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Lectura 166 de 365

2 Macabeos 14-15 · Job 1 · Hebreos 7

Letra: Normal

2 Macabeos 14

1Después de un intervalo de tres años, los hombres de Judas supieron que Demetrio, hijo de Seleuco, había atracado en el puerto de Trípoli con un poderoso ejército y una flota,

2y que se había apoderado de la región, después de haber dado muerte a Antíoco y a su tutor Lisias.

3Un tal Alcimo, que antes había sido sumo sacerdote, pero que se había contaminado voluntariamente en tiempo de la rebelión, considerando que no tenía salida alguna ni un futuro acceso al sumo sacerdocio,

4fue al encuentro de Demetrio, hacia el año ciento cincuenta y uno, y le ofreció una corona de oro, una palma y además los ramos rituales de olivo del templo. Y por aquel día no hizo más.

5Pero, aprovechando una buena oportunidad para mostrar su insensatez, cuando Demetrio lo convocó a consejo y lo interrogó sobre las disposiciones y proyectos de los judíos,

6respondió: «Los judíos llamados Leales, encabezados por Judas Macabeo, fomentan guerras y rebeliones, para impedir que el reino disfrute de paz.

7Por eso, aunque despojado de mi dignidad hereditaria, me refiero al sumo sacerdocio, he venido aquí,

8en primer lugar con verdadera preocupación por los intereses del rey y, en segundo lugar, con la mirada puesta en mis propios compatriotas, pues por la locura de los hombres que he mencionado toda nuestra raza padece no pocos males.

9Tú, rey, informado con detalle de todo esto, mira por nuestro país y por nuestra raza asediada por todas partes, con esa comprensiva benevolencia que tienes para todos;

10pues mientras viva Judas, será imposible que el Estado tenga paz».

11En cuanto dijo esto, los demás consejeros que sentían aversión a la causa de Judas, se apresuraron a atizar la ira de Demetrio.

12Este designó inmediatamente a Nicanor, que había llegado a ser jefe de la sección de elefantes, lo nombró gobernador de Judea y lo envió

13con órdenes de eliminar a Judas, dispersar a todos sus hombres y restablecer a Alcimo como sumo sacerdote del más augusto templo.

14Los gentiles que habían huido de Judea por temor a Judas, se unieron en masa a Nicanor, imaginándose que las desgracias y reveses de los judíos les serían provechosos.

15Cuando los judíos se enteraron de la expedición de Nicanor y de la agresión de los gentiles, esparcieron ceniza sobre sus cabezas e imploraron a Aquel que por los siglos había sostenido a su pueblo y que protegía siempre su heredad con signos patentes.

16Por orden de su jefe, salieron inmediatamente de allí y trabaron combate con ellos junto a la aldea de Desáu.

17Simón, hermano de Judas, había trabado combate con Nicanor, pero sufrió un ligero revés, desconcertado por la repentina llegada de los enemigos.

18A pesar de esto, Nicanor, al tener noticia de la bravura de los hombres de Judas y del valor con que combatían por su patria, dudaba en resolver el conflicto por la sangre.

19Así que envió a Posidonio, Teódoto y Matatías para concertar la paz.

20Después de un maduro examen de las condiciones, el jefe se las comunicó a las tropas y, ante el parecer unánime, aceptaron el tratado de paz.

21Fijaron la fecha para una entrevista privada de los jefes en un lugar determinado. De ambos lados se adelantó un carro y prepararon asientos.

22Judas apostó hombres armados en lugares estratégicos, preparados para el caso de que se produjera alguna repentina traición de parte enemiga. La entrevista se desarrolló pacíficamente.

23Nicanor quedó algún tiempo en Jerusalén, sin hacer nada incorrecto y licenció a las turbas que, en masa, se le habían unido.

24Tenía siempre a Judas consigo; sentía una cordial simpatía hacia su persona.

25Le aconsejó que se casara y tuviera descendencia. Judas se casó, vivió felizmente y disfrutó de la vida ciudadana normal.

26Alcimo, al ver la recíproca benevolencia, se hizo con una copia del tratado y acudió a Demetrio. Le decía que Nicanor tenía sentimientos contrarios a los intereses del Estado, pues había designado como sucesor suyo a Judas, el conspirador contra el reino.

27El rey, excitado y fuera de sí por las calumnias de aquel perfecto canalla, escribió a Nicanor comunicándole que estaba disgustado por el pacto y ordenándole que inmediatamente mandara al Macabeo preso a Antioquía.

28Cuando Nicanor recibió la comunicación, quedó consternado, pues le desagradaba mucho anular lo convenido sin que aquel hombre hubiera cometido ninguna injusticia.

29Pero como no era posible oponerse al rey, buscaba la oportunidad de ejecutar la orden mediante alguna estratagema.

30Cuando Macabeo, por su parte, percibió que Nicanor le mostraba un trato más reservado y que se portaba con más frialdad que de costumbre, pensó que tal sequedad no presagiaba nada bueno, y reunió a muchos de los suyos para ocultarse de Nicanor.

31Este, al darse cuenta de que Judas había huido astutamente, se presentó en el más augusto y santo templo en el momento en que los sacerdotes ofrecían los sacrificios rituales, y les exigió que le entregaran a aquel hombre.

32Ellos aseguraron con juramento que no sabían dónde estaba el que buscaba.

33Entonces él, extendiendo la mano derecha hacia el santuario, hizo este juramento: «Si no me entregáis encadenado a Judas, arrasaré este recinto sagrado de Dios, destruiré el altar y aquí mismo levantaré un magnífico templo a Baco».

34Dicho esto se fue. Los sacerdotes con las manos tendidas al cielo invocaban a Aquel que sin cesar había combatido en favor de nuestra nación, diciendo:

35«Tú, Señor de todas las cosas, que nada necesitas, has querido establecer el santuario de tu morada entre nosotros.

36También ahora, oh Santo, Señor de toda santidad, conserva siempre incontaminada esta Casa, purificada hace poco».

37Razías, uno de los ancianos de Jerusalén, fue denunciado a Nicanor. Era hombre amante de sus conciudadanos, muy bien considerado, llamado por su buen corazón «padre de los judíos»,

38pues, en los tiempos que precedieron a la rebelión, había sido acusado de judaísmo y por el judaísmo había expuesto cuerpo y alma con perseverante constancia.

39Queriendo Nicanor hacer patente su hostilidad hacia los judíos, envió más de quinientos soldados para arrestarlo,

40pues le parecía que arrestándolo a él les daría un duro golpe.

41Cuando las tropas estaban a punto de apoderarse de la torre, forzando la puerta del patio y con orden de prender fuego e incendiar las puertas, Razías, acosado por todas partes, se echó sobre su espada.

42Prefirió morir con honor antes que caer en manos criminales y soportar afrentas indignas de su honradez.

43Sin embargo, como por la precipitación del combate no había acertado a herirse de muerte y las tropas irrumpían puertas adentro, subió valerosamente a lo alto del muro y se precipitó con bravura sobre las tropas;

44pero al retroceder estas rápidamente dejando un vacío, vino él a caer en medio del espacio libre.

45Todavía con vida y enardecido su ánimo, se levantó derramando sangre a chorros; a pesar de las graves heridas, atravesó corriendo por entre las tropas, y se encaramó a una roca escarpada.

46Ya completamente exangüe, se arrancó las entrañas y tomándolas con ambas manos, las arrojó contra las tropas. Y después de invocar al Dueño de la vida y del espíritu para que se los devolviera algún día, expiró.

2 Macabeos 15

1Nicanor supo que los hombres de Judas se hallaban en la región de Samaría y decidió atacarlos sin riesgo en el día del descanso.

