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Lectura 18 de 365

Éxodo 2-4 · Marcos 7-8

Letra: Normal

Éxodo 2

1Un hombre de la tribu de Leví se casó con una mujer de la misma tribu.

2Ella concibió y dio a luz un niño. Viendo que era hermoso, lo tuvo escondido tres meses.

3Pero, no pudiendo tenerlo escondido por más tiempo, tomó una cesta de mimbre, la embadurnó de barro y pez, colocó en ella a la criatura y la depositó entre los juncos, junto a la orilla del Nilo.

4Una hermana del niño observaba a distancia para ver en qué paraba todo aquello.

5La hija del faraón bajó a bañarse en el Nilo, mientras sus criadas la seguían por la orilla del río. Al descubrir ella la cesta entre los juncos, mandó una criada a recogerla

6La abrió, miró dentro y encontró un niño llorando. Conmovida comentó: «Es un niño de los hebreos».

7Entonces la hermana del niño dijo a la hija del faraón: «¿Quieres que vaya a buscarle una nodriza hebrea que críe al niño?».

8Respondió la hija del faraón: «Vete». La muchacha fue y llamó a la madre del niño.

9La hija del faraón le dijo: «Llévate al niño y críamelo, y yo te pagaré». La mujer tomó al niño y lo crio.

10Cuando creció el muchacho, se lo llevó a la hija del faraón, que lo adoptó como hijo y lo llamó Moisés, diciendo: «lo he sacado del agua».

11Pasaron los años. Un día, cuando Moisés ya era mayor, fue a donde estaban sus hermanos y los encontró transportando cargas. Y vio cómo un egipcio mataba a un hebreo, uno de sus hermanos.

12Miró a un lado y a otro y, viendo que no había nadie, mató al egipcio y lo enterró en la arena.

13Al día siguiente salió y encontró a dos hebreos riñendo y dijo al culpable: «¿Por qué golpeas a tu compañero?».

14Él le contestó: «¿Quién te ha nombrado jefe y juez nuestro? ¿Es que pretendes matarme como mataste al egipcio?». Moisés se asustó y pensó: «Seguro que saben lo ocurrido».

15Cuando el faraón se enteró del hecho, buscó a Moisés para matarlo. Pero Moisés huyó del faraón y se refugió en la tierra de Madián. Allí se sentó junto a un pozo.

16El sacerdote de Madián tenía siete hijas, que salían a sacar agua y a llenar los abrevaderos para abrevar el rebaño de su padre.

17Llegaron unos pastores e intentaron echarlas. Entonces Moisés se levantó, defendió a las muchachas y abrevó su rebaño.

18Ellas volvieron a casa de su padre Reuel, que les preguntó: «¿Cómo habéis vuelto hoy tan pronto?».

19Contestaron: «Un egipcio nos ha librado de los pastores, nos ha sacado agua y ha abrevado el rebaño».

20Dijo él a sus hijas: «¿Dónde está?, ¿cómo lo habéis dejado marchar? Llamadlo para que venga a comer».

21Moisés accedió a vivir con aquel hombre, que le dio a su hija Séfora por esposa.

22Ella dio a luz a un niño y Moisés lo llamó Guersón, diciendo: «Soy emigrante en tierra extranjera».

23Al cabo de muchos años, murió el rey de Egipto. Los hijos de Israel se quejaban de la esclavitud y clamaron. Sus gritos, desde la esclavitud, subieron a Dios;

24y Dios escuchó sus quejas y se acordó de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob.

25Dios se fijó en los hijos de Israel y se les apareció.

Éxodo 3

1Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios.

2El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse.

3Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza».

4Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés». Respondió él: «Aquí estoy».

5Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado».

6Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios.

7El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos.

8He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel, la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos.

9El clamor de los hijos de Israel ha llegado a mí y he visto cómo los tiranizan los egipcios.

10Y ahora marcha, te envío al faraón para que saques a mi pueblo, a los hijos de Israel».

11Moisés replicó a Dios: «¿Quién soy yo para acudir al faraón o para sacar a los hijos de Israel de Egipto?».

12Respondió Dios: «Yo estoy contigo; y esta es la señal de que yo te envío: cuando saques al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en esta montaña».

13Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?».

14Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros».

15Dios añadió: «Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

16«Vete, reúne a los ancianos de Israel y diles: El Señor Dios de vuestros padres se me ha aparecido, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, y me ha dicho: “He observado atentamente cómo os tratan en Egipto

17y he decidido sacaros de la opresión egipcia y llevaros a la tierra de los cananeos, hititas, amorreos, perizitas, heveos y jebuseos, a una tierra que mana leche y miel”.

18Ellos te harán caso; y tú, con los ancianos de Israel, te presentarás al rey de Egipto y le diréis: “El Señor, Dios de los hebreos, nos ha salido al encuentro y ahora nosotros tenemos que hacer un viaje de tres jornadas por el desierto para ofrecer sacrificios al Señor nuestro Dios”.

19Yo sé que el rey de Egipto no os dejará marchar ni a la fuerza;

20pero yo extenderé mi mano y heriré a Egipto con prodigios que haré en medio de él, y entonces os dejará marchar.

21Haré que este pueblo alcance el favor de los egipcios, de modo que cuando partáis, no salgáis con las manos vacías.

22Cada mujer pedirá a su vecina y a la dueña de su casa objetos de plata, objetos de oro y vestidos, que pondréis a vuestros hijos y a vuestras hijas. Así despojaréis a los egipcios».

Éxodo 4

1Moisés respondió: «Mira que no me creerán ni me harán caso, pues dirán: “No se te ha aparecido el Señor”».

2El Señor le dijo: «¿Qué tienes en tu mano?». «Un bastón», respondió él.

3El Señor le dijo: «Tíralo al suelo». Él lo tiró al suelo y se convirtió en una serpiente; y Moisés huyó de ella.

4El Señor dijo a Moisés: «Échale mano y agárrala por la cola». Moisés le echó mano y, al agarrarla, se convirtió en bastón en su mano.

5«Así creerán que se te ha aparecido el Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob».

6El Señor le dijo aún: «Mete tu mano en el seno». Metió él la mano en su seno y, al sacarla, su mano estaba leprosa, blanca como la nieve.

7Entonces le dijo: «Vuelve tu mano a tu seno». Él volvió su mano a su seno y, al sacarla, estaba como el resto de su cuerpo.

8«Si no te creen ni te hacen caso al primer signo, te creerán al segundo.

9Y si tampoco te creen ni hacen caso a estos dos signos, toma agua del Nilo y derrámala en el suelo seco; y el agua que hayas tomado del río se convertirá en sangre en el suelo seco».

10Pero Moisés dijo al Señor: «¡Por favor, Señor mío! Yo nunca he sido un hombre con facilidad de palabra, ni siquiera después de que tú has hablado con tu siervo, pues soy torpe de boca y de lengua».

11El Señor le dijo: «¿Quién dio la boca al hombre? ¿Quién lo hace mudo o sordo, vidente o ciego? ¿No soy yo, el Señor?

12Ahora pues, ve: yo estaré con tu boca y te enseñaré lo que has de decir».

13Insistió Moisés: «¡Por favor, Señor mío! Envía al que quieras».

14Entonces se encendió la ira del Señor contra Moisés y le dijo: «¿No está ahí tu hermano Aarón, el levita? Sé que él habla bien; además, él saldrá a tu encuentro y se alegrará de corazón al verte.

15Tú le hablarás y pondrás las palabras en su boca. Yo estaré con tu boca y con su boca, y os enseñaré lo que tenéis que hacer.

16Él hablará por ti al pueblo, él será tu boca y tú serás su dios.

17Toma en tu mano ese bastón, con el que realizarás los signos».

18Moisés regresó a casa de Jetró, su suegro, y le dijo: «Permíteme volver a mis hermanos que están en Egipto para ver si aún viven». Jetró le respondió: «Vete en paz».

19El Señor dijo a Moisés en Madián: «Anda, vuelve a Egipto, porque han muerto todos los que te buscaban para matarte».

20Moisés tomó a su mujer y a su hijo, los montó en un asno y regresó a la tierra de Egipto. Moisés tomó en su mano el bastón de Dios.

21El Señor dijo a Moisés: «Cuando vuelvas a Egipto, fíjate en todos los signos que yo he puesto en tus manos y realízalos ante el faraón. Yo endureceré su corazón y no dejará salir al pueblo.

22Y dirás al faraón: “Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito.

23Yo te digo: Deja salir a mi hijo para que me dé culto. Si te niegas a dejarlo salir, yo daré muerte a tu hijo primogénito”».

24Por el camino, en una posada, el Señor le salió al encuentro para darle muerte.

25Séfora tomó entonces un pedernal, cortó el prepucio de su hijo, lo aplicó a las partes de Moisés y dijo: «Ciertamente eres mi esposo de sangre».

26Y el Señor lo dejó cuando ella dijo «esposo de sangre», debido a la circuncisión.

27El Señor dijo a Aarón: «Vete al desierto al encuentro de Moisés». Él fue, lo encontró en la montaña de Dios y lo besó.

28Moisés contó a Aarón todas las palabras que el Señor le había encomendado y todos los signos que le había mandado realizar.

29Luego Moisés y Aarón fueron y reunieron a todos los ancianos de los hijos de Israel.

