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Lectura 165 de 365

2 Macabeos 11-13 · Hebreos 6

Letra: Normal

2 Macabeos 11

1Muy poco tiempo después, Lisias, tutor y pariente del rey, que estaba al frente del gobierno, muy contrariado por lo sucedido,

2reunió unos ochenta mil hombres con toda la caballería y se puso en marcha contra los judíos, con la intención de hacer de Jerusalén una residencia para griegos,

3someter el templo a pagar tributo, como los demás recintos sagrados de los gentiles, y poner en venta cada año la dignidad del sumo sacerdocio.

4No tenía en cuenta para nada el poder de Dios, pues se sentía seguro con sus miríadas de infantes, sus millares de jinetes y sus ochenta elefantes.

5Entró en Judea, se acercó a Betsur, plaza fuerte que dista de Jerusalén unos veinticinco kilómetros, y la cercó estrechamente.

6En cuanto los hombres del Macabeo supieron que Lisias estaba sitiando las fortalezas, comenzaron a implorar al Señor con gemidos y lágrimas, junto con la multitud, que enviase un ángel bueno para salvar a Israel.

7El mismo Macabeo fue el primero en tomar las armas y arengó a los demás a que, juntamente con él, afrontaran el peligro y auxiliaran a sus hermanos. Partieron entusiasmados todos juntos.

8Cuando estaban todavía cerca de Jerusalén, apareció, poniéndose al frente de ellos, un jinete vestido de blanco, blandiendo armas de oro.

9Entonces todos a una bendijeron al Dios misericordioso y sintieron enardecerse sus ánimos, dispuestos a atravesar no solo a hombres, sino también a las fieras más feroces y hasta murallas de hierro.

10Avanzaban en orden de batalla, con el aliado enviado del cielo, porque el Señor se había compadecido de ellos.

11Se lanzaron como leones sobre los enemigos, abatieron once mil infantes y mil seiscientos jinetes, y obligaron a huir a todos los demás.

12La mayoría de estos escaparon heridos y desarmados; el mismo Lisias se salvó huyendo vergonzosamente.

13Pero Lisias era inteligente. Reflexionando sobre la derrota que acababa de sufrir y comprendiendo que los hebreos eran invencibles porque el Dios poderoso luchaba con ellos como aliado,

14les envió una embajada proponiéndoles la reconciliación en condiciones justas y prometiéndoles que él mismo persuadiría al rey para que se aliara con ellos.

15Macabeo, preocupado por el bien común, asintió a todo lo que Lisias proponía, pues el rey concedió cuanto Macabeo había exigido a Lisias por escrito acerca de las pretensiones de los judíos.

16La carta escrita por Lisias a los judíos decía: «Lisias saluda a la población judía.

17Juan y Absalón vuestros enviados, al entregarme el documento copiado a continuación, me han rogado una ratificación de su contenido.

18He dado cuenta al rey de todo lo que debía exponerle; lo que era de mi competencia, lo he concedido yo.

19Por consiguiente, si mantenéis vuestra buena disposición con los intereses del Estado, también yo procuraré en adelante colaborar en vuestro favor.

20En cuanto a los detalles, tengo dada orden a vuestros enviados y a los míos de que los discutan con vosotros.

21Que os vaya bien. A veinticuatro de Zeus Corintio del año ciento cuarenta y ocho».

22La carta del rey a Lisias decía: «El rey Antíoco saluda a su hermano Lisias.

23Reunido ya nuestro padre con los dioses, deseamos que los súbditos del reino vivan sin inquietudes para entregarse a sus propios asuntos.

24Hemos sabido que los judíos no están de acuerdo en adoptar las costumbres griegas, como era voluntad de mi padre, sino que prefieren seguir sus propias costumbres, y ruegan que se les permita acomodarse a sus leyes;

25deseando, pues, que esta nación esté tranquila, decidimos que se les restituya el templo y que puedan vivir según las costumbres de sus antepasados.