2Los judíos que contra su voluntad lo acompañaban le decían: «No los mates así de modo tan salvaje y bárbaro; respeta y honra más bien el día que con preferencia ha sido santificado por Aquel que todo lo ve».

3Aquel hombre tres veces criminal preguntó si en el cielo había un Soberano que hubiera prescrito celebrar el día del sábado.

4Ellos le replicaron: «Es el mismo Señor que vive como Soberano en el cielo el que mandó observar el día séptimo».

5Entonces Nicanor replicó: «También yo soy soberano en la tierra: el que ordena tomar las armas y prestar servicio al rey». Pero no pudo llevar a cabo su bárbaro proyecto.

6Nicanor, jactándose con altivez, se proponía erigir un monumento público a su victoria con los despojos de los hombres de Judas.

7Macabeo, por su parte, mantenía perseverante su confianza, con la firme esperanza de recibir ayuda de parte del Señor,

8y exhortaba a los que le acompañaban a no temer el ataque de los gentiles, teniendo presentes en la mente los auxilios que antes les habían venido del cielo, y a esperar también ahora la victoria que les habría de venir de parte del Todopoderoso.

9Los animaba citando la Ley y los Profetas, y les recordaba los combates que habían llevado a cabo. De este modo les infundía mayor ardor.

10Encendidos así los ánimos, les hizo ver además la perfidia de los gentiles que violaban sus juramentos.

11Armó a cada uno de ellos, no tanto con la seguridad que dan los escudos y las lanzas, como con el ánimo de sus alentadoras palabras. Les refirió además un sueño digno de crédito, una especie de visión, que alegró a todos.

12Su sueño era este: Onías, el antiguo sumo sacerdote, hombre bueno y bondadoso, afable, de suaves maneras, distinguido en su conversación, ejercitado desde la niñez por la práctica de la virtud, suplicaba con las manos extendidas por toda la nación judía.

13Luego, en igual actitud, se apareció a Judas un hombre que se distinguía por sus blancos cabellos y su dignidad, rodeado de admirable y majestuosa soberanía.

14Onías tomó la palabra para decir: «Este es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por el pueblo y por la ciudad santa: Jeremías, el profeta de Dios».

15Entonces Jeremías extendió su mano derecha y entregó a Judas una espada de oro; al dársela, pronunciaba estas palabras:

16«Recibe de parte de Dios esta espada sagrada como regalo; con ella exterminarás a tus enemigos».

17Animados por estas bellas palabras de Judas, capaces de estimular el valor y de robustecer los espíritus jóvenes, decidieron no entretenerse en montar el campamento, sino lanzarse valerosamente a la ofensiva y, en un cuerpo a cuerpo, aventurar la resolución de aquella situación, porque peligraban la ciudad, la religión y el templo.

18En verdad que la preocupación por sus mujeres e hijos, por sus hermanos y parientes, quedaba en segundo lugar; el primero y principal era el santuario consagrado.

19Igualmente para los que habían quedado en la ciudad no era menor la ansiedad, preocupados como estaban por el ataque en campo abierto.

20Todos aguardaban el desenlace inminente. Los enemigos se habían concentrado y el ejército se había alineado en orden de batalla. Los elefantes se habían situado en puntos estratégicos, y la caballería estaba dispuesta en los flancos.

21Entonces, Macabeo, al observar el despliegue de las tropas, la variedad de las armas preparadas y el fiero aspecto de los elefantes, levantó las manos al cielo e invocó al Señor que hace prodigios, pues bien sabía que, no por las armas, sino según su decisión, concede él la victoria a los que la merecen.

22Hizo la siguiente invocación: «Tú, Soberano, enviaste tu ángel a Ezequías, rey de Judá, que dio muerte a cerca de ciento ochenta y cinco mil hombres del ejército de Senaquerib;

23ahora también, Señor de los cielos, envía un ángel bueno delante de nosotros para infundirles temor y espanto.

24¡Que el poder de tu brazo hiera a los que, blasfemando, han venido a atacar a tu pueblo santo!». Así terminó su oración.

25Mientras la gente de Nicanor avanzaba al son de trompetas y cantos de guerra,

26los hombres de Judas entablaron combate con el enemigo entre invocaciones y plegarias.

27Combatían con sus manos, pero oraban a Dios en su corazón; así abatieron no menos de treinta y cinco mil hombres, rebosando de alegría por la intervención manifiesta de Dios.

28Al volver de su empresa, en gozoso retorno, reconocieron a Nicanor caído, con la armadura puesta.

29En medio del griterío y alboroto, bendecían al Señor en su lengua patria.

30Entonces Judas, el que se había entregado en cuerpo y alma y en primera fila al bien de sus conciudadanos, y había guardado hacia sus compatriotas los buenos sentimientos de su juventud, mandó cortar a Nicanor la cabeza y el brazo hasta el hombro, y llevarlos a Jerusalén.

31Llegado allí convocó a sus compatriotas, colocó a los sacerdotes ante el altar e hizo venir a los de la acrópolis.

32Les mostró la cabeza del infame Nicanor y el brazo que aquel blasfemo había tendido con insolencia contra la santa morada del Todopoderoso.

33Después de mandar que cortaran la lengua del impío Nicanor, ordenó que se echara en trozos a los pájaros y que el brazo se colgara delante del santuario en pago por su insensatez.

34Todos elevaron entonces sus bendiciones al cielo en honor del Señor que se les había manifestado. Decían: «Bendito tú que has conservado sin mancha tu morada».

35Judas mandó colgar la cabeza de Nicanor en la acrópolis, como señal manifiesta y visible para todos del auxilio del Señor.

36Decretaron de común acuerdo no dejar pasar aquella jornada sin solemnizarla y celebrarla como fiesta el trece del mes decimosegundo —llamado adar en arameo—, víspera del Día de Mardoqueo.

37Así acabó la historia de Nicanor. Como desde aquella época la ciudad ha quedado en poder de los hebreos, yo también terminaré aquí mi obra.

38Si la composición ha quedado bella y lograda, era eso lo que yo pretendía; si imperfecta y mediocre, diré que he hecho cuanto me ha sido posible.

39Es perjudicial beber vino solo o sola agua; en cambio, el vino mezclado con agua, es agradable; es un placer para el gusto. Igualmente el estilo variado del relato encanta los oídos de los que leen la obra. Doy aquí fin a mi trabajo.

Job 1

1Había en la tierra de Hus un hombre llamado Job. Era justo, honrado y temeroso de Dios y vivía apartado del mal.

2Tenía siete hijos y tres hijas.

3Poseía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas burras y una servidumbre numerosa. Era el más rico de los hombres de Oriente.

4Sus hijos solían celebrar banquetes, cada uno en su día, e invitaban a sus tres hermanas a comer con ellos.

5Terminados esos días de fiesta, Job los hacía venir para purificarlos; madrugaba y ofrecía un holocausto por cada uno, por si habían pecado maldiciendo a Dios en su interior. Job hacía lo mismo en cada ocasión.

6Un día los hijos de Dios se presentaron ante el Señor; entre ellos apareció también Satán.

7El Señor preguntó a Satán: «¿De dónde vienes?». Satán respondió al Señor: «De dar vueltas por la tierra; de andar por ella».

8El Señor añadió: «¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y vive apartado del mal».

9Satán contestó al Señor: «¿Y crees que Job teme a Dios de balde?

10¿No has levantado tú mismo una valla en torno a él, su hogar y todo lo suyo? Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se extienden por el país.

11Extiende tu mano y daña sus bienes y ¡ya verás cómo te maldice en la cara!».

12El Señor respondió a Satán: «Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él ni lo toques». Satán abandonó la presencia del Señor.

13Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del hermano mayor,

14llegó un mensajero a casa de Job con esta noticia: «Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su lado,

15cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se llevaron el ganado. Solo yo pude escapar para contártelo».

