Lectura 202 de 365
Sabiduría 1-2 · Apocalipsis 9
Sabiduría 1
1Amad la justicia, gobernantes de la tierra, pensad correctamente del Señor y buscadlo con sencillez de corazón.
2Porque se manifiesta a los que no le exigen pruebas y se revela a los que no desconfían de él.
3Los pensamientos retorcidos alejan de Dios y el poder, puesto a prueba, confunde a los necios.
4La sabiduría no entra en alma perversa, ni habita en cuerpo sometido al pecado.
5Pues el espíritu educador y santo huye del engaño, se aleja de los pensamientos necios y es ahuyentado cuando llega la injusticia.
6La sabiduría es un espíritu amigo de los hombres que no deja impune al blasfemo: inspecciona las entrañas, vigila atentamente el corazón y cuanto dice la lengua.
7Pues el espíritu del Señor llena la tierra, todo lo abarca y conoce cada sonido.
8Por eso quien habla inicuamente no tiene escapatoria, ni pasará de largo junto a él la justicia acusadora.
9Se examinarán los planes del impío, el rumor de sus palabras llegará hasta el Señor y quedarán probados sus delitos.
10Porque un oído celoso lo escucha todo y no se le escapa ni el más leve murmullo.
11Guardaos, pues, de murmuraciones inútiles y absteneos de la maledicencia, porque ni la frase más solapada cae en el vacío y la boca calumniadora da muerte al alma.
12No os procuréis la muerte con vuestra vida extraviada, ni os acarreéis la perdición con las obras de vuestras manos.
13Porque Dios no ha hecho la muerte, ni se complace destruyendo a los vivos.
14Él todo lo creó para que subsistiera y las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo reina en la tierra.
15Porque la justicia es inmortal.
16Los impíos, sin embargo, llaman a la muerte con gestos y palabras; se desviven por ella, creyéndola su amiga: han hecho un pacto con ella, pues merecen compartir su suerte.
Sabiduría 2
1Razonando equivocadamente se decían: «Corta y triste es nuestra vida y el trance final del hombre es irremediable; no consta de nadie que haya regresado del abismo.
2Nacimos casualmente y después seremos como si nunca hubiésemos existido. Humo es el aliento que respiramos y el pensamiento, una chispa del corazón que late.
3Cuando esta se apague, el cuerpo se volverá ceniza y el espíritu se desvanecerá como aire tenue.
4Con el tiempo nuestro nombre caerá en el olvido y nadie se acordará de nuestras obras. Pasará nuestra vida como rastro de nubes y como neblina se disipará, acosada por los rayos del sol y abatida por su calor.
5Nuestra vida, una sombra que pasa, nuestro fin, irreversible: puesto el sello, nadie retorna.
6¡Venid! Disfrutemos de los bienes presentes y gocemos de lo creado con ardor juvenil.
7Embriaguémonos de vinos exquisitos y de perfumes, que no se nos escape ni una flor primaveral.
8Coronémonos con capullos de rosas antes que se marchiten;
9que ningún prado escape a nuestras orgías, dejemos por doquier señales de nuestro gozo, porque esta es nuestra suerte y nuestra herencia».
10«Oprimamos al pobre inocente, no tengamos compasión de la viuda, ni respetemos las canas venerables del anciano.
11Sea nuestra fuerza la norma de la justicia, pues lo débil es evidente que de nada sirve.
12Acechemos al justo, que nos resulta fastidioso: se opone a nuestro modo de actuar, nos reprocha las faltas contra la ley y nos reprende contra la educación recibida;
13presume de conocer a Dios y se llama a sí mismo hijo de Dios.
14Es un reproche contra nuestros criterios, su sola presencia nos resulta insoportable.
15Lleva una vida distinta de todos los demás y va por caminos diferentes.
16Nos considera moneda falsa y nos esquiva como a impuros. Proclama dichoso el destino de los justos, y presume de tener por padre a Dios.
17Veamos si es verdad lo que dice, comprobando cómo es su muerte.
18Si el justo es hijo de Dios, él lo auxiliará y lo librará de las manos de sus enemigos.
19Lo someteremos a ultrajes y torturas, para conocer su temple y comprobar su resistencia.
20Lo condenaremos a muerte ignominiosa, pues, según dice, Dios lo salvará».
21Así discurren, pero se equivocan, pues los ciega su maldad.
22Desconocen los misterios de Dios, no esperan el premio de la santidad, ni creen en la recompensa de una vida intachable.
23Dios creó al hombre incorruptible y lo hizo a imagen de su propio ser;
24mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los de su bando.
Apocalipsis 9
1El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella caída del cielo a la tierra. Y le fue dada la llave del pozo del abismo,
2y abrió el pozo del abismo; y subió humo del pozo como el humo de un gran horno, y se oscurecieron el sol y el aire por el humo del pozo.
3Del humo salieron langostas hacia la tierra, y les fue dado poder como el poder que tienen los escorpiones de la tierra.
4Se les dijo que no hicieran daño a la hierba ni a nada verde ni a ningún árbol, sino solo a las personas que no llevan el sello de Dios en la frente.
5Y les fue dado poder no para matarlos, sino para atormentarlos durante cinco meses. Y su tormento es como el tormento del escorpión cuando pica a un hombre.
6Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte y no la encontrarán; desearán morir, y la muerte huirá de ellos.
7Y el aspecto de las langostas era como de caballos preparados para la guerra; llevan en la cabeza una especie de coronas que parecen de oro, y sus rostros eran como rostros humanos.
8Y tenían cabellos como cabellos de mujer, y sus dientes eran como de león.
9Y tenían corazas como corazas de hierro, y el ruido de sus alas era como el ruido de carros con muchos caballos que corren al combate.
10Tienen colas como de escorpiones, y aguijones, y en sus colas reside su poder para dañar a los hombres durante cinco meses.
11Tienen como rey sobre ellos al ángel del abismo; en hebreo su nombre es Abaddón y en griego Apolíon.
12El primer ¡ay! ha pasado; mira que vienen todavía dos después de esto.
13El sexto ángel tocó la trompeta, y oí una voz que salía de los cuatro ángulos del altar de oro que está delante de Dios.
14Y le decía al sexto ángel, al que tenía la trompeta: «Suelta a los cuatro ángeles que están atados junto al gran río, el Éufrates».
15Quedaron sueltos los cuatro ángeles que estaban preparados para aquella hora y día y mes y año, para matar a la tercera parte de los hombres.
16Y el número de las tropas de caballería era doscientos millones; yo oí su número.
17En la visión vi así a los caballos y a sus jinetes: tenían corazas de fuego, jacinto y azufre; las cabezas de los caballos eran como cabezas de león, y de sus bocas sale fuego, humo y azufre.
18Por estas tres plagas que salían de su boca, fuego, humo y azufre, murió la tercera parte de los hombres.
19Pues el poder de los caballos está en su boca y también en sus colas, ya que sus colas parecen serpientes con cabezas, y con ellas hacen el daño.
20El resto de los hombres, los que no murieron por estas plagas, tampoco se arrepintieron de las obras de sus manos, no dejaron de adorar a los demonios y a los ídolos de oro y plata, bronce, piedra y madera, que no ven ni oyen ni andan.
21No se arrepintieron tampoco de sus homicidios ni de sus hechicerías ni de su fornicación ni de sus robos.