26Así, pues, harás bien en enviarles emisarios que hagan con ellos las paces, para que, al saber nuestra determinación, se sientan confiados y se dediquen de buen grado a sus propios asuntos».

27La carta del rey a la nación judía decía: «El rey Antíoco saluda al Consejo de ancianos y a los demás judíos.

28Me alegraré de que os encontréis bien; también nosotros gozamos de salud.

29Menelao nos ha manifestado vuestro deseo de volver a vuestros hogares.

30A los que vuelvan antes del treinta del mes de xántico, les garantizamos nuestra protección y seguridad.

31Los judíos podrán libremente servirse sus propios alimentos, según sus leyes, como antes, y ninguno de ellos será molestado a causa de faltas cometidas por ignorancia.

32He mandado a Menelao que os tranquilice.

33Salud. A quince de xántico del año ciento cuarenta y ocho».

34También los romanos les enviaron una carta con el siguiente contenido: «Quinto Memmio, Tito Manilio y Manio Sergio, legados de los romanos, saludan al pueblo judío.

35Nosotros damos nuestro consentimiento a lo que Lisias, pariente del rey, ha acordado con vosotros.

36Pero en relación con lo que él decidió presentar al rey, mandadnos algún emisario en cuanto lo hayáis examinado, para que lo expongamos en la forma que os conviene, ya que nos dirigimos a Antioquía.

37Por tanto, daos prisa y enviadnos a algunos para que también nosotros conozcamos cuál es vuestra opinión.

38Salud. A día quince de xántico del año ciento cuarenta y ocho».

2 Macabeos 12

1Una vez terminadas estas negociaciones, Lisias se volvió junto al rey, mientras los judíos se entregaban a las labores del campo.

2Pero algunos de los gobernadores locales, Timoteo y Apolonio, hijo de Geneo, y también Jerónimo y Demofón, además de Nicanor, jefe de los chipriotas, no les dejaban vivir en paz ni disfrutar de sosiego.

3Los habitantes de Jafa, por su parte, cometieron el enorme crimen que vamos a referir. Invitaron a los judíos que vivían con ellos a subir con mujeres y niños a las embarcaciones que habían preparado, como si no guardaran contra ellos ninguna enemistad.

4Conformes con la decisión común de la ciudad, los judíos aceptaron por mostrar sus deseos de vivir en paz y sin tener el menor recelo; pero, cuando se hallaban en alta mar, los echaron al agua, en número no inferior a doscientos.

5Cuando Judas se enteró de esta crueldad cometida con sus compatriotas, se lo comunicó a sus hombres;

6y después de invocar a Dios, el justo juez, se puso en camino contra los asesinos de sus hermanos, incendió el puerto por la noche, quemó las embarcaciones y pasó a cuchillo a los que se habían refugiado allí.

7Al encontrar cerrada la ciudad, se retiró con la intención de volver de nuevo y exterminar por completo a la población de Jafa.

8Enterado de que también los de Yamnia querían actuar de la misma forma con los judíos que allí habitaban,

9atacó igualmente de noche a los yamnitas e incendió el puerto y la flota, de modo que el resplandor de las llamas se veía hasta en Jerusalén y eso que había cuarenta y cinco kilómetros de distancia.

10En una expedición contra Timoteo, Judas y los suyos se habían alejado de allí dos kilómetros, cuando le atacaron no menos de cinco mil árabes y quinientos jinetes.

11En la recia batalla trabada, las tropas de Judas lograron la victoria, gracias al auxilio recibido de Dios; los nómadas, vencidos, pidieron a Judas que hiciera las paces, prometiendo entregarle ganado y serle de utilidad en el futuro.

12Judas, consciente de que podrían serle útiles, consintió en hacer las paces con ellos; y estrechándose mutuamente las manos, los nómadas se retiraron a las tiendas.

13Judas atacó también cierta ciudad fortificada con terraplenes, rodeada de murallas y habitada por una población mixta de varias naciones, llamada Caspín.

14Los sitiados, confiados en la solidez de las murallas y en la provisión de víveres, insultaban groseramente a los hombres de Judas, profiriendo además blasfemias y palabras sacrílegas.

