Lectura 167 de 365
Job 2-4 · Hebreos 8
Job 2
1Un día los hijos de Dios se presentaron al Señor; entre ellos apareció también Satán.
2El Señor preguntó a Satán: «¿De dónde vienes?». Satán respondió al Señor: «De dar vueltas por la tierra; de andar por ella».
3El Señor añadió: «¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y vive apartado del mal. Tú me has incitado contra él, para que lo aniquilara sin más ni más, pero todavía persiste en su honradez».
4Satán contestó al Señor: «Piel por piel; por salvar la vida el hombre lo da todo.
5Extiende tu mano y hiérelo en su carne y en sus huesos. ¡Verás cómo te maldice cara a cara!».
6El Señor respondió a Satán: «Haz lo que quieras con él, pero respétale la vida». Satán abandonó la presencia del Señor.
7Entonces hirió a Job con llagas malignas, desde la planta del pie a la coronilla.
8Job cogió una tejuela para rasparse con ella y se sentó en el polvo.
9Su mujer le dijo: «¿Todavía persistes en tu honradez? Maldice a Dios y muérete».
10Él le contestó: «Hablas como una necia. Si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males?». A pesar de todo, Job no pecó con sus labios.
11Tres amigos de Job, al enterarse de las desgracias que le habían sobrevenido, acudieron desde sus respectivos países. Eran Elifaz de Temán, Bildad de Súaj y Sofar de Naamat, que se pusieron de acuerdo para ir a compartir su pena y consolarlo.
12Al verlo de lejos y no reconocerlo, rompieron a llorar, se rasgaron el manto y echaron polvo sobre sus cabezas y hacia el cielo.
13Después se sentaron con él en el suelo y estuvieron siete días con sus noches, pero ninguno le decía nada, viendo lo atroz de su sufrimiento.
Job 3
1Job abrió por fin la boca y maldijo su día,
2diciendo:
3«¡Muera el día en que nací y la noche que anunció: “Se ha concebido un varón”!
4Conviértase ese día en tinieblas, que Dios desde lo alto se desentienda de él; no brille la luz sobre él,
5reclámenlo las sombras tenebrosas, cúbranlo densos nubarrones, que un eclipse lo llene de terror.
6Que se apodere de esa noche la oscuridad. No se sume a los días del año ni entre en la cuenta de los meses.
7Que esa noche quede estéril, cerrada a los gritos de júbilo.
8Maldíganla los que maldicen al Océano, los expertos en conjurar al Leviatán.
9Vélense las estrellas de su aurora; espere la luz y que esta no llegue; no vea el parpadeo del alba.
10Porque no me cerró las puertas del vientre y me evitó contemplar tanta miseria.
11¿Por qué al salir del vientre no morí o perecí al salir de las entrañas?
12¿Por qué me recibió un regazo y unos pechos me dieron de mamar?
13Ahora descansaría tranquilo, ahora dormiría descansado
14con los reyes y consejeros de la tierra que se hacen levantar mausoleos,
15o con los nobles que amontonan oro, que acumulan plata en sus palacios.
16Como aborto enterrado, no existiría, igual que criatura que no llega a ver la luz.
17Allí acaba el ajetreo de los malvados, allí reposan los que están desfallecidos.
18Con ellos descansan los prisioneros, sin oír la voz del capataz;
19se confunden pequeños y grandes y el esclavo se libra de su amo.
20¿Por qué se da luz a un desgraciado y vida a los que viven amargados,
21que ansían la muerte que no llega y la buscan más escondida que un tesoro,
22que gozarían al contemplar el túmulo, se alegrarían al encontrar la tumba;
23al hombre que no encuentra camino porque Dios le cerró la salida?
24Por alimento tengo mis sollozos, los gemidos se me escapan como agua.
25Me sucede lo que más me temía, lo que más me aterraba me acontece.
26Carezco de paz y de sosiego, intranquilo por temor a un sobresalto».
Job 4
1Elifaz de Temán respondió así:
2«¿Soportarás que te dirijan la palabra?; ¿quién podría contener una respuesta?
3Tú, que a tantos instruías y fortalecías los brazos endebles;
4tus palabras animaban al vacilante, robustecías las rodillas inseguras,
5¿y ahora que te toca a ti, flaqueas, te llega el turno y te espantas?
6¿No confiabas en tu piedad? ¿No ponías la esperanza en tu honradez?
7¿Recuerdas a un inocente destruido? ¿Has visto a los justos exterminados?
8Yo he visto que quienes labran maldad y siembran desgracia, las cosechan.
9Cuando Dios alienta, perecen, el soplo de su ira los consume.
10Aunque ruja el león y gruña la fiera, a los cachorros les arrancan los dientes.
11Perece el león por falta de presa, las crías de la leona se dispersan.
12Me llegó una palabra furtiva, oí su suave susurro;
13entre pesadillas de visiones nocturnas, cuando el letargo se ceba en los hombres,
14fui presa de terror y agitación, se estremecieron todos mis huesos.
15Se deslizó un viento por mi cara que erizó el vello de mi cuerpo.
16Allí estaba, de pie; no reconocí su figura, pero vi su imagen ante mí. Tras el silencio escuché una voz:
17“¿Puede un mortal ser justo ante Dios?, ¿o un hombre ser puro ante su Hacedor?”.
18Si no confía en sus siervos, si en sus mensajeros percibe defectos,
19¿qué hará con los que habitan entre adobes, en casas cimentadas sobre barro? ¡Se los aplasta igual que a la polilla!
20De la mañana a la tarde se derrumban, desaparecen sin que a nadie le importe.
21Les arrancan las clavijas de su tienda y mueren por falta de sabiduría.
Hebreos 8
1Esto es lo principal de todo el discurso: Tenemos un sumo sacerdote que está sentado a la derecha del trono de la Majestad en los cielos,
2y es ministro del Santuario y de la Tienda verdadera, construida por el Señor y no por un hombre.
3En efecto, todo sumo sacerdote está puesto para ofrecer dones y sacrificios; de ahí la necesidad de que también Jesús tenga algo que ofrecer.
4Ahora bien, si estuviera en la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo otros que ofrecen los dones según la ley.
5Estos sacerdotes están al servicio de una figura y sombra de lo celeste, según el oráculo que recibió Moisés cuando iba a construir la Tienda: Mira, le dijo Dios, te ajustarás al modelo que te fue mostrado en la montaña.
6Mas ahora a Cristo le ha correspondido un ministerio tanto más excelente cuanto mejor es la alianza de la que es mediador: una alianza basada en promesas mejores.
7Si la primera hubiera sido perfecta, no habría lugar para una segunda.
8Pero les reprocha: Mirad que llegan días —oráculo del Señor— en que haré con la casa de Israel y con la casa de Judá una alianza nueva;
9no como la alianza que hice con sus padres, cuando los tomé de la mano para sacarlos de Egipto. Ellos fueron infieles a mi alianza y yo me desentendí de ellos —oráculo del Señor—.
10Así será la alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días —oráculo del Señor—: pondré mis leyes en su mente y las escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo.
11Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, diciendo: «Conoce al Señor», porque todos me conocerán, del menor al mayor,
12pues perdonaré sus delitos y no me acordaré ya de sus pecados.
13Al decir alianza nueva, declaró antigua la anterior; y lo que envejece y queda anticuado, está para desaparecer.