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Lectura 197 de 365

Eclesiastés 11-12 · Apocalipsis 4

Letra: Normal

Eclesiastés 11

1Envía tu grano por el mar y después de cierto tiempo podrás recuperarlo.

2Divide lo que tienes en siete u ocho partes, pues no sabes la desgracia que puede sobrevenir en la tierra.

3Si las nubes están cargadas de lluvia, la descargarán sobre la tierra; si un árbol cae hacia el norte o hacia el sur, allí se queda.

4Quien anda observando los vientos nunca sembrará; quien se preocupa de las nubes jamás cosechará.

5Del mismo modo que ignoras por dónde entra el espíritu de vida en los miembros de una mujer embarazada, también ignoras la obra de Dios, que todo lo hace.

6Esparce tu semilla bien temprano, y por la tarde no des reposo a tus manos, pues no sabes qué semilla germinará, si esta o aquella, o si las dos serán fecundas.

7Dulce es la luz, y los ojos se alegran de ver el sol.

8Por muchos años que uno viva, debería disfrutar de todos ellos, teniendo presente que los días tenebrosos serán incontables. ¡El futuro solo es vanidad!

9Disfruta mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del corazón y de lo que te recrea la vista; pero sábete que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo.

10Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: adolescencia y juventud son efímeras.

Eclesiastés 12

1Acuérdate de tu Creador en tus años mozos, antes de que lleguen los días aciagos y te alcancen los años en que digas: «No les saco gusto»;

2antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y tras la lluvia vuelva el nublado.

3Ese día temblarán los guardianes de la casa, y los valientes se encorvarán; las que muelen serán pocas y se pararán; los que miran por las ventanas se ofuscarán;

4las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino será solo un eco; se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán apagando;

5darán miedo las alturas y en las calles rondarán los terrores; cuando florezca el almendro y se arrastre la langosta y sea ineficaz la alcaparra; porque el hombre va a la morada de su eternidad y el cortejo fúnebre recorre las calles.

6Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la copa de oro, y se quiebre el cántaro en la fuente y se raje la polea del pozo,

7y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio.

8Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades, todo es vanidad.

9Qohélet, además de ser un sabio, enseñó al pueblo lo que él sabía. Estudió, inventó y formuló muchos proverbios.

10Qohélet procuró un estilo atractivo y escribió la verdad con acierto.

11Las sentencias de los sabios son como aguijadas, o como clavos bien clavados sus colecciones de textos: todos pronunciados por un solo pastor.

12Un último aviso, hijo mío: nunca se acaba de escribir más y más libros, y el mucho estudiar desgasta el cuerpo.

13En conclusión, y después de oírlo todo, teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque eso es ser hombre.

14Que Dios juzgará todas las acciones, aun las ocultas, sean buenas o malas.

Apocalipsis 4

1Después de esto, miré y vi una puerta abierta en el cielo; y aquella primera voz, como de trompeta, que oí hablando conmigo, decía: «Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder después de esto».

2Enseguida fui arrebatado en espíritu. Vi un trono puesto en el cielo, y sobre el trono uno sentado.

3El que estaba sentado en el trono era de aspecto semejante a una piedra de diamante y cornalina, y había un arco iris alrededor del trono de aspecto semejante a una esmeralda.

4Y alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, y sobre los tronos veinticuatro ancianos sentados, vestidos con vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas.

5Y del trono salen relámpagos, voces y truenos; y siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios,

6y delante del trono como un mar transparente, semejante al cristal. Y en medio del trono y a su alrededor, había cuatro vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás.

7El primer viviente era semejante a un león, el segundo a un toro, el tercero tenía cara como de hombre, y el cuarto viviente era semejante a un águila en vuelo.

8Los cuatro vivientes, cada uno con seis alas, estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Día y noche cantan sin pausa: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir».

9Cada vez que los vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos,

10los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas ante el trono diciendo:

11«Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado».