Lectura 205 de 365
Sabiduría 7-8 · Apocalipsis 12
Sabiduría 7
1También yo soy un hombre mortal como todos y descendiente del primero, formado de la tierra. En el vientre materno fue modelada mi carne,
2durante diez meses me fui consolidando en su sangre, a partir de la simiente viril y del placer compañero del sueño.
3Al nacer, también yo respiré el aire común y al caer en la tierra que a todos recibe, lo primero que hice, como todos, fue llorar.
4Me criaron con mimos, entre pañales.
5Ningún rey empezó de otro modo su existencia:
6la entrada y la salida de la vida son iguales para todos.
7Por eso, supliqué y me fue dada la prudencia, invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.
8La preferí a cetros y tronos y a su lado en nada tuve la riqueza.
9No la equiparé a la piedra más preciosa, porque todo el oro ante ella es un poco de arena y junto a ella la plata es como el barro.
10La quise más que a la salud y la belleza y la preferí a la misma luz, porque su resplandor no tiene ocaso.
11Con ella me vinieron todos los bienes juntos, tiene en sus manos riquezas incontables.
12Disfruté de todos, porque la sabiduría los trae, aunque yo ignoraba que ella era su madre.
13Sin engaño la aprendí, sin envidia la comparto y no escondo sus riquezas;
14porque es un tesoro inagotable para los hombres: los que lo adquieren se ganan la amistad de Dios, pues los dones de la instrucción los recomienda.
15Que Dios me conceda hablar con conocimiento y tener pensamientos dignos de sus dones, porque él es el mentor de la sabiduría y el adalid de los sabios.
16En sus manos estamos nosotros y nuestras palabras, toda prudencia y toda inteligencia práctica.
17Él me concedió la verdadera ciencia de los seres, para conocer la estructura del cosmos y las propiedades de los elementos,
18el principio, el fin y el medio de los tiempos, la alternancia de los solsticios y la sucesión de las estaciones,
19los ciclos del año y la posición de las estrellas,
20la naturaleza de los animales y el instinto de las fieras, el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de las raíces.
21He llegado a conocerlo todo, lo oculto y lo manifiesto, porque la sabiduría, artífice de todo, me lo enseñó.
22La sabiduría posee un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, penetrante, inmaculado, diáfano, invulnerable, amante del bien, agudo,
23incoercible, benéfico, amigo de los hombres, firme, seguro, sin inquietudes, que todo lo puede, todo lo observa, y penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.
24La sabiduría es más móvil que cualquier movimiento y en virtud de su pureza lo atraviesa y lo penetra todo.
25Es efluvio del poder de Dios, emanación pura de la gloria del Omnipotente; por eso, nada manchado la alcanza.
26Es irradiación de la luz eterna, espejo límpido de la actividad de Dios e imagen de su bondad.
27Aun siendo una sola, todo lo puede; sin salir de sí misma, todo lo renueva y, entrando en las almas buenas de cada generación, va haciendo amigos de Dios y profetas.
28Pues Dios solo ama a quien convive con la sabiduría.
29Ella es más bella que el sol y supera a todas las constelaciones. Comparada con la luz del día, sale vencedora,
30porque la luz deja paso a la noche, mientras que a la sabiduría no la domina el mal.
Sabiduría 8
1Se despliega con vigor de un confín a otro y todo lo gobierna con acierto.
2La amé y la busqué desde mi juventud y la pretendí como esposa, enamorado de su hermosura.
3Su intimidad con Dios realza su nobleza, pues el Señor de todas las cosas la ama.
4Está iniciada en la ciencia de Dios y es la que elige entre sus obras.
5Si la riqueza es un bien deseable en la vida, ¿hay mayor riqueza que la sabiduría, que lo realiza todo?
6Y si la inteligencia es quien lo realiza, ¿quién sino la sabiduría es artífice de cuanto existe?
7Si alguien ama la justicia, las virtudes son fruto de sus afanes, pues ella enseña templanza y prudencia, justicia y fortaleza: para los hombres no hay nada en la vida más útil que esto.
8Y si alguien desea una gran experiencia, ella conoce el pasado y adivina el futuro, conoce los dichos ingeniosos y la solución de los enigmas, prevé de antemano signos y prodigios y el desenlace de momentos y tiempos.
9Así pues, decidí hacerla compañera de mi vida, sabiendo que sería mi consejera en la dicha y mi consuelo en las preocupaciones y la tristeza:
10«Gracias a ella obtendré gloria entre la gente y honor entre los ancianos, aunque sea joven.
11En el juicio lucirá mi agudeza y seré la admiración de los poderosos.
12Si callo, esperarán a que hable, si tomo la palabra, me prestarán atención y si me alargo hablando, se llevarán la mano a la boca.
13Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero.
14Gobernaré pueblos y someteré naciones,
15soberanos terribles se asustarán al oír hablar de mí; me mostraré bueno con el pueblo y valiente en la guerra.
16Al volver a mi casa descansaré junto a ella, pues su compañía no causa amargura y su intimidad no entristece, sino que alegra y regocija».
17Pensaba en estas cosas y reflexionaba sobre ellas en mi corazón: la inmortalidad consiste en emparentar con la sabiduría,
18en su amistad se encuentra un noble deleite, hay riqueza inagotable en el trabajo de sus manos, prudencia en la asiduidad de su trato y prestigio en la conversación con ella. Así pensaba tratando de hacerla mía.
19Era yo un muchacho de buen natural, me tocó en suerte un alma buena,
20o mejor dicho, siendo bueno, entré en un cuerpo sin tara.
21Pero, al comprender que no la alcanzaría, si Dios no me la daba —y ya era un signo de sensatez saber de quién procedía tal don—, acudí al Señor y le supliqué, diciéndole de todo corazón:
Apocalipsis 12
1Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza;
2y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz.
3Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas,
4y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz.
5Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono;
6y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser alimentada mil doscientos sesenta días.
7Y hubo un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón combatió, él y sus ángeles.
8Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo.
9Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él.
10Y oí una gran voz en el cielo que decía: «Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.
11Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
12Por eso, estad alegres, cielos, y los que habitáis en ellos». ¡Ay de la tierra y del mar!, porque el Diablo ha bajado a vosotros, rebosando furor, sabiendo que le queda ya poco tiempo.
13Y cuando vio el dragón que había sido precipitado a la tierra, persiguió a la mujer que había dado a luz al hijo varón.
14Y le fueron dadas a la mujer las dos alas de la gran águila, para que volara al desierto, a su lugar, donde es alimentada un tiempo, y dos tiempos y medio tiempo, lejos de la presencia de la serpiente.
15Y vomitó la serpiente de su boca, detrás de la mujer, agua como un río para hacer que el río la arrastrara.
16Y la tierra ayudó a la mujer, y abrió la tierra su boca y se tragó el río que había arrojado el dragón de su boca.
17Y se llenó de ira el dragón contra la mujer, y se fue a hacer la guerra al resto de su descendencia, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.
18El dragón se detuvo en la arena del mar.