30Aarón refirió todas las palabras que el Señor había dicho a Moisés y realizó los signos ante el pueblo.

31El pueblo creyó y, al oír que el Señor había visitado a los hijos de Israel y había visto su aflicción, se inclinaron y se postraron.

Marcos 7

1Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén;

2y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos.

3(Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores,

4y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).

5Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?».

6Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.

7El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos”.

8Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».

9Y añadió: «Anuláis el mandamiento de Dios por mantener vuestra tradición.

10Moisés dijo: “Honra a tu padre y a tu madre” y “el que maldiga a su padre o a su madre es reo de muerte”.

11Pero vosotros decís: “Si uno le dice al padre o a la madre: los bienes con que podría ayudarte son corbán, es decir, ofrenda sagrada”,

12ya no le permitís hacer nada por su padre o por su madre;

13invalidando la palabra de Dios con esa tradición que os transmitís; y hacéis otras muchas cosas semejantes».

14Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos:

15nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre».

16[«El que tenga oídos para oír que oiga»]

17Cuando dejó a la gente y entró en casa, le pidieron sus discípulos que les explicara la parábola.

18Él les dijo: «¿También vosotros seguís sin entender? ¿No comprendéis? Nada que entre de fuera puede hacer impuro al hombre,

19porque no entra en el corazón sino en el vientre y se echa en la letrina». (Con esto declaraba puros todos los alimentos).

20Y siguió: «Lo que sale de dentro del hombre, eso sí hace impuro al hombre.

21Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios,

22adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.

23Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

24Desde allí fue a la región de Tiro. Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse.

25Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies.

26La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.

27Él le dijo: «Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

28Pero ella replicó: «Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños».

29Él le contestó: «Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».

30Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

31Dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino del mar de Galilea, atravesando la Decápolis.

32Y le presentaron un sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.

33Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la saliva le tocó la lengua.

34Y mirando al cielo, suspiró y le dijo: Effetá (esto es, «ábrete»).

35Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba correctamente.

36Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más insistencia lo proclamaban ellos.

37Y en el colmo del asombro decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

Marcos 8

1Por aquellos días, como de nuevo se había reunido mucha gente y no tenían qué comer, Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:

2«Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer,

3y si los despido a sus casas en ayunas, van a desfallecer por el camino. Además, algunos han venido desde lejos».

4Le replicaron sus discípulos: «¿Y de dónde se puede sacar pan, aquí, en despoblado, para saciar a tantos?».

5Él les preguntó: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos contestaron: «Siete».

6Mandó que la gente se sentara en el suelo y tomando los siete panes, dijo la acción de gracias, los partió y los fue dando a sus discípulos para que los sirvieran. Ellos los sirvieron a la gente.

7Tenían también unos cuantos peces; y Jesús pronunció sobre ellos la bendición, y mandó que los sirvieran también.

8La gente comió hasta quedar saciada y de los trozos que sobraron llenaron siete canastas;

9eran unos cuatro mil y los despidió;

10y enseguida montó en la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

11Se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.

12Jesús dio un profundo suspiro y dijo: «¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad os digo que no se le dará un signo a esta generación».

13Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

14A los discípulos se les olvidó tomar pan y no tenían más que un pan en la barca.

15Y él les ordenaba diciendo: «Estad atentos, evitad la levadura de los fariseos y de Herodes».

16Y discutían entre ellos sobre el hecho de que no tenían panes.

17Dándose cuenta, les dijo Jesús: «¿Por qué andáis discutiendo que no tenéis pan? ¿Aún no entendéis ni comprendéis? ¿Tenéis el corazón embotado?

18¿Tenéis ojos y no veis, tenéis oídos y no oís? ¿No recordáis

19cuántos cestos de sobras recogisteis cuando repartí cinco panes entre cinco mil?». Ellos contestaron: «Doce».

20«¿Y cuántas canastas de sobras recogisteis cuando repartí siete entre cuatro mil?». Le respondieron: «Siete».

21Él les dijo: «¿Y no acabáis de comprender?».

22Llegaron a Betsaida. Y le trajeron a un ciego pidiéndole que lo tocase.

23Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?».

24Levantando los ojos dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan».

25Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad.

26Jesús lo mandó a casa diciéndole que no entrase en la aldea.

27Después Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?».

28Ellos le contestaron: «Unos, Juan el Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas».

29Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?». Tomando la palabra Pedro le dijo: «Tú eres el Mesías».

30Y les conminó a que no hablaran a nadie acerca de esto.

31Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días».

32Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo.

33Pero él se volvió y, mirando a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!».

34Y llamando a la gente y a sus discípulos les dijo: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.

35Porque, quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

36Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?

37¿O qué podrá dar uno para recobrarla?

38Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre entre sus santos ángeles».