15Los hombres de Judas, después de invocar al gran Señor del universo, que sin arietes ni máquinas de guerra había derruido los muros de Jericó en tiempo de Josué, atacaron ferozmente la muralla.

16Una vez dueños de la ciudad por la voluntad de Dios, hicieron tal carnicería que el lago vecino, con su anchura de cuatrocientos metros, aparecía lleno de la sangre que afluía a él.

17Se alejaron de allí ciento cuarenta kilómetros y llegaron a Querac, donde habitan los judíos llamados tubios.

18Pero no encontraron en aquellos lugares a Timoteo, quien, al no lograr nada, se había ido de allí, aunque dejando en determinado lugar una fortísima guarnición.

19Dositeo y Sosípatro, oficiales del Macabeo, mataron en una incursión a los hombres que Timoteo había dejado en la fortaleza, más de diez mil.

20Macabeo dividió su ejército en varias cohortes, puso a aquellos dos oficiales a su cabeza y se lanzó contra Timoteo que tenía consigo ciento veinte mil infantes y dos mil quinientos jinetes.

21Al enterarse Timoteo de la llegada de Judas, mandó por delante las mujeres, los niños y los bagajes a Carnión, lugar inexpugnable y de acceso difícil, por la estrechez de todos sus caminos.

22En cuanto apareció la primera cohorte, la de Judas, el miedo y el temor se apoderaron de los enemigos, al manifestarse ante ellos Aquel que todo lo ve, y se dieron a la fuga cada cual por su lado, de modo que muchas veces eran heridos por sus propios compañeros y atravesados por sus espadas.

23Judas seguía tenazmente en su persecución, acuchillando a aquellos criminales; llegó a matar hasta treinta mil hombres.

24El mismo Timoteo cayó en manos de Dositeo y Sosípatro; les pedía, con mucha locuacidad, que le perdonasen la vida, pues alegaba tener en su poder a algunos de sus parientes, entre los cuales había hermanos de muchos de ellos, que él llegaría a matar.

25Cuando él garantizó, después de mucho hablar, la determinación de restituirlos sanos y salvos, lo dejaron libre para salvar a sus hermanos.

26Judas marchó contra Carnión y el santuario de Atargates, y acuchilló a veinticinco mil hombres.

27Después de esta victoria, dirigió una expedición contra la ciudad fuerte de Efrón, donde residía Lisias con una población cosmopolita. Jóvenes vigorosos, apostados ante las murallas, combatían valerosamente; en el interior había muchas reservas de máquinas de guerra y proyectiles.

28Los judíos, después de haber invocado al Señor, que aplasta con su poder las fuerzas enemigas, se apoderaron de la ciudad y abatieron a unos veinticinco mil de los que estaban dentro.

29Partiendo de allí se lanzaron contra Escitópolis, que dista de Jerusalén cien kilómetros.

30Pero como los judíos residentes atestiguaron que los habitantes de la ciudad habían sido benévolos con ellos y les habían dado buena acogida en tiempos de desgracia,

31Judas y los suyos se lo agradecieron, rogándoles que también en lo sucesivo continuaran mostrándose benévolos con su raza. Llegaron a Jerusalén en la proximidad de la fiesta de Pentecostés.

32Después de la fiesta de Pentecostés, Judas y los suyos se lanzaron contra Gorgias, gobernador de Idumea.

33Gorgias salió con tres mil de infantería y cuatrocientos jinetes;

34se entabló el combate y los judíos tuvieron unas cuantas bajas.

35Un tal Dositeo, jinete muy valiente de los de Bacenor, sujetaba a Gorgias por el manto y lo arrastraba a pura fuerza, queriendo cazar vivo a aquel maldito; pero uno de los jinetes tracios se lanzó contra Dositeo, le cercenó el brazo, y así Gorgias pudo huir a Maresá.

36Por otra parte, los de Esdrías estaban agotados, porque llevaban combatiendo mucho tiempo. Judas invocó al Señor para que se mostrara su aliado y dirigiera la batalla.

