «¿Pues quién es este que da órdenes incluso al viento y al agua y lo obedecen?».
26Y arribaron a la región de los gerasenos, que está frente a Galilea.
27Al saltar a tierra, le salió al encuentro desde la ciudad un hombre poseído de demonios, que durante mucho tiempo no vestía ropa alguna ni moraba en casa, sino en los sepulcros.
28Pero, al ver a Jesús, se puso a gritar, se postró ante él y le dijo a voces: «¿Qué hay entre tú y yo, Jesús, hijo del Dios altísimo? Te ruego que no me atormentes».
29Porque él estaba mandando al espíritu inmundo que saliera del hombre. Y es que muchas veces se apoderaba de él y tenían que atarlo con cadenas y asegurarlo con grillos, pero, rompiendo las ligaduras, el demonio le empujaba a los despoblados.
30Jesús, por su parte, le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él dijo: «Legión», porque habían entrado muchos demonios en él.
31Y le rogaban que no les mandase irse al abismo.
32Como había allí una piara numerosa de cerdos, paciendo en el monte, le pidieron que les permitiese entrar dentro de ellos y se lo permitió.
33Entonces, saliendo los demonios del hombre, entraron en los cerdos y la piara se lanzó, despeñadero abajo, al lago y se ahogó.
34Al ver los porqueros lo sucedido, huyeron y lo contaron por la ciudad y por los cortijos.
35Vinieron, pues, a ver lo sucedido. Llegaron junto a Jesús y encontraron al hombre del que habían salido los demonios sentado a sus pies, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor.
36Entonces, los que lo habían visto les contaron cómo había sido curado el endemoniado.
37Y le rogó toda la gente de la comarca de los gerasenos que se marchase de entre ellos, porque estaban llenos de miedo. Él, pues, subió a la barca y regresó.
38El hombre de quien habían salido los demonios le pedía quedarse con él, pero lo despidió diciendo:
39«Vuelve a tu casa y da a conocer cuanto te ha hecho Dios». Partió, pues, por toda la ciudad proclamando todo cuanto le había hecho Jesús.
40Al regresar Jesús, la gente lo acogió bien, pues todos lo estaban esperando.
41Llegó entonces un hombre, llamado Jairo, que era jefe de la sinagoga, y echándose a los pies de Jesús le rogaba que entrase en su casa,
42pues tenía una hija única, de unos doce años, que se estaba muriendo. Cuando caminaba con él, la gente lo apretujaba.
43Entonces una mujer que desde hacía doce años sufría flujos de sangre y que había gastado en médicos todos sus recursos sin que ninguno pudiera curarla,
44acercándose por detrás, tocó el borde de su manto y, al instante, cesó el flujo de sangre.
45Y dijo Jesús: «¿Quién es el que me ha tocado?». Como todos lo negaban, dijo Pedro: «Maestro, la gente te está apretujando y estrujando».
46Pero Jesús dijo: «Alguien me ha tocado, pues he sentido que una fuerza ha salido de mí».
47Viendo la mujer que no había podido pasar inadvertida, se acercó temblorosa y, postrándose a sus pies, contó ante todo el pueblo la causa por la que le había tocado y cómo había sido curada al instante.
48Pero Jesús le dijo: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz».
49Estaba todavía hablando, cuando llega uno de casa del jefe de la sinagoga diciendo: «Tu hija ha muerto, no molestes más al Maestro».
50Pero Jesús, oído esto, le respondió: «No temas, basta que creas y se salvará».
51Al llegar a la casa, no dejó entrar con él más que a Pedro, Santiago y Juan y al padre de la niña y la madre.
52Todos lloraban y hacían duelo por ella, pero él dijo: «No lloréis, porque no ha muerto, sino que está dormida».
53Y se reían de él, sabiendo que había muerto.
54Pero él, tomándola de la mano, dijo en voz alta: «Niña, levántate».
55Y retornó su espíritu y se levantó al instante. Y ordenó que le dieran de comer.
56Sus padres quedaron atónitos, pero Jesús les ordenó que no dijeran a nadie lo sucedido.