16No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia: «Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido a las ovejas y a los pastores. Solo yo pude escapar para contártelo».

17No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia: «Una banda de caldeos, divididos en tres grupos, se ha echado sobre los camellos y se los ha llevado, después de apuñalar a los mozos. Solo yo pude escapar para contártelo».

18No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia: «Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor,

19cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó sobre los jóvenes y los mató. Solo yo pude escapar para contártelo».

20Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra

21y dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».

22A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios.

Hebreos 7

1Este Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios altísimo, salió al encuentro de Abrahán cuando este regresaba de derrotar a los reyes, lo bendijo

2y recibió de Abrahán el diezmo del botín. Su nombre significa, en primer lugar, Rey de Justicia, y, después, Rey de Salén, es decir, Rey de Paz.

3Sin padre, sin madre, sin genealogía; no se menciona el principio de sus días ni el fin de su vida. En virtud de esta semejanza con el Hijo de Dios, es sacerdote perpetuamente.

4Considerad cuán grande es este a quien el mismo patriarca Abrahán le dio el diezmo del botín.

5Pues a los hijos de Leví, que reciben el sacerdocio, la ley les manda cobrar un diezmo al pueblo, es decir, a sus hermanos, a pesar de que todos descienden de Abrahán.

6En cambio, Melquisedec, que no tenía ascendencia común con ellos, percibe el diezmo de Abrahán y bendice al titular de la promesa.

7Está fuera de discusión que el mayor bendice al menor.

8Y aquí los que cobran el diezmo son hombres que mueren, mientras que allí fue uno de quien se declara que vive.

9Por así decirlo, también Leví, que es quien cobra el diezmo, lo pagó en la persona de Abrahán,

10pues aquel estaba ya presente en su padre cuando Melquisedec le salió al encuentro.

11Si la perfección se alcanzara mediante el sacerdocio levítico —pues el pueblo había recibido una ley respecto al mismo—, ¿qué falta hacía que surgiese otro sacerdote en la línea de Melquisedec y no en la línea de Aarón?

12Porque cambiar el sacerdocio implica forzosamente cambiar la ley;

13y aquel de quien habla el texto pertenece a una tribu diferente, de la cual nadie ha oficiado en el altar.

14Es cosa sabida que nuestro Señor procede de Judá, una tribu de la que nunca habló Moisés tratando del sacerdocio.

15Y esto resulta mucho más evidente si surge otro sacerdote a semejanza de Melquisedec,

16que no ha llegado a serlo en virtud de una legislación carnal, sino en fuerza de una vida imperecedera;

17pues está atestiguado: Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.

18De este modo, por un lado, se deroga una disposición anterior, por ser ineficaz e inútil,

19pues la ley no llevó nada a la perfección, y, por otro, se introduce una esperanza más valiosa, por la cual nos acercamos a Dios.

20Además, aquí no falta un juramento, pues aquellos fueron sacerdotes sin juramento;

21este, en cambio, por el juramento que le hicieron al decirle: El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote para siempre.

22Esto es señal de que Jesús es garante de una alianza más valiosa.

23De aquellos ha habido multitud de sacerdotes, porque la muerte les impedía permanecer;

24en cambio, este, como permanece para siempre, tiene el sacerdocio que no pasa.

25De ahí que puede salvar definitivamente a los que se acercan a Dios por medio de él, pues vive siempre para interceder a favor de ellos.

26Y tal convenía que fuese nuestro sumo sacerdote: santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y encumbrado sobre el cielo.

27Él no necesita ofrecer sacrificios cada día como los sumos sacerdotes, que ofrecían primero por los propios pecados, después por los del pueblo, porque lo hizo de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo.

28En efecto, la ley hace sumos sacerdotes a hombres llenos de debilidades. En cambio, la palabra del juramento, posterior a la ley, consagra al Hijo, perfecto para siempre.