37En la lengua patria lanzó el grito de guerra y, entonando himnos, irrumpió por sorpresa entre los de Gorgias y los puso en fuga.

38Judas reorganizó el ejército y marchó a la ciudad de Adulán y, como llegaba el día séptimo, se purificaron según el rito acostumbrado y allí mismo celebraron el sábado.

39Al día siguiente, como ya urgía, los de Judas fueron a recoger los cadáveres de los caídos para sepultarlos con sus parientes en las sepulturas familiares.

40Y bajo la túnica de cada muerto encontraron amuletos de los ídolos de Yamnia, que la ley prohíbe a los judíos. Todos vieron claramente que aquella era la razón de su muerte.

41Así que todos alababan las obras del Señor, justo juez, que descubre lo oculto,

42e hicieron rogativas para pedir que el pecado cometido quedara borrado por completo. Por su parte, el noble Judas arengó a la tropa a conservarse sin pecado, después de ver con sus propios ojos las consecuencias de los pecados de los que habían caído en la batalla.

43Luego recogió dos mil dracmas de plata entre sus hombres y las envió a Jerusalén para que ofreciesen un sacrificio de expiación. Obró con gran rectitud y nobleza, pensando en la resurrección.

44Si no hubiera esperado la resurrección de los caídos, habría sido inútil y ridículo rezar por los muertos.

45Pero, considerando que a los que habían muerto piadosamente les estaba reservado un magnífico premio, la idea era piadosa y santa.

46Por eso, encargó un sacrificio de expiación por los muertos, para que fueran liberados del pecado.

2 Macabeos 13

1En el año ciento cuarenta y nueve, los hombres de Judas se enteraron de que Antíoco Eupátor avanzaba sobre Judea con numerosas tropas,

2y que con él venía Lisias, su tutor y jefe de gobierno, cada uno con un ejército griego de ciento diez mil infantes, cinco mil trescientos jinetes, veintidós elefantes y trescientos carros armados con hoces.

3También Menelao se unió a ellos e incitaba taimadamente a Antíoco, no para salvar a su patria, sino con la idea de que lo restableciera en el poder.

4Pero el Rey de reyes excitó la cólera de Antíoco contra aquel malvado; Lisias demostró al rey que aquel hombre era el causante de todos los males, y Antíoco ordenó conducirlo a Berea y allí ejecutarlo según las costumbres del lugar.

5Hay en Berea una torre de veinticinco metros, llena de cenizas ardientes, provista de un dispositivo giratorio, inclinado por todas partes hacia las cenizas.

6Suben allí al reo de robo sacrílego o al autor de otros crímenes horrendos y lo precipitan para que perezca.

7Con tal suplicio murió el prevaricador Menelao, sin recibir siquiera sepultura.

8Y con toda justicia, puesto que tras haber cometido muchos delitos contra el altar, cuyo fuego y ceniza son sagrados, en la ceniza encontró la muerte.

9Avanzaba, pues, el rey con bárbaros sentimientos, dispuesto a tratar a los judíos peor que su padre.

10Al saberlo, Judas mandó a la gente que invocara al Señor día y noche, para que también en esta ocasión, como en otras, viniera en ayuda de quienes estaban a punto de ser privados de la ley, de la patria y del templo santo,

11y para que no permitiera que aquel pueblo, que comenzaba a vivir tranquilo, cayera en manos de gentiles irreverentes.

12Una vez que todos juntos cumplieron la orden y suplicaron al Señor misericordioso con lamentaciones, ayunos y postraciones durante tres días seguidos, Judas los animó y les mandó que estuvieran concentrados.

13Después de reunirse en privado con los ancianos, decidió que, antes de que el ejército real entrara en Judea y se hiciera dueño de la ciudad, los suyos salieran para resolver la situación con el auxilio de Dios.

14Judas, confiando el resultado al Creador del mundo, animó a sus hombres a combatir heroicamente hasta la muerte por las leyes, el templo, la ciudad, la patria y sus instituciones. Acampó en las cercanías de Modín.

