← La Biblia entera en 365 lecturas

Lectura 196 de 365

Eclesiastés 9-10 · Apocalipsis 3

Letra: Normal

Eclesiastés 9

1He reflexionado sobre todo esto y he llegado a la siguiente conclusión: aunque los honrados y los sabios con sus obras están en manos de Dios, el hombre no sabe de amor ni de odio.

2Todo lo que tiene el hombre delante es vanidad, porque una misma suerte toca a todos: al inocente y al culpable, al puro y al impuro, al que ofrece sacrificios y al que no los ofrece, al honrado y al pecador, al que jura y al que tiene reparo en jurar.

3Y esta es la peor desgracia de cuanto sucede bajo el sol: que una misma suerte toca a todos. Por ello, el corazón de los hombres está lleno de maldad; mientras viven, piensan locuras, y después ¡a morir!

4Es cierto que mientras se está entre los vivos aún hay esperanza, pues «más vale perro vivo que león muerto».

5Los vivos saben que han de morir, pero los muertos no saben nada: no reciben recompensa alguna, incluso su nombre se desvanece.

6Ya se acabaron sus amores, odios y pasiones; jamás tomarán parte en lo que se hace bajo el sol.

7Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino, porque Dios ya ha aceptado tus obras.

8Lleva siempre vestidos blancos, y no falte el perfume en tu cabeza;

9disfruta de la vida con la mujer que amas, mientras dure esta vana existencia que te ha sido concedida bajo el sol. Esa es tu parte en la vida y en los afanes con que te afanas bajo el sol.

10Todo lo que esté a tu alcance, hazlo mientras puedas, pues no se trabaja ni se planea, no hay conocer ni saber en el Abismo adonde te encaminas.

11Otra cosa he observado bajo el sol: no gana la carrera el más ágil, ni la guerra el más fuerte, ni el pan quien es sabio; no consigue riqueza quien es avisado, ni éxito quien es inteligente, pues siempre se tercian ocasión y suerte.

12Además, el hombre desconoce su hora: como peces capturados en la red funesta, como pájaros apresados en la trampa, los hombres son cazados cuando un mal momento cae sobre ellos de improviso.

13También he observado bajo el sol un ejemplo de sabiduría aleccionador.

14Había una ciudad pequeña con pocos habitantes. Llegó un rey poderoso, le puso cerco y levantó frente a ella grandes artefactos de asedio.

15Había en la ciudad un hombre pobre, pero sabio, que había salvado a la ciudad con su sabiduría. Pero nadie se volvió a acordar de aquel hombre pobre.

16Entonces me digo: sí, más vale sabiduría que fuerza; pero la sabiduría del pobre fue despreciada, y sus palabras, desoídas.

17Sin embargo, mejor se escuchan las palabras sosegadas de los sabios que los gritos de un capitán de necios.

18Más vale sabiduría que instrumentos de guerra; pero uno solo que falle echa a perder muchos bienes.

Eclesiastés 10

1Una mosca muerta echa a perder un tarro de perfume; cuenta más una pizca de necedad que una gran sabiduría.

2El sabio tiene el corazón a la derecha, el necio lo tiene a la izquierda.

3Vaya por el camino que vaya, el necio, que carece de sentido, anda diciendo de todos: «¡Qué necio es!».

4Si la cólera del que manda cae sobre ti, no te muevas de tu sitio, pues la calma evita graves errores.

5Otra desgracia he observado bajo el sol, la clase de errores de los que es responsable el rey:

6necios que ocupan altos cargos y nobles y ricos en los últimos puestos.

7He visto esclavos a caballo y príncipes a pie, como esclavos.

8Quien cava una fosa caerá en ella; quien derriba un muro será mordido por una culebra.

9Quien trabaja con piedras se herirá; quien corta leña se hará daño.

10Si el hierro está embotado y no se afila el corte, tienes que hacer doble esfuerzo: es más ventajoso aplicar la maña.

11Si la culebra no se deja encantar y muerde, no supone ventaja ser encantador.

12Las palabras de un sabio agradan, los labios de un necio lo arruinan:

13empieza diciendo necedades, y acaba su discurso en trágica locura.

14El necio no para de charlar, pero el hombre no sabe en realidad lo que va a suceder. ¿Quién le puede predecir lo que sucederá después de él?

15La fatiga acaba con el necio, pues no sabe ni volver a la ciudad.

16¡Ay del país gobernado por un muchacho, cuyos príncipes amanecen entre comilonas!

17¡Dichoso el país donde reina un hombre digno, cuyos príncipes comen a su hora, para recobrar el vigor y no por libertinaje!

18Manos perezosas permiten que se hunda el techo, brazos caídos dejan que se desplome la casa.

19Se divierten celebrando banquetes, el vino les alegra la vida, ¡y el dinero todo lo arregla!

20No critiques al rey, ni siquiera de pensamiento; no critiques a un poderoso, ni siquiera en tu habitación, pues un pajarito correría la voz y un ser alado contaría la cosa.

Apocalipsis 3

1Escribe al ángel de la Iglesia en Sardes: Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tus obras, tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto.

2Sé vigilante y reanima lo que te queda y que estaba a punto de morir, pues no he encontrado tus obras perfectas delante de mi Dios.

3Acuérdate de cómo has recibido y escuchado mi palabra, y guárdala y conviértete. Si no vigilas, vendré como ladrón y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.

4Pero tienes en Sardes unas cuantas personas que no han manchado sus vestiduras, y pasearán conmigo en blancas vestiduras, porque son dignos.

5El vencedor será vestido de blancas vestiduras, no borraré su nombre del libro de la vida y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles.

6El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

7Escribe al ángel de la Iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo y el Verdadero, el que tiene la llave de David, de forma que si él abre, nadie cierra, y si él cierra, nadie abre.

8Conozco tus obras; mira, he dejado delante de ti una puerta abierta que nadie puede cerrar, porque, aun teniendo poca fuerza, has guardado mi palabra y no has renegado de mi nombre.

9Mira, voy a entregarte algunos de la sinagoga de Satanás, los que se llaman judíos y no lo son, sino que mienten. Mira, los haré venir y postrarse ante tus pies para que sepan que yo te he amado.

10Porque has guardado mi consigna de perseverancia, yo también te guardaré de la hora de la tentación que va a venir sobre todo el mundo, para tentar a los habitantes de la tierra.

11Mira, vengo pronto. Mantén lo que tienes, para que nadie se lleve tu corona.

12Al vencedor le haré columna en el templo de mi Dios y nunca más saldrá fuera; escribiré sobre él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la que desciende del cielo de junto a mi Dios, y mi nombre nuevo.

13El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

14Escribe al ángel de la Iglesia en Laodicea: Esto dice el Amén, el testigo fiel y veraz, el principio de la creación de Dios.

15Conozco tus obras: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente!

16Pero porque eres tibio, ni frío ni caliente, estoy a punto de vomitarte de mi boca.

17Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido, y no tengo necesidad de nada»; y no sabes que tú eres desgraciado, digno de lástima, pobre, ciego y desnudo.

18Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas; y vestiduras blancas para que te vistas y no aparezca la vergüenza de tu desnudez; y colirio para untarte los ojos a fin de que veas.

19Yo, a cuantos amo, reprendo y corrijo; ten, pues, celo y conviértete.

20Mira, estoy de pie a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo.

21Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.

22El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.