Lectura 245 de 365
Isaías 17-18 · Salmos 30
Isaías 17
1Oráculo contra Damasco. Damasco dejará de ser una ciudad, será un montón de ruinas.
2Han quedado abandonadas las ciudades de Aroer, son pastos de rebaños, que sestearán allí sin que nadie los espante.
3No habrá más fortalezas en Efraín, ni reino en Damasco, y al resto de Siria le ocurrirá como al poder de los hijos de Israel —oráculo del Señor del universo—.
4Aquel día se empobrecerá la riqueza de Jacob, quedará enjuta la robustez de su cuerpo:
5como cuando el segador recoge el grano y su brazo siega las espigas; como cuando se recogen las espigas en el valle de Refaín
6y queda solo un rebusco; como al varear el olivo quedan dos o tres aceitunas en lo alto de la copa, y cuatro o cinco en las ramas fecundas —oráculo del Señor, Dios de Israel—.
7Aquel día el hombre mirará a su Hacedor, sus ojos contemplarán al Santo de Israel;
8dejará de mirar a los altares, hechura de sus manos y obra de sus dedos; no mirará ni los palos sagrados ni los altares de incienso.
9Aquel día tus ciudades de refugio serán abandonadas, como fueron abandonados los bosques y las cumbres de los montes ante los hijos de Israel; y quedarán desiertas.
10Porque has olvidado a Dios, tu salvador, y no te has acordado de tu roca de refugio; por eso plantas jardines placenteros, y siembras esquejes extranjeros.
11El día que fueron sembrados los viste germinar, por la mañana viste florecer tu simiente, pero la cosecha se te escapa el día de la enfermedad y del dolor incurable.
12¡Ay! Retumbar de pueblos numerosos, como rugido de aguas que retumban; bramar de naciones, como bramar de aguas que braman caudalosas.
13Las naciones braman con el bramar de aguas caudalosas. Pero él las amenaza y huyen lejos, perseguidos, como el tamo de los montes por el viento, como un torbellino de polvo por el huracán.
14Por la tarde, ¡ahí está el terror! Antes de que amanezca ya no existen. He ahí el destino de los que nos saquean, la suerte de los que nos despojan.
Isaías 18
1¡Ay del país del zumbido de alas, más allá de los ríos de Etiopía,
2que envía por el mar embajadores, en canoas de junco sobre el agua! Regresad, ágiles mensajeros, al pueblo esbelto de la piel luciente, nación temible más allá de sus fronteras, pueblo potente y dominador; regresad a la tierra surcada por ríos.
3¡Habitantes del mundo, pobladores del país!: cuando se eleve el estandarte en las montañas, ¡mirad! Cuando suene la trompeta, ¡escuchad!
4Porque así me ha dicho el Señor: «Yo permaneceré impasible contemplando desde mi sitio como el calor ardiente a mediodía, como nube de rocío en el calor de la siega».
5Porque antes de la siega, cuando la floración sea completa, y el fruto en ciernes comience a madurar y se convierta en uva, cortará los sarmientos con la podadera, arrancará y arrojará los pámpanos;
6juntos serán abandonados a las aves rapaces del monte y a las bestias del campo. Sobre ellos se posarán las aves rapaces en verano y las bestias del campo pasarán el invierno sobre ellos.
7Será entonces cuando ese pueblo esbelto de la piel luciente, nación temible más allá de sus fronteras, pueblo potente y dominador, cuya tierra es surcada por ríos, llevará ofrendas al Señor del universo, al lugar donde reside su nombre, a la montaña de Sión.
Salmo 30
1Salmo. Cántico para la dedicación del templo. De David.
2Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
3Señor, Dios mío, a ti grité, y tú me sanaste.
4Señor, sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.
5Tañed para el Señor, fieles suyos, celebrad el recuerdo de su nombre santo;
6su cólera dura un instante; su bondad, de por vida; al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo.
7Yo pensaba muy seguro: «No vacilaré jamás».
8Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado.
9A ti, Señor, llamé, supliqué a mi Dios:
10«¿Qué ganas con mi muerte, con que yo baje a la fosa? ¿Te va a dar gracias el polvo, o va a proclamar tu lealtad?
11Escucha, Señor, y ten piedad de mí; Señor, socórreme».
12Cambiaste mi luto en danzas, me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
13te cantará mi alma sin callarse. Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.