15Dio a los suyos como contraseña «Victoria de Dios» y atacó de noche la tienda real con lo más escogido de los jóvenes. Mató en el campamento a unos dos mil hombres, y los suyos hirieron al principal de los elefantes con su conductor.

16Dejando el campamento lleno de terror y confusión, se retiraron victoriosos.

17Cuando el día despuntaba, todo había terminado, gracias a la protección que el Señor había prestado a Judas.

18El rey, que había experimentado ya la valentía de los judíos, intentó apoderarse de las posiciones con estratagemas.

19Se aproximó a Betsur, plaza fuerte de los judíos; pero fue rechazado, derrotado y vencido.

20Judas hizo llegar provisiones a los sitiados.

21Ródoco, un soldado del ejército judío, pasaba información secreta al enemigo; fue descubierto, capturado y ejecutado.

22El rey parlamentó por segunda vez con los de Betsur; hizo la paz con ellos; luego se retiró. Atacó a las tropas de Judas y fue vencido.

23Supo entonces que Filipo, a quien había dejado en Antioquía al frente del gobierno, se había sublevado. Consternado, llamó a los judíos, se avino a sus deseos y aceptó con juramento sus justas propuestas. Se reconcilió y ofreció un sacrificio, honró el santuario y se mostró generoso con el lugar santo.

24Acogió amablemente al Macabeo y dejó a Hegemónides como gobernador desde Tolemaida hasta la región de Guerar.

25Salió hacia Tolemaida. Sus habitantes estaban realmente irritados e indignados por los acuerdos, que querían rescindir.

26Lisias subió a la tribuna e hizo la mejor defensa que pudo de lo convenido; los convenció y calmó, disponiéndoles a la benevolencia. Luego partió hacia Antioquía. Esta es la historia de la expedición del rey y de su retirada.

Hebreos 6

1Dejando aparte el mensaje inicial sobre Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin poner otra vez los cimientos, o sea: el arrepentimiento de las obras muertas, la fe en Dios,

2la instrucción sobre las abluciones, la imposición de manos, la resurrección de muertos y el juicio definitivo.

3También esto lo haremos si Dios nos lo concede.

4Pues a quienes fueron iluminados de una vez para siempre, gustaron el don celeste, participaron del Espíritu Santo,

5saborearon la palabra buena de Dios y los prodigios del mundo futuro,

6y, a pesar de todo, apostataron, es imposible renovarlos otra vez llevándolos al arrepentimiento, crucificando de nuevo al Hijo de Dios y exponiéndolo al escarnio.

7La tierra que recoge la lluvia frecuente y produce plantas útiles para los que la cultivan, recibe una bendición de Dios,

8pero si da cardos y espinas, es inútil, está cerca de la maldición, y acabará abrasada.

9Pero, aunque hablemos así, queridos hermanos, en vuestro caso esperamos lo mejor, lo que conduce a la salvación.

10Porque Dios no es injusto como para olvidarse de vuestro trabajo y del amor que le habéis demostrado sirviendo a los santos ahora igual que antes.

11Deseamos que cada uno de vosotros demuestre el mismo empeño hasta el final, para que se cumpla vuestra esperanza;

12y no seáis indolentes, sino imitad a los que, con fe y perseverancia, consiguen lo prometido.

13Cuando Dios hizo la promesa a Abrahán, no teniendo a nadie mayor por quien jurar, juró por sí mismo,

14diciendo: Te llenaré de bendiciones y te multiplicaré abundantemente;

15y así, perseverando, alcanzó lo prometido.

16Los hombres juran por alguien mayor, y, con la garantía del juramento, queda zanjada toda discusión.

17De la misma manera, queriendo Dios demostrar a los beneficiarios de la promesa la inmutabilidad de su designio, se comprometió con juramento,

18para que por dos cosas inmutables, en las que es imposible que Dios mienta, cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza que tenemos delante.

19La cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina,

20donde entró, como precursor, por nosotros, Jesús, Sumo Sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec.